sábado, 25 de mayo de 2024

Riesgos, inciertos y supuestos: la base de la toma de decisiones humanas

Tres elementos mueven las decisiones humanas en la actualidad: los riesgos, los inciertos y los supuestos, tres elementos que están situados en la dinámica de las reflexiones personales y las habilidades para movilizar sus retos y sueños en medio de las inestabilidades y contextos del mundo actual. 

Los riesgos se definen en función de las amenazas, esto es, los posibles adversarios que crean las condiciones o situaciones que pueden afectar o atentar de forma negativa aspectos específicos del ser humano, sus bienes o familiares, en pocas palabras, todo aquello que tiene valor para la persona. En este contexto, es necesario que los seres humanos mantengamos una postura vigilante en el entorno, no sólo para advertir las oportunidades que se generan por las inestabilidades, sino por las amenazas que surgen muchas veces sin percatarnos (Martin, 2019).

Los inciertos son la condición natural del mundo actual, donde no existe correlación entre una causa y sus efectos. Es posible advertir diferentes condiciones en el entorno y no por ellas, se debe esperar un resultado esperado. Entender al mundo de esta forma, es apropiarse de una realidad que se configura como un sistema adaptativo complejo donde existen condiciones cambiantes, comportamientos emergentes y consecuencias inesperadas. Una realidad que tiene propiedades emergentes que no son parte de los componentes que observamos y por tanto, son parte de la dinámica del sistema del cual hacemos parte (Martin, 2024).

Los supuestos son las construcciones cognitivas que hacemos los humanos basados en nuestra historia, nuestros saberes y experiencias previas, que terminan convirtiéndose, muchas veces, en las creencias que usamos para tomar decisiones cuando no tenemos información sobre un reto particular. Los supuestos definen muchas veces nuestras posturas ante la vida, la forma como observamos el mundo y filtramos aquello que no encaja en nuestras definiciones previas. No es posible eliminar los supuestos, pero si retarlos para sacarnos de la zona de lo conocido y lanzarnos a explorar nuevas posturas y realidades (Meyer & Kunreuther, 2017).

Estas tres realidades se conjugan y forman una unidad que se desarrolla en cada ser humano que le permite movilizarse en medio de las tensiones y las realidades inesperadas. La postura vigilante que le permite mantenerse alerta y atento a las tendencias del entorno para prepararse y tomar acción frente a los eventos que pueden ser catalogados bien como amenazas u oportunidades. Esta distinción particular, está fundada en la manera como vemos el mundo, es decir en nuestros supuestos y expectativas, los cuales pueden ser confrontados con otras lecturas del entorno, para revelar formas novedosas de comprender el mundo y explorar posibilidades que hasta ese momento no habían sido identificadas.

Cuando salimos de aquello que conocemos, que es parte de nuestros supuestos y certezas, la incertidumbre aparece y es allí cuando debemos aprender tanto de lo que hacemos como de lo que el entorno nos propone. Para ello, mantener una inteligencia de amenazas que nos muestren posibles adversarios conocidos o desconocidos, para luego diseñar escenarios que revelen que tanto debemos ajustar y mejorar nuestras capacidades para responder frente a evento no identificados, y finalmente, someternos a simular dichos escenarios para reconocer si nuestra preparación es la más adecuada y cómo debemos movernos para avanzar y posicionarnos frente a esas situaciones futuras que aún no ocurren.

Nada ocurre por casualidad, ni todo en el mundo es causalidad, la propiedades emergentes existen y se manifiestan en medio de la dinámica compleja del mundo. Cuando asumimos una postura proactiva y prospectiva de la realidad, es viable mantener una visión anticipada de los hechos, viviendo la realidad vigente, desde donde se construye y elabora el futuro que queremos, sin temor al incierto, superando aquellos supuestos que nos impiden ver las oportunidades y tomando los riesgos necesarios para lograr aquello que queremos, claro está sin ser temerarios y superar aquellos niveles tolerancia que hemos definido de forma tácita desde la realidad de la experiencia propia y los referentes humanos que hemos elaborado a lo largo de la vida.

