Cada vez que inicia un año, nos creamos expectativas. Al revisar la definición en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (https://rae.es) se lee: “Esperanza de realizar o conseguir algo”, “Posibilidad razonable de que algo suceda”, y si se revisa un poco más se advierten sinónimos como “esperanza, confianza, ilusión, probabilidad, posibilidad, horizonte”, todas estas palabras hablan sobre transitar en el “futuro”, en un lugar lleno de desconocidos desconocidos, un escenario donde todo está por descubrir y que tarde o temprano nos sorprende (ya la manera como cada uno la interprete será positiva o no).
La expectativa lo que hace es crear un puente deseado entre lo que somos y lo que queremos ser o lograr. Es un ejercicio que nos invita a movernos y trasladarnos a ese lugar incierto y aún desconocido, para luego caminar y trazar un camino hacia el presente donde estamos. La expectativa será tan fuerte o débil como la fuerza y convicción que nos mueve a crearla. Entre mayor sea el deseo y la acción deliberada para hacerla realidad, mejores oportunidades tendremos para crear esa conexión del futuro con el presente.
Nótese que la expectativa personal es una cosa y la expectativa que se tiene de otras personas es otra. Quien se hace expectativas de otros, crea una ilusión sin fundamento, pues adiciona un elemento desconocido más a la ecuación, que es la esencia misma de aquella y su deseo de hacerlo realidad, lugar que sólo conoce aquel que la vive. Por tanto, no te hagas expectativas de otros, más bien descubre en su relación con él o ella, cómo transita la vida y los retos que tiene, cómo los supera y qué guía su corazón para vencerse a sí mismo y hacerse una mejor versión de sí mismo.
Las expectativas son en esencia escenarios que planteamos para explorar el incierto que nos advierte el futuro, no para tratar de predecirlo, sino para ver las diferentes versiones y oportunidades que se pueden tener para lograr aquello que queremos. Cada escenario será ocasión de reflexiones profundas sobre nuestro propósito, no sobre las metas u objetivos, sino sobre aquello que nos lleva a levantarnos cada día, esa vocación que transforma y nos moviliza para hacer las cosas que hacemos. El escenario no es más que una forma de canalizar una expectativa en clave de nuestra razón de ser.
Cuando las expectativas aparecen, sabemos que nuestro propósito está vivo, evoluciona y se transforma para llevarnos al siguiente nivel de evolución. La expectativa no es un sueño vacío o algo que deseamos, es la esencia de un propósito hecho visión, esa realidad que permite adaptarnos, aprender, desaprender y reaprender para reconocer que tenemos mucho que descubrir y cambiar dentro, para transformar aquello que está afuera.
La expectativa no va de construir de afuera hacia adentro, sino en conectar nuestras vulnerabilidades interiores para escalar en la transformación de nuestro entorno para crecer con otros, para descubrir que somos seres inacabados, que el orgullo corrompe y mata, cuando no somos humildes para reconocer que no tenemos todas las respuestas.
Es preferible pensar en posibilidades que en probabilidades. Dejar las certezas (probabilidades) es el camino para trazar y perfilar nuevas expectativas, nuevos horizontes, donde lo que viene aún está por aparecer, y que sólo los que aceptan “que no saben”, que están dispuestos a aprender y a declarar un maestro, podrán trazar diferentes caminos que para el mundo son imposibles, pero siempre posibles para “el dueño de la vida”.
El Editor