sábado, 18 de mayo de 2019

"Sandbox" Interdisciplinar

Nos pasamos la vida explorando y conociendo, para incorporar nuevos saberes que nos permitan descubrir puntos de vista diferentes que abran puertas escondidas y no reveladas que lleven a comprensiones inéditas de la realidad. Somos seres habilitados para estar en movimiento, para cuestionar lo que vemos y sabemos, conscientes que lo que hoy entendemos y sabemos, mañana es posible que no sea lo que pensábamos.

Si bien la estabilidad de lo que conocemos, los estándares y las normas, son parte natural del marco donde la humanidad se mueve y avanza con la idea de “certeza”, tarde o temprano va a ser interrogado, cuando alguien levante la mano y pregunte: ¿se puede hacer de otra forma? Y en ese momento, nuevamente se iniciará el ciclo de reinvención que demanda salir de la zona conocida y explorar posibilidades que no estaban disponibles antes.

El cambio se dice que es la norma de la sociedad actual, un fenómeno que igualmente puede causar fatiga en los seres humanos, que no terminan de entender lo que ocurre, cuando hay una propuesta alternativa que reta lo que previamente era lo conocido. Cuando experimentamos la fatiga del cambio, recreamos la resistencia silenciosa donde vemos que pasan las cosas y dejamos que otros tomen la iniciativa. Cuando el cambio, sea requerido y necesario, es decir, cuando sea tiempo de un enfoque disruptivo, toma en cuenta que lo que has aprendido entrará en zona de inestabilidad y volatilidad.

Hemos de prepararnos para tener un “sandbox” (caja de arena) para poder experimentar las novedades que podamos advertir, con el fin tomar ventaja en la curva de aprendizaje, creando la zona de contradicción e incierto de manera temprana, donde es posible probar y evidenciar resultados que no encajan dentro de aquello que se esperaba. De esta forma, iremos quebrando la inercia de nuestros saberes disciplinares, para crear puentes y relaciones con otras disciplinas y así, encontrar lugares comunes no explorados que puedan terminar dando nuevas formas a la realidad.

Anticipar las zonas de inestabilidad y transformación de los retos empresariales y personales, permite a las personas y organizaciones anticipar ventanas de aprendizaje y sorpresa, que reten los saberes previos de los participantes, con el fin de abrir nuevas tensiones y conexiones que desarticulen las “verdades” vigentes, y promuevan una visión más sistémica, más integrada, donde no existen declaraciones “de facto”, sino oportunidades para construir distinciones que permanecían fuera del radar de nuestras creencias y conocimientos.

Mientras no desarrolles la habilidad de cruzar los dominios de conocimiento, estarás encerrado en los linderos gastados de tu disciplina, que se niega a evolucionar, y tratará de encajar la situación para interpretarla dentro de su propia realidad. Cuando tomamos el reto de caminar y crear rutas distintas, donde tenemos que “probar y experimentar” fuera de lo que conocemos, no tenemos otro resultado que aprender, esa experiencia maravillosa que trae consigo una vivencia que renueva y restaura la fuerza del poder transformador que hemos recibido al venir a este mundo.

El Editor

domingo, 12 de mayo de 2019

Hombre riesgoso


Existen muchos riesgos a los cuales los seres humanos están expuestos. Riesgos que implican generalmente mover al individuo de una zona de seguridad y comodidad, para lanzarlo a otro escenario donde no tiene control y donde debe reconstruir sus propias condiciones y reflexiones. En palabras de Osho (2019, p.237) “Uno deja todo aquello a lo que está acostumbrado, con lo que está cómodo, y va hacia lo desconocido sin estar seguro de si habrá algo en la otra orilla y ni siquiera si habrá otra orilla”.

El hombre que piensa y cuestiona sus propias creencias en un riesgo para la sociedad. La creencia, afirma Osho (2019, p.146-147) “te hace sentir que conoces la verdad, y ese sentimiento acaba siendo la mayor barrera en la búsqueda. (…) Vivirás rodeado de tu propia ilusión, autocreada y autosostenida”. Por tanto, madurar en aquello que crees, es abrirte a conocer y explorar fuera de los contornos de tu propia fe, para encontrar nuevas formas de darle sentido a tu propia experiencia y camino de iluminación.

El riesgo del hombre moderno, es vivir fuera de sí, cautivado por la dinámica de la sociedad que configura una forma de ver el mundo y una manera de actuar. Este hombre moderno, generalmente atrapado en la comodidad y la facilidad por hacer sus cosas, deja de ejercitar su músculo del pensamiento y la meditación, para darle paso a la efectividad de las cosas y la rapidez para obtener el bienestar. La sociedad le provee un “salvador” generalmente ejemplificado en el “poder”, el “placer” o el “tener”, que termina como referente para muchas de sus posturas y actividades.

Un hombre riesgoso e incómodo para la humanidad, es aquel que sencillamente es él mismo, aquel que deja de sufrir, de competir, de preocuparse si los demás tienen o no, aquel que ve el mundo y disfruta cada momento en él; una persona que no cae en la estrategia del sistema consumista que configura “marcas”, privilegia los “me gusta”, perfila consumidores y envuelve a los clientes, sino que vive al margen de ellas, como uno que se reta a sí mismo y hace que “su jardín sea más verde de su lado cada día” (Osho, 2019).

El mayor riesgo que un hombre puede experimentar es “aceptarse a sí mismo”, pues en esa medida la mirada no estará sobre las limitaciones de los otros, sino en el reto que implica desarrollar una mejor versión de sí mismo. De esta forma, al aceptarse a sí mismo, podrá encontrarse con los demás, sabiendo que en ellos igualmente se verifica el ejercicio de reconocimiento interior, que no es otro, que aceptar la imperfección, las limitaciones y desaciertos, que son la esencia del encuentro entre dos personas, donde ninguno tiene la necesidad de juzgarse a sí mismo.

