domingo, 15 de septiembre de 2013

Las cosas simples

Anota Edward de Bono en su libro “Ideas para profesionales que piensan. Nuevas consideraciones sobre el pensamiento lateral aplicadas a la empresa”: “Las cosas simples son las más difíciles de enseñar. Todo el mundo supone que, porque algo es simple, debe saberlo o hacerlo. (…)”, una frase que revela el poder que contienen las ideas simples, sencillas y sin mayores elaboraciones. Mientras una propuesta sea más simple mayor será el poder que tiene ella en el contexto del hacer, pues será fácilmente digerida y adoptada por sus receptores.
 
Lo simple, generalmente choca con las mentes que exigen respuestas complejas y elaboradas, pues su posición no les permite comprender que la propuesta ofrece elementos que superan ampliamente su capacidad de cognición y comprometen su “prestigio”, dado que algo que aparentemente es elemental y conceptualmente sencillo, no puede venir sin una amplia construcción mental que demande análisis exhaustivos y sofisticados.
 
Las ideas sencillas o simples tienen la capacidad de cautivar a las mentes “sin restricciones”, a las mentes “abierta a conocer”, aquellas que han superado el síndrome de los eruditos, donde sólo en una conexión de múltiples variables y condiciones es posible crear un concepto interesante que demande la atención y reconocimiento de la misma por un círculo de personas exclusivo. La erudición es exclusiva, mientras la sencillez es inclusiva, soporta las preguntas más elementales como las más trascendentes y es allí, donde se encuentra la riqueza del conocer y descubrir.
 
Cuando hijo de Nazareth conversaba con las personas de su tiempo, hablaba en lenguaje sencillo, con lo simple de los ejemplos y fuerza de una vida coherente y fiel a su mensaje. Una demostración del poder de su mensaje es la vigencia de su palabra, que trasciende fronteras de tiempo y espacio, manteniendo activos y alertas a los que escuchan su voz y motivando a continuar su ejemplo a pesar de ser signo de contradicción de su época.
 
De igual forma, si queremos que nuestra vida sea signo de sencillez y fidelidad a nuestros sueños, nuestro lenguaje y vida debe ser simple, funcional y estético, esto es, aprender en el ejercicio diario de nuestra vida a reconocer estos elementos y materializarlos en cada una de nuestras expresiones y decisiones, con el fin de alcanzar la excelencia en la humildad, es decir el conocimiento perfecto de lo que somos y podemos, sin falsas vanaglorias, que agreguen complejidad a lo que por definición es sencillo.
 
Bien decía mi abuela, “nadie pelea con No sé”, una expresión que declara con naturalidad y claridad que estamos abiertos a renacer en lo sencillo, a las elaboraciones conceptuales básicas que nos permitan lograr un mayor entendimiento de lo que conocemos y abrir la posibilidad de una nueva vista de lo que desconocemos. Una experiencia que vivió el “Emmanuel prometido” hace más de 2000 años, cuando declaró una máxima sencilla y funcional: “Ama al Señor tu DIOS con todo el corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo” que en principio es sencillo de entender y que aún hoy estamos tratando a aplicar.
 
El Editor

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