El Editor

Referencias

Martin, P. (2019). The rules of security. Staying safe in a risky world. Oxford, UK. Oxford University Press.

Martin, P. (2024). Insider Risk and Personnel Security. An Introduction. Oxon, UK: Routledge.

Meyer, R. & Kunreuther, H. (2017). The ostrich paradox. Why we underprapare for disasters. Philadelphia, Pennsylvania. USA: Wharton Digital Press

 

domingo, 5 de mayo de 2024

La mente y sus engaños

La mente humana es un cúmulo de conexiones, representaciones, experiencias y sensaciones que se entrelazan con la historia y creencias del ser humano para darle sentido a la realidad que vive a diario. En este sentido, la mente es una construcción individual que se refina y desarrolla con cada interacción diaria y cada momento de verdad que se tiene en la dinámica de la vida. En este contexto, cada individuo experimenta los engaños de la mente, como esos sesgos y consideraciones que se hacen, algunas veces, aun teniendo información confiable que confirma o contradice aquello que podemos pensar.

La literatura es rica y abundante sobre los engaños que la mente genera por cuenta del entramado que generamos con cada encuentro y relación que tenemos en la vida. Algunas reacciones terminan siendo automáticas, unas más meditadas y otras posiblemente con mayor detenimiento entran a ser escrutadas en los detalles para tomar alguna acción al respecto. En este sentido, los sesgos particulares que cada persona ha desarrollado al final compiten con la información disponible para tomar la acción requerida. En algunos casos los sesgos tomarán ventaja y en otras, la información que se tiene será la protagonista para movilizar los esfuerzos requeridos.

Así las cosas, la mente humana genera una evaluación de pérdidas y victorias de forma relativa y no absoluta, esto es, los individuos situamos y valoramos las acciones respecto de algún punto de referencia (válido para ellos), alrededor de la situación actual o de sus expectativas. Lo anterior significa que cuando se evalúan riesgos, se toman en cuenta los pequeños cambios respecto al riesgo revisado, en lugar de consultar la línea base del nivel de riesgo disponible, lo que puede llevar a sentirse aliviado por reducir un riesgo enorme en una pequeña porción, o excesivamente preocupado por el aumento un riesgo ínfimo (Martin, 2019).

La asimetría natural de esta condición humana establece en algún punto de la reflexión individual el apetito de riesgo que la persona está dispuesta a tomar, esa acción que sabe demanda una posición valiente y calculada (no temeraria y sin previsión) donde se lanza a transformar su entorno actual para alcanzar una nueva posición privilegiada, que le otorga nuevos beneficios, no sin antes pasar por la zona incómoda donde se retan sus propias seguridades y se desafía todo aquello que previamente ha aprendido. Si bien, nada avanza en la zona cómoda, tampoco tomar riesgos de forma inocente y sin reflexión lleva a resultados saludables.

Los seres humanos configuran un cúmulo de percepciones y experiencias que establecen algunas veces obstáculos para movilizarse en momento de crisis, y en otras, son facilitadores del aprendizaje que los llevan a condiciones resilientes, donde son capaces de superar sus propios prejuicios y establecer nuevos referentes de acción y transformación. 

Las amenazas por lo general son más convincentes que las oportunidades (Martin, 2019), por tanto desde las realidades propias de cada persona es necesario retar sus propios supuestos para que rompiendo los engaños de la mente, sean sus propias motivaciones y expectativas las que confronten la realidad, transformen sus miedos y dudas en puntos de referencia que regulen las emociones y mejoren la habilidad de permanecer enfocados en aquello que se quiere alcanzar, a pesar del ruido y las distracciones del mundo.

El Editor 

Referencia

Martin, P. (2019). The rules of security. Staying safe in a risky world. Oxford, UK.: Oxford University Press

domingo, 28 de abril de 2024

El reto de la evaluación: Auténtica, Pertinente y Transparente

En la vida cotidiana, en la vida laboral y en la vida académica el proceso de evaluación con frecuencia genera contradicciones, malestar y cierto nivel de prevención. Todos alguna vez en la vida hemos sido evaluados con el fin de cumplir con un requisito en cualquiera de los contextos donde nos movemos y existimos. La relación evaluador-evaluado está llena de diversos escenarios, condiciones y características que sería imposible abordarlas en una reflexión breve como esta. Por tanto, el reto en estas líneas es explorar algunos elementos de la evaluación como fundamento de la movilización de una persona fuera de su zona cómoda.