Entender el riesgo como esa experiencia, donde lo que sabemos sobre el mundo deja de ser suficiente, donde lo conocido no logra explicar lo que ocurre y donde se suspende el ejercicio de la realidad vigente, es explorar aquellos linderos del potencial humano, para perseguir un anhelo, una visión desde el interior del hombre, que no tiene cálculos, ni temores, ni restricciones sino la fuerza de una búsqueda que se alimenta de las posibilidades y no de las probabilidades, para hacer realidad la semilla que la divinidad ha puesto en un ser que hace de su debilidad su propia fortaleza.

El Editor

Referencia
Osho (2019) Sal de tu zona de confort … y empieza a vivir. New York, USA: EDAF Ediciones.

sábado, 4 de mayo de 2019

Reacción y Respuesta


En el mundo de las relaciones humanas dos palabras son claves: reacción y respuesta. La reacción tiene que ver con la memoria, con las experiencias pasadas, con tus conocimientos y saberes previos, con aquello que tenemos como base de nuestras decisiones y quedó marcado en nuestro interior luego de que algo pasó en nuestra vida. La respuesta, es lo que ocurre en el momento presente, no tiene que ver con lo que pasó, sino con la consciencia, con la atención plena, donde nos enfrentamos a la novedad que ocurre en tiempo vigente, que nos permite entender la escena como única e irrepetible (Osho, 2019).

Muchas personas se pasan la vida reaccionando, es decir, tratando de dar forma al presente basados en sus hechos pasados, en sus conocimientos previos, mirando al futuro con un retrovisor, donde posiblemente no podemos ofrecer interpretaciones distintas a la realidad, pues se encuentran atrapadas en sus propias memorias y no se dan la oportunidad, de abrir una nueva página para re-escribir su propia historia en tiempo presente.

Quien constantemente reacciona no se da la oportunidad de vivir la inestabilidad del tiempo actual, ni se ocupa de mirar nuevos escenarios para actuar, pues su manera de ver el mundo y las “verdades” que allí mantiene, le dan la razón de sus acciones. En este sentido, todo aquel que reacciona entra en obsolescencia de su propia vida, en una espiral de conocimientos descendente que deteriora sus propia perspectiva del mundo y lo margina de nuevas posibilidades que se encuentran fuera de sus propios dominios.

De acuerdo con Osho (2019), quien responde, se abre al momento a momento, abre sus ojos al tiempo actual, para ver la situación con claridad, sin sobresaltos y sin prejuicios de experiencias previas, permitiendo que la serenidad de la mente elabore, reconozca y explore para actuar de forma concreta y sin marcas particulares. Un ejercicio que libera al hombre de sus restricciones autoimpuestas, para dar respuesta al momento, generando sorpresas y experiencias inesperadas, que le sorprenden y le habilitan para cambiarla.

Cuando reaccionamos, no se cambia la situación, se trata de enmarcar en las experiencias previas que posiblemente no corresponden con el momento y contexto donde ocurren las nuevas situaciones. Cada momento en la vida es diferente, por lo tanto todo aquello que intentamos explicar desde lo que hemos aprendido, posiblemente no será lo más adecuado frente al incierto que plantea lo que ocurre en este instante.

Si nos acostumbramos a responder, sin restricciones, con atención plena y sin prevenciones previas, podemos mirar los momentos con mayor libertad, con la consciencia clara y atenta donde, los saberes previos se reinventan y renuevan, para darle sentido a la existencia renovada que se tiene delante, pasando de una intrincada serie de variables con registros emplazada en nuestra memoria, para explorar y sorprendernos frente a la novedad que este instante nos propone.

Las experiencias previas nos marcan, nos dicen que algo ocurrió, y por tanto es necesario, no sólo aprender de ellas, sino desaprender de forma permanente, para enriquecer y renovar nuestra propia historia, como una hoja en blanco donde a diario re-escribimos y respondemos por la historia inacabada de una existencia continuamente nueva.

Referencia
Osho (2019) Sal de tu zona de confort … y empieza a vivir. New York, USA: EDAF Ediciones.  

sábado, 13 de abril de 2019

Encontrar respuestas

Todos los seres humanos tenemos preguntas, situaciones, contextos en los cuales queremos encontrar respuestas que alivien ese vacío o angustia interior que genera aquello para lo cual no hay una certeza. Somos seres incompletos, en obra negra permanente, pero con vocación de aventura y reto, que nos permite avanzar en medio del ruido del mundo para visualizar aquello que nos habilita para dar ese paso que nos lleve al siguiente nivel de evolución, donde “mudamos de piel” y reinventamos nuestra propia existencia.

Encontrar respuestas en un mundo “lleno de distracciones”, nos puede desviar de la esencia misma de lo que buscamos. Los reconocimientos, los aplausos, las distinciones, si bien son momentos importantes en la vida, como signo de que hay cosas que se están haciendo bien, de acuerdo con los estándares del mundo; deben ser utilizados como plataforma, para seguir interrogándonos sobre cual es la siguiente frontera que queremos alcanzar. Acomodarse en el sillón de los que “dejan de aprender”, es iniciar un proceso de oxidación del intelecto, del alma y del cuerpo, que termina en la maleza del “éxito” que te oculta del entorno y te niega la luz de la novedad.

Muchas veces queremos tener respuestas express, rápidas y concretas para mantener el ritmo de la vida y no perdernos de las condiciones cambiantes del ambiente, sin embargo, se hace necesario desacelerar un poco, revisar en profundidad y abrirnos a las posturas diversas, para desconectar aquello que creíamos era la “verdad” y retarnos a reconstruir y contar nuevas historias, donde las respuesta que buscamos aparecen entretejidas en las posturas que vamos encontrando. El ser humano, tiene hambre de entender y por lo tanto, deberá tomarse el tiempo para vivir aquello que desea desnudar, conocer y ser.

Cuando el hombre tiene la respuesta que necesita, la búsqueda no termina, sino que inicia un proceso de conexión ascendente, que deja de ser influida por los “destellos del mundo” y se deja sorprender por las “luces del alma”. Esas luces, surgen cada vez que es posible detener la exigencia de la eficiencia y la eficacia, y le damos paso, a la conversación personal, a la sanación interior y a la conexión espiritual. Nada más sabio, que perseverar en aquello que no se ve, para distinguir nuevas posibilidades en aquello que podemos ver y reconocer.

