lunes, 12 de octubre de 2026

La sabiduría: un reto en los ojos del observador

En un mundo donde las certezas escasean y los inciertos abundan, encontrar y alcanzar sabiduría para decidir y avanzar se convierte en un reto permanente. La visión o concepción de los sabios, se remonta a la antigüedad asociada con personas que tenían gran capacidad de análisis, mucho conocimiento propio y de las ciencias, y sobremanera paz y tranquilidad interior. 

Estos sabios no sólo tenían una visión del mundo que les permitía “ver” en medio de la niebla, sino que dejaban que las cosas fluyeran, vaciando sus propias mentes para que lo nuevo pudiera florecer. Esto era, un ejercicio de desaprendizaje, esa limpieza profunda del mundo interior, que se prepara para incomodar lo que se ha aprendido y cometer “errores brillantes”, esos que se alcanzan en aquello que aún no conocemos (Edmondson, 2023). Por tanto, como bien dice García de Oro (2026): “La sabiduría no es acumulación, es depuración”.

Los sabios entienden el mundo en una perspectiva holística, saben que todo pertenece a una misma dinámica interconectada, y por tanto, cuando la mirada cambia, se repiensa nuevamente el sistema que se observa. Existe una relación inseparable entre propósito y acción: Propósito → Percepción → Intervención. El objetivo fija el límite; el límite determina qué es visible; lo visible condiciona la comprensión, y la comprensión dicta las intervenciones posibles. Un cambio en el objetivo cambia el sistema y abre soluciones completamente nuevas (Hodann, 2026). 

Dos personas que observan el mismo elemento harán énfasis o distinciones si persiguen objetivos diferentes. La frontera de un sistema la determina el objetivo del observador. Así, ningún límite es “correcto” o “incorrecto”, pero todo límite es incompleto y deja aspectos fuera. En este el origen del “sano conflicto”, no son las posturas en sí mismas, sino entender desde dónde se está mirando la temática, cuál es límite que se ha trazado y qué se deja por fuera. En palabras de la catedrática de Teología María Marcela Mazzini acerca del matrimonio sacramental: “la unidad no exige la supresión de la diferencia; pertenecer no significa poseer; cuidar no significa dominar (…)” (Ricupero, 2026), es aprender a ajustar el diagnóstico de lo que se observa y se analiza: ampliar la frontera de lo que se ve o a veces reducirla es indispensable para ganar claridad.

La sabiduría humana es un ejercicio incompleto permanente que trata de encontrar respuestas abundantes en medio juicios, reportes, descubrimientos y respuestas automatizadas, tratando de alcanzar nuevo conocimiento para expandir las fronteras de lo ya alcanzado. Sin embargo, esta ruta (que dicho sea de paso, traza un límite particular), si bien permite un cultivo generoso y abundante de la mente y del saber previo, deja por fuera la dinámica interior subyacente a las respuestas trascendentes, esas que dan sentido al individuo y lo conectan con la esencia de su ser. Esas que están situadas en el “no saber” que lo hacen frágil y al mismo tiempo, un ser lleno de posibilidades.

En este punto, es donde DIOS (cualquiera sea la idea que tengas de él) prepara y dispone todo el escenario para acompañar al hombre en su búsqueda de sentido, en el ejercicio de la sabiduría diaria para decir y avanzar. No para responder por el hombre viejo que fue, sino para liderar el hombre nuevo que se construye a partir de hoy; es definir el nuevo perímetro de transformación personal y espiritual, dentro del cual existen riesgos y oportunidades, donde la libertad alcanza su mayor expresión, cuando se somete a la disciplina del amor: “amar a DIOS sobre todas las cosas, y al prójimo, como a ti mismo”.

Referencias

García de Oro, G. (2026). La sabiduría no es acumulación, es depuración. No se llega a la claridad sumando, sino restando. Cuerpo y Mente. https://www.cuerpomente.com/psicologia/gabriel-garcia-oro-filosofo-arte-desaprender_18311 

Ricupero, F. (2026). Amoris laetitia: el matrimonio, un proyecto común que hay que cultivar cada día. Vatican News.  https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-10/amoris-laetitia-el-matrimonio-un-proyecto-comun-cobo-mazzini.html 

Hodann, H. (2026). Seeing in systems. Practical concepts for everyday problems. Hanns-Jurgen Hodann. pp 134-135.

