sábado, 27 de agosto de 2016

Educar en un mundo VICA

Educar en un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo (VICA) (Johansen, 2009), es un reto que implica al mismo tiempo, desconectar lo que estaba conectado, enriquecerlo y volverlo a conectar, para lograr una ganancia teórica y práctica, y de igual forma conectar aquello que aparentemente no estaba relacionado, para revelar una distinción antes ignorada, alterando el statu quo vigente (Hall, 2010).

Educar significa generar tensión con lo existente, es “ejercitar la sospecha sobre aquello que se nos muestra como aparentemente lógico, verdadero y coherente” (Medina, 2008, p.164), es sumergirse en un mundo de incertidumbres donde son importantes las preguntas y no las respuestas; una oportunidad para “liberarse del encadenamiento a un concepto lineal, que obliga a repetir afirmaciones dichas por otros” (Calvo, 2016, p.30).

Educar es “reorganizar las relaciones posibles que se pueden establecer en un contexto particular, a través de nuevas e inéditas relaciones sinérgicas” (Calvo, 2016, p.45), es el ejercicio donde se ejerce el derecho a equivocarse, una creación de relaciones sinérgicas entre contrarios: “saber-ignorancia, orden-caos, comprensión-confusión para definir un fluir sin antagonismos, donde lo distinto es acogido por su diferencia, antes que excluido por su oposición” (ídem, p.54).

Educar, es un continuo de construcción y deconstrucción de la realidad. Es el reconocimiento de la subjetividad de los actores y la esencia de sus contradicciones y discontinuidades, para ensamblar las bases de un discurso circular donde práctica y teoría hacen parte de un mismo continuo: “el conocimiento debe extraerse de la práctica y la práctica, a su vez, debe ser fuente de conocimiento” (Colom, 2002, p.162).

Educar, es desarrollar las potencialidades intrínsecas del individuo y la vez nutrir a una persona con conocimientos y experiencias para que se inserte en la sociedad (Belando, 2015). Es un momento histórico siempre en presente que induce al asombro con el misterio, para suspender el entendimiento de la realidad y así crear relaciones originales o inexistentes donde se funden escenarios posibles y propuestas probables.

Educar, es “conducir al que sabe del saber a la ignorancia, mientras al que ignora lo guiará de la ignorancia al saber, gracias a la mediación provocadora del asombro y rigurosidad” (Calvo, 2016, p.75). Es un experimentar la “deconstrucción de creencias que actúan a modo de grilletes intelectuales, y por otro construir y desvelar nuevas respuestas”. Una apuesta para vivir como “participantes creativos y no como controladores de la naturaleza” (Calvo, 2016, p.94).

Educar es, generar un conflicto cognitivo frente a una lectura distinta de lo conocido, es escribir en el margen de las hojas, afinar la vista y probar diferentes lentes para detectar regularidades, patrones de comportamiento afines, que revelen el territorio que se explora, como fundamento de una experiencia de incertidumbre educativa que construye significados más allá de los contenidos y las explicaciones magistrales.

Educar, en definitiva, es desarrollar sabiduría, que es aquella que “no tiene que ver con la acumulación de años o de conocimientos o experiencias, sino con aceptar los misterios de la vida y saber mantener la curiosidad y la capacidad de sorprendernos” (Soler y Conangla, 2014).

El Editor.

