sábado, 10 de agosto de 2019

Jaulas de oro

Muchas veces algunos se encuentran atrapados en una jaula de oro. Viven una realidad de comodidad, de seguridad y sin sobresaltos, donde cada día no hay novedad más allá de las nuevas 24 horas que tiene el siguiente día. Al tener todo resuelto, los sueños se acomodan y toman forma de la misma realidad, dejando de tener ese sentido de reto y descubrimiento permanente.

Cuando el hombre tiene en abundancia tiende a acomodarse, a generar una zona conocida que lo vuelve descuidado, perdiendo su capacidad de asombro, de identificación de rarezas, inconsistencias y contradicciones, donde se pueden encontrar nuevas oportunidades y amenazas que sugieren inestabilidades previsibles, pero que se ocultan por nuestra ceguera de lo conocido, y por la incapacidad de ver fuera de los patrones que la realidad establece.

Cuando el ser humano tiene lo básico para su desarrollo, como dice Maslow, se prepara para evolucionar y avanzar. Esto es, encuentra los elementos necesarios y suficientes para mantenerse en ruta, sin perder su espíritu de aventura, su sentido de reto, ni su ánimo de trascendencia. Encontrar el escenario base donde el hombre se expone a sus propios temores, es ubicar su punto de inflexión y el pivote desde donde construye su propio presente y anticipa el futuro.

Estar atrapado en la cotidianidad, en esos momentos que no tienen variedad, donde parece que nada pasa, es aventurarse a quedar bien preparado para un mundo que ya no existe. Luego, para una realidad que cambia y evoluciona, donde los espacios para proponer y prosperar están disponibles todos los días, debes permanecer atento y evitar quedar adormilado en la seguridad de tus propios pensamientos y condiciones laborales.

Cuando entiendes que cualquier empleo que tengas es temporal, que la realidad cambia de un momento a otro y para lo cual debes estar listo, entras en la nueva dinámica del mundo actual donde la incomodidad es la base de la renovación, el incierto el fundamento de tus capacidades para innovar y la inestabilidad el soporte en la toma de decisiones. Cuando decides mantenerte en movimiento y atento a las volatilidades, estas en la ruta de alcanzar nuevos destinos y fronteras que nunca pensaste cruzar.

No asumas nunca que la estabilidad es la norma del mundo conocido. No asumas que las cosas no cambiarán, no asumas que el imprevisto o el incierto no van a llegar, pues estarás expuesto a la debilidad misma del hombre que se acostumbra a las certezas, al camino delineado y reiterado por muchos, y escasamente cuestionado por pocos. Estar atrapado en la comodidad de la abundancia y en la dinámica de un rebaño, es comprometer los retos que son necesarios para llevarte al siguiente nivel de tu propia evolución.

Podrás tener logros, promociones, reconocimientos y aplausos muy merecidos por tu labor; pero si esos no corresponden al sentido de trascendencia y a la esencia misma de tu vocación, serán sonidos sordos que no resuenan en tu interior, que no elevan la frecuencia de tu propio destino. Por tanto, que tu vida sea una constante renovación y balance entre tus luchas y sueños, para que la cotidianidad del mundo no te alcance, y si lo hace, sepas como liberarte y abrirte nuevamente al horizonte inexplorado, donde la divinidad te espera para hacerte heredero de su promesa: abundancia y generosidad para aquellos que creen sin haber visto.

El Editor

sábado, 3 de agosto de 2019

¿Cuál es tu lugar en el mundo?


Escuchar a un profesional recién egresado decir “que bien se siente descubrir cuál es su lugar en el mundo”, es una expresión de una apuesta de claridad y propósito, que habla de cómo disfruta lo que hace, cómo vibra con sus talentos y cómo desarrolla su potencial. Cuando se tiene claro quiénes somos, en qué somos buenos, cómo hacemos la diferencia con los otros, todo se alinea para que cada día no haya más que logros y satisfacciones. Es claro que habrá momentos de inquietud y zozobra, los cuales permitirán darle forma y forjar el carácter de quien ha decidido ser auténtico y no morir como un copia, vieja, amarilla y desgastada.

Encontrar nuestro lugar en el mundo, no se logra por casualidad o por un golpe de suerte. Es un ejercicio consistente y consciente que a diario invita al ser humano a salir de su zona cómoda y desde allí, darle vida a esa idea, ese proyecto, ese sueño que lo llevará a explorar en medio del incierto y construir sus propios escenarios de certezas, desde la orilla de los prototipos y experimentos. Ese lugar, que te espera, no es una meta en sí misma, es una ocasión para edificar nuevas capacidades, esos patrones de aprendizaje/desaprendizaje, que te permiten mantenerte en movimiento y reinventarte cada vez que sea necesario.

Encontrar ese lugar en el mundo, es un camino de luchas internas, de desafíos superiores que te preparan para alcanzar el siguiente nivel de tu evolución. Cada vez que surgen nuevas preguntas, nuevos inciertos y nuevos retos, sabrás que caminas hacia ese lugar, inicialmente desconocido, pero que, conforme avanzas y descubres nuevas oportunidades, se vuelve más visible y menos borroso. Decidirse a encontrar nuestro lugar en el mundo, es una lección de vida para muchos, inspiración para otros y abandono de nuestras seguridades humanas para confiarnos en las divinas.

Quien se lanza a encontrar su lugar en el mundo, sabe que encontrará detractores en el camino, engaños de quienes quieren desviarte, palos en la rueda que quieren retrasarte, en fin, un sin número de excusas que estarán allí para que desistas, te canses y vuelvas al redil, donde todos marchan sin cuestionar, y siguir ciegamente un lineamiento muchas veces diseñado por unos pocos. Comprender que venimos al mundo con sello único e impronta divina, es darle sentido a la esencia de lo que somos: seres de luz atrapados en vasijas de barro.

Nunca es tarde para emprender el camino y encontrar nuestro lugar en el mundo. Deja las excusas tradicionales como “ya a estos años”, “que otros lo logren”, “ya no tengo la vitalidad de antes”, “eso es para los jóvenes”, “no tengo el talento”, “no hay oportunidades”, “no sé cómo hacerlo” y tantas otras que se escuchan en medio de las conversaciones cotidianas, y date la oportunidad de explorar y decidirte a hacer que las cosas pasen, de sacar el talante y la fuerza con la cual has sido dotado, para transformarte a ti mismo y motivar cambios en contextos y escenarios impensables.

Mira a tu alrededor y revisa quién eres tú, las habilidades y virtudes que tienes, y encuentra esos espacios en blanco que existen en tu entorno, para que allí brille tu propia lectura del mundo, esa que genera un efecto cascada que hace de eventos ordinarios, mareas de logros y realidades extraordinarias.

El Editor

sábado, 27 de julio de 2019

Iniciar un viaje: TRIP

Moverse en el escenario de lo digital y las nuevas tendencias del mercado, implica reinventarse de forma permanente, sin caer en la fatiga que estos cambios imponen tanto a las personas como a la organización. Pareciera que es una carrera sin fin, para mantener una posición estratégica en el escenario global, donde sólo el más versátil, flexible, atento y hábil, puede mantenerse en operaciones, sin dejar de lado su capacidad de ver, aprender y proponer de forma anticipada.

