sábado, 28 de mayo de 2016

La realidad no es como la vemos o como nos la cuentan

La tradición educativa desde sus inicios ha estado basada en una vista mecanicista de la educación donde el aprendizaje se concibe como un proceso de adquisición de conocimiento, una dinámica que entiende al aprendiz como un “contenedor”, que se moldea y se le incorpora una serie de información que debe ser capaz de usar y aplicar a nuevas situaciones.

Esta lectura de la educación ha sido marcada por una conceptualización de la empresa equivalente, que entiende el proceso de negocio como una línea de producción, donde la especialización del trabajo, demanda que cada persona en su parte específica, sepa usar la información que ha recibido y la practique en el momento y espacio justo del proceso mecanizado.

La revolución industrial de principios de siglo XX establece los normales de la formación de las personas, permitiendo exclusivamente una vista del mundo ajustada a sus necesidades y retos, sin reparar en los cambios del contexto, ni en la sensibilidad del entorno, lo que fue incubando una obsolescencia del conocimiento adquirido y la limitación de la acción de la fuerza de trabajo, que con el tiempo hizo crisis y quebró los esquemas sobre los cuales se fundaron los procesos de formación en el trabajo.

Lo anterior define un sistema cerrado, que sólo entiende lo que sus propias reflexiones le orientan, dejando de lado las interacciones con el entorno, los cambios relevantes en su sector de negocio y la renovación de sus supuestos de acción, los cuales fueron construidos sobre una realidad conocida, estable y estructurada, que contrasta hoy con una lectura del mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo.

En razón con lo anterior, se hace necesario reconocer la dinámica del cambio, la incertidumbre, la complejidad y la inestabilidad, como los nuevos normales de los procesos de formación personal y empresarial, habida cuenta que los enfoques educativos se ajusten con esta realidad donde el error, no sea ocasión de castigo; las aproximaciones alternativas, no sean ocasión de censura; el romper con las estructuras impuestas, no sea motivo de indiferencia y que las contradicciones, no sean causa de rechazos sociales.

Si entendemos, como afirma Varela (1977, p.177), que el “conocimiento es el resultado de una interpretación que emerge de nuestra capacidad de comprensión”, estamos reconociendo la relación inherente que cada persona y organización tiene con su entorno y, por la tanto la riqueza conceptual y analítica que se tiene para repensar todo aquello que hacemos. En este sentido, como afirma Gros (2008, p.54), “el conocimiento no sólo se construye de forma individual en la mente del sujeto, sino que hay una construcción dinámica y cambiante de origen social y cultural”.

Así las cosas, el mundo actual demanda superar la parcelación de saberes y disciplinas, con el fin de tender puentes entre las diferentes aproximaciones sobre un mismo reto, habilitando nuevas posibilidades para los individuos más allá de su presente inmediato. Esto supone, establecer un escenario psicológicamente seguro donde experimentar y motivar aprendizajes diferentes, con el fin de demostrar, como afirma Colom (2002, p.31) “que la realidad no es exactamente como la vemos y menos aún como nos la cuentan”.

Referencias
Colom, A. (2002) La (de)construcción del conocimiento pedagógico. Nuevas perspectivas en teoría de la educación. Barcelona, España: Ed. Paidos.
Gros, B. (2008) Aprendizajes, conexiones y artefactos. La producción colaborativa del conocimiento. Barcelona, España: Editorial Gedisa.
Varela, F., Thompson, E. y Rosch, E. (1997) De cuerpo presente. Las ciencias cognitivas y la experiencia humana. Barcelona, España: Editorial Gedisa.

domingo, 22 de mayo de 2016

Trabajar: Deconstruir la experiencia adquirida

Muchas veces estamos inmersos en la dinámica del mundo, de los reportes, de las presentaciones, las cuales atrapan nuestra concentración y vitalidad, pues es necesario dar respuesta a un requerimiento de un tercero sobre cosas particulares. Si bien esta situación no es permanente, establece un punto de quiebre en el desarrollo de nuestras actividades, ahogando nuestros planes personales y comprometiendo las oportunidades sociales.

