domingo, 28 de febrero de 2016

El "¿qué dirán?"

Muchas personas en el mundo continuamos viviendo del “¿qué dirán?”, una expresión que habla de la manera como recibimos, procesamos, aceptamos o rechazamos los juicios de los otros. Este juego de hacernos “querer de los otros” o “sentirnos bien con los otros”, muchas veces nos habla de la poca autoestima que tenemos y de la delegación implícita que hacemos de lo que somos a las demás personas.

Es claro que las consideraciones de las otras personas, cuando buscan de forma crítica y respetuosa, ayudarnos a crecer y a observar puntos ciegos en nuestro proceso de evolución humana, son ampliamente bienvenidas y necesarias, como quiera que ellas nos permiten avanzar con mayor celeridad en la conquista de nuestros propios sueños. Esas personas valiosas, son nuestros mentores que no buscan otra cosa que estresar nuestro modelo actual y hacernos avanzar al siguiente nivel de desarrollo que requerimos en nuestra carrera.

Los que viven pensando en el “¿qué dirán?” sin hacer un juicio crítico propio de los comentarios, abandonan su propia valía y comprometen su carácter frente a los retos que la vida le impone. Vivir el “¿qué dirán?” genera esclavitud y dominación por parte del otro, un ejercicio de mando que la persona acepta y por el cual se somete a la visión y propuesta de un tercero. Esto opaca y disminuye a una persona y la condena a vivir la vida que otros quieren para él y no aquella a la que tiene derecho.

Los juicios de terceros sobre lo que hacemos deben estar bien fundados y obedecer a una necesaria mejora de la persona, esto es, reconocer la valía intrínseca del ser humano y desde allí, establecer la ruta para que el individuo examine los nuevos caminos y exigencias que debe surtir para lograr escalar nuevos niveles de conocimiento y aprendizaje, que lo proyecten en la nueva versión de sí mismo, que dé cuenta de la transformación que ha surgido en su propia esencia.

Bien anota Field (2011) en su libro “Uncertainty”, cuando habla que de los tres jinetes de la creatividad: la incertidumbre, los riesgos y la exposición a la crítica, éste último componente pone a prueba nuestro sentido de aprobación, de reconocimiento y de actuación, cuando somos capaces de capturar la esencia del “comentario que se hace”, sin experimentar enojo, contradicción o señalamiento, pues allí, a pesar de lo que ocurra, nuestra idea y propósito estará por encima de la intencionalidad que se procure con lo que se diga.

No es fácil enfrentar la crítica y menos cuando es destructiva. Sin embargo, debemos advertir mecanismos concretos que filtren esta intencionalidad, pues precisamente aquellos cuyas palabras quieran generan sentimientos encontrados en otros, deberán saber que no podrán someter la creatividad y la innovación sin nuestra autorización, sin doblegar el espíritu de progreso y transformación que nos asiste, de tal forma que cada vez que los juicios “mal fundados” e “intencionalmente contrarios” hagan su aparición, nuestra fuerza y propósito serán superiores y generosos para absorber y superar el comentario, que no es otra cosa que la proyección de la debilidad y los temores de otros.


Referencias
Field, J. (2011) Uncertainty. Turning fear and doubt into fuel for brillance. New York, USA: Portafolio Penguin

domingo, 21 de febrero de 2016

Pedagogía VICA

“Educar implica el arte de crear, de abrir, de despertar mentes para que desde la autonomía y la libertad el estudiante pueda regir, administrar y gobernar su propia vida” (Correa de Molina, 2013) palabras que resuenan en muchos lugares y episodios de formación en las escuelas de latino américa, un ideal que muchas generaciones de pedagogos y maestros han querido conseguir, algunos con éxito y otros sin tanto.

La educación insiste la doctora Correa de Molina (2013, p.25) “tiene la responsabilidad no de manipular la voluntad y la conciencia de los estudiantes, sino de confrontarlos, en franco desafío para lograr una participación real como sujetos responsables de su propia formación”, una responsabilidad que implica sacar a los estudiantes de la zona cómoda y conocida, para que usando todo aquello que conocen y saben, puedan lanzarse a proponer respuesta distintas y no esperadas por sus maestros.

