domingo, 18 de febrero de 2024

¿Conoces tu "zarza ardiente"?

Un pasaje de la sagrada escritura cristiana-católica es la base de esta reflexión. El pasaje que será tema de meditación será la escena de la “Zarza ardiente”: (Éxodo 3, 2-6)

“Y se le apareció el ángel de Yahvé en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró y vio que la zarza ardía en fuego, más la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: “Iré yo ahora y veré esta gran maravilla, por qué causa la zarza no se quema”. Y viendo Yahvé que él iba a mirar, lo llamó Dios de en medio de la zarza y dijo: “¡Moisés, Moisés!” Y él respondió: “Heme aquí”. Y dijo Dios: No te acerques acá; quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás tierra santa es. Dijo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios”.

Cuando se lee esta corta lectura múltiples interrogantes surgen para aquellos que profesan el culto cristiano-católico y para otros que no son partícipes de esta lectura, puede generar inquietud por los múltiples signos y manifestaciones que aparecen en el texto. Tratando de analizar esta escena y contextualizarla en la vida diaria de cada uno de nosotros, la primera pregunta que surge podría ser ¿qué pasaría si tenemos una experiencia hoy como la de Moisés? ¿Cómo actuaríamos frente a un signo como éstos? ¿Con asombro, con inquietud, con reserva o sencillamente podríamos ignorarlo por no corresponder con la realidad como si fuese una alucinación?

Si revisamos la escena varios detalles nos conectan con el momento y realidad del protagonista. Este estaba en sus labores diarias pastoreando, no tenía mayores expectativas en el día y un evento inverosímil lo saca de su cotidianidad y lo interroga. ¿Será que nos pasa algunas veces en una semana? ¿Podríamos estarnos perdiendo una oportunidad para descubrir una conexión que tu creencia sagrada quiere revelarte y nuestra racionalidad no nos permite ver? Si nuestra razón nos confronta y nuestro corazón se emociona, revisa el evento pues allí habrá una luz para explorar y encontrar lo que necesitas en ese momento. Es algo del “buen espíritu” dirían los jesuitas.

Otro detalle, el “Dios de Abraham”, llama por su nombre al protagonista. La voz poderosa sabe quiénes somos, de qué somos capaces y nuestra determinación para lograr lo que queremos, y nos corresponde a nosotros responder como lo hace Moisés: “Heme aquí”. Esa nueva experiencia nos advierte que es necesario movilizarnos y avanzar en la vía del llamado, teniendo en cuenta que no vamos a lograr la perfección, sino ser perfectibles y moldeables en el ejercicio diario de poner al servicio nuestras capacidades para hacer que las cosas pasen. La “voz nos invita”, depende de nosotros dar el paso para salir de la comodidad y embarcarnos en la nueva aventura.

Siguiente detalle, el “Dios de Jacob” pide que nos descalcemos, que abandonemos la zona conocida, pues extiende una invitación en un terreno “sagrado”, que no es otra cosa que la conexión espiritual que cada uno de nosotros tiene y cultiva con su visión de lo trascendente, ese territorio íntimo tan conocido como desconocido, que sólo en la meditación profunda podemos encontrar para reconocer nuestra propias luces e igualmente nuestras sombras. Cuando nos acercamos a la luz, podemos ser encandilados y cegados por su intensidad, tanto que nos tumbe por los suelos o perdamos la ubicación. Así las cosas, “descalzarnos” es reconocer que somos seres en obra gris que delante de lo sagrado, sólo somos una “sombra que pasa”, un suspiro en el viento, un momento en el tiempo.

Finalmente, la manifestación de la “zarza ardiente” revela la docilidad de nuestro corazón en respuesta a un llamado, la intensidad de nuestra relación espiritual basado en nuestra apertura, la fuerza de lo sagrado como aceptación de su presencia y sobremanera, la preparación que debemos tener frente a lo sobrenatural como respuesta a nuestra fe, para encontrar respuestas novedosas en medio de aquello que siendo cotidiano, nos sorprende y nos revela la presencia permanente del fuego que no se apaga.

