sábado, 16 de agosto de 2014

Dos desafíos claves



De acuerdo con Llopis y Ricart, en su libro “Qué hacen los buenos directivos. El reto del siglo XXI” publicado por Pearson en 2013, se establecen dos desafíos y dilemas fundamentales de los ejecutivos en el desarrollo de su trabajo: (pág.12 y 13)
* Saber qué hacer a pesar de toda la incertidumbre que afrontan y la cantidad de potencial información relevante que deben asimilar.
* Llevar a cabo sus objetivos a través de un largo y diverso grupo de personas sobre las que tiene un escaso control y supervisión directa. 

Estos dos retos ponen de manifiesto el carácter, la constancia, la capacidad empática y política, el poder de persuasión y el aseguramiento de resultados que debe tener todo ejecutivo de una empresa. Pareciera que es un encargo donde siempre hay respuestas para todo y orientación para movilizar aquello que se pretende alcanzar. 

Enfrentar el exceso de información y la incertidumbre al mismo tiempo, exige de cualquier ejecutivo conciliar sus expectativas y planes estratégicos con el momento presente. Esto es, revelar aquellos datos relevantes inmersos en la información disponible que le permitan maniobrar en el corto plazo y advertir diferentes tendencias que lo motiven a tomar riesgos calculados para cambiar el entorno donde opera.

Lograr los objetivos que se trazan exige desarrollar una red de contactos, una red de personas claves, una serie de interconexiones con líderes de opinión naturales, que le permitan armonizar las voluntades necesarias, desde el proyecto y motivaciones del ejecutivo, en el cual todos son parte fundamental para hacer que las cosas pasen. 

Estos dos dilemas establecen los rasgos requeridos para los ejecutivos actuales y futuros, definen las características personales de aquellos que deben movilizar a las empresas para permanecer en el tiempo y orientan las competencias de acción que son necesarias para darle sentido al ejercicio de dirección que exige operar desde la incertidumbre y en un mundo lleno de asimetría y realidades emergentes.

Los ejecutivos de las empresas, nos enseñan que la vida es un proceso de quiebre permanente, una oportunidad para mostrar lo mejor de nosotros mismos y la validación continua de aquello que quiere lograr y transformar en su vida y en la de los demás. Como ejecutivos tienen la responsabilidad de mostrar un horizonte, de brindar seguridad física y psicológica a su equipo y sobre manera el respaldo para que tomen decisiones en condiciones cambiantes y dinámicas.

En este ejercicio directivo de contradicciones de pensamiento, de presiones políticas, de intereses cruzados y agendas paralelas, los ejecutivos no solamente deberán inspirar y comprometer a aquellos que han comprado su proyecto, sino crear la red de conversaciones para la acción que motiven la transformación de cada uno de los actores para llevarlos a su siguiente nivel; esto es liberar el potencial de sus colaboradores, como requisito para crear un entorno de innovación y variedad que enfrente la complejidad y la disparidad de la realidad empresarial actual y emergente.

Los dos desafíos nos enseñan, que al ser ejecutivos de nuestra propia empresa, de nuestra propia marca, es necesario desarrollar la sensibilidad frente al entorno para el tratamiento de los riesgos conocidos y el análisis de los latentes, focales y emergentes. De igual forma, plantea la realidad de la red de contactos, como el circuito moderador y potenciador que descubre como “la savia alimenta al árbol” y traza la ruta política de conversaciones claves para actuar en consecuencia y reformar el mundo conocido.

El Editor 

Referencia
LLOPIS, J. y RICART, J. (2013) Qué hacen los buenos directivos. El reto del siglo XXI. Pearson

domingo, 10 de agosto de 2014

¿Cuanto AMOR hay en ti?



“(…) No se ama lo desconocido. Cuando se tiene esa sensación, el sentimiento no es amor, sino admiración. (…)” es una frase que recoge César Romão en su libro “Motívese: Venza sus desafíos”. Esta frase nos cuestiona sobre qué tanto nos conocemos a nosotros mismos, que en últimas, es una pregunta más profunda, ¿qué tanto nos amamos a nosotros mismos?

El ejercicio pleno de amar, como verbo activo y de acción que es, significa conocer, convivir, relevar y descubrir los secretos de la persona o de aquello que decimos amar, anota Romão en su publicación. Este ejercicio supone un viaje a nuestro interior para identificar nuestros temores, nuestras limitaciones, nuestras virtudes, nuestro potencial, en fin, la realidad clara y plena del ejercicio diario que supone vivir el ser que soy y que puedo ser.