Edmondson, A. (2023). Right kind of wrong: The science of failing well. Simon & Schuster.

domingo, 23 de agosto de 2026

Modelos mentales: Descubrir al otro en primera persona

Cada persona ve la vida de una manera única y personal. En términos conceptuales implica que cada una usa un modelo mental para entender y apropiarse de la realidad. Esto es, en términos prácticos, elabora una representación simplificada y estructurada de algo del mundo, que utiliza para comprender, predecir o razonar sobre la realidad. El modelo condensa la realidad, elimina lo que parece prescindible y conserva lo que es relevante para el propósito en cuestión (Hodann, 2026).

Una vez se tiene el modelo mental ocurren dos cosas al mismo tiempo. En primer lugar, sirve como lente para ver la realidad: habilita a la persona para reconocer e interpretar cosas en el entorno que se ajustan al modelo; y la segunda, igual de importante, el modelo actúa como una venda en los ojos, oculta todo lo que no ilumina. Esto es, cuando funciona bien y genera respuestas, es invisible a la persona que lo usa: el individuo no se percata de los lentes a través del cual está mirando, sólo lo que los lentes le muestran (Hodann, 2026).

Un ejemplo sencillo del poder de los modelos mentales, es el de un niño que ha visto e interactuado con caballos, y cuando ve por primera vez una cebra, la señala como caballo, pues no tiene otro modelo disponible para reconocer lo que observa en ese momento. El contexto aquí pone de manifiesto que no importa el modelo mental que se use, siempre será incompleto, y todo aquello que lo interrogue, no será tratado como información relevante, sino como ruido que debe ser eliminado.

Por tanto, cuando no encuentre sentido a una situación particular, o cuando parece que otra persona no es capaz de entender lo que se está explicando, no invalide a la persona que no logra “ver su punto”, más bien pregúntese “¿qué modelo está usando y qué no le permite a ella ver lo que se detalla?” En otras palabras, “¿Qué es lo que estás viendo tú, que no veo yo?” De esta forma, no sólo se revela una nueva realidad, sino que se integra una visión deferente del reto, que abre nuevas posibilidades para su tratamiento, revela respuestas novedosas o plantea nuevas inquietudes que permiten una vista alterna de la problemática que se trata.

Reconocer que cada uno tiene un modelo mental, permite crear un puente entre los diferentes mundos de las personas, aumentar la capacidad de comprensión de la realidad y sobremanera reconocer en los desencuentros, oportunidades para crecer, aprender y explorar en dominios hasta ahora desconocidos, para construir nuevos lugares comunes de la realidad antes inexplorados. Cuando se tiene conciencia de los “lentes” que se usan para ver el mundo, se toma distancia de las reflexiones propias y se tienden puentes con las posturas de los otros, no como una forma de conceder la razón (aunque hay momentos donde es necesario hacerlo), sino para elaborar una lectura conjunta y extendida que permita hacer y construir de formas inéditas.

¿Te has preguntado cuáles son los lentes con los que la divinidad te mira y acompaña? Algunos ven a DIOS como castigador, otros como alguien que juega a los dados, otros como un tipo bonachón, otros como un papá que cuida y corrige, aquellos que lo ven como una persona con sentimientos que se enfurece, que siente alegría y que es celoso. 

Cualquiera sea el lente que el hombre se imagine, se queda corto pues no es posible ver la infinita capacidad de DIOS para recorrer la multidimensionalidad del hombre, que conoce a la perfección, en las escalas humanas. Dejar a DIOS ser DIOS, es liberarnos de los lentes miopes y defectuosos que usamos, para dejarnos sorprender por la visión de la providencia divina y su infinita sabiduría. Esto es, entender en cada acontecimiento, el plan diseñado por el “dueño de la vida” que nos prepara para alcanzar un escalón más hacia la santidad: esa realización plena de nuestra vocación, que rompe los lentes humanos (muchas veces egoístas), para salir al encuentro del otro y descubrirlo a Él en primera persona.