El Editor 

 

domingo, 11 de febrero de 2024

La audacia: virtud y capacidad

En un escenario como el actual se motiva a las personas a ser audaces, ser lanzados y sobremanera, atrevidos para alcanzar sus propias metas. La audacia ha tenido muchas interpretaciones a lo largo del tiempo, desde perspectivas religiosas hasta condiciones y capacidades de liderazgo en las organizaciones. Lo cierto es, que cualquiera que sea la lectura, la audacia tiene un atractivo particular para el ser humano que lo reta en su propio terreno y lo lleva a liberarse de sus propias seguridades para lograr algo distinto.

¿Qué es entonces una persona audaz? Una persona con esta característica no es aquella que no tiene miedo, sino la que se moviliza a pesar de sentirlo. Es la que tiene en mente un reto y sabe que tendrá que superar sus propios conocimientos y experiencias, para embarcarse en una ruta desconocida con las herramientas conocidas, para tratar de explicar lo que acontece y desde allí, reconstruir y renovar lo que ha aprendido. Es un individuo que no le tiene miedo al error en medio de lo desconocido, y se asegura de no cometer aquellos que sabe son básicos y propios de aquello que conoce.

La audacia se consigue con permanentes salidas fuera de la zona cómoda, donde se experimenta y se reta lo que se conoce, para luego volver a reflexionar sobre lo aprendido, sobre lo que no salió como estaba previsto y en particular, para reconfigurarse como ser humano más vulnerable y expuesto que antes, y al mismo tiempo, más renovado y retador que al iniciar el proceso. El que se considera audaz no es temerario, mide su apetito de riesgo y sabe hasta donde podrá resistir y aguantar los efectos inesperados del incierto. No es un “comando suicida”, sino un “comando estratégico” que saber sortear los eventos sorpresivos y reconoce dónde puede aprender y qué puede dejar con el menor daño posible.

La audacia se basa en reconocimiento y exploración del entorno, no se aventura a realizar algo sin tener la inteligencia necesaria para avanzar en un territorio siempre incierto. El audaz es un apasionado por explorar el incierto para avanzar con corazón valiente y pies de plomo frente a los hechos y los datos. Es una persona emocionalmente inteligente, que los reveses que le ocurren, los sabe capitalizar con flexibilidad y amortiguamiento para tomar caminos alternos. El audaz sabe que el camino nunca es recto, que tiene variantes y cada una de ellas es una ventana de aprendizaje para lograr lo que se propone. El esfuerzo es la base de su acción y el conocimiento el fundamento de su actuar.

La audacia es una virtud para el hombre de fe que se atreve a creer firmemente en aquello que espera y es una capacidad para transformar un querer y anhelo en acciones concretas que vuelvan real aquello que quiere. Así las cosas, la audacia tiene un componente espiritual que motiva al ser humano a creer en sí mismo y en la asistencia divina que quiere lo mejor para él, y al mismo tiempo, un componente terrenal que inspira y transforma la capacidad humana para superar las adversidades, como la fuente misma de la función de supervivencia plantada en el instinto natural de las personas. 

Todos tenemos la chispa de la audacia instalada en el cuerpo y en el espíritu, está en nosotros activarla y transformarla en acciones reales que nos lleven del lugar en el que estamos hoy, al siguiente nivel, donde estamos destinados a estar. Un momento que espera tanto la humanidad como tu visión sagrada de la vida, donde mudas al hombre viejo, sedentario y seguro de sí, al hombre dinámico, en movimiento, que abraza el incierto y lo inesperado como fuente natural de vida y renovación permanente.

El Editor. 

domingo, 4 de febrero de 2024

Secuencias del "acto de enseñar"

“Saber enseñar” es distinto de “cómo enseñar”. Enseñar implica un proceso de reconocimiento de un sistema interconectado y acoplado de “situaciones de enseñanza-aprendizaje, maestro y estudiantes, y la materia que se enseña y aprende” (Camps, 2004), en pocas palabras, un ecosistema educativo donde los diferentes actores crean un escenario para que surja el aprendizaje como distinción particular y situada para cada participante, que le permita a cada uno de sus componentes transformar sus diferentes interacciones y contextos donde opera.

“Saber enseñar” implica reconocer las relaciones del ecosistema educativo donde el aprendizaje ocurre. Es un ejercicio sistémico de identificación y diseño de relaciones entre los diferentes componentes de este ecosistema, donde la labor del docente más allá de proveer contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales, es un provocador de nuevas preguntas y contextos para sus estudiantes, un habilitador de la apuesta formativa guiada por los inciertos e inquietudes del dominio de conocimiento específico, que no sólo motive el desarrollo de “hubs” de aprendizajes en el aula, sino transforme y cuestione los saberes previos de sus estudiantes en su propia realidad.