Buscar en nuestro interior y revelar el “otro desconocido” que vive en nosotros, es enfrentarnos al reto de alinear quiénes somos en realidad; es analizar de manera concreta qué queremos, de qué somos capaces y cómo vamos a lograr aquello a lo que aspiramos. El ser humano es un misterio en sí mismo, pero es una vivencia de pleno derecho de cada uno de nosotros, si estamos dispuestos a conocernos y exigirnos para movilizarnos y alcanzar todo aquellos que queremos.

Medir cuanto una persona se ama a sí misma, es medir el nivel de autoreflexión, autoexigencia, autoconocimiento y búsqueda de realización tiene ese individuo, es decir,  señalar los momentos de oscuridad, de contradicción, de desasosiego, de confusión y de incredulidad que ha pasado y ha superado, para que la luz que vive en ella, se revele con mayor intensidad y brillo. Es una medición que requiere pasos firmes sobre terrenos inestables, inciertos e inesperados; un cálculo estratégico de un guerrero de luz, que denuncia el ego que vive en él.

Saber quiénes somos en realidad, teniendo la confianza de decirlo sin temor a pecar por exceso o defecto, es el camino firme y real de una virtud que persigue a los generosos, exigentes, sabios y exitosos en la vida. Es un encuentro real donde lo sagrado se reconcilia con lo humano, una realidad que trasciende los reconocimientos y adulaciones que el mundo nos puede dar.

Esa virtud, la humildad, nos permite salir al encuentro del ser que soy, nos permite descubrir nuestro potencial; nos hace pasar de la simple admiración, al deseo y necesidad de continuar, en pocas palabras, prepararnos para recorrer el camino de la excelencia humana, entendida como la competencia personal que vive en confrontación permanente del ser que somos y que podemos ser, como fuente insustituible para mantener coherencia y avance en nuestra vidas.

Por tanto, conocernos a nosotros mismos, exige una capacidad de auditoría constante y sistemática entorno a la capacidad individual para “aprender a aprender” y el esfuerzo personal por “desaprender” fruto de los intercambios en el diario hacer. Así las cosas, no hay amor humano más grande que aquel que es capaz de donarse así mismo, entendiendo quién es él y la misión que se la ha encomendado: dejar un legado.

El Editor

martes, 5 de agosto de 2014

Vencerse a uno mismo

Si en algo en la vida hay que volverse experto, es en vencerse a uno mismo, en vencer nuestras propias limitaciones y restricciones, en superar nuestra propia comodidad, para salir al encuentro con nuestro potencial, con nuestras capacidades latentes y con el destino superior que debemos alcanzar.
 
Vivimos intensamente cada día buscando la eficiencia y la efectividad en el trabajo, buscando oportunidades para hacer en cada momento mejor las cosas, lo que nos permite mantenernos concentrados para alcanzar aquellos objetivos que son propios de nuestra labor y soporte para la organización. En este contexto, una pregunta surge: ¿Qué estamos haciendo para lograr nuestros sueños?
 
Algunos podrían responder, mientras trabajo estoy trabajando por mi sueño, pues me permite desarrollar las habilidades que requiero y la experiencia clave para alcanzar lo que tanto he querido. Otros podrían responder, mis sueños son una cosa y el trabajo es otra y así, podríamos encontrar respuestas que de una u otra forma definen aquello por lo cual vale la pena vivir la vida, por lo cual cada día es una oportunidad y cada momento un instante de plenitud.
 
Cuando renunciamos a los sueños y nuestra rutina nos consume, la vida se empieza a marchitar, los días se destiñen, la niebla de la imposibilidad aparece; la vida pierde su sabor y el alma se arruga con mayor celeridad. Renunciar a los sueños es el camino que desaparece la esencia del proyecto de los seres humanos, la fuente de nuestra conexión divina y el diálogo permanente con la generosidad del Universo.
 
Vivir la vida para alcanzar nuestros sueños, supone tomar cada momento como fuente de conocimiento y experiencia, para apuntalar y crear el entorno donde crece nuestro destino; es liberarnos de nuestros temores y lanzarnos a enfrentar con decisión los retos que exige alcanzar eso que deseamos. La esperanza del mañana y el brillo de la fe, acompañan a todos aquellos que luchan para superarse y hacer que las cosas pasen.
 
Nadie te puede reemplazar en la construcción de tu destino, pero si puedes identificar y vincular a todos aquellos que han creído en tu sueño, para que juntos, con tu experiencia y visión, abran nuevas posibilidades y capacidades antes nunca vistas. Si crees que es posible realizarlo, todo va a conspirar a tu favor para que se materialice. Bien decía Walt Disney: “Si lo sueñas, puedes realizarlo”.
 