El Editor

Referencia

Hodann, H. J. (2026). Seeing in systems. Practical concepts for everyday problems. New Haven, CT. USA: Systems Press.


domingo, 9 de agosto de 2026

Formar el carácter: el reto de elevar nuestro potencial

Muchas veces se confunde personalidad con carácter. Son dos distinciones propias del ser humano, mientras que la personalidad se refiere a rasgos descriptivos y objetivos del individuo, el carácter se entiende como la “personalidad evaluada” bajo un lente moral (Peterson & Seligman, 2004). Esto es, decir que alguien es “extrovertido” es una descripción de su personalidad; no es ni bueno ni malo en sí mismo. Sin embargo, decir que alguien es bondadoso o íntegro es una descripción de su carácter, ya que implica una cualidad moralmente loable y destacada.

La sociedad actualmente nos lleva a enfocarnos en lo que debemos “mejorar” o en nuestras debilidades, pero el verdadero camino hacia la plenitud comienza cuando decidimos cultivar lo que ya brilla en nuestro interior: nuestro carácter. Desde la psicología positiva y la espiritualidad, entendemos que alcanzar nuestro máximo potencial no se trata simplemente de la ausencia de problemas o tensiones personales, sino de un proceso activo de evolución hacia una vida con propósito.

Para empezar, debemos comprender que el carácter no es algo unitario o inamovible que se tiene o no se tiene, como si fuera un destino genético; por el contrario, el carácter es plural y está compuesto por diversas fortalezas que actúan como rasgos estables pero maleables a lo largo del tiempo. Peterson y Seligman (2004) han identificado 24 fortalezas específicas organizadas bajo seis virtudes que parecen ser universales a través de las culturas y la historia: sabiduría, valor, humanidad, justicia, templanza y trascendencia. Al reconocer esta pluralidad, nos liberamos de la presión de ser perfectos en todo y podemos empezar a honrar nuestra configuración única de talentos y virtudes, entendiendo que cada uno de nosotros tiene un camino distinto hacia la excelencia moral.

Revisando diferentes aproximaciones de la moral (filosófica, teológica, espiritual, psicológica, secular, sociológica/antropológica) se encuentra que todas las disciplinas coinciden en que es una herramienta de autorregulación (sea interna o externa) cuyo propósito fundamental es mitigar el conflicto, proteger la vida y promover la convivencia entre individuos. La moral en esta reflexión, basada en las reflexiones de Peterson y Seligman (2004), se entiende como el dominio de rasgos positivos (virtudes y fortalezas) que requieren voluntad y juicio. Esas disposiciones para actuar, desear y sentir que llevan a la excelencia, el florecimiento humano y el bienestar social, que no es distante en lo que coinciden las otras aproximaciones.

Alcanzar nuestro potencial humano implica identificar nuestras “fortalezas personales”. Estas son aquellas capacidades que sentimos como auténticamente nuestras, que nos emocionan cuando las usamos y que nos dejan energizados en lugar de agotados. Cuando actuamos en congruencia con estas fortalezas, entramos en un estado de flujo y conexión que nos permite ser más efectivos en nuestras metas y más auténticos en nuestras relaciones.  

Aquí es donde la espiritualidad juega un papel vital como puente hacia lo trascendente. La espiritualidad no es solo la adhesión a rituales, sino tener creencias coherentes sobre el propósito superior del universo (o imagen de lo sagrado) y nuestro lugar dentro de él. Es ese “aliento de vida” (spiritus) que nos impulsa a buscar la bondad y la armonía, permitiéndonos trascender nuestras preocupaciones egoístas para conectar con algo mucho más grande que nosotros mismos. Al cultivar esta fortaleza de trascendencia, encontramos consuelo en los momentos difíciles y una brújula moral que guía nuestra conducta hacia el bienestar propio y el de los demás.