Dicen los académicos Cooray & Duus (2019) que para “lograr y mantener una posición competitiva, es fundamental mirar fuera del ecosistema central de la organización y anticipar la aparición de la competencia de fuentes afiliadas e "invisibles””, esto es, un ejercicio para aprender de las tendencias emergentes, las decisiones y comportamientos pasados, con el fin de desconectarlos y enriquecerlos con los retos actuales, para así responder a las oportunidades latentes y los desafíos futuros.

Para ello, éstos estudiosos plantean un marco metodológico denominado TRIP acrónimo que incluye cuatro elementos fundamentales: Transparencia, Respuesta, Inteligencia y Personalización.

Transparencia, se entiende como apertura e intercambio de las “realidades duras” tanto con clientes, como con los socios. Ser transparente es un ejercicio que requiere el valor de enfrentarse a lo que la empresa y las personas son, sin perjuicio de los comentarios y señalamientos que pueda haber. Es una apuesta que abre al diálogo y buscar crecer con los retos y realidades del otro.

Respuesta, es la habilidad para anticipar las necesidades emergentes de los clientes y dar cuenta de las nuevas oportunidades del mercado. Responder de forma concreta y clara frente a la variabilidad de las tendencias del entorno, implica una reflexión con atención plena de nuestros sesgos cognitivos y mentales, para poder “ver” en medio del ruido mediático, aquellas rarezas, inconsistencias y contradicciones, que pueden ser de valor para los retos y requisitos de las personas.

Inteligencia, es esa habilidad de conocimiento, datos e ideas actualizadas, relevantes para el sector donde se mueve la empresa y el ecosistema del cual hace parte. La inteligencia no es un servicio para tener y contrastar información todo el tiempo, es una acción focalizada y estratégica que desarrolla y construye un cuerpo de saberes necesarios y suficientes para conocer y descubrir escenarios de forma anticipada, y así, establecer actividades que permitan a la empresa actuar con fundamento y no bajo juicios que no estén bien fundados.

Personalización, es la esencia de individualizar productos, servicios y comunicaciones con el fin de atender necesidades particulares y específicas de las personas en contexto. La personalización, es el proceso de construcción de la atención plena y genuina de la persona con el fin de encontrar aquello que hace sentido a sus expectativas y de esta forma elaborar una propuesta que le permita resolver una inquietud, o atender un reto que hace mucho tiempo no podía comprender.

Enfrentarse al incierto que implica moverse y mantenerse en medio del tsunami digital actual, demanda capacidades (patrones de aprendizaje), competencias (prácticas estándares) y posturas trascendentes (experiencia espiritual) que deben desarrollarse y configurarse de forma acelerada en cada individuo. Esto es, una declaración de apertura y reto personal que debe ser capitalizada para iniciar un viaje (TRIP) en medio de un mar de volatilidades y cambios inesperados, y así encontrar algunos archipiélagos de certezas, esos que son los “espacios en blanco” donde es posible hacer la diferencia.

El Editor

Referencia
Cooray, M. & Duus, R. (2019). TRIP Framework: Re-Thinking Organisational Competitiveness in Digital Spheres. European Business Review. Recuperado de: https://www.europeanbusinessreview.com/trip-framework-re-thinking-organisational-competitiveness-in-digital-spheres/

sábado, 20 de julio de 2019

Entre la luz y la oscuridad

Dos frases pronunciadas por dos personas de tiempos distintos, crean una vórtice de reflexión que busca comprender la esencia misma de lo que somos como humanos. La primera de Séneca: “Hay una gran diferencia entre un persona que elige no pecar y alguien que no sabe cómo hacerlo” y la otra de un director de investigaciones de la Agencia Nacional de Seguridad Norteamericana (ya fallecido), Richard Proto que afirmaba: “Las teorías de la seguridad provienen de las teorías de la inseguridad”.

Estas dos frases, establecen un marco de reflexión por el complemento que pocas veces utilizamos para descubrir y hacer evidentes nuestras cegueras cognitivas. Pensar por el complemento, es una invitación a caminar por la mente del contrario, como un espacio de diversión y análisis, para descubrir aquellos efectos no documentados que pueden surgir cuando hacemos evidente perspectivas que permanecen en las sombras, por la marcada postura mecanicista en la cual hemos sido formados.

De igual forma afirmaba Dérrida, “el objeto es por su complemento”. Es decir, un objeto no se puede descubrir o analizar en perspectiva, sino es por su cara oculta, por su relación de contraste, que es tan real, como el objeto mismo. Dicen que hemos escuchado muchas veces, el cuento de “caperucita roja y el lobo feroz” siempre en la persona de “caperucita”, pero no necesariamente en la voz del “lobo”. Cuando logramos entender y no negar nuestras propias limitaciones y zonas “oscuras”, podemos avanzar con mayor profundidad en el crecimiento personal y colectivo.

Recorrer las zonas de luz y oscuridad que tenemos como seres humanos, nos permite construir una visión del mundo más enriquecida. Esto es, diseñar y desarrollar propuestas que potencien las capacidades humanas, desde las especificaciones de las propiedades emergentes deseadas; un ejercicio que permite a los individuos reconocerse a así mismos como los facilitadores de sus propias transformaciones, de sus propios cambios, sin juzgarse ni acusarse de aquello que los avergüenza, buscando nuevas oportunidades que lo lleven a nuevas fronteras de conocimiento antes ignoradas.

Cuando contrastamos las zonas de luz y oscuridad que los seres humanos tenemos, hacemos un ejercicio donde revelamos las argucias y movimientos del adversario, para crecer en sabiduría y visión, no para imitarlo en su acción reprochable, sino para comprender mejor “porqué los atacantes adquieren frecuentemente la ventaja” y cómo éstos logran materializar sus acciones con el mínimo de esfuerzo y el máximo de beneficio. Hacer este ejercicio, nos permite no sólo construir barreras para demorar al agente agresor, sino visión sistémica para advertir la relaciones emergentes que podrán afectarte de forma efectiva en el futuro y prepararse para ello.

Cuando tu corazón se debate “entre el mal que no quieres hacer y el bien en el cual has sido creado”, estas en una zona de tensión interna y espiritual, que muchas veces fatiga tu fuerza interior, cuando tratas de superarla. Mira mas bien y estudia tus propias tendencias proclives, sin prevenciones o juzgamientos, para que, abiertos a la gracia sobrenatural, puedas iluminar esos puntos ciegos que persisten en tu mirada trascendente, y así concretar una experiencia generosa y abundante de la vida, para aquellos que se saben seres necesitados de la misericordia divina, y que son un proyecto humano en permanente evolución y construcción.

El Editor.

domingo, 14 de julio de 2019

Flexibilidad cognitiva: intentando nuevas respuestas

Si entendemos que el mundo en que vivimos no es estable por sí mismo, es decir, que constantemente esta en una dinámica de inestabilidad, es claro que nuestra capacidad para “navegar” en medio de estas “olas de cambios” debe estar fundada, no en conocimientos estables debidamente probados y verificados, sino en las diversas posibilidades de futuros, la producción de innovaciones, la capacidad de absorción de grandes perturbaciones, en últimas en la flexibilidad de nuestros saberes, para repensar la realidad, con el fin de responder y anticipar nuevos escenarios no previstos.