“Cómo enseñar” es un ejercicio más instrumental que sigue el educador para concretar que los estudiantes piensen, duden, critiquen y no repitan lo que ya existe. Es establecer estrategias de trabajo que desconecten la realidad actual y diseñen un nuevo lugar encuentro y desencuentro de saberes comunes, para significar y distinguir puntos distintos de comprensión y reconocimiento de la realidad, y desde allí producir un nuevo saber, propio de la disciplina que se imparte, que no es sólo del docente y el estudiante, sino del ecosistema educativo, ahora leído en clave de enseñanza-aprendizaje.

En algún momento de la vida podemos ser “maestros” o “estudiantes”. En cualquier de los dos roles, debemos reconocer la dinámica de uno y otro instante, que permite que emerja no sólo nuevas percepciones del mundo, sino la transformación de seres humanos que conectan y desconectan saberes específicos para dar respuesta a interrogantes o retos que el mundo necesita en un contexto particular. En consecuencia, es preciso comprender “cómo enseñar” y por tanto “saber enseñar” como condiciones y prerrequisitos que son necesarios para que los procesos enseñanza-aprendizaje se hagan realidad no sólo en las aulas, sino en la cotidianidad de la vida.

Se dice que toda la vida debemos ser “estudiantes”, una condición de apertura en el que nos permitimos ser interrogados por la realidad y estar por fuera de la zona cómoda de nuestros saberes previos, no obstante, en ese camino podemos tener la oportunidad de allanar los caminos de otros, donde el reto no está en mostrar lo que hemos aprendido y qué tanto nos hemos equivocado, sino descubrir las potencialidades de nuestros aprendientes para explorar juntos ese ecosistema educativo que se construye con cada conversación y reflexión que surge desde las preguntas y los inciertos, no sólo para descubrir los “por qué” de las cosas, sino habilitar el surgimiento de los “cómos”, esos conocimientos y saberes situados que anticipan y preparan para los retos futuros.

“Saber enseñar” y “cómo enseñar” son “secuencias del acto de enseñar”, no como un ordenamiento de contenidos para ser presentados, sino como un vocación de servicio que orienta los saberes necesarios y las estrategias requeridas para que se incomoden nuestras certezas, se movilicen nuestras inquietudes, se expandan nuestros horizontes y en particular, se transformen todos los actores del ecosistema educativo y por tanto, la dinámica social y trascendente de la cual hacemos parte.

El Editor 


Referencia

Camps, A. (2004). Objetos, modalidades y ámbitos de la investigación en didáctica de la lengua. Lenguaje, (32), 7-27. https://media.utp.edu.co/referencias-bibliograficas/uploads/referencias/articulo/219-objeto-modalidades-y-mbitos-de-la-investigacin-en-didctica-de-la-lenguapdf-gWo1I-articulo.pdf  


sábado, 27 de enero de 2024

¿De qué color es tu sombra?

Una pregunta que escuché de un académico hace algún tiempo revela muchas consideraciones sobre ese objeto o condición particular y cotidiano del ser humano: ¿De qué color es la sombra? La respuesta en general de los estudiantes fue “oscura”. Sin embargo el profesor insistió. “¿Qué pasa si a un objeto le proyecto luz de color amarillo, o verde, o rojo, o azul? ¿Cambiaría su respuesta?”, todos inquietos comenzaron a pensar sobre esa posibilidad y se abrió una visión mucho más amplia de la respuesta sobre el color de la sombra.

De acuerdo con las reflexiones Lauritzen (2023, p.22) existe una conexión entre los opuestos basado en la lectura de la creación del mundo en el libro sagrado de los cristianos, “Dios todo lo creó en pares: cielo y tierra, luz y oscuridad, día y noche, hombre y mujer. La creación de DIOS es dialéctica”, lo anterior establece en sí misma, una relación entre opuestos, no son contrarios en sí mismos, pero potencian acciones diferentes cuando alguno de los dos lados prevalece. En sí mismo, se advierte el concepto de balance que se requiere para el desarrollo de la misma creación.