La vida del hombre que busca respuestas, es una vida en permanente evolución, en permanente reto. Es un hombre, que más allá de andar “desconectado de su realidad”, vive la esencia de su humanidad, de su propia vocación, de su propio destino. Las respuestas del hombre que se interroga a sí mismo, no vienen de gurús empresariales, ni de misteriosos maestros espirituales, sino de una oportunidad, de una decisión personal, que abre la ventana de su propia vida al aprendizaje, a la existencia de un “ser trascendente”, que se conecta con el mundo material, con la visión individual y con la luz de la fuente espiritual.

Encontrar respuestas en la vida, es vivir de cara a una vida intelectual y espiritualmente activa, que le permite al hombre, mantener su curiosidad, su inquietud, su conexión vital con el entorno y su interioridad, para establecer una relación de doble vía entre sus vocación y propósito de vida; una intensa y reiterativa promesa que reconoce y reconcilia al hombre consigo mismo, para descubrir que el mapa que ha construido no es el territorio y por tanto, su labor todo el tiempo no es encontrar respuestas correctas, sino construir mejores preguntas.

El Editor. 

domingo, 7 de abril de 2019

"Hacer silencio" y "Estar en silencio"


En un mundo en constante cambio y en desorden permanente, encontrar paz y tranquilidad parece una tarea inalcanzable. Explorar espacios de reflexión y reposo entre la marea de acciones y actividades humanas plantea un reto para una sociedad moderna, que busca afanosamente nuevos horizontes de desarrollo y capacidades novedosas para alcanzar mayores niveles de bienestar.

El silencio como elemento fundamental de la vida humana pasa desapercibido, mimetizado en el tejido de las tensiones y la turbulencia de los acontecimientos, como un extraño que pasea su mirada sobre la velocidad de los hechos, sin que nadie lo note y lo advierta como ese narrador de una historia donde la contradicción, los inciertos y las zozobras son parte de los nuevos estándares de una sociedad que exige eficiencia, eficacia y efectividad, como pilares de una vida centrada en el  “saber” y en el “saber hacer”.

“Hacer silencio”, es distinto que “estar en silencio”. Mientras el primero, trata sobre las condiciones del entorno, esa ausencia de ondas sonoras o expresiones perceptibles por el oído humano que advierten un escenario de aislamiento y determinado por un reconocimiento de una persona frente a su espacio; el segundo es una expresión de un camino interior, de un control del ruido interno del ser humano, que busca encontrar una ruta de conocimiento profundo, que lo conecte con su “yo interior”, con la esencia de su propio ser, donde se reconoce limitado y vulnerable, y al mismo tiempo, motivado y emocionado.

El silencio exige una condición creativa del ser humano. Se requiere mucha creatividad para lograr “hacer silencio”, como preámbulo para “estar en silencio”. La creatividad supone cambiar o perturbar el orden establecido, cuestionar las reglas del mundo sobre el acallar los bombardeos permanentes de las emociones, de las angustias, de los afanes, para crear un nueva manera de desconectar el cuerpo de la invasión sonora del entorno actual; un tomar distancia y poder ver “cómo vibra el mundo” sin oscilar con él.

Cuando logramos esa distancia prudente, es posible conectarnos con la vista interior del hombre. Se revela la presencia del ser, la magia interna del individuo, que espera su turno para dialogar en un espacio, para muchos desconocido, donde el hombre se reconoce a sí mismo con su visión trascendente. En ese punto y lugar, ya no existe una división entre lo físico y lo espiritual, sino una vista sistémica de la realidad que alcanza todos los linderos de la vida humana, un espacio privilegiado que representa una ruptura con el orden cartesiano preestablecido por las mayorías y sus intereses particulares.

“Estar en silencio” es un ejercicio donde se suspende la realidad, donde el “saber” y el “saber hacer” pasan a un segundo plano para dar paso al “saber ser”. Una competencia que busca conectar al hombre con su liderazgo personal y trascendente, con el perfeccionamiento de su vida espiritual y sobremanera, con la fuente misma de su fuerza interior, que no es otra cosa, que su permanente contacto con su visión de un ser superior, en el cual se transforman y logran todos sus deseos, y se colman todas sus esperanzas.

El silencio representa la mirada del hombre, que conectado con su realidad exterior, posibilita una ruta hacia su interior, donde se rompe con la linealidad del mundo, con las estridentes y brillantes luces de las vanidades humanas, para crear caos e incierto en el mundo visible, que prepare y promueve una nueva lógica del mundo, desde aquello que es invisible.

El Editor

domingo, 10 de marzo de 2019

Desiertos modernos

Dicen que en los desiertos pasan cosas interesantes. En los desiertos nacieron las religiones más importantes del mundo. En los desiertos se corren las carreras más retadoras y arriesgadas del planeta. En los desiertos se encuentran las temperaturas más extremas, aquellas que producen insolación y otras que generan congelación. Los desiertos son escenarios de reflexión y expectativa para muchas personas, donde es posible que cada una de ellas experimente situaciones trascendentes donde el encuentro consigo mismo siempre es posible.

Cuando los nómadas caminan en el desierto, no van sin norte o perdidos bajo el sol incandescente sobre las arenas, llevan un espíritu abierto a la sorpresa y la aventura, que les permite estar alerta y en permanente aprendizaje sobre el entorno que le rodea. Cuando ellos navegan en el desierto, ven en el horizonte diferentes posibilidades y alternativas, descubren los secretos de los vientos y se encuentran con el oasis de la alegría que registran en sus bitácoras.

Tener un desierto en la vida, no significa ir perdido o desamparado, es encontrar ese momento de meditación y reflexión que le permite al hombre encontrarse consigo mismo y reinventar sus propios sueños. Los desiertos son signos de exigencia y humildad, son caminos que descubren la esencia de lo que el hombre es, para pasar de la oscuridad a la luz, de la desesperanza a la alegría, del temor a la valentía, y sobremanera, de la vulnerabilidad a la ductilidad.