Trabajar es una oportunidad, una bendición y una recompensa que la divinidad nos ofrece para potenciar nuestras capacidades, para aprender con otros y lograr superar retos de forma conjunta. En este ejercicio cotidiano, es fácil perder el horizonte motivador del trabajo y caer en la tentación de volver la vida, trabajo y el trabajo, la vida. Cuando se llega a este punto, se oscurece el panorama de la realidad profesional y se camina en una ruta que consume las fuerzas y compromete el espíritu: un ser que vive en automático.

Trabajar es una experiencia que debe renovar nuestras capacidades, ampliar el espectro de las posibilidades, habilitar la conexión con otros y sobre manera, proyectar nuestra visión del mundo y de la vida. El trabajo es la oportunidad para aprender a aprender, para ser portadores de nuevas ideas que transformen la manera de hacer las cosas, pero particularmente una experiencia para transformarse a sí mismo.

No podemos concebir que el trabajo sea la puerta a una adicción, a una trampa sigilosa del mundo que te condena a compararte con otro, a desterrar tu autonomía y a anquilosar tu conocimiento. Si el trabajo se convierte en un camino de espinas, de tensiones permanentes y humillaciones pasivas, es tiempo que revises en que sitio estás, pues no es posible que tu valía, tu autoimagen y tu autoestima se estén comprometiendo para mantener un statu quo, que te no le hace nada bien a tu propio proyecto de vida.

El trabajo debe ser un apalancador de sueños, una virtud que nos enseña a dar lo mejor de nosotros mismos y un camino para madurar en nuestra maestría profesional. En este sentido, trabajar para una organización (con fines o no de lucro) es abrir conexiones entre sus diferentes áreas para crear o actualizar vínculos entre personas, que nos permiten construir propuestas conjuntas, que cambien la manera de hacer las cosas; una oportunidad para crear mapas de un territorio desconocido que se conquista con cada proceso de toma de decisiones.

El trabajar es una aventura del conocimiento explícito que, compartiendo su experiencia con otros, rasga el velo de la innovación en medio de la inercia, avanza en medio de los inciertos con la luz de una idea, fortalece el carácter frente a los reveses de la vida y sobre todo, aprende con cada decisión que toma. Así las cosas, el trabajo se configura como una fuerza motivadora poderosa que define el éxito como la capacidad de sobreponernos a la realidad, pensar fuera de la caja y crear entornos que nos permitan reinventarnos a nosotros mismos.

Trabajar debe ser una ruta para dignificar nuestra condición humana y la de los otros, un signo de búsqueda permanente de sentido, que deconstruya la experiencia adquirida con los años, desconectando lo que hemos aprendido, para reconectarlo con la realidad extendida, ahora asistida por lo digital en medio de un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo.


El Editor.

domingo, 15 de mayo de 2016

Consultores educativos

En un mundo de cambios acelerados, no es raro que la educación se encuentre de manera permanente en crisis, como quiera que los intereses educativos asistidos por una vocación humanista y el deseo trascendente de la acción humana en la sociedad, se contrapone con la necesidad de avance y desarrollo tecnológico que impregna la postura consumista y muchas veces utilitarista de la sociedad de la información y el conocimiento.

En el pasado (y aún hoy) la educación asistida por su influencia mecanicista, donde en las escuelas y particularmente en el aula, era posible satisfacer todas las necesidades esenciales de aprendizaje de los individuos, centró su desarrollo y expansión concentrada en la enseñanza, ofreciendo a los educadores las técnicas más relevantes para concretar la esencia de la educación, como lo es el aprendizaje. Un ejercicio de relación jerárquica donde el educador se sube en el pedestal del conocimiento y los estudiantes deben conocer y aprender de los contenidos expuestos por el docente.