Los conocimientos aprendidos con el tiempo, son referentes claves que establecen el punto de partida de nuevas propuestas que evolucionan con el tiempo, para enfrentarse a contextos no lineales, donde es posible abrirse a nuevas posibilidades, donde los resultados no se pueden anticipar, sólo simular y probar, con el fin de advertir algunos patrones de comportamientos y así imaginar cómo será ese nuevo futuro probable y plausible. Es difícil abandonar la idea de causalidad cartesiana, aun sabiendo que muchos de los eventos en el mundo no obedecen a la dinámica mecanicista causa-efecto.

Considerando lo anterior, la dinámica de las relaciones entre los distintos componentes de la realidad, generan propiedades emergentes, que caracterizan y definen la manera como la sociedad se comporta. De acuerdo con Luengo González (2018), “las emergencias significan un cambio cualitativo, más que un mero incremento cuantitativo del sistema; esto
es, significan un cambio radical y no solo marginal”. Si esto es cierto, las comunidades manifiestan situaciones que se explican desde la evolución de sus relaciones, y la manera como han decidido organizarse, para armonizar sus propias contradicciones, su aciertos y desaciertos, como una forma natural de profundizar en su propia evolución.

Somos parte de un todo evolutivo, de un sistema complejo, que se opone al reduccionismo causal y a los determinismos estadísticos o probabilísticos (Luengo, 2018), que busca explorar relaciones emergentes y efectos de borde no documentados, para mantener un balance dinámico de restricción y amplificación, de momentos de desierto y encuentros de oasis, es decir, de la reconciliación y armonía de los contrarios, donde no es la lógica natural y cartesiana lo que da la razón, sino la oportunidad de pensar por fuera de los parámetros establecidos, para crear una realidad distinta y novedosa, fuera de los linderos y marcos configurados por intereses particulares.

Cuando eres capaz de crear tus propias historias y darles forma en el contexto de la realidad vigente, estas siendo protagonista de tus propios logros y abriendo posibilidades donde otros veían limitaciones. Tu carrera no es lo que otros quieren que sea, es una búsqueda permanente de sentido, de servicio a los otros, donde todo tu potencial se hace manifiesto y la vida se convierte en un diario reconocimiento de tus talentos. No has venido al mundo a ser una parte de una historia, has sido elegido para ser protagonista y agente de cambio, un elemento del sistema que reta sus supuestos y lo moviliza hacia zonas desconocidas donde una nueva realidad se escribe con tus iniciales.

Si el mundo no es una zona de estabilidad, ni de situaciones repetidas, ni de jerarquías de conocimiento, sino un escenario de posibilidades y retos, donde sólo aquellos que están dispuestos a abandonar la zona cómoda son lo que toman ventaja, tenemos la oportunidad de liberarnos de nuestra propia prisión del lenguaje y de los hábitos de pensamiento lineales, para intentar nuevas respuestas en la riqueza creativa y diversa del mundo real.

El Editor

Referencia
Luengo, E. (2018) Las vertientes de la complejidad. Pensamiento sistémico, ciencias de la complejidad, pensamiento complejo, paradigma ecológico y enfoques holistas. Guadalajara, México: ITESO. Recuperado de: https://rei.iteso.mx/handle/11117/5421

sábado, 29 de junio de 2019

El yo "actual" y el YO "futuro"


Vivimos en un mundo inestable e incierto, que es fruto de tres niveles de desconexión, según afirma Scharmer & Käufer (2015). Existe una desconexión entre el yo y la naturaleza, que lleva a las brechas ecológicas que tenemos en la actualidad. Otra entre el yo y los demás, que genera la profunda brecha social donde existen unos que no tienen y otros que cada vez tienen más; y finalmente una entre el yo “actual” y el YO “futuro” que representa el potencial de desarrollo que tenemos y debemos alcanzar.

Particularmente la última desconexión llama la atención, pues ésta se basa en los retos que debemos asumir, para mantenernos fuera de la zona cómoda y así explorar, más allá de lo que conocemos y caminar por senderos que jamás hemos recorrido, y así encontrar las nuevos archipiélagos de certezas, necesarios para seguir navegando en medio del mar de incertidumbres que propone la dinámica social, económica, política, tecnológica, legal y ecológica del mundo.

En la medida que nos podamos interrogar sobre aquello que no podemos ver, es decir, reconocer las cegueras cognitivas que nuestros saberes previos nos imponen, así como la inercia de las verdades aprendidas, podemos iluminar nuevos caminos, para dejar de criticar y reiterar las quejas del pasado, y salir de ese círculo vicioso que crea una espiral descendente que nos ancla en la parálisis; para construir una realidad emergente, que nos abra al conocimiento ecosistémico, donde no se reacciona contra lo que ha ocurrido, sino que se visualiza y crea un lugar común en el futuro, donde surge una espiral de conocimiento ascendente que hace realidad una visión comunitaria.

Para lograr superar esa desconexión entre el yo “actual” y el YO “futuro”, se hace necesario suspender el ejercicio actual de nuestras reflexiones, con mirada fresca y corazón abierto; luego redirigir nuestra atención a esos lugares poco comunes donde ocurren las cosas, para dejar ir el pasado y sus consecuencias, y así presenciar con consciencia plena lo que ocurre en el hoy y en el ahora. Seguidamente, conectar este ejercicio con nuestra motivación y fuerza interior, y así inclinarnos hacia ese futuro que se advierte en el horizonte, y dejarlo venir, para cristalizarlo desde el ejercicio de prototipos, simulaciones y escenarios, donde existe un propósito superior, que nos convoca y crea condiciones de posibilidad para todos los que participamos (Scharmer & Käufer, 2015).  

Cuando conectamos el ser y la materia, es posible descubrir con mayor claridad la vocación particular a la que hemos sido llamados, esa moción interior que disfruta lo que hace, goza con lo que descubre y vibra con lo que logra. Cuando el ser y la materia, están unidos y la mediación de lo sagrado y trascendente se alinea con esa conexión, se transforma la vida del hombre, la calidad de sus relaciones, de su pensamiento y por tanto, la calidad de los resultado del mañana. Se abren nuevos linderos de crecimiento y oportunidad, que están reservados para aquellos que han superado el miedo a lo incierto, y se han reinventado desde los retos de las perturbaciones del pasado, para dar paso a el futuro que quiere empezar.

Superar la desconexión entre el yo “actual” y el YO “futuro” es un ejercicio que nos invita como el Crucificado a decidirnos por el evangelio, dejarlo todo y liberarnos de todo el equipaje no esencial, para que el YO, con y mayúscula sea nuestra mejor posibilidad para prestar atención a las “grietas”, que son las aperturas y cambios inesperados, y así enfrentar y crear el futuro con mente abierta, corazón dispuesto y voluntad a toda prueba.