Los desiertos marcan en el planeta signos de deforestación y erosión de la tierra. Para los hombres los desiertos, son escenarios de renovación y encuentro. Son camino de apertura de horizontes, de recarga de energía y de reconstrucción de verdades aprendidas. Es el momento para ver la vida en perspectiva, no con tristeza o desolación, sino con pasión y entrega, pues allí están delineados los caminos alternos que se pierden en la inmensidad de sus arenas.

Cuando tienes la oportunidad de conquistar el desierto, sabes que has abierto la posibilidad para aprender/desaprender, has puesto en el asador de tu vida toda la carne de tu conocimiento, de tus deseos y logros, así como tus desaciertos y aspectos que no has podido lograr. En el desierto, no existen malos momentos, ni equivocaciones, sólo lecciones de vida que logras capitalizar cuando sabes que tu existencia se erige sobre la fuerza de tu fe, la perseverancia de la verdad y la exigencia de tus convicciones.

El desierto es, entonces, un lugar privilegiado para el hombre que busca constantemente su potencial, que no abandona su proyecto de vida, sino que lo fortalece y lo renueva desde la realidad que vive día a día. El hombre del desierto, no es un hombre penitente, es un hombre de aventuras, en meditación permanente y abierto para comprender las señales del camino. Un hombre que no teme verse tal cual es y sabe que los retos del camino, sólo son los saberes necesarios para alcanzar los nuevos destinos que la vida le tiene preparados.

¡ Vivir el desierto en el mundo actual, es vivir como extranjero en tierra conocidas !

El Editor

sábado, 2 de marzo de 2019

Tres tipos de personas


Cuando se leen las Sagradas Escrituras (en el contexto de la religión católica) encontramos diferentes ejemplos de tipos de personas: unas que están dispuestas a enfrentar sus retos, otras que no lo están y aquellas que definitivamente no quieren y no pueden.

La primeras son personas que superan sus propios sesgos, sus propios temores y miedos, para dar un paso en medio del vacío, con la confianza puesta en la divinidad, para lograr todo aquello que se proponen. Si no lo logran, ha sido un intento más, donde han aprendido y reconocido que tienen oportunidades y ventanas de aprendizaje para potenciar sus propios estándares. Luego, recargan fuerzas, consolidan nuevas condiciones personales y contextuales y se lanzan nuevamente a conquistar sus propios desafíos para ver en sí mismos el brillo de la fuerza divina, que los transforma en otros distintos.

Las personas que no están dispuestas a superar sus retos, son aquellas que le tienen miedo a lograr lo que se proponen. Temen más por el “qué dirán”, que por el reto mismo de alcanzar lo que quieren. Están atrapadas en el control que ejercen otros sobre ellos. Delegan el control de sus propias vidas a los comentarios de otros, dejando que sus propias iniciativas carezcan de la fuerza necesaria para superar sus propias autorestricciones. Las personas que temen enfrentar sus desafíos, piensan más en la falla que en los grandes aprendizajes que se ganan intentando llegar hasta donde otros no lo han hecho. Quienes se asustan con sus retos, no avanzan y por lo tanto, tienden a retroceder.

Las terceras personas están atrapadas, no en los intentos, sino en la calificación emocional y afectiva de éstos, que se denomina “fracaso”. No comprenden que las fallas o aquellas cosas que no salen como estaban planeadas, son parte inherente del proceso de aprender y crecer como seres humanos. Aprendemos mucho más de aquello que no resulta como esperábamos, que de los momentos donde logramos lo que queremos. Entender el error como una oportunidad para superar nuestros inciertos, nos permite ver la vida en perspectiva, en clave educativa, es decir, como aprendices que reconocen que no saben y están dispuestos a dar su mejor esfuerzo para retar sus posturas y saberes previos.

El hombre moderno y conectado con su espiritualidad profunda, no busca desesperadamente encontrar garantías absolutas de que nada fallará, sino que navega en océanos de incertidumbres, para conquistar archipiélagos de certezas, que lo invitan en cada momento a renovar sus marcos de conocimiento y reconocimiento del mundo, como una forma natural para seguir avanzando mar adentro, como Pedro y Santiago, para lanzar las redes y obtener la pesca abundante. Esa que no es otra, que confiar en la palabra del Crucificado, para abrirse a la bendición abundante y generosa de aquel que cree sin haber visto.

Las Escrituras no contienen una historia de un “fracaso”, sino diferentes historias de hombres que continúan intentando, perseverando y aprendiendo que la vida es, una oportunidad finita que tiene la humanidad para experimentar la luz de la esperanza, la tenacidad del navegante, la experiencia del pescador y la sabiduría de los ancianos, como testimonios de fe inquebrantables que ven en cada momento de la vida, la mejor preparación para alcanzar el siguiente nivel en lo personal, en lo profesional y en lo espiritual.

El Editor

domingo, 24 de febrero de 2019

Superando los sesgos cognitivos

Sufrimos frecuentemente de sesgos cognitivos, esas cegueras que nuestros propios marcos conceptuales nos generan, cuando queremos encuadrar la realidad dentro de los parámetros reconocidos y validados de nuestra propio entorno. Esos sesgos, si bien mantienen una estabilidad básica sobre la forma como comprendemos el universo, también pueden inhibir la capacidad cambio, que en últimas, es poca disposición para romper la comprensión existente y abrirse a aprender/desaprender de aquello que es desconocido.

Cuando los sesgos cognitivos dominan e imponen una manera del ver el mundo, estamos en la zona donde “nada pasa”, donde la estabilidad del mundo está presente, y si se presenta un cambio, las cosas serán interpretadas desde la visión vigente y manejadas por los intereses más influyentes del momento. Un sesgo cognitivo, podría llegar a ser una “prisión cognitiva” para un ser humano, cuando sus reflexiones no generan posturas más allá de los límites que le impone el sistema que lo contiene y cualquier desafío a dicho sistema, será controlado o desestimado.