Por tanto,  debemos recordar que el buen carácter no se construye en aislamiento; somos seres sociales que necesitan “condiciones habilitadoras”, como familias que nos apoyen, mentores que nos guíen y comunidades que valoren la justicia y la equidad. La virtud es el producto de la acción habitual, y aunque intervenciones puntuales pueden darnos un impulso, solo la práctica sostenida convierte estos actos en rasgos permanentes de nuestra identidad. El reto, en consecuencia, es elegir una de nuestras fortalezas y ponerlas al servicio de alguien más; y es allí, al elevar a otros, es cuando realmente alcanzamos las alturas de nuestro propio potencial.

El Editor

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ANEXO

Listado de las 24 fortalezas del carácter clasificadas en sus seis virtudes fundamentales: (Peterson & Seligman, 2004)

I. Sabiduría y Conocimiento

  • Creatividad: Pensar formas novedosas y productivas de hacer las cosas.
  • Curiosidad: Interés por la experiencia propia y fascinación por diversos temas.
  • Juicio/Mentalidad abierta: Examinar las cosas desde todos los lados y sopesar la evidencia.
  • Amor por el aprendizaje: Dominar nuevas habilidades y conocimientos de forma sistemática.
  • Perspectiva: Proveer consejos sabios a otros y poseer una visión amplia del mundo.

II. Valor

  • Valentía: Actuar según convicciones ante amenazas, desafíos, dificultad o dolor.
  • Perseverancia: Terminar lo que se empieza a pesar de los obstáculos del camino.
  • Integridad: Ser auténtico y honesto, responsabilizándose de los propios actos.
  • Vitalidad: Afrontar la vida con energía, entusiasmo y espíritu aventurero.

III. Humanidad

  • Amor: Valorar las relaciones cercanas y el intercambio de afecto recíproco.
  • Amabilidad: Hacer favores, buenas acciones y cuidar genuinamente de los demás.
  • Inteligencia social: Comprender los motivos y sentimientos de los demás y de uno mismo.

IV. Justicia

  • Trabajo en equipo: Trabajar bien en equipo siendo leal y responsable con los pares.
  • Justicia: Tratar a todas las personas por igual bajo principios de equidad.
  • Liderazgo: Guiar grupos hacia objetivos manteniendo relaciones armoniosas y motivación.

V. Templanza

  • Perdón: Aceptar las faltas de otros y darles siempre una segunda oportunidad.
  • Humildad: Dejar que los logros propios hablen por sí mismos sin buscar el foco.
  • Prudencia: Ser cuidadoso con las elecciones sin correr riesgos innecesarios.
  • Autorregulación: Controlar los propios impulsos, apetitos y estados emocionales.

VI. Trascendencia

  • Aprecio de la belleza: Notar y valorar la excelencia y la estética en todos los ámbitos.
  • Gratitud: Ser consciente y expresar agradecimiento por todo lo bueno que sucede.
  • Esperanza: Esperar lo mejor del futuro y trabajar con confianza para lograrlo.
  • Humor: Disfrutar del juego, la risa y llevar alegría y sonrisas a los demás.
  • Espiritualidad: Tener creencias coherentes sobre el sentido y propósito de la vida.

Referencia

Peterson, C., & Seligman, M. E. P. (2004). Character strengths and virtues: A handbook and classification. American Psychological Association; Oxford University Press.


lunes, 27 de julio de 2026

Humildad: “saber más” para “ser más”.

La humildad es una de las virtudes más necesarias para aprender, desaprender y reaprender, pero es una de las menos cultivadas y practicadas. La ilusión de saber, invade muchas de las reflexiones humanas creyendo que la experiencia acumulada tiene las respuestas para un mundo en constante movimiento. Si bien la experiencia es relevante por lo que ha forjado en cada ser humano, sólo será eficaz si es capaz de transformarse y reinventarse en un contexto de revoluciones aceleradas y cambios inesperados.