El Editor

Referencia
Scharmer, O. & Käufer, K. (2015). Liderar desde el futuro emergente. De los egosistemas a los ecosistemas económicos. Barcelona, España: Editorial Eleftheria.

domingo, 16 de junio de 2019

El error en dos perspectivas: persona y sistema

El error como calificación adversa o contraria a lo que un tercero evalúa como correcto y válido, ha venido haciendo carrera en las diferentes disciplinas científicas y en la práctica profesional. Quiénes se abrogan la capacidad de evaluar o establecer un comportamiento como “adecuado” o “inseguro”, saben que no poseen “El” marco conceptual necesario para dar su dictamen, pues todas las respuestas a los interrogantes, la misma ciencia nos dice, son temporales y parciales, y dependen de las condiciones de tiempo, modo y lugar en el cual se adelantan las observaciones y análisis.

De acuerdo con Reason (2000) un error es un reto que se puede ver desde dos perspectivas: desde la persona y desde el sistema. La perspectiva del error desde la persona ha tenido una tradición dominante. Afirma el autor, profesor de psicología en la Universidad de Manchester, que “culpar a los individuos es emocionalmente más satisfactorio que acusar a las empresas”. En esta vista, las personas son definidas como agentes capaces de escoger entre un comportamiento seguro y otro inseguro. Por tanto, si algo no sale como estaba planeado, es claro que un individuo será el responsable.

Cuando se usa la vista del error desde la persona, se asume que es posible aislar los actos inseguros de un individuo del contexto donde ocurren. Esto significaría desbordar el concepto, como quiera que es viable que las “mejores personas” puedan generar los peores eventos y por otro lado, lejos de ser una temática aleatoria, los infortunios tienden a manifestarse en patrones recurrentes. Es decir, en un conjunto de circunstancias semejantes, se pueden provocar situaciones no previstas, sin importar el tipo de personas que participen (Reason, 2000).

Ahora bien, la perspectiva del error desde el sistema, asumen que las personas son falibles y el error, es algo que es previsible. En este sentido, el error se asume como consecuencia y no como causa, por lo cual las explicaciones de aquello que no ha resultado como se esperaba, no se restringe a la proclividad inherente a la naturaleza humana, sino a los aspectos que lo rodean, es decir la condiciones donde los individuos trabajan y operan. En consecuencia, el énfasis de este enfoque se da en el sistema de defensas y controles disponible en la organización. Por tanto, cuando algo sale diferente a lo establecido, lo importante no es buscar culpables, sino comprender cómo y porqué fallaron los sistemas defensivos.

Cuando se entiende el error desde el sistema, se busca aumentar la confiabilidad del mismo. Es decir, frente a la variabilidad humana, el sistema desarrolla compensaciones y adaptaciones a los eventos cambiantes, de tal forma que es capaz de amortiguar sus efectos, absorbiendo los condiciones emergentes o adaptándose a la ruptura ocasionada protegiendo su desempeño (Reason, 2000). En consecuencia, el error en esta vista, demanda a la organización anticipar los peores escenarios y prepararse para actuar de forma resiliente en todos los niveles de la empresa.

En consecuencia, una persona o empresa resiliente debe contar con las siguientes propiedades o características:
  • Capacidad de amortiguación: el tamaño o tipos de interrupciones que el sistema puede absorber o se adaptan sin rupturas fundamentales en el rendimiento;
  • Flexibilidad: la capacidad del sistema para reestructurarse en respuesta a cambios externos o presiones;
  • Umbrales de operación: la cercanía del funcionamiento actual del sistema en relación con sus márgenes de operación;
  • Tolerancia: el sistema se degrada con sutileza a medida que aumenta la tensión/presión, o colapsa rápidamente cuando la presión excede la capacidad de adaptación (Woods, Dekker, Cook, Johannesen, & Sarter, 2010, p.93);
  • Capacidad de pronóstico (*): desarrollo de un patrón de aprendizaje/desaprendizaje del sistema para anticipar situaciones adversas que puedan afectar su funcionamiento, fuera de los umbrales de operación.

Así las cosas, el error, como visualizador de puntos ciegos y ventanas de aprendizaje, permite tanto a organizaciones como seres humanos, reinventarse y repensarse, con el fin de adaptarse a los eventos inciertos, motivando la imaginación y el análisis de las lecciones aprendidas, para visualizar escenarios novedosos; en lugar de aislar las causas de las fallas asegurando las acciones locales, y más bien, comprender de forma sistémica lo que ha ocurrido y procurar acciones estructurales que aumenten la confiabilidad y resiliencia de la empresa y de su propia vida.

(*) Esta característica no está incluida en las reflexiones de Woods, Dekker, Cook, Johannesen & Sarter, 2010.

Referencias
Reason, J. (2000) Human error: models and management. British Medical Journal. 320, 768-770.
Woods, D., Dekker, S., Cook, R., Johannesen, L. & Sarter, N. (2010) Behind human error. Second Edition. Farnham, Surrey. England: Ashgate Publishing Limited 

domingo, 9 de junio de 2019

Cinco (5) lecciones hacer la diferencia


Revisando un breve documento sobre las lecciones aprendidas de los graduando del MBA de la Universidad de Harvard en 2019, llama la atención algunas de ellas, que pueden darnos algunas ideas para continuar avanzando y desarrollando capacidades personales para concretar nuestros proyectos y retos en la vida.

Vulnerabilidad y entrega. Esta primera lección aprendida nos habla de lo que en otras ocasiones se ha conversado. Ser vulnerable no significa debilidad, sino capacidad de reconocimiento propio de las limitaciones, y las exigencias que tenemos para retarnos hacia adelante. La entrega, es dar todo nuestro esfuerzo y dedicación a todo aquello que se nos encomienda. Vulnerabilidad y entrega son los sellos de una persona que sabe que es un ser en permanente construcción y que sólo en el ejercicio del servicio a los otros puede hacer la diferencia.

Sentido de comunidad e impacto global. Estos dos elementos, plantean una reflexión asociada a crecer y construir en conjunto. Reconocer que no lo sabemos todo y que con otros es posible ver aspectos distintos de la realidad, es una enseñanza que potencia ideas y propuestas para lograr cambios que transformen vidas. El impacto global, viene como consecuencia de la construcción conjunta. Las tecnologías de información han habilitado un espacio de conversación y reconocimiento donde cualquiera puede ser parte de una iniciativa e iniciar una transformación desde cualquier parte del mundo.

Liderazgo desinteresado. Es una lección que invita a inspirar a otros. Es un ejercicio de coherencia personal, exigencia profesional y visión de futuro, que permite al individuo comprender en contexto cómo puede hacer la diferencia, y al mismo tiempo, servir de ejemplo para otros, para que salga de su zona cómoda y movilicen sus talentos para que transformen sus propias vidas. El liderazgo desinteresado, demanda una postura concreta y seria ante la vida, y al mismo tiempo, espacios para compartir y motivar a otros para luchen por sus propios ideales y le den sentido a la vocación con la que ha venido a servir.

Amor propio. Es una lección que invita a los nuevos graduandos a conocerse a sí mismos, valorar lo que son, y saber que son seres privilegiados que están al servicio de otros. El amor propio no es un amor narcisista, que se ve a sí mismo como referente, sino que es un ejercicio de reconocimiento del otro, que vive y se desarrolla junto a mí, y para quien yo no indiferente, ni él para mí. El amor propio, es la energía que fluye desde el interior del individuo para concretar su experiencia de vida, en el ejercicio de reconocer al otro, como verdadero otro, donde las diferencias suman y no dividen.