El saber inherente de los estudiantes en este modelo no es parte del reconocimiento del sistema educativo. Sólo a través de superar las pruebas y condiciones para declararlo “educado” es viable determinar qué tanto ha aprendido el individuo y en qué nivel de logro se encuentra, para establecer una clasificación de los mismos con el propósito de generar una vista de logro o distinción que, siendo inicialmente una motivación para el estudiante, termina siendo una propuesta individualista y desconectada de la visión colectiva de la sociedad.

La educación concebida de esta forma le resta protagonismo la estudiante, define una frontera de saber en el maestro, repite la forma de pensamiento del educador en el alumno y restringe los procesos de creatividad y construcción de reflexiones alternas a las ilustradas por el profesor (Belando, 2015). En este sentido, los pedagogos, los maestros, los educadores y todos los implicados en los diferentes ámbitos y etapas educativas, deben deconstruir sus prácticas docentes y pedagógicas de la visión mecanicista y reconocer en la incertidumbre, la ambigüedad y la complejidad los nuevos normales para construir propuestas educativas ajustadas a los tiempos actuales.

Si bien el pedagogo tradicional, asistido por su formación base para concretar aprendizajes determinados en la realidad los estudiantes, particularmente fundados en un “aprender por asimilación”, el cual busca adquirir información para percibir, asimilar y actuar  basado en una estructura previa incorporada para reconocer y dar significado a estímulo específico (De Geus, 2011), debe mostrar capacidad de respuesta a los tiempos modernos y las realidades empresariales, para proponer apuestas pedagógicas versátiles y arriesgadas, que permitan aprendizajes flexibles e innovadores, de tal forma que se privilegie espacios de “quiebres conceptuales” que abran la puerta a nuevos avances sociales, económicos, políticos y tecnológicos.

Lo anterior, requiere una vista sistémica de la educación que privilegie la contradicción, lo incierto y la volatilidad de los entornos de negocio actuales, para que el “aprendizaje por acomodación” donde la experimentación y adaptación sean la esencia del conocer y aprender, una ruta que si bien no sabe qué resultado le espera al final, si concreta una transformación personal del individuo, pues ha recorrido un camino desconocido y generado una propuesta nunca antes vista. Por tanto, el error como resultado no es viable, sino que es una condición natural del proceso en el cual estamos conociendo y por lo tanto no puede ser calificada.

En consecuencia, debe haber una convergencia epistemológica y práctica del pedagogo y la realidad de la dinámica empresarial, de tal forma que se nutran mutuamente para construir una nueva distinción académica y empresarial, que promueva sociedades de aprendizaje permanente, asistidas por una nueva raza de educadores híbrida que construya saberes individuales y empresariales que abracen y construyan el futuro de la sociedad y el mundo: los consultores educativos.

Referencias
De Geus, A. (2011) La empresa viviente. Hábitos para sobrevivir en un ambiente de negocios turbulento. Buenos Aires, Argentina: Gránica.
Belando, M. (2015) La educación como idea, como hecho y como desafío. En Belando, M. (Coord.) (2015) La educación repensada. Dinámicas de continuidad y cambio. Madrid, España: Pirámide. 

sábado, 7 de mayo de 2016

Conocimiento: ¿Lago o río?

No deberíamos sorprendernos cuando observamos que los equipos de trabajo desarrollan mayores procesos de innovación que los individuos. La inestabilidad del entorno, debe movilizar las reflexiones comunes, fuera del “charco” de conocimiento individual que, si no se renueva, se evapora o se corrompe, dejando mal parados a todos en las organizaciones.

No podemos entender el conocimiento como un lago estático, que sólo espera que el entorno lo nutra con su lluvia o que se mueva cuando algo del exterior lo afecta. Este tipo de conocimiento se oxida, se descompone y desactualiza dejando una lectura congelada de la realidad, que no atiende las fuerzas de transformación que circundan sus linderos.

Cuando un lago, carece de movimientos, de aireación permanente y de entropía en su interior, se oscurece, se margina de la realidad circundante, inicia un proceso de degeneración lento y peligrosamente imperceptible. Se reconoce así mismo como parte de la evolución y que tiene respuestas para enfrentar lo que aparezca, sin pensar que su estabilidad y poco movimiento lo han hecho lento y poco versátil para actuar.