La humildad es una condición necesaria para explorar y retar lo que sabemos. Es la vía más expedita para permanecer incómodos con lo que hemos aprendido, atentos a lo que no conocemos, y especialmente vivos y activos, con aquello que aún no se manifiesta. Ser humildes exige no solo cuestionar el conocimiento acumulado, es lanzarse a cometer errores inteligentes, aquellos que se concretan en zonas desconocidas e inexploradas del conocimiento y de la vida. Esos “errores” sólo son ventanas de aprendizaje hacia adelante que preparan el camino de nuevas oportunidades y retos para evolucionar y aprender.

Los humildes de corazón que llama la escritura, son aquellos que reconocen en el otros múltiples opciones para hacerse verdaderos otros. Es aquel que todo el tiempo se pregunta en cada momento qué aprendizajes podemos extraer de cada experiencia y cómo puede ayudarnos a evolucionar, e impulsar a los otros. El humilde no apaga la luz en los otros, la potencia y la expande desde su propia realidad, abriendo espacios de reflexión que nos permite vernos a nosotros mismos en los demás.

El que practica la humildad no está distraído comparándose con otros, está focalizado en cómo hacerse una mejor versión de sí mismo, en ver qué es aquello que debe mudar en sus comportamientos y en sus acciones, para beber de las fuentes de agua viva, fuentes de transformación interior que, no sólo lo llevan a encontrarse con su referente sagrado, sino que impulsan a salir de sí, para construir con otros y ensanchar el camino. Una decisión de vida que no tiene que ver con la velocidad para actuar, sino en nunca detenerse ni cansarse de aprender.

La humildad como fundamento del “humus” de la tierra, sólo es fecunda en la vida real cuando tomamos distancia de nosotros mismos y hacemos realidad el propósito central de nuestra vida. Es un ejercicio diario de reconocernos limitados, necesitados de la divinidad y sobremanera, hacer visibles nuestras propias sombras, como preámbulo de las luces que nos han sido concedidas y cultivadas en nuestro corazón. Ser “humus” es ser fermento, abono y tierra buena donde nace el hombre que transforma y que ve en el mundo la oportunidad para hacerse mejor y construir desde las diferencias.

La humildad como virtud fundamental en la vida del ser humano, debe ser un referente básico para su desarrollo, no un accesorio o tema de corte religioso, sino una condición humana central para construir la vida desde lo fundamental, desde el silencio del corazón que ama con profundidad, que perdona con intensidad, y sobretodo, que cree que siempre es posible hacer del mundo un lugar bello para vivir. 

La humildad es la fuente infinita del conocimiento humano y el sustrato de la espiritualidad humana, un camino que se recorre desde el corazón humano hacia el encuentro con el otro, una luz que ilumina el sendero, la levadura que fermenta los retos y el tesoro escondido que todos debemos desear para “saber más” y “ser más”.

El Editor


domingo, 5 de julio de 2026

La fe: el reto de abrazar el incierto con confianza

¿Qué es la fe? Una pregunta y una realidad que enfrenta al ser humano frente a la ausencia de no conocer o no saber qué va a pasar o el porqué de las cosas. Si vemos una situación complicada donde se ven desenlaces complejos o imprevistos, se escuchan voces como: “ten fe, las cosas van a mejorar”. Si ocurre un desastre y existen condiciones adversas y personas desaparecidas o fallecidas, se oyen discursos como “ánimo no perdamos la fe, mientras haya signos de vida hay que seguir insistiendo y buscando”. Si se manifiesta una condición médica que deteriora el estado de salud mental o corporal de una persona, se escucha de otras personas, “hay que tener fe de que se va a mejorar”.