Seguir los sueños. Los sueños son uno de los motivadores más importantes de las personas. Una persona sin sueños, es un ser sin esperanzas. Mientras los sueños permanezcan en la vida de los seres humanos, siempre habrá posibilidades para transformar y cambiar. En lectura de la doctrina de la iglesia católica, los sueños son las mociones del espíritu divino que movilizan al hombre para concretar la obra del Creador en la Tierra. Esa fuerza que rompe con la inercia del hombre para salir de sí, anunciar la buena nueva al mundo y dar todo de sí para hacer que las cosas pasen.

Estas cinco lecciones de los graduandos de Harvard 2019, si bien no son ajenas a nuestra realidad particular, si nos recuerdan una vez más el compromiso que hemos asumido para hacer la diferencia, y sobremanera, la dinámica permanente de cambio que debemos asumir y aprovechar, para continuar retando nuestros saberes previos, reinventando la práctica de nuestra disciplina y renovando la caja de herramientas; desde donde podemos seguir descubriendo la realidad visible a los ojos humanos y experimentando aquella, que vive en el referente sagrado y trascendente que orienta nuestra vida.

El Editor

Referencia:
Harvard Business School- HBS (2019) 9 lessons from the class of 2019. Recuperado de: https://www.hbs.edu/mba/blog/post/9-lessons-from-the-class-of-2019

domingo, 2 de junio de 2019

Riesgos sistémicos

Estamos en un momento de cambios e inestabilidades, de expectativas y grandes inciertos sobre la dinámica del mundo. Pareciera que todo lo que sabemos sobre la forma de comprender la realidad, se debilita y no tenemos las respuestas que necesitamos para tener la tranquilidad de saber qué puede pasar. Nuestra capacidad de ver lo que viene, de pronosticar, no ha sido entrenada, ni desarrollada pues los supuestos sobre los cuales fundamos la realidad los creíamos estables y duraderos.

Hoy la realidad nos interroga y nos demanda una comprensión más elaborada, menos lineal y más relacional. Aquellos que insisten en dar respuesta a las situaciones complejas del mundo desde su vista particular, corren el riesgo de ser sorprendidos por variables o conexiones antes ignoradas y que, particularmente determinan el comportamiento del sistema que tratan de modelar o explicar. Superar la vista disciplinar, se convierte en un reto por construir interfases con otros saberes para encontrar experiencias diferentes y ausentes en las reflexiones actuales.

Explicar el cambio climático, la pobreza, la corrupción, las desaceleraciones económicas, los juegos de poder, los ciberriesgos, entre otros temas, implica comprender el mundo desde una vista ecosistémica, donde la dinámica de los participantes y su entorno, define aspectos concretos de la realidad, así como la explicación de eventos emergentes que no tienen explicación concreta en un elemento particular (Capra & Luisi, 2014). Esto es, si entendemos que estamos interconectados entre todos y con todo, los riesgos que se asumen no tienen otra característica sino de riesgos sistémicos.

Un riesgo sistémico tiene que ver con los efectos en cadena de eventos en un ecosistema producto de la interdependencia entre los diferentes participantes, que puede desencadenar efectos no previstos a su interior o en su entorno, o que  puede terminar con la suspensión de la dinámica conocida de la realidad y habilitar acciones emergentes no contempladas en su patrón de respuesta. Es en últimas, una interacción no anticipada, de los componentes del sistema y sus unidades individuales, que pueden cambiar su comportamiento y que generan “efectos de borde” desconocidos y no explicados hasta el momento (Rosa, Renn & McCright, 2014).

Considerando lo anterior, si queremos entender la dinámica del mundo actual, se hace necesario actualizar nuestra caja de herramientas e incluir referentes sistémicos, ecosistémicos y holísticos, de tal forma que se puedan desarrollar habilidades, para conectar y desconectar la realidad, y de esta forma, simular y probar relaciones no documentadas y anticipar posibles eventos que aún no ocurren en la realidad.

Recientes eventos en la banca, en la industria aeronáutica, en el mercado de valores, en la ciberseguridad, dan cuenta de la necesidad de una comprensión distinta de la realidad, que no se concentra solamente en la aplicación de buenas prácticas, sino en el desarrollo de capacidades, las cuales demandan generar ventanas de aprendizaje/desaprendizaje que permitan cuestionar la zona cómoda de los estándares y llevar a las personas y organizaciones, a sitios desconocidos, para desde allí, construir nuevos lugares comunes.

En consecuencia, comprender y gobernar los riesgos sistémicos, requiere una comprensión ecosistémica y relacional del entorno, que reconozca amenazas conocidas, latentes y emergentes, en un ambiente volátil, incierto, complejo y ambiguo, que prepare al individuo o a una organización para la inevitabilidad de la falla, y así, desarrolle su capacidad de resiliencia para mantener su integridad y confiabilidad, a pesar de que un evento no deseado se haya materializado.

Por tanto, ignorar que somos una raza eminentemente relacional, que acoplamos e interconectamos personas y objetos del mundo para entenderlo de formas distintas, equivale a desarrollar conocimiento para un mundo estático y estable, donde las respuestas son conocidas y el poder de la novedad, es incapaz de superar la inercia de lo vigente.

El Editor.

Referencias
Rosa, E., Renn, O. & McCright, A. (2014). The risk society revisited. Social theory and governance. Philadelphia, Pennsylvania. USA: Temple University Press
Capra, F. & Luisi, P. L. (2014). The systems view of life. A unifying vision. Cambridge, UK.: Cambridge University Press.

domingo, 26 de mayo de 2019

Arqueólogos del futuro

Dicen que la arqueología es una disciplina que recorre el pasado y estudia los cambios que se producen en las sociedades antiguas hasta las actuales, un ejercicio de exploración, descubrimiento, interpretación y análisis, que mediante una revisión en profundidad de los restos materiales dispersos en el terreno y conservados a través del tiempo, ofrecen pistas sobre comportamientos sociales, económicos, políticos e ideológicos de la vida humana ya desaparecida (Renfrew & Bahn, 1996).

Un arqueólogo establece marcos de referencia de tiempo, modo y lugar, para tratar de comprender, con la ayuda de otras disciplinas, la dinámica de lo que ocurría en un periodo de tiempo anterior, y así establecer patrones de comportamientos y actividades que puedan explicar escenarios que se tienen en la actualidad. Si bien, este profesional ve el mundo desde el pasado, tiene una habilidad especial de poder encontrar razones que dan cuenta de eventos que pueden ocurrir en el futuro.

Un arqueólogo es un profesional que desde los hechos y datos de las ruinas, o restos que nos deja la historia, es capaz de construir reflexiones que sitúan acciones y condiciones, que en muchas ocasiones, restauran contextos, prácticas y costumbres de las cuales no se tiene conocimiento. En este sentido, un arqueólogo tiene la habilidad natural de sorprenderse y sorprender a la historia moderna sobre lo que ha pasado y motivar reflexiones sobre lo que puede pasar en el futuro.