Habrá momentos en que miremos frecuentemente al cielo para encontrar nuestro sentido trascendente, otros donde la tierra nos llama a la acción, al fundamento de la transformación de nuestra esencia humana, por lo tanto no son elementos contrarios, son escenarios distintos que son necesarios en condiciones de modo, tiempo y lugar particular que nos permiten ver el mundo de formas distintas y de diferentes tonalidades. Simplificar el sentido y dinámica del mundo, es ignorar la gama de colores y tonos que cada día se advierte en un atardecer.

Sigue la filósofa danesa Lauritzen diciendo “Dios está presente en la Creación, precisamente porque está ausente”, y su complemento diría: “Dios está ausente en la Creación, precisamente porque está presente”. Este reto conceptual que intriga e inquieta al hombre moderno que cuestiona la presencia o no de la dimensión sagrada, es otro elemento que confirma el ejercicio de transición propio de nuestra naturaleza humana limitada, de asumir nuestro papel y descubrir que somos seres contingentes y temporales, donde corremos el riesgo que todos nuestros logros y conquistas se conviertan en puntos ciegos y limitaciones para desarrollar nuestras capacidades.

La pregunta inicial sobre la sombra nos interroga al menos en dos sentidos. Uno de contexto y otro de explicación. Por un lado, ubica al que pregunta en un escenario que desafía posibles respuestas y abre la posibilidad de pensar distinto, y romper con la inercia de nuestro saber previo, y por otro, al que responde, que busca entender y explorar respuestas que elaboren nuevo conocimiento, indistintamente el saber inicial de aquel que pregunta. Esta dialéctica vuelve a ubicar al ser humano como el centro de sus propios avances y posibilidades. Más allá de calificar las respuestas o preguntas, es la moción de la curiosidad humana y la necesidad de descubrir, lo que permite encontrar puntos de transición y conexión que nos lleven a un ciclo de aprendizaje ascendente, donde el reto es transformarnos en otros distintos, sin perder la referencia trascendente.

Si el color de la sombra depende de la luz que la ilumina, podemos tener diferentes tipos de sombras, algunas de ellas positivas como aquel árbol que se siembra en un punto en el tiempo y termina brindando reposo y descanso a otros en el futuro. La carga emocional del concepto de sombra, debe ser reemplazada por el ejercicio de balance y transición que todos los seres humanos deben mantener en conexión con la creación. Un reto de recomponer nuestra vida dejándonos interrogar día a día por la chispa divina que ha sido plantada en cada uno de nosotros.

El Editor

Referencia

Lauritzen, P. (2023). Questions. Baltimore, MD. USA: John Hopkins University Press.


martes, 23 de enero de 2024

Polvo de estrellas: Sencillez y complejidad

La sencillez y la complejidad no son dos lados de la misma moneda, son la misma moneda pues no dependen de la definición en sí misma, sino de su materialización en la persona. La sencillez está en la capacidad de explicar y detallar un objeto que es de nuestro interés, mientras la complejidad está en la capacidad de indicar y distinguir, lo que significa conocer y aprender de aquello que podemos señalar. Muchas veces no sabemos cómo explicar algo, lo que implica que no tenemos las distinciones necesarias para darle forma a nuestro pensamiento y enlazarlo con nuestro saber previo.

Otras veces, sabemos explicar un concepto sin embargo los detalles que se ofrecen terminan confundiendo a los oyentes, pues ignoramos las distinciones que las personas tienen, propias de su contexto y dinámica particular. Luego, no es la sencillez per se la que se requiere para dar cuenta de los retos del mundo, sino las capacidades de indicar y distinguir que le permiten al ser humano “ver aquello” temporalmente oculto a sus ojos y posiblemente parcialmente conocido por su intelecto.

Al enfrentar las realidades del mundo actual es preciso identificar aquellos elementos que son relevantes y luego distinguirlos de tal forma que podamos comenzar a explicarlos y detallarlos, un proceso de construcción de conocimiento y reto de nuestros saberes previos que pasa por el escenario del “no saber”, para luego avanzar hacia el “entender”, pues llegar al “aprender”, implica surtir un proceso de conexión interior, que transita por una apropiación personal que le da sentido al interés y curiosidad de cada ser humano.