En este sentido, confirma Ackoff y Greenberg (2008) que el objetivo de la educación debe ser el aprendizaje y no la enseñanza. En consecuencia, las estrategias que se funden en los procesos educativos deben apuntar a establecer espacios que reconecten al educando con la sociedad, esto es, interactuando unos con otros compartiendo lo que se ha aprendido, experimentando a través del ensayo y error, acompañando a otros a desarrollar una actividad particular, en pocas palabras creando una zona psicológicamente segura para construir desde la sabiduría del error (De la Torre, 2004) o, dicho en otras palabras, desde la experiencia adquirida.

El aprendizaje como acto creador y creativo, anota la académica Correa de Molina (2013, p.143) “implica la capacidad de resignificar las experiencias previas, buscando “desamarrar” las interpretaciones rígidas de los acontecimientos del pasado y poder de esa manera crear nuevas situaciones que viabilicen la re-creación de la propia persona”. En esta misma línea, el aprendizaje es una invitación a suspender la realidad, para explorar distinciones nuevas que se derivan de la mencionada suspensión y crear un escenario para desconectar y volver a conectar los puntos conocidos con aquellos emergentes.

En un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo (VICA), como lo menciona Johansen (2009), la educación no puede estar ajena de los procesos de deconstrucción de la realidad, de aquellos ejercicios que cambian la manera de conocer y aprender, pues en ellos se constituye la nueva pedagogía VICA donde se provocan niveles óptimos de confusión e incertidumbre para que el estudiante se movilice más allá de las teorías y conocimiento conocido, y establezca nuevos referentes para el contexto donde éste opera.

Lo que se ha llamado dificultades de aprendizaje o la concepción del error como resultado, hoy es una oportunidad para crear modelos de comprensión y entendimientos extendidos de la realidad, donde en un contexto particular el estudiante toma control de los retos que se le proponen, explica aquello que no logra comprender, con el apoyo de su orientador y crea nuevos referentes de práctica, que muchas veces no sólo cuestionan las reglas de la enseñanza tradicional, sino que las resignifican desde el ejercicio que armoniza las posturas contradictorias.

Así las cosas, el aprendizaje que se ha llamado por la tradición educativa como significativo, no es otra cosa que la conexión que se establece entre el espacio personal e individual de una persona, con aquellos aspectos de la realidad suspendida, que rompen la inercia, los intereses anquilosados y las autocensuras, para transformar de forma consciente su propia realidad y motivar procesos mentales en otros, que los habiliten para aprender, desaprender y reaprender.

Referencias
Ackoff, R.  y Greenberg, D. (2008) Turning learning right side up. New Jersey, USA: Wharton School Publishing.
Correa de Molina, C. (2013) Currículo transdisciplinar y práctica pedagógica compleja. Emergencia y religantes de la educación del siglo XXI. Barranquilla, Colombia: Ediciones Universidad Simón Bolívar.
De la Torre, S. (2004) Aprender de los errores. El tratamiento didáctico de los errores como estrategia de innovación. Buenos Aires, Argentina: Editorial Magisterio del Río de la Plata.
Johansen, B. (2009) Leaders Make the Future: Ten New Leadership Skills for an Uncertain World. San Francisco, USA: Berrett-Koehler Publishers.

domingo, 14 de febrero de 2016

Arriésgate a triunfar

“Cuando te has entregado a tus metas, es inevitable que te tropieces con rechazos. Dalo por sentado. Agradécelo. Aprécialo. Luego no le prestes más atención y sigue adelante”, palabras que Hughes (2010) establece en su libro “Pensamiento Líquido”. Expresión que nos debe fortalecer y animar para mantener el paso firme y vigoroso frente a nuestros sueños y metas.

Bien decía Nietzche: “Temo al hombre de una sola idea”, un hombre que ha puesto toda su energía y consagración a conseguir un objetivo. Este individuo es una fuerza incontrolable que estará enfrentando todo aquello que separar de lo que quiere alcanzar. Estará todo el tiempo pensando en cómo superar los retos y abriendo posibilidades donde otros solo ven probabilidades.

El riesgo a fracasar, palabra que lleva una carga emocional muy alta, debe ser reemplazado por “un intento más para avanzar”. Si nos quedamos afectados por la emocionalidad de la palabra, seremos seres presos del pesimismo y la inacción. Mientras, si lo convertimos en una zona psicológicamente segura, donde podemos seguir intentando y efectuando variantes, estaremos en la ruta de los que abren oportunidades y construyen nuevas formas de ver el mundo.