Una grieta en la estructura del lago, un desorden inesperado del ecosistema interno, un temblor de tierra imprevisto, una sequía prolongada, en fin, situaciones que comprometen su integridad pueden ser eventos que destruyan su estabilidad y sean concebidos como amenazas concretas que pueden debilitar la composición interna de la cohesión del lago, pero igualmente oportunidades que desconectan lo conocido para recobrar el movimiento perdido.

Muchas veces los “lagos de conocimiento” cuando son abatidos por fuerzas inesperadas, posturas novedosas que rebaten aspectos conocidos de la realidad o propuestas que contradicen abiertamente los estándares vigentes, se encuentran frente a la ocasión para renovar su movilidad, su capacidad de transformación y especialmente, la manera para restaurar la vida y el movimiento en su interior; una opción para generar una nueva red biológica de conexiones que revelen signos de actividad evolucionada.

El conocimiento por tanto debe ser como un río, que tiene un cauce que no lo limita, sino que lo enfoca; que se mantiene en movimiento incorporando la realidad del entorno, para concretar modificaciones estructurales claves, que terminan siendo parte de su propio cauce; tiene un propósito que generalmente escapa a su propio destino y que motiva una expresión trascendente de su propia construcción; características que hablan de una realidad que se nutre de lo aprende y vive de lo que expresa.

El movimiento permanente de este río crea saberes que se combinan y se sustentan en la heterogeneidad de la fuente hídrica, sin perjuicio, de la evolución natural que el conocimiento habilita para que se autotransforme y cree nuevas vistas de una misma problemática. Ser parte de la corriente de este río, no significa abdicar o comprometer su criterio o capacidad para ejercer una opinión crítica, sino conocer el entorno y experimentar su dinámica y así abrirse a las oportunidades que lo lleven a “saber más” y “ser más”.


El Editor

sábado, 30 de abril de 2016

El árbol del éxito

Consideremos la siguiente parábola: “el triunfo es como un árbol frondoso, vemos y apreciamos su belleza y sus frutos, pero no vemos sus raíces. El árbol del triunfo crece en el jardín de la actividad elegida y se abona con la dedicación, con esfuerzo y determinación. Nada lo detiene, todo suma y lo alimenta, las dificultades lo fortalecen y las bondades lo purifican” (Adaptado de: Yates, 2008, p.60).

La naturaleza de este árbol es bastante singular. Su semilla ni es la más grande, ni la más fina. No se encuentra frecuentemente entre las más comunes y cuando se halla, su forma no es la más agradable a la vista. El proceso de siembra requiere un terreno fértil: lleno de pasión, de misterio, de inestabilidad y de volatilidad. La lluvia de las vicisitudes la debe regar para que los nutrientes más selectos de la naturaleza penetren la esencia de esta semilla.

El árbol del éxito es el más apetecido por sus frutos, por su fortaleza y su capacidad de resistencia a las plagas. Cuando este árbol crece en medio de las contradicciones y la incertidumbre, es capaz de elevarse y desarrollar ramas y hojas que resplandecen y cambian de color en el día, que alejan a los depredadores de sus resultados: la inercia, la pereza, la indecisión y la comodidad.

El árbol del éxito se reproduce en medio de árboles comunes, los cuales lo cubren y lo ocultan a la realidad. Es necesario que el sembrador sea cuidadoso para ubicarlo y seleccionarlo en medio de la multitud, para lo cual deberá reconocer aquellas especies cotidianas y cambiantes para no dejarse confundir con las apariencias de lo que puede ser un espejismo de una transformación y no la esencia del éxito.

El sembrador de este árbol no está acostumbrado a los atajos o fórmulas milagrosas que hacen crecer el árbol del éxito sin valor, sin esfuerzo, sin dedicación y menos sin sacrificios. La semilla debe pagar el precio del entorno, tener las marcas de las plagas y las conquistas de sus luchas. Es una semilla que debe morir, para mudar su forma original y revelar la esencia de su valor interior, una declaración de independencia que conecta el tejido divino con la vida humana.