Si reconocemos con frecuencia nuestros sesgos cognitivos, estaremos creando “espacios en blanco” para pensar, revisar, analizar, repensar y renovar la manera como entendemos los fenómenos del ambiente. Esa oportunidad, que siendo una decisión personal, demanda apertura, humildad, generosidad, vulnerabilidad y desconcierto para tensionar nuestros saberes previos y dejar que las nuevas propuestas, desconecten aquello que sabemos, para visualizar un espacio de ideas extendido y enriquecido, donde el reto está en conectar nuevamente los puntos, de formas inesperadas e inéditas, en condiciones desconocidas y muchas veces contradictorias.

Para lograr lo anterior, la curiosidad es un elemento fundamental que busca ese momento “de la primera vez” que crea sorpresa, inquietud, preguntas y acciones, para caminar y experimentar sobre eso que ha captado la atención y que se encuentra más allá de lo que conocemos hasta la fecha. La curiosidad es una fuerza interior que mira a su alrededor para hacer preguntas, para buscar mensajes, identificar pistas, detallar rarezas, encontrar contradicciones, destruir límites; esos patrones silenciosos que pasan inadvertidos, que nos permiten encontrarnos en la condición perfecta para aprender: “declarar que no sabemos”.

Superar los sesgos cognitivos implica dar un paso hacia adelante donde no conocemos, experimentar en un dominio donde no somos expertos, dejarnos interrogar por preguntas sencillas e inciertas, crear empatía con la incertidumbre, para cruzar el umbral de seguridad que nuestra mente nos pone, y así identificar oportunidades que se convierten en ventanas de aprendizaje/desprendizaje que definen aventuras inesperadas e inéditas para ser parte de historias únicas, donde el protagonista es el que ha decidido tomar riesgos calculados.

Si bien los cambios en nuestra vida, no van a ser automáticos, si es necesario habilitar experiencias, escenarios y contextos que nos permitan mantenernos alertas a los nuevos sesgos cognitivos, con el fin de mantener ese nuevo “sano, santo y sabio” normal: “reconocer que tenemos una vista parcial del mundo” y que, siempre podemos habilitar un espacio para retar aquello que conocemos, para desconectarlo y repensarlo para ver más allá de aquello que en una circunstancia de tiempo, modo y lugar, se ha acordado socialmente que es la “realidad”.

El Editor.

domingo, 17 de febrero de 2019

Mirar al futuro


Si hay una competencia que el hombre moderno debe desarrollar es mirar al futuro. No para generar ansiedad o superávit de éste, sino para movilizarse desde el presente para concretar sus posibilidades. En este ejercicio, es natural que se encuentren aspectos inciertos e inestables, que no permiten dar cuenta de ese escenario que se quiere para los próximos años, sin embargo, es clave advertir e identificar con claridad aquellas alertas tempranas que sugieren cambios estructurales en el porvenir.

Para lograr lo anterior, es necesario identificar y comprender qué es un cambio estructural, cómo a través de señales, inconsistencias y rarezas, es posible revelar tendencias emergentes que nos previenen sobre los nuevos normales que el mundo revela para aprovechar sus oportunidades. Ver el cambio estructural en medio de las inestabilidades, es un comportamiento que implica leer implicaciones, imaginar posibilidades y comprender las contradicciones de los eventos que se observan en la actualidad.

Si logramos condensar nuestros análisis de eso que observamos en un mapa de conexiones entre nuestro entorno actual y los retos del mañana, podemos diseñar estrategias de colaboración, co-innovación y co-operación, de tal forma, que sea posible motivar cambios desde esfuerzos conjuntos que cambien la visión del mundo. El futuro nos es un lugar para solitarios, es un escenario para colectivos, para ideas colaborativas donde todos podemos ser parte de una visión conjunta, desde la aplicación de nuestros saberes y habilidades particulares.

Para lograrlo, se requiere crear entornos psicológicamente seguros para explorar, experimentar y validar ideas que reten los conocimientos y estado del arte actual en diferentes dominios. Cuando somos capaces de romper la inercia de un paradigma en un dominio del conocimiento, es posible abrir la puerta para construir propuestas que renueven la manera de hacer y conocer. Si bien todas las respuesta actuales de la ciencia a los problemas de la humanidad son parciales, son los cambios de perspectiva y la ideas disruptivas las que muestran que tenemos la oportunidad para hacer del mundo un lugar interesante para vivir y existir.

Ver, probar y adaptar son tres palabras que se deben instalar y desarrollar en el lenguaje de las propuestas pedagógicas contemporáneas, para desinstalar el repetir, responder y alinear con los saberes previos de aquellos docentes, que aún esperan que sus estudiantes respondan de la manera como ellos esperan, o como la teoría vigente hasta el momento les indica. Crear el futuro que deseamos, es una apuesta para desconectar las verdades que conocemos a la fecha y lanzarnos a conectar nuevos puntos en el espacio de oportunidades que un entorno incierto e inestable nos plantea.

Mirar al futuro, no es un ejercicio para olvidar el presente, ni una distracción para lograr un mañana. Es preparar y desarrollar reflexiones retadoras y exigentes, que permitan crear escenarios posibles y factibles, para optar por opciones resilientes, que transformen la manera de hacer las cosas, y así tomar decisiones informadas y conscientes, aún sin toda la información disponible, para liderar cambios personales que restauren y reinventen la manera como vemos el mundo.

El Editor  

sábado, 9 de febrero de 2019

Alejarse de la orilla


Alejarse de la orilla”, es un ejercicio para lanzarnos a explorar y navegar en aguas poco conocidas. Es una decisión personal o comunitaria que declara el reto de atravesar lo conocido, abandonar las comodidades y cuestionar los saberes previos. “Dejar de ver la orilla”, implica soñar con construir un futuro, desde las competencias y exigencias presentes, sabiendo que si bien no tenemos todos los elementos para hacerlo, tenemos la capacidad para aprender y desprender, para visionar de forma activa lo que queremos lograr.

Alejarnos de la orilla, implicar enfrentarnos a la incertidumbre y la inestabilidad de un entorno que empezamos a descubrir. De acuerdo con el Prof. Schoemaker en su libro Profiting from Uncertainty, cuando nos asaltan las dudas y los inciertos, podemos ser presa de prejuicios cognitivos que limitan nuestra capacidad de aprovechar al máximo el momento. El académico se refiere a ellos como ojos miopes (respecto de la forma en que entendemos y asumimos el riesgo) y almas tímidas (sobre la forma como elegimos cuando enfrentamos los inciertos).