Bien anota Santiago Álvarez de Mon en su libro “Aprender a perder”: “La vida no va de cruzar metas impuestas y reconocidas por los demás, sino de reconocer y conquistar nuestra esencia”, una expresión que nos reconoce como seres únicos e irrepetibles, que estamos en la ruta por alcanzar nuestro potencial, de superar nuestras propias restricciones autoimpuestas. En pocas palabras, individuos que están asistidos por la perseverancia, que conscientes de sus capacidades y firmes en sus convicciones, no abandonan sus deseos, ni pierden la confianza en sí mismos, para ir más allá de sus propias limitaciones.

Miguel Induraín en su apuesta por ganar el Tour de Francia anotaba: “la mayoría tenemos altibajos, pero es la perseverancia, la determinación, lo que a fin de cuentas no hacer ser lo que somos. No tiene que ver con ser más listos ni tener más oportunidades, como dirían otros. (…) Los que no llegan hasta el final son los que vuelven pronto a casa, sin responder nunca a los retos ni ir nunca a ningún sitio” (Hughes, 2010).

Por tanto, no se trata de ser un temerario, ni un arrogante en la forma como enfrentamos la vida, sino entender que ella exige una construcción diaria, donde aprendemos de cada uno de los momentos, como una forma de incorporar distinciones que antes no veíamos y ahora podemos comprender y potencializar. La vida al igual que el error, no debe ser tratada como un resultado, donde criterios externos demuelen la fortaleza interior de un ser humano para clasificarlo, sino como un proceso donde tenemos la oportunidad permanente de abrir nuevos horizontes de conocimiento y aprendizaje.

Así las cosas, recuerda como afirma Joan Báez, cantante y compositora: “No decides cómo vas a morir. Ni cuando. Sólo puedes decidir cómo vas a vivir. ¡Ahora!” (Hughes, 2010,p.46), por tanto, concéntrate en construir la historia de tu futuro, donde todo lo que haces y disfrutas hoy, por pequeño que sea, abre la puerta para consolidar tus propios sueños y metas.

No temas equivocarte, siempre que los beneficios de tu error, sean mayores que el costo del mismo (Schoemaker, 2011), pues así, a pesar de la “oposición de las mentes mediocres”, tu esfuerzo, disciplina y dominio de sí, como afirma Buda, creará una isla, donde la inundación de lo efímero, pasajero y perecedero, no logra distraer ni puede destruir.

El Editor

Referencias
Hughes, D. (2010) Pensamiento líquido. Barcelona, España: Ed. Empresa Activa.
Álvarez de Mon, S. (2012) Aprendiendo a perder. Las dos caras de la vida. Barcelona, España: Ed. Plataforma Editorial.
Schoemaker, P. (2011) Brilliant mistakes. Finding success on the far side of failure. Philadelphia, USA: Wharton Digital Press.

domingo, 7 de febrero de 2016

Aprender: propiedad emergente

Rotthaus (2004, p.151) afirma, “La educación debe centrarse en sensibilizar para analizar contradicciones e incompatibilidades, y aprender no solo a tolerar la ambigüedad, sino a celebrarla. (…)”, lo que supone comprender, en lectura de De la Torre (2004, p.33), que “no hay aprendizaje exento de errores”.

La experiencia del aprendizaje surte una serie de procesos en el individuo tan sofisticados y densos que escapan a esta reflexión, que como bien informa Rotthaus (2004) se traduce en una intervención individual, cuyos resultados no pueden ser previstos de forma concreta: una palabra, una reflexión, una figura, una postura del maestro, en fin, cualquier elemento que se advierta en el marco pedagógico, en la estrategia didáctica o técnica de enseñanza, puede detonar una conexión superior con la realidad persona para vincular su experiencia personal con la propuesta intelectual.  

En este sentido, si el aprendizaje establece las bases de una transformación personal o social, el error, como afirma De la Torre (2004, p.53), es hijo del cambio, por tanto, las fronteras del conocer no están en las condiciones definidas y estructuradas de lo que conocemos, sino en las oportunidades que se tiene cuando se cruzan las fronteras definidas y se exploran, como argumenta Ackoff (2000), los efectos de haber retirado las restricciones autoimpuestas.

Así las cosas, el aprendizaje no surge de un proceso enmarcado en un conjunto de conocimientos establecidos, ni de la repetición de textos de autores destacados, sino de una apuesta por superar los umbrales de la ciencia y convertirse, como afirma Martinand (1981) (referenciado por De la Torre, 2004) en un “testigo inevitable de un proceso de búsqueda” donde el “error proporciona una preciosa información a la persona que lo comete y esclarece ciertos mecanismos de conocimiento” (De la Torre, 2004, p.71) antes ignorados.

