domingo, 9 de febrero de 2020

Iluminar y brillar


Dos palabras se usan con cierta frecuencia en nuestra cotidianidad: iluminar y brillar, para destacar la labor de una persona, o indicar que algo sobresale por encima de lo normal. Sin embargo, etimológicamente hablando, no corresponde a la esencia misma de su denominación. Cuando aprendemos a distinguir que podemos iluminar a otros y hacerlos que brillen, o que podemos brillar por encima de otros, a pesar de no poder iluminar, estamos abriendo un campo de reflexión que pocas veces notamos por los reflectores de nuestros propios sesgos.

La palabra iluminar o iluminación, nos habla de llenar de claridad, de mostrar un camino, de orientar al que está en medio de las tinieblas. De ser antorcha y fuego para otros, de ser fuente de luz para descubrir algo que no podemos ver. La iluminación no es algo sobrenatural o misterioso, es un espacio de conexión interior, de espiritualidad profunda que revela la presencia misma del ser humano que busca sentido y experiencia transcendente desde su propia realidad. Es abrir un portal de saberes superiores, que  desde la eternidad despliega su doctrina en aquellos que se hacen vitrales de luz para sus semejantes.

La iluminación no es un destino, es un proceso personal permanente, donde cada vez el ser humano descubre y despierta a nuevas fronteras de conocimiento interior y espiritual, para reconocerse limitado y necesitado de la fuente misma del poder divino, y así mismo, aceptarse como canal imperfecto de la gracia comunicante de DIOS (cualquiera sea tu imagen de él). El iluminado no brilla en sí mismo, se hace transparente para bendecir a otros; se desconecta de sí mismo y en perfecta unión con su vínculo sagrado, abre senderos de posibilidad donde muchos pueden trazar proyectos y planes para alcanzar nuevos horizontes y retos.

De otra parte, brillar etimológicamente establece el emitir luz viva y temblante. Deslumbrar y crear reflejos casi cegadores, los cuales se hacen más intensos sobre la superficie cuando tiene el efecto de un espejo. Cuando la luz incide sobre el objeto, tanto más brillará cuanto más pulido y afinado está su exterior, e igualmente proyectará una sombra tan grande como su estructura y configuración. Por lo general, los objetos que brillan son sólidos o huecos, no son transparentes, deben poder jugar con los reflectores para generar los efectos que se requieren en un contexto particular.

Cuando una persona brilla, es el juego de luces sobre la superficie de lo contingente y efímero lo que logra el destello que se proyecta, creando la ilusión de la “superioridad” y “distinción”, que acaba cuando la sombra que se proyecta, es mucho más amplia que su propio espejismo. Si bien es importante avanzar y alcanzar mayores niveles de virtud, también lo es dejarse traspasar por la luz de la eternidad, donde no hay exigencias, no hay expectativas, ni dependencias, sólo un flujo de luz que purifica los lentes con los que vemos el mundo y creamos un puente entre lo visible y lo invisible.

Brillar es un acto de magia exterior, que trata de cautivar la dinámica interior de los seres humanos. Cuando el brillo se acaba, la única respuesta que aparece es la soledad, la ausencia, el vacío interior, que sólo se puede conjurar “cuando se renuncia a la dependencia”. Brillar es acto dependiente de un reflector(es) exterior(es) al cual muchas veces nos aferramos y que nos sirve como distracción de lo que ocurre en la realidad. Por tanto, como afirma Anthony de Mello, “Cuando las ilusiones se acaban, por fin uno está en contacto con la realidad, y créame, nunca volverá a sentirse solo, nunca más” (De Mello, 1994, p. 44).

Entender que la iluminación es una revelación que se hace en interior de los humanos, cuando se hacen transparentes al llamado de su vocación y al deseo de ser luz para otros, es una experiencia que se desprende de los apegos del éxito del mundo, de las angustias de aquello que no sale como se planeó y que vive plenamente con lo que tiene, y no sufre o piensa en lo que no posee. Mientras el brillo, como resultado de lo transitorio y fugaz, sólo sobrevive con los rótulos y luces artificiales que se diseñan para tener los efectos que se desean, una ilusión que vive atada a las visiones y deseos de otros.

Vive en plenitud, busca iluminar, desprenderte de los apegos, para encontrar la puerta transparente que se esconde en la luz del día y allí despertar a la realidad, donde, como afirma De Mello (1994, p.79), “nos hacemos consciente de aquello que nos rodea”.

El Editor

Referencia
De Mello, A. (1994) ¡Despierta! Charlas sobre espiritualidad. Bogotá, Colombia: Editorial Norma.

1 comentario:

  1. La misma escritura de la reflexión explica los términos de, brillar e iluminar. Muchas gracias.

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