Los ojos miopes implican que no somos capaces de imaginar, visualizar y soñar con las oportunidades potenciales que las situaciones desconocidas pueden generar. Afirma Schoemaker “estamos demasiado seguros de nuestra visión única sobre el futuro, y no se tienen suficientemente en cuenta las opiniones alternativas”(Schoemaker, 2002, p.251). Quebrar la vista de ojos miopes implica cuestionar nuestros saberes previos, abrirnos a explorar y encontrar nuevas opciones, intentar nuevos rumbos y sobremanera, avanzar y desarrollar nuevas capacidades y competencias desde el ejercicio práctico de experimentar y aprender.

Las almas tímidas están asociadas a la sensibilidad de las personas a la pérdida que a la ganancia, la fuerte aversión a la ambigüedad y el sesgo de aislamiento. Esto implica que los individuos entienden las pérdidas como castigos, los cuales crean temores o miedos, que limitan su actuar. De igual forma, el no conocer previamente el resultado de las decisiones, crea zonas de incomodidad, que unido con la visión de las pérdidas, incrementa y refuerza un imaginario, muchas veces irreal, sobre lo que ocurre. Finalmente, cuando la percepción del riesgo que se tiene de una situación, se saca del contexto donde ocurre, un mayor nivel de atención y expectativa se produce, creando una zozobra sin fundamento que aísla completamente y afecta la emocionalidad de la persona impidiendo su movilización.

Superar el sesgo de almas tímidas, es necesario entender que el porvenir no está completamente determinado por nuestras acciones, ni completamente fuera de nuestro control. Necesitamos un equilibrio sensato entre las oportunidades ilimitadas que nos ofrece el futuro y la comprensión que requerimos para hacerlo realidad. Para ello, es necesario utilizar herramientas que, a criterio del Profesor Schoemaker (2002, p. 217), permitan: a) desarrollar múltiples perspectivas de futuros, b) crear una visión estratégica que equilibre el compromiso y la flexibilidad y c) monitorizar en tiempo real el entorno para ajustar dinámicamente cuando se requiera.

En consecuencia, “alejarse de la orillaes una experiencia real de aprendizaje, una declaración para romper con la inercia de nuestras propias certezas, desconectar nuestros saberes previos, identificar las nuevos elementos en el escenario y construir nuevas distinciones que nos permitan reinventar la experiencia y los conocimientos, para tener como dice la escritura “una pesca abundante” allí donde nadie creía que era posible.

El Editor.

Referencia
Schoemaker, P. (2002) Profiting from uncertainty: strategies for succeeding no matter what the future brings. New York, NY. USA: The Free Press – Simon & Schuster.

sábado, 2 de febrero de 2019

Educación. Transición y respuesta al mundo VICA

Dicen que la educación está siendo afectada por los fenómenos disruptivos globales. En este sentido, muchos afirman que ésta debe repensarse y ajustarse a los retos actuales, para dejar su estado monolítico y magistral que la ha caracterizado por muchos siglos (Marcelo & Vaillant, 2018). Este escenario reta tanto a Instituciones de Educación Superior (IES), como a maestros y estudiantes, pues la exigencia de una capacidad de aprendizaje/desaprendizaje cada vez mayor, para reinventar y enfrentar los retos de la sociedad actual, se hace evidente cuando encontrar soluciones o apuestas creativas se requiere.

De otra parte las empresas, generalmente con personas formadas en el modelo tradicional académico, tratan de reconocer los nuevos patrones de cambio en el contexto de sus organizaciones, pero los temores propios de llegar a fallar y la sanción que esto genera, los inhibe de probar alternativas a las situaciones identificadas, pues entienden el error como un resultado, lo que genera barreras cognitivas (muchas veces no conscientes) que tratan de ocultar en el común denominador de los que “ven que pasan las cosas”.

Entender que “educar” en un contexto VICA (Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo) exige privilegiar el “error”, como ese proceso natural donde se prueba y valida una idea, y cuyo resultado puede o no estar ajustado con aquello que se espera (De la Torre, 2004), es crear un entorno psicológicamente seguro, donde la creatividad y la innovación pueden cambiar la manera de comprender el mundo y las cosas. Es salir de los límites geográficos y cognitivos que se conocen hasta la fecha, para integrar diversos puntos de vista y “hacer que las cosas pasen”, claro está, con arreglo a la dimensión ética que privilegia el bien general sobre el particular.

Formar docentes en esta lógica, es romper con la visión tradicional de la enseñanza, es cambiar la mirada endogámica del “profesor” y abrirse para “aprender/desaprender” con el estudiante, una apuesta que, si bien no define una relación de igualdad, si motiva procesos de autoformación, reconocimiento de saberes previos, aprendizajes y rupturas de paradigmas vigentes, los cuales abren a una experiencia de construcción de conocimientos diversos y flexibles, que no resuelven retos conocidos, sino que se enfilan para deconstruir la realidad y reinventarla de otra forma (Ackoff & Greenberg, 2008).

Los estudiantes que aceptan esta lectura retadora de la educación en un contexto volátil, incierto, complejo y ambiguo, crean con la tutoría y orientación de sus docentes, rutas alternativas para explorar y descubrir elementos no antes vistos de las problemáticas, visualizando nuevas aproximaciones pedagógicas, bien mediadas o no por tecnologías de información, donde se privilegia la construcción de redes grupales de aprendizaje, como fenómeno sistémico que se gesta desde la redes personales de aprendizaje propias de cada persona (Cano, 2018). De esta forma, el estudiante construye con su profesor una espiral ascendente de aprendizaje, cuyo punto de inflexión se crea cada vez que tanto docente y discente se sorprenden en el mundo real.

Si lo anterior, es viable y resulta una experiencia práctica y útil para motivar mejores y mayores avances sociales, las IES deben crear laboratorios de transición pedagógica, didáctica y curricular, de tal forma que sus temores sobre la pérdida de protagonismo en el contexto social, queden conjurados y superados, al reconectar sus pilares básicos en el escenario de la formación de personas.

