lunes, 27 de julio de 2026

Humildad: “saber más” para “ser más”.

La humildad es una de las virtudes más necesarias para aprender, desaprender y reaprender, pero es una de las menos cultivadas y practicadas. La ilusión de saber, invade muchas de las reflexiones humanas creyendo que la experiencia acumulada tiene las respuestas para un mundo en constante movimiento. Si bien la experiencia es relevante por lo que ha forjado en cada ser humano, sólo será eficaz si es capaz de transformarse y reinventarse en un contexto de revoluciones aceleradas y cambios inesperados.

La humildad es una condición necesaria para explorar y retar lo que sabemos. Es la vía más expedita para permanecer incómodos con lo que hemos aprendido, atentos a lo que no conocemos, y especialmente vivos y activos, con aquello que aún no se manifiesta. Ser humildes exige no solo cuestionar el conocimiento acumulado, es lanzarse a cometer errores inteligentes, aquellos que se concretan en zonas desconocidas e inexploradas del conocimiento y de la vida. Esos “errores” sólo son ventanas de aprendizaje hacia adelante que preparan el camino de nuevas oportunidades y retos para evolucionar y aprender.

Los humildes de corazón que llama la escritura, son aquellos que reconocen en el otros múltiples opciones para hacerse verdaderos otros. Es aquel que todo el tiempo se pregunta en cada momento qué aprendizajes podemos extraer de cada experiencia y cómo puede ayudarnos a evolucionar, e impulsar a los otros. El humilde no apaga la luz en los otros, la potencia y la expande desde su propia realidad, abriendo espacios de reflexión que nos permite vernos a nosotros mismos en los demás.

El que practica la humildad no está distraído comparándose con otros, está focalizado en cómo hacerse una mejor versión de sí mismo, en ver qué es aquello que debe mudar en sus comportamientos y en sus acciones, para beber de las fuentes de agua viva, fuentes de transformación interior que, no sólo lo llevan a encontrarse con su referente sagrado, sino que impulsan a salir de sí, para construir con otros y ensanchar el camino. Una decisión de vida que no tiene que ver con la velocidad para actuar, sino en nunca detenerse ni cansarse de aprender.

La humildad como fundamento del “humus” de la tierra, sólo es fecunda en la vida real cuando tomamos distancia de nosotros mismos y hacemos realidad el propósito central de nuestra vida. Es un ejercicio diario de reconocernos limitados, necesitados de la divinidad y sobremanera, hacer visibles nuestras propias sombras, como preámbulo de las luces que nos han sido concedidas y cultivadas en nuestro corazón. Ser “humus” es ser fermento, abono y tierra buena donde nace el hombre que transforma y que ve en el mundo la oportunidad para hacerse mejor y construir desde las diferencias.

La humildad como virtud fundamental en la vida del ser humano, debe ser un referente básico para su desarrollo, no un accesorio o tema de corte religioso, sino una condición humana central para construir la vida desde lo fundamental, desde el silencio del corazón que ama con profundidad, que perdona con intensidad, y sobretodo, que cree que siempre es posible hacer del mundo un lugar bello para vivir

La humildad es la fuente infinita del conocimiento humano y el sustrato de la espiritualidad humana, un camino que se recorre desde el corazón humano hacia el encuentro con el otro, una luz que ilumina el sendero, la levadura que fermenta los retos y el tesoro escondido que todos debemos desear para “saber más” y “ser más”.

El Editor


domingo, 5 de julio de 2026

La fe: el reto de abrazar el incierto con confianza

¿Qué es la fe? Una pregunta y una realidad que enfrenta al ser humano frente a la ausencia de no conocer o no saber qué va a pasar o el porqué de las cosas. Si vemos una situación complicada donde se ven desenlaces complejos o imprevistos, se escuchan voces como: “ten fe, las cosas van a mejorar”. Si ocurre un desastre y existen condiciones adversas y personas desaparecidas o fallecidas, se oyen discursos como “ánimo no perdamos la fe, mientras haya signos de vida hay que seguir insistiendo y buscando”. Si se manifiesta una condición médica que deteriora el estado de salud mental o corporal de una persona, se escucha de otras personas, “hay que tener fe de que se va a mejorar”.

Todas las anteriores reflexiones, posturas y comentarios llevan al mismo punto, tener fe. En este contexto, las diferentes tradiciones y culturas tienen lecturas distintas sobre la fe: (Ungvarsky, 2022)

  • Tradición judeocristiana: Se define como la certeza de realidades que no se ven y una confianza profunda en las promesas de Dios. En hebreo, la palabra para fe es emuná, que se traduce directamente como “fidelidad” y “firmeza”. Implica una alianza viva y activa.
  • Islam: Se conoce como Iman, que significa tener sumisión y confianza absoluta en Alá. Va más allá de creer; es un compromiso activo con los mandamientos divinos, el cual rige la vida moral, social y espiritual del creyente.
  • Budismo: Más que una creencia ciega, la fe (saddhā) se entiende como confianza racional y claridad mental. Se centra en tener convicción en las enseñanzas de Buda (el Dharma) y en el potencial propio para alcanzar la iluminación y erradicar el sufrimiento.
  • Hinduismo: Se manifiesta como Shraddha, que representa la receptividad, la devoción y la confianza en el orden cósmico y en lo divino (ya sea a través de múltiples manifestaciones o de un Ser Supremo). Es una búsqueda de la verdad última y del despertar espiritual.
  • Filosofía y secularismo: Desde una perspectiva no religiosa, la fe puede entenderse como una confianza humana fundamental. Es la convicción en valores como el amor, el progreso, o la confianza inquebrantable en uno mismo y en la humanidad para superar la adversidad.

Todas las posturas comparten algunos elementos claves como son:

  • la confianza (ya sea en lo divino, en el orden cósmico o en la humanidad) como el motor de la fe.
  • una convicción en realidades que no son necesariamente visibles o tangibles en el presente.
  • Es un compromiso activo, no se limita a una creencia intelectual pasiva.

En este sentido, la fe es una capacidad humana con apertura espiritual, que busca un entendimiento profundo de la realidad. Es un don, que se recibe, no como una fe ciega que suprime las dudas y preguntas, sino como una fe consciente, que conversa con la realidad y con lo que cada persona cree, para permanecer con los ojos abiertos frente nueva información o las condiciones cambiantes del entorno (Stolzoff, 2026). Una fe que madura, es una fe que interroga y cuestiona sus propios fundamentos para avanzar, es una que decide creer a pesar de la incertidumbre, del "no saber".

La fe un ejercicio de conexión entre lo divino y lo humano acerca de lo que no vemos y esperamos, no para buscar un “por qué”, sino un “para qué”. Esto es, en términos de prospectiva, que “lo mejor del futuro es que no hay datos concretos sobre él, así que aún es posible decidir cómo será” (Stolzoff, 2026), y la fe será uno de los insumos que nos llevará a realizar aquello que queremos. 

Lo anterior, no significa que no habrá retos que superar ni capacidades que desarrollar, será un momento de verdad para saber que tan comprometidos estamos para ver alternativas y opciones para probar nuestros límites, confiando siempre en hay un ser trascendente (DIOS cualquiera sea tu imagen de él) que nos lleva y acompaña, y en algún momento, nos exigirá “cortar la cuerda” de las certezas y abrazar el incierto para realizar su voluntad en nosotros.

Referencias

Ungvarsky, J. (2022). Faith. EBSCO. https://www.ebsco.com/research-starters/ethnic-and-cultural-studies/faith 

Stolzoff, S. (2026). How to not know. The value of uncertainty in a world that demands answers. New York, NY. USA: W. W. Norton & Company.