El árbol del éxito tiene un extraño comportamiento, se oculta cuando brilla el sol y se crece en medio de la adversidad, no deja pistas de sus virtudes y comparte sus aprendizajes. El árbol del éxito no se deja cautivar por las palabras lisonjeras del sembrador y ni se acomoda por sus logros. Es una planta que se alimenta de los errores, de las oscuridades y las angustias para configurar una fotosíntesis interior que brilla en los ojos de los han desatado sus “creencias” exteriores.

Cuando vayas a cosechar del árbol de éxito, recuerda que sus frutos son jugosos premios del amor, recubiertos con el oro de la obediencia y con olores diversos y penetrantes de los perseverantes, resultados que contagian el ambiente y renuevan sus nutrientes. No permitas que este árbol se contamine con sustancias tóxicas como la envidia, el ego, la arrogancia y la apatía, pues ellas son amenazas, que, si alcanzan la savia del torrente interno, pueden destruirlo en el largo plazo.

El Editor

Referencia

Yates, C. (2008) La empresa sabia. La excelencia para una gestión innovadora. España: Díaz de Santos.

sábado, 23 de abril de 2016

La inestabilidad de lo aprendido

En un mundo de cambios acelerados y tendencias digitales, la vida se convierte en un ejercicio permanente de reinvención. Generar valor, sorprender positivamente al cliente y crear discontinuidades de forma periódica son los “mantras” empresariales que dominan la literatura disponible sobre la gerencia en el siglo XXI.

En este entendido, los seres humanos son lanzados a una exigencia continua de actualización, desaprendizaje y renovación de la forma en que ven el mundo. La apertura a distintas formas de comprender la realidad, motivar la contradicción y la diferencia, así como cruzar umbrales de conocimiento hacia terrenos desconocidos, son los nuevos normales que se suman a la experiencia diaria para mantenerse al día y aumentar su empleabilidad en un entorno cada vez más competitivo y retador.

Bajo estas condiciones, los profesionales en sus diferentes disciplinas necesariamente deben tender puentes interdisciplinarios y transdisciplinarios que permitan aumentar su capacidad de asombro frente a la realidad, mejorar sus reflexiones alrededor de los retos en sus dominios de conocimiento y en particular, incrementar su capacidad de pensar de forma sistémica, que no es otra cosa que reconocer la relaciones que tiene con su contexto, mantener una curiosidad insaciable, observar los tonos de grises de las posturas de los otros y nutrirse de las apreciaciones contrarias de los terceros.

De manera que, si se quiere mantener una postura estratégica y privilegiada en estos tiempos dinámicos, asimétricos e inciertos, debemos asumir la incertidumbre como el insumo natural de nuestras posiciones, capitalizando lecturas de la realidad “fuera de la caja”, que creen realidades y escenarios diferentes, que cambien la forma como se hacen las cosas. Claridad en lo que se quiere, conectar con la emocionalidad del otro y simplificar la acción que moviliza, son los tres elementos claves para transformar lo que era imposible en algo viable, en una opción que no existía, en una oportunidad que revela una nueva partitura en la sinfonía de la vida.

Ser parte de la discontinuidad, que crea sorpresas positivas para otros y cambia la percepción de la realidad, es asumir un reto personal y sistémico de conectarse con la totalidad; permanecer como un explorador de tendencias y patrones que se ocultan a los ojos cotidianos y se revela a la mirada de los que identifican los detalles. En este sentido, la vida no está hecha para aquellos que ven que las cosas pasan, sino para aquellos que hacen que las cosas pasen.

No podemos dejar que la inercia de nuestros logros, de los reconocimientos, del trabajo estable y de la rutina congele y oxide la capacidad inherente de cambio y transformación que tenemos. Libérate de todas las excusas que tienes para salir de tu zona cómoda y lánzate a renovar tus votos perpetuos con el conocimiento, declaraciones que reconocen la vulnerabilidad de aquello que no sabemos (humildad), el desconocimiento de lo que indagamos (ignorancia) y la inestabilidad de lo que hemos aprendido (saberes propios).