Referencias
Belando, M. (2015) La educación como idea, como hecho y como desafío. En Belando, M. (Coord.) (2015) La educación repensada. Dinámicas de continuidad y cambio. Madrid, España: Ediciones Pirámide. 17-36
Calvo, C. (2016) Del mapa escolar al territorio educativo. Disoñando la escuela desde la educación. La Serena, Chile: Editorial Universidad de la Serena.
Colom, A. (2002) La (de)construcción del conocimiento pedagógico. Nuevas perspectivas en teoría de la educación. Barcelona, España: Paidos.
Hall, S. (2010) Sin garantías. Trayectorias y problemáticas en estudios culturales. Popayán, Colombia: Envión Editores
Johansen, B. (2009) Leaders Make the Future: Ten New Leadership Skills for an Uncertain World. San Francisco, USA: Berrett-Koehler Publishers.
Medina, J. (2010) El desaprendizaje: Aproximación conceptual y notas para un método reflexivo de generación de saberes profesionales. En Armengol, C. y Gairín, J. (2010) Estrategias de formación para el cambio organizacional. Madrid, España: Wolters Kluwer.
Soler, J. y Conangla, M. (2014) Las veinte perlas de la sabiduría. Hacernos sabios antes de envejecer. Barcelona, España: Lectio Ediciones.

domingo, 21 de agosto de 2016

Presencialidad y Virtualidad

En la era de la economía digital donde las monedas digitales, las criptomonedas y las “startups” (empresas de base tecnológica novedosas) son la esencia de las relaciones comerciales, ahora digitalmente modificadas, la pregunta que surge es ¿cómo se están repensando las relaciones humanas en el contexto de lo digital?

Esta pregunta, nos advierte la necesidad de balancear dos mundos complementarios, los cuales hoy soy más evidentes y reales, como quiera que la juventud actual, plenamente conectada, los revela con sus actuaciones: la presencialidad, la conversación cara a cara, y la virtualidad, el contacto mediado por la tecnología y sus representaciones, bien de manera sincrónica o asincrónica.

No se busca castigar o señalar las bondades o limitaciones de cada una de la interacciones previamente anunciadas, sino plantear una aproximación a la dinámica relacional que está inmersa en cada una de ellas.

Mientras el tradicional cara a cara, es una funcionalidad normal de los seres humanos, no siempre es la más plena de ellas. Podemos interactuar cientos de veces en esta forma y no poder comunicar o transmitir lo que realmente importa para conectarnos con el otro. De igual forma, podemos iniciar una conversación sincrónica o asincrónica con otro u otros, tratando de comprender las posturas de sus aportes y tener un entendimiento distinto del que originalmente la persona pudo haber planteado en su texto.

El reto en el fondo no está en el medio ni en la forma de la interacción planteada, sino en la comprensión que ocurre en cada uno de los individuos. Ese ejercicio de apropiación de la realidad, desde nuestra propia realidad histórica y experiencial que genera el filtro natural de las acciones humanas y define la fuente de una posible respuesta a ese estímulo externo que es la presencia del otro.

La presencialidad en lo digital, debe ser un empeño por complementar la base de información que se ha compartido con el otro, para establecer un sustento básico de comprensión donde se nutre un dominio informacional claro, que habilita una oferta operacional para actuar. Lo digital en la presencialidad, debe ser la apuesta para clarificar lo que expresiones y pausas en la conversación se han revelado, para afinar el entendimiento de lo que se ha compartido y permitir acciones diferentes que respondan a las inquietudes de ambas partes.

Es claro que la presencialidad plena, entendida como atención plena en el momento y totalidad de lo que somos, no puede ser reemplazada por una conversación mediada por emoticones y mensajes de voz. Por otra parte, un intercambio de mensajes instantáneos que informa y motiva acciones en los otros, no es el signo distintivo de una conversación enriquecida con expresiones y sentimientos particulares.

Por tanto, las dos caras de esta misma realidad en el mundo digital, nos ilustran la complementariedad de nuestras interacciones como quiera que ignorar alguna de ellas, sería estar al margen de las bondades y exigencias que se deben atender en medio de la economía digital y la necesidad de un contacto y encuentro permanente con el prójimo.

El Editor 

domingo, 14 de agosto de 2016

Ser competente en el siglo XXI

Se habla en la actualidad de competencia, como palabra clave para fortalecer y desarrollar a las personas de cara a los retos de una realidad inestable y dinámica, donde la empleabilidad es una condición básica cada vez más exigente para los profesionales del siglo XXI.

