domingo, 28 de abril de 2013

Ser uno mismo



El reto de ser uno mismo en una sociedad que quiere que seamos como otros, es una realidad que el hombre moderno debe asumir como desafío en esta nueva década del siglo XXI. Ser uno mismo, significa establecer nuestros propios referentes de vida, nuestros valores y nuestras creencias, que nos permiten vivir con intensidad y serenidad la búsqueda de nuestros objetivos, de nuestros sueños, los cuales sin mancillar las expectativas válidas de los demás, nos permitan descubrir nuestros potenciales y nuestras capacidades.

Ser uno mismo, implica cuestionar el statuo quo, es decir, lo que se conoce y cree de la realidad, para movilizar la energías y descubrir una nueva forma de hacer las cosas, contar con unos nuevos lentes para ver el mundo y mostrar una forma novedosa de observar el entramado humano y sus propiedades emergentes latentes. Cuestionar el statuo quo, es tomar riesgos inteligentes, aceptar la sensibilidad de la falla y hablarle a las mentes del mundo de las transformaciones que están por venir.

Ser uno mismo, implica tener confianza sin arrogancia, es decir, adelantar la decisiones que correspondan basados en hechos y datos, que permitan movilizar esfuerzos para generar confianza y colaboración. Tener confianza en sí mismo y sus ideales es un factor clave y determinante para imprimir el sello a tu vida, es la fuerza que te impulsa aun cuando el camino no se vea claro. Confiar en ti mismo, viene dado de la confianza en tu ser trascendente, ese que te motiva y te lleva por caminos inesperados para que seas uno con él.

Ser uno mismo, implicar ir más allá de uno mismo, es decir buscar bienes superiores, metas trascendentes que no se hallan en nuestro plano natural, sino que exige una vocación de trascendencia, que nos lleva a vivir intensamente el presente para explorar espiritual y corporalmente el futuro; esa morada desconocida pero esperada donde los intereses superiores guían nuestras propias y limitadas visiones personales. Ir más allá de uno mismo es salir de sí, para encontrarse con el yo trascendente del otro.

Ser uno mismo, implica ser siempre estudiantes, es decir, mantenerse abierto a descubrir y dejarse sorprender por la realidad, a mantener la curiosidad del primer día para perseguir a diario un constante crecimiento intelectual y personal. Ser siempre estudiantes, es olvidarnos de nuestros títulos ejecutivos y reconocer que siempre existe la oportunidad de aprender, esa que nos da el boleto para mantenernos vivos y jóvenes a pesar del paso del tiempo.

Ser uno mismo, implica tener un liderazgo heroico, un compromiso indeclinable para actuar en consecuencia, fieles a nuestros principios y valores, a no negociar aquello que nos define y buscar alcanzar metas y retos superiores, esos que exigen nuestro mejor esfuerzo y nuestra mejor estrategia para lograr el ciento por uno. Un liderazgo heroico, exige poner a producir nuestros talentos para conspirar con el universo en la construcción de aquello que hemos querido.

Negarse la posibilidad de ser uno mismo, es darle la espalda al plan de DIOS y traicionar su confianza, pues ha puesto en ti todo lo necesario para que desde tu originalidad y virtud, seas parte del mundo que ha creado para ti.

El Editor

Referencias
Berkeley-Haas School of Business. Defining Principles.

domingo, 14 de abril de 2013

Encuentro ecuménico



Casi todas las religiones del mundo exploran un camino trascendente, una búsqueda permanente de plenitud, que para unos es un lugar, para otros un estado, para la mayoría una experiencia fuera de lo natural conocido, que en muchas ocasiones ha sido advertida por humanos sobresalientes en virtudes y logros espirituales.

La búsqueda de esa experiencia sobrenatural no es el fin último de las religiones y sus diferentes doctrinas, sino el crecimiento personal y el vencimiento permanente de nuestra inclinación natural a lo menos perfecto. El ejercicio permanente de buscar los bienes superiores es una forma de mantener nuestra mente despierta, nuestro espíritu activo y nuestra vida plena.

La iluminación, la transfiguración, la liberación, el desapego son palabras que muestran una forma universal de ilustrar que somos luz en nuestro interior, que recibimos luz si la invocamos y que sólo en la medida que superemos nuestros apegos, podemos liberar la esencia misma de lo que somos y encontrar esa conexión abierta y global con el todo, ese del cual hacemos parte y que muchas veces ignoramos.

Cualquiera que sea tu religión o credo, él te debe llevar a exigirte cada vez más y motivarte a continuar buscando tu máximo potencial, la misión que debes desarrollar y los retos que debes superar. Cualquiera sea tu creencia, tu espíritu debe buscar a diario un contacto directo con tu ser Superior (cualquiera sea la imagen que tengas de él), con ese modelo de perfección, que espera que vayas más allá del mundo donde vives y experimentes en esencia, la fuerza mística que él mismo te ha dado.