Así pues, muchos afirman que aquellos que se vuelven expertos en un tema particular, cultivan para sí mismos su mayor vulnerabilidad, pues entran en una zona de comodidad. Sin embargo, tener la experticia de vencerse a sí mismo, tiene la ventaja superior que la zona de confort se define como “estar fuera de zona cómoda”, lo que necesariamente mantiene la movilidad y motivación permanente que genere quiebres y retos para continuar en el camino de los sueños.
 
Por tanto, vencerse a uno mismo, es el ejercicio de disciplina personal, que superando las innecesarias comparaciones con otros, es capaz de consultar el entorno, validar sus supuestos y plantear alternativas fuera de los estándares conocidos, para enfrentar el reto de conquistar sus propias metas y repensar la vida más allá de los reconocimientos humanos.
 
El Editor

sábado, 19 de julio de 2014

Sensatez



Con frecuencia cuando escuchamos intervenciones o comentarios de las personas, pensamos sobre la sensatez de sus apreciaciones, la medida de sus comentarios, la elegancia para expresarlos y la claridad, sin arrogancia, de los mismos. 

No se trata solamente de ser asertivos, se trata de comunicar la verdad con tacto y diligencia, sin mancillar al otro, pero con decida firmeza que deje evidente que existen cosas que se deben ajustar y conversar. La palabra sensatez, se encuentra viene de la palabra sensus (acción de sentir, percibir, juzgar y opinar, sentimiento, sentido común y buen juicio), de igual forma se la relaciona con la raíz senior, de edad madura.

De acuerdo con el eudista Alberto Linero, cjm, en su libro “La pasión de servir. Claves para ser un buen cristiano”, establece una serie de características de aquellos que hablan con sensatez: dicen la verdad, con las palabras correctas, en el lugar indicado, con los sentimientos idóneos, con las personas apropiadas y en el momento preciso. 

Decir la verdad, anota el religioso, “(…) No se puede vivir en la mentira ni en las verdades a medias. (…) Tenemos el derecho de manifestar a los otros lo que pensamos de sus comportamientos. (…)” Decir la verdad, es manifestar la consistencia con nuestros principios, la coherencia del vivir y la firmeza de las convicciones que dan fe de la búsqueda trascendente de nuestros comportamientos en la vida diaria.

Las palabras correctas, detalla el sacerdote católico, “(…) hay que elegir muy bien las palabras que vamos a usar y el tomo que vamos a utilizar para decir la verdad que creemos. (…)” Identificar la expresión más adecuada, exige un ejercicio permanente para demostrar caridad con el otro, de comprender que podemos ser nosotros quienes podemos estar en el otro lado de la conversación y esperamos la misma generosidad de aquel que se dispone a revelar aquello que debemos comprender.

El lugar indicado, en esta característica el presbítero eudista indica, “(…) los lugares tienen su propia dinámica y nosotros tenemos que sabernos comportar. (…)” No todo lugar es bueno para iniciar una conversación, más cuando los temas pueden ser de corte reservado y requieren una atmósfera más íntima y personal. Decidir el lugar, es una habilidad que debes desarrollar para que tu disposición al diálogo sea seguida por tu interlocutor.

Los sentimientos idóneos, sobre el particular el padre Linero comenta, “(…) es necesario tener los mejores sentimientos al hablar. (…)” No podemos emprender una interacción de dos personas, sino hay una disposición personal y sentimientos moderados, para encontrar formas de encontrarme con el otro, para descubrirme en el otro y lo mejor, hacerme prudente en mi ejercicio de reflexionar con mi contraparte.

Las personas apropiadas, aquí este hombre ungido por DIOS dice, “(…) es necesario saber mirar a los ojos a la persona apropiada y expresarle lo que pensamos y decimos. (…)” Saber a quién le decimos las cosas es un elemento fundamental para confirmar la sensatez. Se trata de reconocer esa persona particular con la cual se debe dar la apertura y la claridad, para no generar “comunicaciones inconclusas” o malos entendidos. La recomendación todo el tiempo, es hable directamente con aquel que requiere conversar y no por interpuesta persona.

Finalmente y no menos importante, con en el momento preciso, en esta característica en sacerdote eudista nos dice, “(…) hay que saber elegir el momento oportuno para compartir lo que pensamos y sentimos. (…)” Lograr identificar este tiempo, requiere una buena dosis de dominio de las pasiones, de los impulsos, para que tengamos el espacio requerido con el ambiente adecuado, para que aquello que deseamos que fluya lo haga con la naturalidad que se requiere.