De esta forma, siguiendo las líneas de acción de los arqueólogos, es necesario recabar en nuestras propias historias de vida para encontrar razones que nos sigan impulsando a conquistar nuestros sueños. Establecer ese diseño prospectivo sobre el terreno, para protagonizar las nuevas leyendas del futuro, esas que nos saquen de la zona cómoda, generen inciertos y abran nuevamente el escenario a oportunidades latentes; a un marco de aventuras donde podamos continuar madurando nuestra personalidad y perfeccionando el talento para romper con nuestros límites autoimpuestos.

En consecuencia, debemos configurarnos como arqueólogos del futuro, esos especialistas en explorar, descubrir, interpretar y analizar territorios inexplorados, con ruinas y vestigios de simulaciones prospectivas, de tal forma que podamos dar respuesta a los retos actuales trabajando sobre realidades que aún no ocurren. Un arqueólogo del futuro, entiende su vida con pasos cortos y mirada larga, como un eterno estudiante que busca sorprenderse de las revelaciones del futuro, que aún no ocurre en la realidad, y que si se materializan en su mente.

El arqueólogo del futuro, es una expresión que propone una contradicción conceptual, una vista emergente que potencia la construcción y vivencia desde el hoy, sabiendo que cada paso y mirada que se da, es una oportunidad para visualizar y darle sentido al futuro, no desde los conocimientos y retos que hemos superado, sino desde la visión trascendente que nos motiva, que nos emociona; desde aquellas cosas que nos animan, que nos gustan y disfrutamos, y para las cuales tenemos un don especial.

El arqueólogo del futuro, parafraseando a Sánchez-Bayo (2010), proyecta lo que es, en su interacción con el mundo, en su conexión con los otros y con su referente sagrado. Es un explorador de su propio talento, que revela su capacidad de hacer y manifesta el maestro que lleva dentro; un viajero del tiempo que sale al encuentro de experiencias distintas seducido por un edén prometido: su vida en plenitud.

El Editor

Referencia
Sánchez-Bayo, A. (2010) Arqueología del talento. En busca de los tesoros personales. Segunda Edición. Madrid, España: ESIC Editorial.
Renfrew, C. & Bahn, P. (1996) Archaeology : theories, methods and practice. London, UK.: Thames & Hudson.

sábado, 18 de mayo de 2019

"Sandbox" Interdisciplinar

Nos pasamos la vida explorando y conociendo, para incorporar nuevos saberes que nos permitan descubrir puntos de vista diferentes que abran puertas escondidas y no reveladas que lleven a comprensiones inéditas de la realidad. Somos seres habilitados para estar en movimiento, para cuestionar lo que vemos y sabemos, conscientes que lo que hoy entendemos y sabemos, mañana es posible que no sea lo que pensábamos.

Si bien la estabilidad de lo que conocemos, los estándares y las normas, son parte natural del marco donde la humanidad se mueve y avanza con la idea de “certeza”, tarde o temprano va a ser interrogado, cuando alguien levante la mano y pregunte: ¿se puede hacer de otra forma? Y en ese momento, nuevamente se iniciará el ciclo de reinvención que demanda salir de la zona conocida y explorar posibilidades que no estaban disponibles antes.

El cambio se dice que es la norma de la sociedad actual, un fenómeno que igualmente puede causar fatiga en los seres humanos, que no terminan de entender lo que ocurre, cuando hay una propuesta alternativa que reta lo que previamente era lo conocido. Cuando experimentamos la fatiga del cambio, recreamos la resistencia silenciosa donde vemos que pasan las cosas y dejamos que otros tomen la iniciativa. Cuando el cambio, sea requerido y necesario, es decir, cuando sea tiempo de un enfoque disruptivo, toma en cuenta que lo que has aprendido entrará en zona de inestabilidad y volatilidad.

Hemos de prepararnos para tener un “sandbox” (caja de arena) para poder experimentar las novedades que podamos advertir, con el fin tomar ventaja en la curva de aprendizaje, creando la zona de contradicción e incierto de manera temprana, donde es posible probar y evidenciar resultados que no encajan dentro de aquello que se esperaba. De esta forma, iremos quebrando la inercia de nuestros saberes disciplinares, para crear puentes y relaciones con otras disciplinas y así, encontrar lugares comunes no explorados que puedan terminar dando nuevas formas a la realidad.

Anticipar las zonas de inestabilidad y transformación de los retos empresariales y personales, permite a las personas y organizaciones anticipar ventanas de aprendizaje y sorpresa, que reten los saberes previos de los participantes, con el fin de abrir nuevas tensiones y conexiones que desarticulen las “verdades” vigentes, y promuevan una visión más sistémica, más integrada, donde no existen declaraciones “de facto”, sino oportunidades para construir distinciones que permanecían fuera del radar de nuestras creencias y conocimientos.

Mientras no desarrolles la habilidad de cruzar los dominios de conocimiento, estarás encerrado en los linderos gastados de tu disciplina, que se niega a evolucionar, y tratará de encajar la situación para interpretarla dentro de su propia realidad. Cuando tomamos el reto de caminar y crear rutas distintas, donde tenemos que “probar y experimentar” fuera de lo que conocemos, no tenemos otro resultado que aprender, esa experiencia maravillosa que trae consigo una vivencia que renueva y restaura la fuerza del poder transformador que hemos recibido al venir a este mundo.

El Editor

domingo, 12 de mayo de 2019

Hombre riesgoso


Existen muchos riesgos a los cuales los seres humanos están expuestos. Riesgos que implican generalmente mover al individuo de una zona de seguridad y comodidad, para lanzarlo a otro escenario donde no tiene control y donde debe reconstruir sus propias condiciones y reflexiones. En palabras de Osho (2019, p.237) “Uno deja todo aquello a lo que está acostumbrado, con lo que está cómodo, y va hacia lo desconocido sin estar seguro de si habrá algo en la otra orilla y ni siquiera si habrá otra orilla”.

El hombre que piensa y cuestiona sus propias creencias en un riesgo para la sociedad. La creencia, afirma Osho (2019, p.146-147) “te hace sentir que conoces la verdad, y ese sentimiento acaba siendo la mayor barrera en la búsqueda. (…) Vivirás rodeado de tu propia ilusión, autocreada y autosostenida”. Por tanto, madurar en aquello que crees, es abrirte a conocer y explorar fuera de los contornos de tu propia fe, para encontrar nuevas formas de darle sentido a tu propia experiencia y camino de iluminación.

El riesgo del hombre moderno, es vivir fuera de sí, cautivado por la dinámica de la sociedad que configura una forma de ver el mundo y una manera de actuar. Este hombre moderno, generalmente atrapado en la comodidad y la facilidad por hacer sus cosas, deja de ejercitar su músculo del pensamiento y la meditación, para darle paso a la efectividad de las cosas y la rapidez para obtener el bienestar. La sociedad le provee un “salvador” generalmente ejemplificado en el “poder”, el “placer” o el “tener”, que termina como referente para muchas de sus posturas y actividades.

Un hombre riesgoso e incómodo para la humanidad, es aquel que sencillamente es él mismo, aquel que deja de sufrir, de competir, de preocuparse si los demás tienen o no, aquel que ve el mundo y disfruta cada momento en él; una persona que no cae en la estrategia del sistema consumista que configura “marcas”, privilegia los “me gusta”, perfila consumidores y envuelve a los clientes, sino que vive al margen de ellas, como uno que se reta a sí mismo y hace que “su jardín sea más verde de su lado cada día” (Osho, 2019).