Lo anterior funda una pedagogía del error, que no persigue la valoración negativa del mismo ni su comisión, sino que explora y supera la trampa emocional de la sanción social que implica recorrer caminos alternos, que confirman que “no es posible no equivocarse en el proceso de aprender” (De la Torre, 2004, p.81).

Mientras la pedagogía del éxito, está fundada en el logro de los objetivos trazados por un currículo concreto, la pedagogía del error, sorprende al marco pedagógico tradicional, considerando el contexto, generalmente volátil, incierto, complejo y ambiguo, donde surgen las situaciones problemáticas, para descubrir el currículo oculto inmerso allí y así superar la visión mecanicista de mundo donde toda causa genera un efecto (De la Torre, 2004).

En este escenario, toda acción educativa, desde la perspectiva sistémica, es una intervención que modifica un proceso educativo y sitúa a los sujetos en una red de significados vinculados a la construcción de su propio entorno. Por tanto, el aprendizaje que se deriva de esta comprensión del mundo, comporta una propiedad emergente del sistema que los transforma en otros distintos, aquellos que superando la postura de las “verdades” conocidas, aceptan el camino de la incertidumbre, lo desconocido y lo imprevisible (Castillejo y Colom, 1987, p.41).

Referencias
Ackoff, R. (2000) Recreación de las corporaciones. Un diseño organizacional para el siglo XXI. México, México: Ed. Oxford Press México.
Castillejo, J. y Colom, A. (1987) La teoría general de sistemas como tecnología. Hacia un marco teórico de la intervención educativa. En Castillejo, J. y Colom, A. (Coord) (1987) Pedagogía sistémica. Barcelona, España: CEAC Ediciones. 27-44
De la Torre, S. (2004) Aprender de los errores. El tratamiento didáctico de los errores como estrategia de innovación. Buenos Aires, Argentina: Editorial Magisterio del Río de la Plata.
Rotthaus, W. (2004) ¿Para qué educar? Esbozo de una educación sistémica en un mundo cambiado. Barcelona, España: Editorial Herder.

sábado, 30 de enero de 2016

Comparaciones odiosas

Se dice con frecuencia que las comparaciones son odiosas y sí que lo son. Las comparaciones están inmersas en el mundo para establecer patrones, calificaciones o valoraciones, que generalmente otros quieren hacer respecto de aspectos particulares de la vida. El que compara generalmente tiene una intencionalidad de conocer aspectos claves que le permitan, en el fondo, escoger o seleccionar y por demás, establecer un marco de referencia que algunos acogen y otros rechazan.

Las comparaciones en su fundamento empresarial, permiten ver qué tanto avanzan o se rezagan las cosas, quién va delante y quien va atrás, contexto que establece una competencia inherente a los participantes, donde cada variable que se compara, configura una carrera de superación y confrontación para “demostrar” que una persona o una organización, es mejor que otra. Un juego peligroso de ganadores y perdedores, vencedores y vencidos, una ruta donde el “ganar” se convierte en una forma de obtener un reconocimiento generalmente externo.

Esta dinámica en la que el mundo moderno nos envuelve, nos induce en cada actividad de la vida a buscar referentes de medición externos y prácticas probadas para ser reconocidos por el entorno, para hacerse visible a los ojos de aquellos que generan las reglas y que importantes agremiaciones y organizaciones acogen como una forma estándar para lograr resultados; un ejercicio donde se le otorga poder a otros y así someternos a sus condiciones, las cuales definen la manera como el entorno nos reconoce y nos mira.

" Las comparaciones son trampas creadas por el entorno donde estamos, que pueden ser utilizadas por cualquiera de sus participantes como una forma de redirigir esfuerzos y la atención de las personas y organizaciones, para recibir una medalla, trofeo o reconocimiento y poderlo exhibir en medio de su círculo más relevante como muestra de su capacidad de superar las exigencias de un tercero y así, alcanzar un estatus deseado y de amplia visibilidad en el escenario particular donde se mueve la persona o la organización ".

Si bien las comparaciones son necesarias para establecer patrones de mejora o fundamentos para repensar las cosas que hacemos, no deben ser grilletes a los cuales nos aferramos, como muletas mentales, para establecer nuestro ejercicio de valía y logro. Cuando lo anterior ocurre, dejamos que las fuerzas exteriores tomen el control de ejercicio personal y consistente de crecimiento íntimo se congele y se pierda la referencia interior de las victorias necesarias para superar nuestros propios temores.