La evaluación en sus orígenes estaba fundada en el ejercicio de movilizar a las personas de un momento de su vida a otro, de un nivel de desempeño a otro, una manera para marcar el camino de renovación y transformación para hacer de la persona otra distinta. Con el tiempo la evaluación pasó a ser un distintivo que permite clasificar las personas según un estándar de desempeño. Esto es, aquellas que hacen las cosas mejor de lo esperado, las que hacen lo que se espera y otras que no logran los mínimos esperados. Este ejercicio, termina siendo una manera de recompensar y “motivar” a aquellos que hacen las cosas bien, y darle motivos a los otros para que se superen en sus respectivos desempeños.

La postura actual de la evaluación (como clasificación) genera una competencia, algunas veces sana, orientada al desarrollo del potencial del individuo, y otra malsana, con intereses cruzados entre evaluador-evaluado que terminan afectando la dinámica de las empresas y de las comunidades educativas, privilegiando muchas veces una estrella con desempeño sobresaliente que obtiene todos los reconocimientos, invisibilizando a aquellos que sin romper las barreras establecidas, mantienen su dedicación diaria, trabajo en equipo, disposición para hacer la diferencia y la búsqueda constante de la excelencia.

En este sentido la evaluación debe ser APT: Auténtica, Pertinente y Transparente, como fundamento de la práctica y compromiso tanto del evaluador como de la organización para hacer de la persona otra distinta. Es auténtica, cuando hay un sentido real y claro por parte del que evalúa que la otra persona pueda superar sus propios límites y reconocer los talentos y posibilidades que tiene para hacer la diferencia. Es un ejercicio donde se acompaña y reta al evaluado para que imprima su propia impronta en un área específica para ver más allá de lo que conoce y se lance a explorar en el incierto que proponen sus propias metas.

Es pertinente cuando la evaluación se centra en los aspectos particulares de la persona. Se hace una valoración individual del evaluado para encontrar aquellos elementos que se deben potenciar para que surjan nuevas actitudes y aptitudes para transformarse a sí mismo y a su propia realidad. La pertinencia es un ejercicio de reconocimiento situado de la persona, sus expectativas y retos, para plantearle alternativas de conocimientos y habilidades que debe consultar para darle sentido a sus propias metas, y así superar sus propios temores que limitan su potencial. 

Es transparente cuando tanto evaluador como evaluado se reconocen como partícipes del proceso de construcción de conocimiento y aprendizaje. Cuando ambos son parte del escenario donde se sorprenden mutuamente por el desempeño alcanzado por el evaluado y la experiencia que suma el evaluador desde su perspectiva de orientador del proceso. La transparencia depone intereses creados o beneficios particulares de los participantes, centrando la atención en los retos superados, las novedades identificadas y sobremanera, las conexiones y elaboraciones cognitivas creadas que hacen único y particular el proceso que se ha realizado.

Cada individuo opera en diferentes velocidades, desde diferentes contextos y con diferentes emociones, por tanto, una evaluación real y efectiva deberá privilegiar un resultado igualmente APT: Avanzar, Pensar y Transformar. La evaluación deberá permitirle al individuo avanzar en su propio desarrollo personal y profesional. Debe abrirle la puerta para lograr la disciplina para vencerse así mismo, y trazar la ruta que lo lleve a trascender sus propias metas. La evaluación debe habilitar el pensamiento de la persona, para retar de forma permanente su saber previo y movilizar sus reflexiones hacia espacios donde el incierto no lo paralice sino que lo lance a conquistar nuevas fronteras de conocimiento. 