Todas las anteriores reflexiones, posturas y comentarios llevan al mismo punto, tener fe. En este contexto, las diferentes tradiciones y culturas tienen lecturas distintas sobre la fe: (Ungvarsky, 2022)

  • Tradición judeocristiana: Se define como la certeza de realidades que no se ven y una confianza profunda en las promesas de Dios. En hebreo, la palabra para fe es emuná, que se traduce directamente como “fidelidad” y “firmeza”. Implica una alianza viva y activa.
  • Islam: Se conoce como Iman, que significa tener sumisión y confianza absoluta en Alá. Va más allá de creer; es un compromiso activo con los mandamientos divinos, el cual rige la vida moral, social y espiritual del creyente.
  • Budismo: Más que una creencia ciega, la fe (saddhā) se entiende como confianza racional y claridad mental. Se centra en tener convicción en las enseñanzas de Buda (el Dharma) y en el potencial propio para alcanzar la iluminación y erradicar el sufrimiento.
  • Hinduismo: Se manifiesta como Shraddha, que representa la receptividad, la devoción y la confianza en el orden cósmico y en lo divino (ya sea a través de múltiples manifestaciones o de un Ser Supremo). Es una búsqueda de la verdad última y del despertar espiritual.
  • Filosofía y secularismo: Desde una perspectiva no religiosa, la fe puede entenderse como una confianza humana fundamental. Es la convicción en valores como el amor, el progreso, o la confianza inquebrantable en uno mismo y en la humanidad para superar la adversidad.

Todas las posturas comparten algunos elementos claves como son:

  • la confianza (ya sea en lo divino, en el orden cósmico o en la humanidad) como el motor de la fe.
  • una convicción en realidades que no son necesariamente visibles o tangibles en el presente.
  • Es un compromiso activo, no se limita a una creencia intelectual pasiva.

En este sentido, la fe es una capacidad humana con apertura espiritual, que busca un entendimiento profundo de la realidad. Es un don, que se recibe, no como una fe ciega que suprime las dudas y preguntas, sino como una fe consciente, que conversa con la realidad y con lo que cada persona cree, para permanecer con los ojos abiertos frente nueva información o las condiciones cambiantes del entorno (Stolzoff, 2026). Una fe que madura, es una fe que interroga y cuestiona sus propios fundamentos para avanzar, es una que decide creer a pesar de la incertidumbre, del "no saber".

La fe un ejercicio de conexión entre lo divino y lo humano acerca de lo que no vemos y esperamos, no para buscar un “por qué”, sino un “para qué”. Esto es, en términos de prospectiva, que “lo mejor del futuro es que no hay datos concretos sobre él, así que aún es posible decidir cómo será” (Stolzoff, 2026), y la fe será uno de los insumos que nos llevará a realizar aquello que queremos. 

Lo anterior, no significa que no habrá retos que superar ni capacidades que desarrollar, será un momento de verdad para saber que tan comprometidos estamos para ver alternativas y opciones para probar nuestros límites, confiando siempre en hay un ser trascendente (DIOS cualquiera sea tu imagen de él) que nos lleva y acompaña, y en algún momento, nos exigirá “cortar la cuerda” de las certezas y abrazar el incierto para realizar su voluntad en nosotros.

Referencias

Ungvarsky, J. (2022). Faith. EBSCO. https://www.ebsco.com/research-starters/ethnic-and-cultural-studies/faith 

Stolzoff, S. (2026). How to not know. The value of uncertainty in a world that demands answers. New York, NY. USA: W. W. Norton & Company.


lunes, 6 de abril de 2026

Orar: un camino de encuentro con tu Creador

Terminados los días de reflexión el hombre vuelve a su dinámica tradicional. Con toda seguridad si hubo momento de oración serás un hombre nuevo. Cuando el ser humano ora (ese que habla), busca esa conexión interior con su centro sagrado (cualquiera que este sea la imagen de DIOS en tu vida), la vida cambia y se transforma. Encontrar los momentos para explorar esa realidad que no se ve, pero que nos irradia en lo que hacemos, implica evolucionar nuestra relación con aquello que trasciende y nos lleva a encontrarnos con los otros.

El sacerdote jesuita Mark Thibodeaux, SJ., en su libro “Armchair Mystic: How Contemplative Prayer Will Bring You Closer to God” (es español sería como: “El místico de sillón: Cómo la oración contemplativa te acercará a Dios”) (2019) nos ofrece un camino para profundizar en esa relación con DIOS, donde orar no es un acto o técnica mágica o sobrenatural, sino el cultivo de una amistad personal con el dueño de la vida, donde el reto no es la perfección, sino simplemente buscarlo a él y dejarnos encontrar por él.