En este sentido, las comparaciones no pueden estar en el exterior, sino en el interior, un ejercicio de vencimiento permanente de nuestros propios límites, que sin importar lo que un tercero pueda decir o establecer como “bueno o excelente”, es la dinámica de la confrontación interna la que define los nuevos normales que se configuran en nuestro ser para alcanzar nuestras metas y sueños. 

"Cuando dejamos que otros configuren este imaginario de logro, nuestras metas, se cambian por las metas de otros, creando un desbalance emocional que no corresponde con el fundamento mismo de la motivación y reto que te has impuesto".

En consecuencia, las comparaciones deben seguir las condiciones de un sistema inteligente: (Martínez, 1987, p.226-227)
  • Plasticidad frente al medio que permite su interacción constante con el ambiente y su variedad.
  • Crear variedad en el medio donde actúa, así como diferenciar el conjunto de hechos y estados, propiedades y relaciones que la constituyen.
  • Escoger los rasgos claves que mejor contribuyan a la reordenación del ambiente y su variedad.
  • Desarrollar y extender las condiciones anteriores a otras situaciones en las que pueda ser eficaz en su interacción con el medio y así facilitar su siguiente momento adaptativo.

Lo anterior supone un reto personal que lleva la interacción individual con sus referentes internos, a crear entornos inestables que cuestionan las imposiciones valorativas de los terceros, no como confrontación de estándares, sino como fundamento de la estabilidad personal y la flexibilidad estructural del ambiente, que permite el cambio y asegura las reorganizaciones necesarias.

El Editor.

Referencia

Martínez, M. (1987) Dimensiones adaptativas y proyectivas de los sistemas. En Castillejo, J. L. y Colom, A. J. (Coords) (1987) Pedagogía sistémica. Barcelona, España: Ediciones CEAC. 221-233

sábado, 23 de enero de 2016

Poder trascendente

La palabra “poder” es una palabra que generalmente resulta conflictiva y por demás problemática. Tenerlo y usarlo de forma inadecuada, así como no tenerlo y requerirlo trae muchos contratiempos y contradicciones. El poder puede ser una bendición que enaltece y construye futuros impensables e igualmente una “enfermedad”, una pérdida de firmeza personal y espiritual que compromete la salud mental y corporal de una persona, pues se desconecta el mundo material del mundo trascendente.

El poder es una fuerza que seduce nuestros deseos y motiva nuestros instintos. Tener la capacidad de hacer cosas, de transformar mundos y vidas, es un ejercicio personal, que, dominado por las pasiones del ego, es una sombra siniestra que sólo ve en el otro una oportunidad para engrandecerse a sí mismo y alcanzar gloria y reconocimiento sin mediar con el trabajo y las expectativas del otro.

"El poder basado en el ego, es inseguro e inestable, sólo sobrevive basado en la debilidad de los otros".

El poder basado en una visión transpersonal, como lo propone Chopra (2014), es una potencia que “excede lo personal”, un ímpetu que inspira y motiva a otros, una pasión que se funda en la confianza, la compasión, la estabilidad y la esperanza, en pocas palabras, en un ejercicio de compartir las expectativas de los demás para construir cualidades y capacidades que los hagan dignos depositarios del mismo poder, para hacer que las cosas pasen y motivar valores esenciales en cada uno de ellos para que superen sus propios límites.

El poder basado en la conexión interior se mantiene enfocado en lo correcto, en lo santo y sabio. Desconcierta a todos los que lo ven actuar, la estabilidad de sus actuaciones está articulada en su conocimiento interno, donde su único propósito es cómo ayudar a otros a que sean mejores y las tentaciones de los cargos, sólo son distracciones que sabe que estarán disponibles como plataformas humanas para servir y conquistar nuevos retos con aquellos que han descubierto su vocación o están en ese proceso.

Las tentaciones del poder, argumenta Chopra (2014), se pueden superar haciendo consciente su existencia; cuando se pueden integrar a la vida misma. En este sentido, no habrá espacio para negaciones o luchas estériles, sino un ejercicio permanente de armonía de contrarios, de tal forma que sea posible enfrentar la presencia de las tentaciones, en un reconocimiento que somos naturaleza caída y que tenemos la capacidad para sobreponernos sobre las circunstancias, entendiendo aquellos secretos no revelados y apegos que nos fragmentan y no nos permiten ser uno con el universo.