Mientras en el pasado el trabajo se hacía según especificaciones y órdenes, era fragmentado y especializado, se exaltaba la habilidad, la destreza y la velocidad de la ejecución en el plano manual, con horario y calendarios de trabajos fijos, homogeneidad de cualificaciones y escasa autorrealización, en los tiempos modernos prima la autonomía, la iniciativa, la responsabilidad y la creatividad; se privilegia una vista de la totalidad y sus relaciones, que explore la velocidad de la percepción, la reacción y la anticipación, con flexibilidad en los horarios y calendarios; una gama diversificada de competencias, donde la inversión personal y del ser hacen parte sustancial de la autorrealización de los trabajadores (Echeverría et al, 2014, p.44).

En este sentido, estos cambios revelan la transformación individual que debe existir en cada persona, con el fin de asumir su posición clave en un entorno, donde continuamente deben distinguir nuevas prácticas para mantenerse con la evolución de las condiciones del medio. Por tanto, ser competente en un mundo como el actual “no puede reducirse ni a un saber específico ni a una capacidad específica. La competencia exige pasar del saber hacer al saber actuar, ir más allá de lo prescrito” (Echeverría et al, 2014, p.77).

Lo anterior en perspectiva sistémica, es “darnos cuenta de nuevas posibilidades … lo que implica cuestionarse los supuestos, significados, valores y normas que generalmente damos por sentados” (Espejo y Reyes, 2016, p.63) con el fin de hacer nuevas distinciones que se vuelvan acciones prácticas incorporadas en nuestra humanidad, las cuales no solo nos permiten construir el mundo y desempeñarnos en él, sino constituirnos como individuos únicos y particulares (ídem, p.64).

En consecuencia, como afirma Echeverría (2014 et al, p.78) “el profesional competente se caracteriza predominantemente por saber innovar, más que por los saberes rutinarios. Es decir, por poner en práctica conductas y actos pertinentes en situaciones inéditas”. Esto es, en la lectura sistémica, un entendimiento de una realidad en un contexto particular que revela una red de interacciones que producen totalidades, para hacer frente a los desbalances de complejidad propios de aquella: bien rediseñando las prácticas actuales o clasificando y agrupando las inestabilidades de la situación observada (Espejo y Reyes, 2016).

Así las cosas, si entendemos la empleabilidad como la capacidad de adecuación a un mercado de trabajo en constante cambio y situarse favorablemente ante las oportunidades de empleo (Echeverria et al, 2014), un profesional altamente empleable es aquel que a) vivencia y anticipa situaciones problemáticas, b) cuestiona y repiensa las prácticas existentes en un contexto particular, c) desarrolla e incorpora nuevas distinciones y finalmente d) crea nuevos significados compartidos, “que apuntan a incrementar las posibilidades de acción para otros, y que, en ningún caso, restringe la viabilidad de ellos” (Von Foerster, 1984, mencionado por Espejo y Reyes, 2016, p.26).

De manera que, un profesional competente en lectura sistémica, es aquel que es capaz de observar su realidad y hacer distinciones, identificar nuevos bordes inexplorados de esta, para desencadenar cambios en su contexto particular y ofrecer significados distintos que pueden o no estar enraizados en la comunidad de la que hace parte. Un balance que exige reconocerse como observador para describir el sistema desde el exterior, asignándole atributos y estudiar sus interacciones con el entorno, o ubicarse en su interior, donde las propiedades surgen de las relaciones entre sus componentes y el entorno se visualiza como una fuente de inestabilidades (Espejo y Reyes, 2016, p.15 y 16).

El Editor

Referencias
Espejo, R. y Reyes, A. (2016) Sistemas organizacionales. El manejo de la complejidad con el modelo del sistema viable. Bogotá, Colombia: Ediciones Uniandes – Universidad de Ibagué.
Echeverría, B. (Coordinador), Isus, S. Martínez, M. P. y Sarasola, L. (2014) Orientación profesional. Segunda reimpresión. Barcelona, España: Editorial UOC.

sábado, 6 de agosto de 2016

"Headhunter" Divino

Existe una profesión que algunos conocen como “reclutador de personas” y otra más ejecutivas los denominan “cazatalentos” o en inglés “headhunter”. Ambas tienen como función seleccionar el “mejor talento” para su cliente, que por lo general es una organización grande y con presencia internacional. La pregunta que surge en este escenario es ¿qué busca este tipo de profesional para encontrar sus candidatos?