Finalmente la evaluación debe estar centrada en transformar al individuo. Si la evaluación no le dice nada a la persona ni la mueve para cambiar, esto es, para aprender y sorprenderse de forma permanente, la relación evaluador-evaluado se ha desinstalado de su sentido principal, de la esencia de naturaleza: ser la excusa perfecta para desafiar las fronteras autoimpuestas del ser humano. El ejercicio de la evaluación busca en el fondo situar nuevas realidades en los referentes y creencias profundas del ser humano para llevarlo a nuevos lugares donde todo está por descubrir y los inciertos son parte del nuevo normal de su entorno.

Cuando tengas el rol de evaluador o evaluado, recuerda que ambos son parte de un proceso donde cada uno desde su perspectiva suma para reconocer y superar fronteras; el evaluado procurando una postura incómoda frente a su saber previo proponiendo apuestas que retan aquello que el entorno reconoce y aprueba, y el evaluador, dejando que su experiencia y conocimiento allane las reflexiones de su evaluado, para construir nuevas perspectivas que lleven a nuevos lugares comunes las expectativas de aquel que evalúa, que no es otra cosa, que abrir a la persona un horizonte de posibilidades y no de probabilidades

El Editor.

domingo, 7 de abril de 2024

¿Ver para creer o Creer para ver?

Se habla con frecuencia del refrán “Ver para creer”, el hombre requiere de certezas para poder creer, para evidenciar que las cosas pasan. Sin embargo, muchas veces nuestros sentidos nos juegan una mala pasada, vemos aquello que queremos ver y no lo que realmente ocurre. Así las cosas, no necesariamente lo que “vemos” corresponde a la “realidad”, una realidad que se construye desde la experiencia compartida de los integrantes de una sociedad, que con toda seguridad algunos comparten y otros no. 

En este contexto, los científicos tratan de sugerir a través de consensos de los investigadores que las cosas son de una manera u otra, no obstante puede haber voces disonantes que han logrado demostrar elementos distintos a las reflexiones generales o acuerdos académicos efectuados. En este sentido la frase “ver para creer” no siempre responde a lo que esperamos y por lo general, puede terminar en “autoengaños” que nos lleven a “creer” en aquello que sólo podemos evidenciar en la lectura de lo que “vemos” y que muchas veces no se contrasta con esos que ven cosas distintas y retan nuestro saber previo.

La frase al contrario, “Creer para ver”, es una oportunidad que encuentra su motivación y transformación en el interior de cada persona, es un ejercicio de reflexión interior que está dispuesto a “ver lo que cree” para trabajar por aquello que se quiere y desde allí, saber que el mundo será distinto y podrá darle forma a sus sueños. “Creer para ver”, es abrir camino en medio de lo que “aparentemente no se ve” para establecer nuevos parámetros de la realidad y crear propuestas que se salen de aquello que estamos acostumbrados a ver. Esto es, motivar un desequilibrio óptimo donde la inestabilidad y la estabilidad encuentran su equilibrio dinámico para mantener en movimiento el reto de hacer cosas distintas.

Pensar distinto implica “creer” que es posible cambiar la realidad acordada y “ver” que es viable hacer un cambio que renueve lo que se tiene como status quo. Los que están dispuestos en “Creer para ver” saben caminar en medio de las piedras, las contradicciones y los abrojos, pues saben que concretar algo diferente, requiere la capacidad de recibir críticas (algunas veces destructivas), capitalizar el disenso, mantener estabilidad emocional, cambiar y actualizar posiciones, y sobremanera, desconectar y volver a conectar las ideas para darle forma a aquello que tiene la potencialidad de renovar la “realidad”.

Si el “ver para creer”, puede tener un significado teológico relevante, como se observa en el pasaje de San Juan 20, 19-31, cuando Jesús le dice a Tomás “«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente» (…) Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto»”, el mundo de hoy no sólo demanda evidencias concretas sobre los avances necesarios para darle forma a los retos, sino personas que están dispuestas a “creer sin haber visto”, aquellas que se reconocen como tesoros sagrados de la divinidad, que están dispuestos a salir de su zona cómoda, hacerse otros distintos y hacer que las cosas pasen.