El poder transcendente, que no tiene aspiraciones de elevación, sino de expansión, de comunicación y sintonía con los otros, que acepta cada aspecto de la condición humana, anota Chopra (2014). No existe un final para su viaje, entiende que la naturaleza suele crear a través de la destrucción, que la integridad de la vida depende de la reconciliación de las sombras y las luces, un ejercicio que entiende que somos más que una versión “buena” y otra “mala”, en pocas palabras de un poder que surge cuando conectamos nuestras vidas con la armonía del cosmos que nos rodea.

Recuerda que sólo podemos acceder al poder trascendente, que conecta lo humano y lo sagrado, cuando somos capaces de desapegarnos de lo que hemos logrado, encender la vocación de los otros y hacernos inmunes al deseo de controlar, al deseo de ganar, al deseo de imponer y sobre manera al deseo de acumular.


El Editor

Chopra, D. (2014) El alma del liderazgo. Descubre tu potencial de grandeza. Bogotá, Colombia: Punto de Lectura.

sábado, 16 de enero de 2016

Marcar la diferencia

La vida es una serie de decisiones, escoger una cosa o la otra. Por lo general, se habla de lo que se termina escogiendo, pero no de lo que se deja. ¿Se ha puesto a pensar en aquello que ha debido dejar para continuar su camino? Dejar implica un desprendimiento, un liberarse de aquello que nos hizo bien en un instante, pero que un momento debe mudar para poder avanzar.

Una pregunta que plantea Maxwell (2015) nos permite ver en perspectiva el sentido de las cosas que dejamos. La pregunta es: ¿Qué está dispuesto a dejar para marcar una diferencia?, interrogante que nos sumerge en el reto interior de conocimiento de sí mismo y de la búsqueda de sentido trascendente que todo ser humano le ha sido legado desde el inicio de los tiempos.

Bien anota Maxwell (2015) que cada decisión “implica un intercambio”, tomar un lugar u otro. Las decisiones que tomamos nos definen: ¿Qué trabajo voy a escoger, el que me dé más dinero o el que me dé una mejor experiencia?”, pero aquellas que nos llevan a los momentos de verdad, a situaciones donde se pone en riesgo la zona de comodidad, exigen grandes saltos de fe y creer firmemente que en el nuevo lugar habrá nuevas oportunidades para desatar aquello que fluyen dentro de ti y que nutre la esencia de lo que eres.

Vivir una vida aceptable, es una opción que muchos hemos tomado, pero vivir una vida excelente, demanda estar fuera de la zona cómoda y transformar cada momento de nuestra existencia en un intercambio permanente de retos y visiones que nos habiliten para hacer que las cosas pasen. Mientras más logros y éxito tenemos, las decisiones trascendentes se vuelven más difíciles de tomar, las transiciones más demoradas y la adopción de nuevos paradigmas más lenta.

Quedarse en un punto de la existencia (cómodo y bajo la inercia de lo conocido) por mucho tiempo empobrece nuestras habilidades, acomoda nuestros sueños y sobre manera perdemos flexibilidad en el músculo de nuestra energía. 

"Pasamos de tener una respiración profunda, que nutre el flujo sanguíneo, para oxigenar nuestros deseos y anhelos, y nos quedamos con una respiración basal, que escasamente se nota y nos basta para mantener la existencia."

Hacer la diferencia exige cambiar y transformar el momento y lugar donde estas, cambiar la forma de hacer las cosas, experimentar nuevas fronteras y contactos, abrir nuevas perspectivas antes inexploradas, forzar un cambio de enfoque y procurar un crecimiento personal, que sea motivo de conversión de otros, es decir, de cambios positivos y generosos que remuevan la experiencia propia y habilite posibilidades en los demás.

En este camino que emprendas para hacer la diferencia, deberás alimentar tu fe y someter tus propios temores, ¿cómo? Avanzando en tus metas, asumiendo tus nuevos normales y posicionando tus referentes de conquista personal, los cuales hacen posible, lo que para otros parece imposible. 

DIOS (cualquiera sea la idea que tengas de él) será tu guía permanente en este empeño, en el silencio de tu oración, en los momentos de tribulación y en los de logro, pues estará atento a darte lo que necesitas, no para coronar tus sueños, sino para marcar la diferencia en ti, que eres su creación más amada.

El Editor

Referencia

Maxwell, J. (2015) Vivir intencionalmente. Escoja una vida relevante. New York, USA: Center Street.