El mayor riesgo que un hombre puede experimentar es “aceptarse a sí mismo”, pues en esa medida la mirada no estará sobre las limitaciones de los otros, sino en el reto que implica desarrollar una mejor versión de sí mismo. De esta forma, al aceptarse a sí mismo, podrá encontrarse con los demás, sabiendo que en ellos igualmente se verifica el ejercicio de reconocimiento interior, que no es otro, que aceptar la imperfección, las limitaciones y desaciertos, que son la esencia del encuentro entre dos personas, donde ninguno tiene la necesidad de juzgarse a sí mismo.

Entender el riesgo como esa experiencia, donde lo que sabemos sobre el mundo deja de ser suficiente, donde lo conocido no logra explicar lo que ocurre y donde se suspende el ejercicio de la realidad vigente, es explorar aquellos linderos del potencial humano, para perseguir un anhelo, una visión desde el interior del hombre, que no tiene cálculos, ni temores, ni restricciones sino la fuerza de una búsqueda que se alimenta de las posibilidades y no de las probabilidades, para hacer realidad la semilla que la divinidad ha puesto en un ser que hace de su debilidad su propia fortaleza.

El Editor

Referencia
Osho (2019) Sal de tu zona de confort … y empieza a vivir. New York, USA: EDAF Ediciones.

sábado, 4 de mayo de 2019

Reacción y Respuesta


En el mundo de las relaciones humanas dos palabras son claves: reacción y respuesta. La reacción tiene que ver con la memoria, con las experiencias pasadas, con tus conocimientos y saberes previos, con aquello que tenemos como base de nuestras decisiones y quedó marcado en nuestro interior luego de que algo pasó en nuestra vida. La respuesta, es lo que ocurre en el momento presente, no tiene que ver con lo que pasó, sino con la consciencia, con la atención plena, donde nos enfrentamos a la novedad que ocurre en tiempo vigente, que nos permite entender la escena como única e irrepetible (Osho, 2019).

Muchas personas se pasan la vida reaccionando, es decir, tratando de dar forma al presente basados en sus hechos pasados, en sus conocimientos previos, mirando al futuro con un retrovisor, donde posiblemente no podemos ofrecer interpretaciones distintas a la realidad, pues se encuentran atrapadas en sus propias memorias y no se dan la oportunidad, de abrir una nueva página para re-escribir su propia historia en tiempo presente.

Quien constantemente reacciona no se da la oportunidad de vivir la inestabilidad del tiempo actual, ni se ocupa de mirar nuevos escenarios para actuar, pues su manera de ver el mundo y las “verdades” que allí mantiene, le dan la razón de sus acciones. En este sentido, todo aquel que reacciona entra en obsolescencia de su propia vida, en una espiral de conocimientos descendente que deteriora sus propia perspectiva del mundo y lo margina de nuevas posibilidades que se encuentran fuera de sus propios dominios.

De acuerdo con Osho (2019), quien responde, se abre al momento a momento, abre sus ojos al tiempo actual, para ver la situación con claridad, sin sobresaltos y sin prejuicios de experiencias previas, permitiendo que la serenidad de la mente elabore, reconozca y explore para actuar de forma concreta y sin marcas particulares. Un ejercicio que libera al hombre de sus restricciones autoimpuestas, para dar respuesta al momento, generando sorpresas y experiencias inesperadas, que le sorprenden y le habilitan para cambiarla.

Cuando reaccionamos, no se cambia la situación, se trata de enmarcar en las experiencias previas que posiblemente no corresponden con el momento y contexto donde ocurren las nuevas situaciones. Cada momento en la vida es diferente, por lo tanto todo aquello que intentamos explicar desde lo que hemos aprendido, posiblemente no será lo más adecuado frente al incierto que plantea lo que ocurre en este instante.

Si nos acostumbramos a responder, sin restricciones, con atención plena y sin prevenciones previas, podemos mirar los momentos con mayor libertad, con la consciencia clara y atenta donde, los saberes previos se reinventan y renuevan, para darle sentido a la existencia renovada que se tiene delante, pasando de una intrincada serie de variables con registros emplazada en nuestra memoria, para explorar y sorprendernos frente a la novedad que este instante nos propone.

Las experiencias previas nos marcan, nos dicen que algo ocurrió, y por tanto es necesario, no sólo aprender de ellas, sino desaprender de forma permanente, para enriquecer y renovar nuestra propia historia, como una hoja en blanco donde a diario re-escribimos y respondemos por la historia inacabada de una existencia continuamente nueva.

Referencia
Osho (2019) Sal de tu zona de confort … y empieza a vivir. New York, USA: EDAF Ediciones.  

sábado, 13 de abril de 2019

Encontrar respuestas

Todos los seres humanos tenemos preguntas, situaciones, contextos en los cuales queremos encontrar respuestas que alivien ese vacío o angustia interior que genera aquello para lo cual no hay una certeza. Somos seres incompletos, en obra negra permanente, pero con vocación de aventura y reto, que nos permite avanzar en medio del ruido del mundo para visualizar aquello que nos habilita para dar ese paso que nos lleve al siguiente nivel de evolución, donde “mudamos de piel” y reinventamos nuestra propia existencia.

Encontrar respuestas en un mundo “lleno de distracciones”, nos puede desviar de la esencia misma de lo que buscamos. Los reconocimientos, los aplausos, las distinciones, si bien son momentos importantes en la vida, como signo de que hay cosas que se están haciendo bien, de acuerdo con los estándares del mundo; deben ser utilizados como plataforma, para seguir interrogándonos sobre cual es la siguiente frontera que queremos alcanzar. Acomodarse en el sillón de los que “dejan de aprender”, es iniciar un proceso de oxidación del intelecto, del alma y del cuerpo, que termina en la maleza del “éxito” que te oculta del entorno y te niega la luz de la novedad.

Muchas veces queremos tener respuestas express, rápidas y concretas para mantener el ritmo de la vida y no perdernos de las condiciones cambiantes del ambiente, sin embargo, se hace necesario desacelerar un poco, revisar en profundidad y abrirnos a las posturas diversas, para desconectar aquello que creíamos era la “verdad” y retarnos a reconstruir y contar nuevas historias, donde las respuesta que buscamos aparecen entretejidas en las posturas que vamos encontrando. El ser humano, tiene hambre de entender y por lo tanto, deberá tomarse el tiempo para vivir aquello que desea desnudar, conocer y ser.

Cuando el hombre tiene la respuesta que necesita, la búsqueda no termina, sino que inicia un proceso de conexión ascendente, que deja de ser influida por los “destellos del mundo” y se deja sorprender por las “luces del alma”. Esas luces, surgen cada vez que es posible detener la exigencia de la eficiencia y la eficacia, y le damos paso, a la conversación personal, a la sanación interior y a la conexión espiritual. Nada más sabio, que perseverar en aquello que no se ve, para distinguir nuevas posibilidades en aquello que podemos ver y reconocer.

