“No hay nada peor que dejar de ser uno mismo, perderse en un laberinto de falsas identidades y abandonar la autenticidad. Dejar de sentir la conexión sagrada con nuestro ser más íntimo equivale muchas veces a la condenación, a navegar sin rumbo por océanos de modas impersonales, tendencias artificiales, dobles agendas y personalidades de quita y pone” (Adaptado de: Ponti y Ferrer, 2011, p.137. Las subrayas están fuera del texto original).
Los académicos Ponti
y Ferrer (2011), ponen el acento en ese aspecto tan íntimo y personal del ser
humano, en la necesidad de tener un proyecto de vida, una postura clara y
frontal frente a la existencia, que exige la búsqueda de situaciones distintas,
para abandonar los éxitos del pasado y comenzar a construir las nuevas
capacidades del futuro.
Esta declaración
demanda tener un plan de acción, reconocer y analizar el entorno, escuchar a
los otros (con sus consideraciones), manteniendo el rumbo original,
concentrados en el ejercicio trascendente de la propia misión, que busca
cumplir los sueños y superar los retos de forma persistente e inteligente. Un
ejercicio de curiosidad permanente, que lleva a cuestionar los dogmas vigentes,
para superar los convencionalismos implícitos en las estructuras de poder.
Mantenerse conectado
con la esencia misma del ser interior, es divertirse con lo que se hace; es
crear una zona de motivación, pasión y sintonía con todo el entorno, donde las
ideas fluyen, las reflexiones disruptivas afloran, las controversias se presentan
y las ganancias teóricas y prácticas se vuelven realidad. El ser interior se
deleita con la oportunidad para manifestarse, para relacionarse, para nutrirse,
para saborearse las circunstancias que el momento ofrece, tejiendo una red
multicolor de experiencias y saberes que hacen la vida una escena única que
jamás se vuelve a repetir.
Cuando no se
renuncia a ser auténtico, es posible mostrar y revelar con la rigurosidad
requerida las ideas y propuestas. Sale a relucir el “niño travieso” que mira al
futuro sin restricciones, el “académico” que formaliza la postura, “el
psicólogo” que conecta con la emoción del otro, “el líder” que encamina y
dirige el proyecto y finalmente el “político” que influencia con su discurso y pone a prueba su credibilidad. Cuando esto ocurre, no es posible perderse en el “ruido de las
modas”, sino que se cuidan los detalles requeridos para hacer que las cosas
pasen.
Los que no se mutan
con falsas identidades o se convierten en camaleones organizacionales, aprenden
a crear cosas distintas, proponer ideas, romper paradigmas, asumir posturas
novedosas, con el fin de aprender rápidamente de los errores que se puedan
cometer, para concretar los conocimientos y saberes que serán utilizados para
cambiar la percepción en el cliente final. No sucumbir a la tentación de ser
otro, crea una tensión en aquellos escenarios donde se requieren personas “alineadas”
con el orden establecido, profundizando diferencias que al final conciben el
error como un resultado y no como parte del proceso.
Quien en la vida
navega sin rumbo, posiblemente llegará a donde no quiere ir. Cada experiencia
en la historia personal debe ser un insumo que construye y deconstruye saberes
que acercan al hombre a la consumación de su declaración trascendente, pues parafraseando
a Lynn Heward, la vida no consiste en vivir en una jaula cantando la misma
canción todos los días, sino en levantar el vuelo y mirar al horizonte donde la
realidad se funde en la paleta multicolor del Dueño de la Vida.
El Editor
Referencia
Ponti, F. y Ferrer,
J. M. (2011) Si funciona, cámbielo. Cómo
innovar sin morir en el intento. Bogotá, D.C, Colombia: Grupo Editorial
Norma.
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