Buscar la tranquilidad, superar los sufrimientos, alcanzar la paz del alma o entrar en la armonía del universo, son todas expresiones del mismo fin, sólo que leídas cada una en claves diferentes, con diferentes contextos y diversas manifestaciones. Pero si revisamos en profundidad, a pesar de las diferencias, se encuentra un fin equivalente en todas que nos lleva a buscar en nuestra vida interior lo requerido para alcanzar los bienes superiores.

Con el paso del tiempo y la globalización de las creencias y prácticas religiosas los seres humanos comprenden que su desarrollo personal y humano, se encuentra enraizado en la forma como cada uno de ellos busca el encuentro con su DIOS, con la esfera trascendente de la vida, que está anclada en la genética humana desde sus inicios y a la cual no puede renunciar, so pena de quedar atrapado en un mundo donde no hay esperanza o fines que alcanzar.

Así las cosas, que el encuentro ecuménico de las diferentes doctrinas universales, encuentre en las diferencias propias de cada credo, la forma que busque afianzarnos en el conocimiento de nuestra fe y, que las semejanzas y potencialidades propias de cada una de ellas, sean el signo visible que acelere nuestro encuentro permanente con la luz y la vida espiritual, esa que ha sido plantada en nuestros corazones como camino y ruta de encuentro con la divinidad, con la plenitud, donde no hay tiempo ni espacio, sólo virtud.

El Editor

domingo, 7 de abril de 2013

Mente abierta, corazón creyente



Cambios acelerados del mundo, tensiones mundiales por amenazas entre naciones, transformaciones de paradigmas empresariales es el escenario donde actualmente debemos vivir y continuar abriendo posibilidades para hacer que las cosas pasen. Esta condición de cambios y tensiones debe mantenernos alerta y anticipando nuevos vectores de riesgo para continuar inmersos en la realidad, sin dejarnos penetrar por ella.

El nuevo pontífice, el Jesuíta, Jorge Bergoglio, nos muestra que debemos mantener una mente abierta y un corazón creyente, es decir una mente que explore y continúe comprendiendo las asimetrías del mundo y sus deseos desordenados de tener, saber y poder; así como, un corazón que se aferre cada vez más a las promesas del Creador, donde el espíritu del creyente, descubra que en el ejercicio de una fe madura y cierta es posible hacer realidad todo aquello que da testimonio y cuestiona al mundo descreído y arrogante.

En estos tiempos de controversia, que llevan al límite los conceptos de dignidad humana, igualdad y tolerancia, se hace necesario desactivar los rituales humanos creados desde nuestro propio egoísmo, para que la naturaleza sabia y generosa nos enseñe nuevamente que es posible reconciliar nuestros deseos con el equilibrio reinante en el universo, ese que ha sido instaurado para que encontremos el camino de regreso a la vida plena que se nos ha dado desde el inicio.

Entender el misterio fascinante y tremendo de la ruta final del mundo, es un enigma que preocupa al hombre moderno, lo llena de incertidumbre, pero igualmente de esperanza. No tenemos nada cierto sobre lo que vaya a ocurrir, no sabemos “ni el día ni la hora”, por tanto debemos estar vigilantes como las “vírgenes prudentes”, con las “lámparas llenas de aceite”, no sea que la vida se nos pase muy pronto y no tengamos oportunidad de completar las obras que debemos concluir y los retos  que debemos afrontar.

En el ejercicio de mantener la mente abierta y el corazón creyente, la tentación hace su aparición, anota Bergoglio en su libro que lleva el mismo nombre: “(…) siempre con rostro concreto, se insinúa con palabras concretas (…) tiene su estilo propio, crece, se contagia y se justifica. (…)”, se hace evidente en nuestra vanidad personal, profesional o académica; en nuestra apariencia que supera nuestra realidad; en nuestros deseos de figurar y alcanzar reconocimientos, que no son otra cosa que nuestros temores para encontrarnos con nuestra condición humana limitada y caída, que exige respuestas y garantías al Creador, cuando sólo basta “creer en las promesas, aún sin poseerlas”, anota el religioso.

Descubrir el corazón creyente que vive en cada uno de nosotros y activar la fuerza de la fe que vibra en él , es preparar la mente y los ojos para ver la persona del “verbo encarnado” y salir en camino, abandonando nuestras certezas y seguridades, renunciando a nuestros egoísmos y vanidades, para que “sin mirar atrás”, nuestra mente abierta no sea atrapada por las luces y destellos del mundo, y así ser obedientes a nuestra misión y dar testimonio de ella, aún en medio de la persecución.

El Editor

Referencia:
BERGOGLIO, J. (2012) Mente abierta, corazón creyente. Editorial Claretiana. Buenos Aires, Argentina.