Así las cosas, así como la ausencia de evidencia, no es evidencia de ausencia, lo sencillo no implica, lo complejo, ni viceversa. Es un proceso donde las observaciones permanentes de nuestra curiosidad e interés nos llevan para retar aquello que conocemos hasta el momento y lanzarnos a explorar los límites que tenemos establecidos en nuestra mente. Desafiar el saber previo que tenemos permite expandir las posibilidades y abrir nuevas oportunidades, revelar un mundo de opciones que permanece siempre disponible para aquellos que se arriesgan a salir de su “zona cómoda”.

La sencillez es una tarea que requiere profundizar y revisar en detalle aquello que nuestra curiosidad nos sugiere, es un empeño por explorar y conocer eso que nos permite “entender” mejor el mundo y nos ilustra aquello que posiblemente necesitamos saber para habilitar nuevas condiciones y capacidades. De igual forma, la complejidad es avanzar en incorporar distinciones que nos permitan “ver” más allá de eso que nuestra visión nos puede revelar, es un ejercicio para sumergirnos en la dinámica de los objetos y desde allí explicar aquello que es de nuestro interés.

Como podemos observar tanto sencillez como complejidad son la misma moneda, no son contrarios ni contradictores, son palabras, conceptos que nos habilitan para entrar y descubrir nuevas fronteras del mundo conocido, que nos llevan de una mirada interior que reconoce su pequeñez y “no saber”, a un camino de exploración y descubrimiento que potencia nuestra capacidad de asombro, una mirada humilde y de aprendizaje permanente que nos recuerda que somos vasijas de barro llenas del infinito: polvo de estrellas siempre en movimiento.

El Editor.

sábado, 13 de enero de 2024

El valor de un nuevo año

Cuando inicia un año se tienen expectativas, sueños y anhelos, los cuales establecen el punto de partida para enmarcar el plan de trabajo que nos llevará tomar las acciones necesarias para alcanzar lo que queremos. Es claro que durante el camino el plan va a tener variaciones, algunas que podrán disminuir el alcance de lo que queremos, otras ampliarlo, otras ajustar las prioridades o incluir alguna oportunidad que se presente que pueda ser de interés que pueda apalancar los planes iniciales.

Avanzar en el desarrollo de un año implica lanzarnos a conquistar el incierto y enfrentar los retos que implica salirnos de la zona cómoda, de abandonar las certezas y los logros del año anterior, para mirar al frente y abrir el camino de las oportunidades y de las nuevas competencias y capacidades que vamos a adquirir, para transformarnos en otros distintos. Es un ejercicio que persigue la transformación personal que invita a una renovación de aquello que hemos aprendido y abrazar aquello que desafía nuestras propias creencias.

El camino que se recorre durante un año se advierte algunas veces claro, otras veces borroso, otras inesperado, pero al fin al cabo es el camino que construimos con sus aciertos y los aprendizajes que se tienen al trazarlo y recorrerlo. Es importante que si bien podemos llevar un mapa (basado en lo que conocemos) el territorio sigue siendo un espacio de momentos inesperados e inestables, que deberemos sortear tratando de descubrir lo que viene delante de la curva, para lo cual tendremos que habituarnos a ejercitar la prospectiva, capacidad que nos debe hacer sensible al entorno y sus diferentes señales.

Durante el recorrido el paisaje que se revela tendrá claros-oscuros, momentos para contemplar y reconfortar el espíritu, y otros, para demostrar nuestro nivel de preparación y compromiso con nuestros deseos, sueños y anhelos, donde se nos exigirá dar un paso adelante para avanzar en el siguiente nivel, ese que hemos decidido alcanzar y para lo cual debemos pagar el precio que se exige, que no es otra cosa que declarar que no sabemos, que estamos dispuestos a aprender/desaprender y por lo tanto, estaremos atentos a recibir las indicaciones de la maestra la incertidumbre, que nos llevará por caminos que antes no hemos recorrido.

Este viaje si bien estará cargado de metas volantes alcanzadas y momentos de gozo, no deberá distraernos de los objetivos trazados, para lo cual es necesario mantener la vista en aquello que no se ve, esa mirada interior y la promesa divina, que debemos reclamar cada día: “Buscad y hallareis, pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, pero pedid con fe”. Cuando conectamos lo transcendente con lo contingente, sabemos que somos peregrinos en tierras extranjeras, debemos armarnos de fe, esa certeza de alcanzar lo que se espera, que es el combustible natural que nos debe nutrir para levantarnos cada día para hacer que las cosas pasen.

