Muchas veces se confunde personalidad con carácter. Son dos distinciones propias del ser humano, mientras que la personalidad se refiere a rasgos descriptivos y objetivos del individuo, el carácter se entiende como la “personalidad evaluada” bajo un lente moral (Peterson & Seligman, 2004). Esto es, decir que alguien es “extrovertido” es una descripción de su personalidad; no es ni bueno ni malo en sí mismo. Sin embargo, decir que alguien es bondadoso o íntegro es una descripción de su carácter, ya que implica una cualidad moralmente loable y destacada.
La sociedad actualmente nos lleva a enfocarnos en lo que debemos “mejorar” o en nuestras debilidades, pero el verdadero camino hacia la plenitud comienza cuando decidimos cultivar lo que ya brilla en nuestro interior: nuestro carácter. Desde la psicología positiva y la espiritualidad, entendemos que alcanzar nuestro máximo potencial no se trata simplemente de la ausencia de problemas o tensiones personales, sino de un proceso activo de evolución hacia una vida con propósito.
Para empezar, debemos comprender que el carácter no es algo unitario o inamovible que se tiene o no se tiene, como si fuera un destino genético; por el contrario, el carácter es plural y está compuesto por diversas fortalezas que actúan como rasgos estables pero maleables a lo largo del tiempo. Peterson y Seligman (2004) han identificado 24 fortalezas específicas organizadas bajo seis virtudes que parecen ser universales a través de las culturas y la historia: sabiduría, valor, humanidad, justicia, templanza y trascendencia. Al reconocer esta pluralidad, nos liberamos de la presión de ser perfectos en todo y podemos empezar a honrar nuestra configuración única de talentos y virtudes, entendiendo que cada uno de nosotros tiene un camino distinto hacia la excelencia moral.
Revisando diferentes aproximaciones de la moral (filosófica, teológica, espiritual, psicológica, secular, sociológica/antropológica) se encuentra que todas las disciplinas coinciden en que es una herramienta de autorregulación (sea interna o externa) cuyo propósito fundamental es mitigar el conflicto, proteger la vida y promover la convivencia entre individuos. La moral en esta reflexión, basada en las reflexiones de Peterson y Seligman (2004), se entiende como el dominio de rasgos positivos (virtudes y fortalezas) que requieren voluntad y juicio. Esas disposiciones para actuar, desear y sentir que llevan a la excelencia, el florecimiento humano y el bienestar social, que no es distante en lo que coinciden las otras aproximaciones.
Alcanzar nuestro potencial humano implica identificar nuestras “fortalezas personales”. Estas son aquellas capacidades que sentimos como auténticamente nuestras, que nos emocionan cuando las usamos y que nos dejan energizados en lugar de agotados. Cuando actuamos en congruencia con estas fortalezas, entramos en un estado de flujo y conexión que nos permite ser más efectivos en nuestras metas y más auténticos en nuestras relaciones.
Aquí es donde la espiritualidad juega un papel vital como puente hacia lo trascendente. La espiritualidad no es solo la adhesión a rituales, sino tener creencias coherentes sobre el propósito superior del universo (o imagen de lo sagrado) y nuestro lugar dentro de él. Es ese “aliento de vida” (spiritus) que nos impulsa a buscar la bondad y la armonía, permitiéndonos trascender nuestras preocupaciones egoístas para conectar con algo mucho más grande que nosotros mismos. Al cultivar esta fortaleza de trascendencia, encontramos consuelo en los momentos difíciles y una brújula moral que guía nuestra conducta hacia el bienestar propio y el de los demás.
Por tanto, debemos recordar que el buen carácter no se construye en aislamiento; somos seres sociales que necesitan “condiciones habilitadoras”, como familias que nos apoyen, mentores que nos guíen y comunidades que valoren la justicia y la equidad. La virtud es el producto de la acción habitual, y aunque intervenciones puntuales pueden darnos un impulso, solo la práctica sostenida convierte estos actos en rasgos permanentes de nuestra identidad. El reto, en consecuencia, es elegir una de nuestras fortalezas y ponerlas al servicio de alguien más; y es allí, al elevar a otros, es cuando realmente alcanzamos las alturas de nuestro propio potencial.
El Editor
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ANEXO
Listado de las 24 fortalezas del carácter clasificadas en sus seis virtudes fundamentales: (Peterson & Seligman, 2004)
I. Sabiduría y Conocimiento
- Creatividad: Pensar formas novedosas y productivas de hacer las cosas.
- Curiosidad: Interés por la experiencia propia y fascinación por diversos temas.
- Juicio/Mentalidad abierta: Examinar las cosas desde todos los lados y sopesar la evidencia.
- Amor por el aprendizaje: Dominar nuevas habilidades y conocimientos de forma sistemática.
- Perspectiva: Proveer consejos sabios a otros y poseer una visión amplia del mundo.
II. Valor
- Valentía: Actuar según convicciones ante amenazas, desafíos, dificultad o dolor.
- Perseverancia: Terminar lo que se empieza a pesar de los obstáculos del camino.
- Integridad: Ser auténtico y honesto, responsabilizándose de los propios actos.
- Vitalidad: Afrontar la vida con energía, entusiasmo y espíritu aventurero.
III. Humanidad
- Amor: Valorar las relaciones cercanas y el intercambio de afecto recíproco.
- Amabilidad: Hacer favores, buenas acciones y cuidar genuinamente de los demás.
- Inteligencia social: Comprender los motivos y sentimientos de los demás y de uno mismo.
IV. Justicia
- Trabajo en equipo: Trabajar bien en equipo siendo leal y responsable con los pares.
- Justicia: Tratar a todas las personas por igual bajo principios de equidad.
- Liderazgo: Guiar grupos hacia objetivos manteniendo relaciones armoniosas y motivación.
V. Templanza
- Perdón: Aceptar las faltas de otros y darles siempre una segunda oportunidad.
- Humildad: Dejar que los logros propios hablen por sí mismos sin buscar el foco.
- Prudencia: Ser cuidadoso con las elecciones sin correr riesgos innecesarios.
- Autorregulación: Controlar los propios impulsos, apetitos y estados emocionales.
VI. Trascendencia
- Aprecio de la belleza: Notar y valorar la excelencia y la estética en todos los ámbitos.
- Gratitud: Ser consciente y expresar agradecimiento por todo lo bueno que sucede.
- Esperanza: Esperar lo mejor del futuro y trabajar con confianza para lograrlo.
- Humor: Disfrutar del juego, la risa y llevar alegría y sonrisas a los demás.
- Espiritualidad: Tener creencias coherentes sobre el sentido y propósito de la vida.
Referencia
Peterson, C., & Seligman, M. E. P. (2004). Character strengths and virtues: A handbook and classification. American Psychological Association; Oxford University Press.