Practicar la sensatez, exige una dosis permanente de valor civil para encarar las situaciones menos fáciles, olvidar los adornos literarios y barrocos que opacan el mensaje, y motivar un ambiente de apertura de doble vía que generosamente aparte los egos humanos, para que como resultado se tenga una experiencia que compartir, un motivo para recordar y un compromiso para actuar.

El Editor.

Referencia
LINERO GÓMEZ, A. (2014) La pasión de servir. Claves para ser un buen cristiano. Ed. Minuto de DIOS.

domingo, 13 de julio de 2014

Compromiso organizacional



La palabra compromiso viene del latín, del verbo compromitto, formado de la preposición cum (con) y el adjetivo promissus, del verbo promitto (prometer, asegurar), lo que en definitiva establece “el acto de prometerse con el otro”. Esto es, un compromiso requiere de la participación de mínimo dos personas, para que se haga realidad la esencia del compromiso, del prometerse uno con el otro.

En este entendido, la pregunta fundamental que tienen muchos ejecutivos en las organizaciones es ¿qué compromete a la gente?, que leído en términos del origen de la palabra, se podría decir ¿qué hace que las partes se comprometan? Muchas veces, sólo entendemos el compromiso en una sola vía, cuando en realidad es una palabra que exige una vista de doble vía.

Según las reflexiones de Emilio Moraleda, en su libro “Los retos del directivo actual. Conductas, competencias y valores imprescindibles del profesional del siglo XXI”, sobre el compromiso anota que: “entender qué compromete a las personas, no es una ciencia exacta y habrá tantas opiniones como personas a las que preguntemos. (…)”. Sin embargo, este ejecutivo establece algunos elementos que a su criterio, son los que tienen más impacto.

La compensación económica, anota Moraleda “(…) con los pies en el suelo, y siendo muy realistas, en general, más dinero motiva y compromete más. (…) Recuerde que la gente va a las empresas primero a ganarse la vida. Necesitan cubrir sus necesidades básicas cubiertas. (…)”

El reconocimiento, indica el ejecutivo “(…) aquí no hay dinero de por medio, sólo hay palabras, una carta, un correo electrónico, un whatsapp, con los que un líder reconoce a un empleado, o a todo un equipo, una cosas tan simple como un trabajo bien hecho. (…)”

El respeto, sobre el particular comenta Moraleda “(…) quien se siente bien tratado desarrolla una actitud, una conducta positiva que se traduce en mayor compromiso e involucramiento. (…)” una posición motivada para proponer y hacer avanzar la organización hacia nuevos retos y escenarios antes ignorados.

El jefe directo, detalla el ejecutivo “(…) para bien o para mal, los jefes directos tienen siempre una influencia importante en la vinculación emocional de los empleados con la organización que trabajan. Pueden activar o desactivar el compromiso de su gente, sin darse cuenta. (…)” Los jefes deben cuidar ese activo fundamental que son sus colaboradores, pues son ellos los que hacen la diferencia en el ejercicio diario de sus actividades.

La cercanía de los líderes, indica Moraleda “(…) la empatía crea mejores vínculos entre unos y otros. (…) Todo lo contrario cuando el líder se muestra soberbio y distante, y poco se mezcla con sus equipos. (…)” Sintonizarse con la realidad de los otros, es entender la realidad propia del líder, muchas veces esto se opaca por los resplandores del poder y la posición.

La credibilidad y coherencia de los líderes, Moraleda al respecto indica que “(…) las personas le dan crédito y se fía de ellos, cuando cumplen con sus compromisos, por su seriedad y coherencia. (…)” Predicar con el ejemplo, es un mensaje fundamental que hace coherente la fuerza del liderazgo y eleva los niveles de compromiso en las organizaciones.

Hablar de compromiso, de promesas entre personas, es recordarnos que vivimos en comunidad, que nos debemos los unos a los otros para construir el futuro que queremos, que deseamos, pues si bien las individualidades son necesarias para desequilibrar momentos específicos, sólo los grandes resultados se alcanzan con compromisos, esos que son los lazos de realidades futuras, que se materializan con un “juntos” en el presente.

El Editor

Referencia
MORALEDA, E. (2014) Los retos del directivo actual. Conductas, competencias y valores imprescindibles del profesional del siglo XXI. Ed. Gestión 2000. Grupo Planeta. Barcelona