De acuerdo con Arancha Ruiz, en su libro “¿Qué busca el headhunter?”, la respuesta tiene varias aristas. Por un lado “se piden líderes para el cambio y profesionales globales, ágiles y creativos capaces de seguir el ritmo de la transformación” (Ruiz, 2016, p.20). Por otro, se busca que cuenten con “capacidades digitales, talento altamente cultivado, que cuestionen todo, que tomen decisiones basadas en datos y que tengan obsesión por el cliente” (ídem).

Pero ¿qué es el “ritmo de la transformación” ?, ¿qué transformación es la que son capaces de seguir estos profesionales? Preguntas que no responde la mencionada autora. Podemos inferir que habla de una transformación en dos vías, una digital de la sociedad donde se encuentra y otra personal, frente a los eventos que su entorno le presenta.

En la primera vía, la transformación digital, que es el reconocimiento del mundo digitalmente modificado, presenta un desafío novedoso para los profesionales del siglo XXI: cultivar y mantener su empleabilidad frente a la acelerada obsolescencia del conocimiento (Cano, 2016). La cualificación del personal no está supeditada a la actualización de conocimientos requeridos para un cargo particular, sino en el desarrollo de capacidades distintivas que permiten una lectura distinta de la realidad, que sorprenden al entorno y crean un movimiento que cambia el curso de los estándares conocidos.

En la segunda, la transformación personal, esa que es la que búsqueda de la conexión con el ser interior, con el motor del progreso constante, advierte un reto complementario al inicialmente comentado: cultivar y mantener la fe, la esperanza y el amor frente a la “cosificación” de las relaciones y las personas. La competencia que se exige frente a esta realidad, no es qué tanta capacidad de escucha tienes, o qué nivel de compromiso has alcanzado, o qué motivación te mantiene alerta, sino qué tanto has servido a los demás, qué tanto has salido de ti mismo para encontrarte con el otro, qué has hecho distinto para hacer que las cosas pasen.

Mientras el “headhunter” terreno persigue aquellos capaces de seguir la transformación digital, el “headhunter” divino persigue tus actos de generosidad, tus ejercicios de dominio de sí, tus conquistas personales y tus lecciones aprendidas. No te elige como el headhunter terreno, por tu ““alta cualificación”: educación, idiomas, experiencia consolidada, habilidades digitales, de comunicación e interacción social” (Ruiz, 2016, p.21), sino por la apertura, la donación, la entrega, la generosidad y el deseo de aprender/desaprender, que son los signos distintivos de una persona cuyas emociones no conocen frontera y se adaptan a cualquier entorno conocido o por conocer.

Recuerda que si bien el “headhunter” terreno te juzga y atrae para concretar una transacción administrativa que concluye o no una posibilidad concreta para ingresar a una organización, el “headhunter” divino sólo te atrae, te motiva y cautiva para que puedas expandir tus horizontes y capitalizar todo tu potencial, más allá de los linderos que otros han querido imponerte, sin interesar la organización donde quieras estar. Una experiencia educativa que funde la divinidad en tu humanidad, haciendo de ti su mejor talento.

El Editor

Referencias
Ruiz, A. (2016) ¿Qué busca el headhunter? Lo que saben los cazatalentos y cómo emplearlo a tu favor. Barcelona, España: Editorial Conecta.
Cano, J. (2016)  Leer, reflexionar, experimentar y desaprender. Lecciones básicas para los profesionales del siglo XXI. Recuperado de: https://www.linkedin.com/pulse/leer-reflexionar-experimentar-y-desaprender-lecciones-jeimy