La vida del hombre que busca respuestas, es una vida en permanente evolución, en permanente reto. Es un hombre, que más allá de andar “desconectado de su realidad”, vive la esencia de su humanidad, de su propia vocación, de su propio destino. Las respuestas del hombre que se interroga a sí mismo, no vienen de gurús empresariales, ni de misteriosos maestros espirituales, sino de una oportunidad, de una decisión personal, que abre la ventana de su propia vida al aprendizaje, a la existencia de un “ser trascendente”, que se conecta con el mundo material, con la visión individual y con la luz de la fuente espiritual.

Encontrar respuestas en la vida, es vivir de cara a una vida intelectual y espiritualmente activa, que le permite al hombre, mantener su curiosidad, su inquietud, su conexión vital con el entorno y su interioridad, para establecer una relación de doble vía entre sus vocación y propósito de vida; una intensa y reiterativa promesa que reconoce y reconcilia al hombre consigo mismo, para descubrir que el mapa que ha construido no es el territorio y por tanto, su labor todo el tiempo no es encontrar respuestas correctas, sino construir mejores preguntas.

El Editor. 

domingo, 7 de abril de 2019

"Hacer silencio" y "Estar en silencio"


En un mundo en constante cambio y en desorden permanente, encontrar paz y tranquilidad parece una tarea inalcanzable. Explorar espacios de reflexión y reposo entre la marea de acciones y actividades humanas plantea un reto para una sociedad moderna, que busca afanosamente nuevos horizontes de desarrollo y capacidades novedosas para alcanzar mayores niveles de bienestar.

El silencio como elemento fundamental de la vida humana pasa desapercibido, mimetizado en el tejido de las tensiones y la turbulencia de los acontecimientos, como un extraño que pasea su mirada sobre la velocidad de los hechos, sin que nadie lo note y lo advierta como ese narrador de una historia donde la contradicción, los inciertos y las zozobras son parte de los nuevos estándares de una sociedad que exige eficiencia, eficacia y efectividad, como pilares de una vida centrada en el  “saber” y en el “saber hacer”.

“Hacer silencio”, es distinto que “estar en silencio”. Mientras el primero, trata sobre las condiciones del entorno, esa ausencia de ondas sonoras o expresiones perceptibles por el oído humano que advierten un escenario de aislamiento y determinado por un reconocimiento de una persona frente a su espacio; el segundo es una expresión de un camino interior, de un control del ruido interno del ser humano, que busca encontrar una ruta de conocimiento profundo, que lo conecte con su “yo interior”, con la esencia de su propio ser, donde se reconoce limitado y vulnerable, y al mismo tiempo, motivado y emocionado.

El silencio exige una condición creativa del ser humano. Se requiere mucha creatividad para lograr “hacer silencio”, como preámbulo para “estar en silencio”. La creatividad supone cambiar o perturbar el orden establecido, cuestionar las reglas del mundo sobre el acallar los bombardeos permanentes de las emociones, de las angustias, de los afanes, para crear un nueva manera de desconectar el cuerpo de la invasión sonora del entorno actual; un tomar distancia y poder ver “cómo vibra el mundo” sin oscilar con él.

Cuando logramos esa distancia prudente, es posible conectarnos con la vista interior del hombre. Se revela la presencia del ser, la magia interna del individuo, que espera su turno para dialogar en un espacio, para muchos desconocido, donde el hombre se reconoce a sí mismo con su visión trascendente. En ese punto y lugar, ya no existe una división entre lo físico y lo espiritual, sino una vista sistémica de la realidad que alcanza todos los linderos de la vida humana, un espacio privilegiado que representa una ruptura con el orden cartesiano preestablecido por las mayorías y sus intereses particulares.

“Estar en silencio” es un ejercicio donde se suspende la realidad, donde el “saber” y el “saber hacer” pasan a un segundo plano para dar paso al “saber ser”. Una competencia que busca conectar al hombre con su liderazgo personal y trascendente, con el perfeccionamiento de su vida espiritual y sobremanera, con la fuente misma de su fuerza interior, que no es otra cosa, que su permanente contacto con su visión de un ser superior, en el cual se transforman y logran todos sus deseos, y se colman todas sus esperanzas.

El silencio representa la mirada del hombre, que conectado con su realidad exterior, posibilita una ruta hacia su interior, donde se rompe con la linealidad del mundo, con las estridentes y brillantes luces de las vanidades humanas, para crear caos e incierto en el mundo visible, que prepare y promueve una nueva lógica del mundo, desde aquello que es invisible.

El Editor

domingo, 10 de marzo de 2019

Desiertos modernos

Dicen que en los desiertos pasan cosas interesantes. En los desiertos nacieron las religiones más importantes del mundo. En los desiertos se corren las carreras más retadoras y arriesgadas del planeta. En los desiertos se encuentran las temperaturas más extremas, aquellas que producen insolación y otras que generan congelación. Los desiertos son escenarios de reflexión y expectativa para muchas personas, donde es posible que cada una de ellas experimente situaciones trascendentes donde el encuentro consigo mismo siempre es posible.

Cuando los nómadas caminan en el desierto, no van sin norte o perdidos bajo el sol incandescente sobre las arenas, llevan un espíritu abierto a la sorpresa y la aventura, que les permite estar alerta y en permanente aprendizaje sobre el entorno que le rodea. Cuando ellos navegan en el desierto, ven en el horizonte diferentes posibilidades y alternativas, descubren los secretos de los vientos y se encuentran con el oasis de la alegría que registran en sus bitácoras.

Tener un desierto en la vida, no significa ir perdido o desamparado, es encontrar ese momento de meditación y reflexión que le permite al hombre encontrarse consigo mismo y reinventar sus propios sueños. Los desiertos son signos de exigencia y humildad, son caminos que descubren la esencia de lo que el hombre es, para pasar de la oscuridad a la luz, de la desesperanza a la alegría, del temor a la valentía, y sobremanera, de la vulnerabilidad a la ductilidad.

Los desiertos marcan en el planeta signos de deforestación y erosión de la tierra. Para los hombres los desiertos, son escenarios de renovación y encuentro. Son camino de apertura de horizontes, de recarga de energía y de reconstrucción de verdades aprendidas. Es el momento para ver la vida en perspectiva, no con tristeza o desolación, sino con pasión y entrega, pues allí están delineados los caminos alternos que se pierden en la inmensidad de sus arenas.

Cuando tienes la oportunidad de conquistar el desierto, sabes que has abierto la posibilidad para aprender/desaprender, has puesto en el asador de tu vida toda la carne de tu conocimiento, de tus deseos y logros, así como tus desaciertos y aspectos que no has podido lograr. En el desierto, no existen malos momentos, ni equivocaciones, sólo lecciones de vida que logras capitalizar cuando sabes que tu existencia se erige sobre la fuerza de tu fe, la perseverancia de la verdad y la exigencia de tus convicciones.

El desierto es, entonces, un lugar privilegiado para el hombre que busca constantemente su potencial, que no abandona su proyecto de vida, sino que lo fortalece y lo renueva desde la realidad que vive día a día. El hombre del desierto, no es un hombre penitente, es un hombre de aventuras, en meditación permanente y abierto para comprender las señales del camino. Un hombre que no teme verse tal cual es y sabe que los retos del camino, sólo son los saberes necesarios para alcanzar los nuevos destinos que la vida le tiene preparados.

¡ Vivir el desierto en el mundo actual, es vivir como extranjero en tierra conocidas !

El Editor