Por tanto, aprende de tus fallas y extrae el máximo valor de ellas, comparte tus lecciones e identifica tus patrones de actuación, para que, en un entorno psicológicamente seguro, descubras el potencial de desarrollo que tienes para conquistar los retos más complejos y ambiguos que la vida tiene para llevarte al siguiente nivel.

El Editor

Referencias
Birkinshaw, J. y Haas, M. (2016) Increase your return on failure. Harvard Business Review. Mayo. 1-7
Coaching Room (2016) Thinking Globally Is A Skill That Can Be Taught. Recuperado de: http://www.thecoachingroom.com.au/blog/thinking-globally-is-a-skill-that-can-be-taught 

domingo, 17 de abril de 2016

Cambiar: Desinstalarse de lo conocido

Muchas veces la respuesta para transformar o cambiar una persona o un concepto implica un cambio de paradigma (fundar una nueva aproximación científica), quebrar una forma de ver el mundo (una suspensión de la realidad) o cambiar un hábito, acciones que demandan un alto consumo de energía tanto en aquellos que promueven la nueva visión, como en los individuos donde debe ocurrir la metanoia.

Para lograrlo son varias las estrategias que se emplean para conquistar ese, muchas veces esquivo, cambio que se quiere. Los especialistas en estos temas acuden a ciencias como la educación, la psicología, el comportamiento, la sociología o la biología, como fundamento para establecer el plan y las actividades que logren mudar un comportamiento o hábito, para que otro se incorpore, o mejor aún se apropie una distinción nueva que se fusione con el conocimiento previo del individuo.

Cualquiera sea la aproximación utilizada, el centro del ejercicio es “conocer, revelar, descubrir e intervenir” la esencia misma de la persona, para instalar aquello que se quiere modificar en el actuar de los individuos. Mientras las personas no conozcan y no entiendan lo que se pretende con la intervención y adicionalmente el entorno donde sus comportamientos se hacen realidad, no se modifique para fortalecer el patrón que se quiere incorporar, los participantes crearán una barrera invisible que limitará la transformación requerida.

Los seres humanos cambian cuando son parte de una propuesta compartida, donde se identifican y se hacen uno con ella; cuando saben que de allí sacarán un provecho particular y al tiempo ayudarán a otros, cuando ven que pueden evolucionar y modificar su propio entorno. Los comportamientos humanos responden no solamente a los estímulos exteriores que moderan sus manifestaciones, sino a motivaciones internas que actúan como detonadores de los momentos de verdad que cambian sus vidas.

En este escenario, no es sólo el conocimiento, su comportamiento, su relación con los otros o la manera como se comunica, es la que hace la diferencia en un individuo para alcanzar una modificación personal, sino la sintonía de todas ellas en una vista única e inédita que reemplaza una lectura interior del mundo y la habilita para cuestionar sus propios resultados y motivar una percepción distinta de la vida que renueva sus saberes previos.

Así las cosas, esa nueva estrella naciente interior, llamada cambio, que es la novedad que se instala en la cosmovisión de la persona, requiere una materialización práctica que fortalezca lo que ha incorporado en sus creencias y valores, para desarrollar una actitud que conmuta entre la realidad modificada y sus aprendizajes recientes, de tal forma que se quiebre la inercia de lo conocido y se conviva con la ambigüedad, las dudas y los inciertos como fundamento de sus actuaciones futuras.

Cuando esto ocurre un nuevo nivel de energía se ha activado en el individuo, uno que lo localiza en un sitio privilegiado de evolución superior y lo saca de su tranquilidad conceptual, para lanzarlo a crear momentos de transformación que lo mantienen desinstalado de lo conocido y en sintonía permanente con la invariable asimetría y volatilidad del entorno.


El Editor