En primer lugar necesitas establecer un ritmo y un ritual, esto es, un rincón tranquilo, un sitio cómodo donde puedas estar erguido y relajado. En segundo lugar, destina un tiempo fijo diariamente, selecciona el momento que más te venga mejor, puede ser en la mañana cuando te levantas. Luego, siéntate y respira profundamente varias veces sin que nada te perturbe, DIOS se manifiesta como una invitación a la quietud, con un deseo profundo de “estar” que persiste a pesar de posibles distracciones.

Luego de esta disposición de tiempo y lugar, se inicia con la primera etapa: - Hablar “hacia” DIOS -. Cuando no sabes cómo iniciar, inicia con alguna oración que conozcas de tu propia relación con el Creador, inicia con un diálogo que saluda y se encuentra con lo sagrado, saborea cada palabra, no es un acto de repetición, sino un encuentro en cada palabra. Sabrás que es DIOS y no solo tú, cuando una frase específica de la oración “resuene” de forma distinta, como si se iluminara o tocara una fibra sensible de tu corazón que no esperabas.

Cuando evoluciona la oración, pasamos a la etapa dos: - Hablar “con” DIOS - . En este momento, ya no son las oraciones naturales que usamos las que tienen el protagonismo, es ese encuentro con un amigo, que te escucha y no te censura, que está atento a revisar contigo tu propia realidad, que no se esconde ni se muda, sólo está dispuesto a estar plenamente contigo. Sabrás que DIOS está allí, pues al desahogarte, sentirás una paz repentina o un alivio físico después de decir lo que te ocurre, sin disfraces, ni palabras elaboradas. Sentirás su “presencia que escucha”, sin juzgar, sin cuestionar, dándote la oportunidad de ser tú mismo.

La siguiente etapa de la oración, etapa tres: - Escuchar “a” DIOS -. En este momento dejas que DIOS tome la iniciativa a través de sus palabras, de sus textos sagrados. Toma un pasaje del texto sagrado y léelo detenidamente, sitúate allí en medio de lo que lees, sumérgete en la escena, y piensa ¿qué personaje eres? ¿Qué sientes cuando tu maestro te mira? ¿Cómo actúas tú frente a ese encuentro con tu maestro? Dice el padre Thibodeaux (2019), según la enseñanza de San Ignacio de Loyola, que ahora es momento de revisar qué movimiento interior te trae este ejercicio: trae paz, esperanza y amor, incluso si nos desafía a cambiar, o por el contrario trae ansiedad, miedo o culpa destructiva. Si fue lo primero, es del buen espíritu y te conduce por la senda que DIOS quiere, sino es del mal espíritu, representado en tu ego y en tus apegos que se resisten frente a la apertura del maestro.

El último grado o etapa de la oración, la cuarta etapa: - Estar “con” DIOS -. Este es máximo grado de intimidad con DIOS, estar en silencio, simplemente disfrutando de la presencia mutua, como dos amigos que se sientan a ver el atardecer sin necesidad de hablar. Es saber que estamos al lado del maestro, mientras descansa y sólo lo acompañamos en todo para “servir y amar”. En este momento no hay palabras para distinguir, es el modo de fusión total donde los pensamientos se desvanecen y se hacen uno con la esencia de tu Creador. Sabrás que DIOS está allí por los frutos en tu vida: si después de orar eres más tolerante, generoso, más amoroso y servicial con los otros, DIOS te he transformado en “otro distinto” dispuesto a encontrarse con el que has decido hacerlo cercano.

¿Cuándo y cómo se sabe que hemos pasado de una etapa a otra? Sólo observa los frutos de tu oración: la voz de DIOS suele invitarte a una paz más profunda y a un mayor amor al prójimo, incluso si te saca de tu zona de confort, o tus propios pensamientos o el “mal espíritu” suelen traer ansiedad, orgullo (creerte “más santo” por cambiar de etapa) o una prisa innecesaria por “avanzar”. Por tanto, no te afanes y dejar que DIOS  trabaje, él sabe qué necesitas en cada momento.