Para ello, hace necesario “enganchar” a sus ejecutivos, que más allá de los necesarios y exigentes estándares de certificación, se requiere devolver a la sociedad personas capaces de “hacer juicios críticos fundamentados, enfrentarse los inciertos, sugerir de forma respetuosa y lanzada nuevas ideas, y sobremanera tener la habilidad para coordinar y comunicarse con otros” (Edmondson, 2018, p.39) como fundamento de una construcción colectiva, donde las diferencias suman y no son de ocasión confrontación o aislamiento.

Referencias
Ackoff, R.  y Greenberg, D. (2008) Turning learning right side up. New Jersey, USA: Wharton School Publishing.
Cano, J. (2018) Los imaginarios sociales y las “nubes de palabras”. Elementos claves en la construcción de redes grupales de aprendizaje. Memorias IV Simposio Internacional en Temas y problemas de Investigación en Educación: Narrativas, Pedagogías y Didácticas en la Sociedades Contemporáneas.
De la Torre, S. (2004) Aprender de los errores. El tratamiento didáctico de los errores como estrategia de innovación. Buenos Aires, Argentina: Editorial Magisterio del Río de la Plata.
Edmondson, A. (2018) The fearles organization. Creating psychological safety in the workplace for learning, innovation, and growth. Hoboken, New Jersey. USA: John Wiley & Sons.

domingo, 27 de enero de 2019

Espiritualidad: Una apuesta por la inestabilidad

Muchos buscan la tranquilidad y la paz espiritual en medio de las turbulencias de los afanes del mundo y los tildan de locos y raros. Otros decidieron alejarse de las pretensiones de los sistemas sociales mandantes y se les critica de idealistas y desenfocados. La realidad de estas dos afirmaciones, está en las perspectivas científicas del Profesor Prigogine, cuando afirma que “sólo en la inestabilidad se introducen nuevos esenciales. (…)” (Prigogine, 2017, 14). Parafraseando al mencionado académico, podríamos decir que, sólo en la inestabilidad podemos descubrir capacidades esenciales humanas, esas que están más allá de nuestro conocimiento.

El caos que vemos en las dinámicas sociales actuales, entendiendo caos, como las inestabilidades propias de las relaciones entre las personas y las estructuras sociales creadas por los hombres, no sólo permiten ver aspectos contrarios a una visión compartida y común deseada, sino igualmente las estrategias y acciones de aquellos que encuentran en esa dinámica respuesta inéditas, que resultan desconcertantes tanto para los que apelan al egoísmo y falta de vocación de servicio, como a los que buscan privilegiar y encontrarse con el otro.

En medio de las inestabilidades existen nuevas preguntas que están esperando que alguien les de respuesta. Muchas veces la respuesta a una situación no es una declaración concreta y detallada, sino una nueva pregunta. En cada nueva pregunta, lo que existe es un foco de inestabilidad, ese que cuestiona y reta el conocimiento previo. En la medida que las preguntas incomoden y generen escozor, mayor inestabilidad habrá y se estará abriendo un camino para construir un equilibrio dinámico, que se nutre y navega sobre las fuentes de nuevos retos y desafíos.

Cuando las personas buscan paz y armonía en su corazón, no buscan quietud o serenidad, o ausencia de ruido exterior, sino comprender y conquistar un equilibrio dinámico en su vida, que les permita navegar en medio de los mares insospechados del mundo y sus tormentas, con el corazón abrazado a su espiritualidad, donde las palabras del maestro se repiten a diario, anda yo te lo mando, no tengas miedo, “navega mar adentro y echa las redes” (Lc 5, 1-11) y confía en que el te acompaña y te alimenta con su fuerza y con su luz.

La paz no sinónimo de quietud o inercia. La paz no es dejar de actuar cuando corresponde, ni de habilitar espacios de contraste de ideas con otros, es reconocer que somos seres diferentes con visiones y posturas distintas, que a través de la inestabilidad reinante en las situaciones del mundo, queremos encontrar nuevas respuestas, nuevas preguntas y sobremanera nuevos caminos para reinventarnos a nosotros mismos.

Es claro que en este ejercicio de inestabilidad podrán primar los intereses personales y los generales, y en la medida que alguno tenga papel protagónico, habrá elementos para continuar avanzando y creando oportunidades para la reconstrucción de los tejidos humanos. 

Conectar al hombre con su espiritualidad, es liberarlo de su condición de esclavo de las estructuras sociales, de los mandatos que limitan su desarrollo y principalmente, lanzarlo fuera de espacios conocidos, donde sólo la inestabilidad será su maestra para alcanzar, bien la sabiduría que nace de un encuentro consigo mismo, o bien perseverar en la necedad de conseguir los intereses personales o de aquellos que las estructuras mandantes le indican.

Referencia
Prigoine, I. (2017) Las leyes del Caos. Ciudad de México, México: Ediciones Culturales Paidos.

El Editor

sábado, 19 de enero de 2019

Fuego interior

En un mundo como el actual, donde la efectividad y la eficiencia priman como factores para mantener un permanente nivel de productividad académica o profesional, pareciera que existe poco espacio para pensar en aquello que nos conecta y nos sintoniza con nuestra voz interior, o que el ruido del mundo y sus afanes, tratan de apagar esa llama que ha sido encendida en cada uno de nosotros por el dueño de la vida, cualquiera que sea la idea o imagen que tengas de él.

Muchas veces entramos en el ritmo acelerado de los resultados a toda costa, para satisfacer una meta empresarial, brillar ante un cuerpo ejecutivo o ganar una bonificación generosa para todo el que se esfuerza más allá de lo que su cargo le dice que hacer. Si bien, son relevantes los logros, los reconocimientos y dar la milla extra, es importante tomar distancia cada cierto tiempo, para revisar si esto que estamos haciendo nos permite potenciar esos talentos que hacen la diferencia cada vez que los dejamos actuar, que los dejamos salir y bailar con ellos.