Recuerde que un año, es tiempo, el recurso más valioso que tenemos en la vida que conforme avanza se desvanece y no regresa (bueno aún no tenemos máquina del tiempo), pues bien dicen que no hay día que no se llegue, ni plazo que no se venza. Por tanto, tenemos 52 semanas para darle forma a nuestros sueños y superar nuestros propios temores y retos,  tenemos 366 días para hacer la diferencia en todo lo que hagamos, 8764 horas para transformar el presente y abrirle espacio a diferentes futuros, y 525600 minutos para orar, descubrir y profundizar en la vocación que tenemos, de la mano con la visión transcendente que tengas de la divinidad, pues allí encontrarás siempre luz, fuerza y valor para superarte a ti mismo.

El Editor.    


sábado, 30 de diciembre de 2023

Un nuevo amanecer, un nuevo acontecer

Termina un año lleno de retos e inestabilidades globales. Un mundo lleno de contrastes, contradicciones y tensiones se advierte para los próximos 366 días que pronto comienzan. Todos debemos estar atentos para atender eventos no previstos y escalamientos inesperados de los conflictos actuales y otros latentes. La humanidad está en medio de un nuevo amanecer de pugnas y luchas por nuevas supremacías globales, novedosos medios tecnológicos e inéditos bloques de alianzas no tradicionales (que no son necesariamente amigos). 

Esta nueva realidad donde lo que vemos no es lo que parece, está ahora influenciada por los medios sociales, por las noticias y despliegues de los “influenciadores”, una nueva suerte de participantes que tienen la capacidad de mover multitudes como cardúmenes de peces siguiendo una visual expuesta por una figura, donde no hay mayor capacidad de discernimiento, ni contraste, sólo vinculación afectiva y efectiva con contenidos muchas veces sin fondo ni sustancia.

Hoy es necesario desarrollar pensamiento crítico, estrategias para aprender/desaprender y capacidad de resiliencia. Es necesario moverse desde el presente hacia el futuro o futuros que deseamos. No es momento para mantener o sostener un status quo, es tiempo de transformarnos a nosotros mismos, para avanzar en medio de los retos que se avizoran en el horizonte. Es momento de confrontar nuestra zona cómoda y avanzar en territorios desconocidos y allí experimentar y encontrar nuevas fuentes de inspiración y acción.

El nuevo año que inicia debe ser la mejor inversión en aprendizaje, innovación y transformación personal y digital, para encontrar nuevas maneras de entender y sensar el entorno, para identificar aquello que nos hace distintos y crear ventajas competitivas, para reconocer en el otro una oportunidad para crecer juntos y sobremanera, un espacio de reconciliación entre todos frente a aquellos que sólo alimentan el discurso del odio, la manipulación informativa y las tensiones sociales desde las tribunas físicas y digitales. Este nuevo ciclo de la tierra alrededor del sol debe llevarnos a un viaje hacia nosotros mismos para encontrarnos y reconocer al otro como verdadero otro.

Cuando amanezca el nuevo año que nos encuentre dispuestos en cuerpo y espíritu, para entender las nuevas señales del mundo, para surfear las olas de inestabilidad que aparezcan y aprovechar las oportunidades que de ellas puedan surgir. Que sigamos abiertos para reconocer aquello que nos permite transformar nuestra vida y que seamos ocasión de transformación para otros. Este nuevo año no puede pasar desapercibido en nuestra propia vida, debe ser un año que nos eleve hacia nuevas metas y nos acondicione para superar nuestras propias expectativas.

El año que inicia sea para cada uno de nosotros un espacio de reflexión personal, espiritual y familiar, para entender que es desde las diferencias donde se construyen nuevas identidades y acuerdos, que es desde los desencuentros donde se establecen y renuevan los conceptos actuales, que es desde las contradicciones donde encontramos oportunidades y ventanas de aprendizaje inesperadas, y que es desde nuestros propios temores e inciertos, donde podemos sacar lo mejor de nosotros mismos para transformar el mundo y hacer realidad aquello que siempre hemos soñado.

El Editor.