Por tanto recuerda: que no “te gradúas” de una etapa a otra. La oración suele ser como un buceador que baja al fondo del mar (la quietud profunda) pero que a veces debe subir a la superficie (oración activa) por distracciones que se tienen en la dinámica de la vida.

El Editor.

Referencia

Thibodeaux, M. E. (2019). Armchair Mystic: How Contemplative Prayer Will Bring You Closer to God (Nueva ed.). Franciscan Media.


domingo, 29 de marzo de 2026

El desierto humano: una ruta de transformación

El desierto humano es un camino que desconstruye al hombre desde su realidad hacia su intimidad. Es una experiencia que exige desandar los pasos y reconocer en cada pisada esa ruta interior, esa búsqueda de identidad que marca el inicio y fin de toda vida humana. El desierto actual revela la experiencia humana de las tentaciones del mundo, esa prueba de integridad que exige una respuesta personal y la templanza de los que han decidido ser fiel a sus principios y valores. No es una respuesta cualquiera, sino la convicción de que es posible hacer del mundo un mejor lugar para vivir.

Vivir la experiencia del desierto, es declarar la vulnerabilidad por defecto que somos, y al  mismo tiempo, la capacidad de respuesta inmune que podemos desarrollar. Caminar en el desierto exige no sólo estrategia y búsqueda de nuevas oportunidades para desinstalarnos de los reconocimientos y las vanidades humanas, sino trazar una ruta de aprendizaje que sabe que durante el día, el abrazador sol lo marcará con su calor, mientras en la noche lo llevará a la zona fría y desoladora del descampado. El desierto decanta y acrisola la esencia del ser humano frente a sus limitaciones y lo abre al encuentro de una verdad mucho más grande que él: DIOS mismo (cualquiera sea la imagen que tengas de él).

El desierto pone a prueba la condición humana en su capacidad para sobrevivir y permanecer. Sobrevivir a las exigencias y cambios buscos de su entorno, que examinan las bases mismas de su espiritualidad y desafía la lógica del mundo que ha construido desde las certezas que este le ofrece. Permanecer, como sinónimo de aprender, desaprender y reaprender para explorar nuevas fronteras de su realidad, más allá de lo que conoce y sabe. Cuando el hombre abraza la incomodidad del “no saber”, se prepara para reconocer y navegar situaciones inesperadas que lo llevan al siguiente nivel de transformación; esa nueva versión de sí mismo que emerge cuando abandona las certezas y centra su confianza en aquello que no ve, pero experimenta y arde en su corazón.

El desierto en una ruta de discernimiento que confronta, como afirman los jesuitas, el buen espíritu y mal espíritu. El buen espíritu que genera paz interior, alegría y apertura a lo trascendente, y el mal espíritu que lleva a la intranquilidad, la tristeza y anclaje a lo terreno y pasajero. Cuando el hombre descubre eso que lo guía y lo cuestiona en su interior, ha iniciado su camino de construcción individual que lo reta y lo anima a encontrar el sentido de la vida, la vocación que le permite levantarse cada mañana, la impronta de la divinidad que lo impulsa a hacer el bien, a descubrir al otro y hacer la diferencia en cada cosa que hace. 

El desierto es la zona de renovación que el hombre cruza muchas veces en su vida para mudar lo viejo, liberarse de lo que no suma, desgasta y agrega equipaje innecesario para moverse más rápido y evolucionar. El desierto enseña a viajar ligero de equipaje, liviano de emociones y dispuesto a asumir el cambio como condición natural de hombre. El desierto enseña que debemos abandonar las certezas, crear escenarios posibles y mantener la fe contra toda esperanza. Es una ruta que da forma y define el carácter del ser humano, que no pone su confianza en sí mismo, sino en el dueño de la vida, en ese alfarero que nos talla y moldea con el amor de un padre, la emoción de una madre y la ilusión de un DIOS que nos quiere sanos, santos y sabios.

El Editor