Sentirse bien consigo mismo, es tomar decisiones en la vida que te conectan con tu savia interior, con tus retos personales y con tus deseos trascendente más profundos. Bien anota en este sentido, el Dr. Alberto Linero Gómez, en su libro “Mi vida de otra manera” que “si una decisión de vida no implica transformación, incomodidad, desconcierto, riesgo, entonces lo que se toma no es una decisión, sino que apenas se le hace un cambio de nombre a algo que ya hemos venido haciendo” (Linero, 2018, p.43). Palabras que necesariamente generan incierto y reto para cualquiera que quiere un cambio en su manera de ser y actuar.

Cuando somos conscientes de estas decisiones, podemos luego identificar los pesos de las esclavitudes modernas que tratan de engañar al hombre y a la fuente natural de motivación que son sus propios talentos, sueños y desafíos. Allí, yacen las mociones espirituales más fuertes y profundas que le permiten al ser humano ejercer su libertad, entendida como el compromiso con las causas comunes que lo sacan de su zona cómoda y lo lanzan a explorar fronteras donde ponen a prueba sus seguridades y descubren nuevas posibilidades.

En este contexto, cuando tomamos decisiones como las que hemos comentado, no se anulan los momentos de felicidad, gozo y alegría que tuvimos antes de ese momento, sino que se nutre el corazón con la energía y el sabor de lo vivido, como el combustible necesario para avanzar en el siguiente escenario dispuesto donde nuevas aventuras y desaprendizajes estarán esperando. Por tanto, al continuar el camino, hacer un inventario de lo que se aprendió y experimentó, es un acto de humildad y agradecimiento que permite al hombre abrirse a lo novedoso sin soberbia, sin rencores, ni resentimientos y con toda la disposición para trazar un plan de vuelo diferente.

Afirma el Dr. Linero “No hay  manifestación de libertad más grande que poder elegir lo que uno quiere llegar a ser, más allá de lo que tiene ganas de hacer” (Linero, 2018, p.82), por tanto, sabrás que muchos no querrán que logres eso que “quieres ser” y te darán todas las razones para que entres en el molde que es conveniente para ellos. Esto debe mantenerte alerta, para comprender las presiones, los comentarios y sugerencias sobre aquello que es una vocación, un fuego que te quema y motiva en tu interior. 

Pide al DIOS de la vida, sabiduría, iluminación, serenidad y entendimiento para “mudar eso que quieres dejar” y vivir la decisión más humana y trascendente que nos ha heredado un galileo, la noticia de un sepulcro vacío.

Referencia
Linero, A. (2018) Mi vida de otra manera. Bogotá, Colombia: Editorial Planeta Colombiana.

jueves, 10 de enero de 2019

El Status Quo. Un virus contagioso


Comienza un nuevo año y los retos que se advierten en el horizonte en medio de una geopolítica global compleja e incierta, nos anticipan un periodo de mucha actividad política, económica, social, ecológica y tecnológica. Este escenario, lleno de inestabilidades, presenta al orbe una serie de desafíos importantes, que invitan a todo los seres humanos a revisar y confrontar sus “seguridades” y conocimientos aprendidos.

El mundo desde hace algún tiempo convive con un virus altamente contagioso denominado status quo, esa manera de ver el mundo estandarizada, donde no pasa nada nuevo y la vista que se tiene de las cosas no cambia y se consolida en un imaginario que manda sobre aquellos que no están dispuestos a cuestionarlo, so pena de ser “castigados” y “abucheados” por la mayoría que cree en el mismo.

Una mayoría generalizada con influencia y poder, impone y mantiene una vista particular del mundo que muchos de nosotros repite en su diario vivir. La inercia que genera esta visión no permite que se pueda mirar a otro lado y cualquier intento de acción diferente, será drásticamente reprendida, para finalmente ajustarlo a aquello que los mandantes globales quieren que se vea.

De forma paralela crece una visión económica diferente. Una donde los trabajadores con habilidades y conocimientos especializados surge como una auténtica revolución que invita a salir de la zona cómoda y lanzarse a encontrar su propio espacio en medio de las contradicciones y tensiones globales. Lo que se denomina la Economía Gig, según Diane Mulcahy (2018), es aquella donde se demanda un cambio de paradigma laboral: pasar del ¿qué trabajo puedo conseguir? A ¿qué trabajo puedo hacer y marcar una diferencia sustancial?

Este cambio de paradigma, establece nuevos valores y parámetros que permiten motivar transformaciones en las personas. El sueño generalizado que se tenía (¿o se tiene?) de lograr un título universitario, tener un empleo, formar una familia y finalmente pensionarse, ha venido perdiendo fuerza, no sólo por las nuevas condiciones del entorno, sino por ese nuevo despertar del conocimiento y el aprendizaje que comienza a poblar las reflexiones de las mentes inquietas y erosionar las seguridades establecidas de los acomodados, abre un nuevo capítulo para la humanidad.

La economía gig es un cambio de paradigma no sólo a nivel de la esfera laboral, es un llamado a conectar con los talentos y pasiones de las personas, para que ahora, en un entorno abierto y competitivo, pueda diferenciarse, lanzarse a probar y validar sus preguntas, y sobremanera, tener las fuerzas y determinación para romper con la inercia de los días, las ideas y reflexiones, y retomar el camino perdido para encontrar su propio llamado, esa vocación con la cual hemos venido al mundo.

En medio de los que se mantienen ajustados a la visión estandarizada del mundo, recreada misteriosamente en la “Matrix”, es hora de llenarse de valor para decidir salir de nuestro estado catatónico, de ese coma inducido por las luces y premios del mundo, para caminar los senderos inexplorados de nuestros propios talentos, reinventarnos como seres humanos y darnos la oportunidad de hacernos otros distintos, donde tu espiritualidad, tus dones y logros, son la fuente de la energía que se libera cuando te “atreves a liderarte a ti mismo”.

Referencia
Mulcahy, D. (2018) La Economía Gig. La guía completa para obtener un mejor trabajo, tener más tiempo libre y ¡financiar la vida que usted quiere! Nashville, TN. USA: HarperCollins.