Cuando podemos distinguir los espejismos del mundo que deslumbran y sólo muestran el camino fácil para lograr las cosas, habrá que revisar e indagar lo que hay detrás de esa propuesta, pues como versa la sabiduría popular, “nada que valga la pena termina siendo fácil”. El reto es trabajar de forma inteligente en aquello que queremos transformar, no sólo desde el conocimiento que podemos aportar y construir de forma individual, sino con el apoyo de aliados estratégicos, la sabiduría divina y la pasión interior, que nos lleve desde estamos hoy a donde queremos estar en el futuro.

Recuerde como afirmaba Carl Sagan: “La ausencia de evidencia, no es evidencia de ausencia”.

El Editor


domingo, 17 de marzo de 2024

Mudar la "piel del éxito"

Ningún cambio en la vida está exento de riesgos, de retos y de transformaciones que desafían lo que sabemos. Sin embargo, sin esos cambios no es viable avanzar en el nuevo camino que se abre ante nuestros ojos. Sólo la persona que aprender puede cambiar. Aquel que dice que terminó de aprender, empieza a “morir”, empieza a deteriorarse, a extinguirse en vida. Todo lo que hemos aprendido es un tesoro que nos ayuda a avanzar, pero igualmente puede ser una carga, para poder evolucionar cuando no se actualiza o reta.

Es importante tener momentos de paz y tranquilidad que restauren las fuerzas y renueven la voluntad, pero no acostumbrarnos a la quietud y a la inercia, pues podemos exponernos a una zona de invariabilidad que lo único que hace es debilitar nuestra fuerza y poder interior, donde yace la semilla permanente de transformación y ruptura que sabe que hay un potencial siempre disponible para avanzar más allá de lo somos hoy. El futuro vive en cada uno de nosotros, está en cada uno corresponder con esa promesa de vida que hemos recibido

Avanzar en la vida es una decisión individual que demuestra nuestra valentía y compromiso con nuestros anhelos y sueños, con el reto permanente de transformarnos a nosotros mismos en otros distintos, de encontrar en los otros una oportunidad para trascender desde nuestro ejemplo y nuestra propia historia. Somos sembradores de la vida, semilla de esperanza y poder transformador disponible para todo aquel que quiere ir más allá de lo que ha aprendido, que está decidido a abandonar las zona de los elogios y reconocimientos alcanzados, para mudar la “piel del éxito” y abrir nuevos caminos para reinventarse a sí mismo.

Alcanzar la maestría en una disciplina o arte implica muchas horas de trabajo, esfuerzo, técnica y perseverancia, que si bien muestra la capacidad y dominio de sí mismo, superar la sensación de logro y éxito al alcanzar el potencial esperado, es un proceso que implica ceder el espacio de la cima a otro, esto es, convertirse en un maestro, que usando su propia sabiduría y visión, pueda mostrar alternativas y rutas a todos aquellos que quieren alcanzar su propio potencial. Un maestro realmente comprometido con sus discípulos, no enseña aquello que ellos ya aprendieron, te ayuda a hacerte mejores preguntas para que descubras el camino que te llevará a superar tu propio ego y revelar el camino de la humildad.

El cambio en la vida surge de mantener preguntas sin contestar, sueños sin cumplir y expectativas sin superar. Todo esto permite al hombre mantenerse en una postura de aventura y apertura para encontrar nuevas alternativas para desaprender, para despojarse (y renovar) lo que ha aprendido y revelar la ruta de la sabiduría. 

Una ruta que se alcanza al tomar distancia de sí mismo y verse en perspectiva de su propia vida, agradeciendo a la divinidad la oportunidad de vivir intensamente cada momento y sobremanera tener la bendición de mantener una vida con propósito, una vida que se define y entrega para sembrar, sabiendo que el sembrador no verá ni recogerá los frutos, que sólo lo hace por el placer de haber sembrado bien y así cumplir su propia misión: darse a sí mismo por los otros.

El Editor

domingo, 10 de marzo de 2024

Expertos y exploradores

Avanzar y descubrir nuevas oportunidades y condiciones para crear y proponer demanda un cambio de perspectiva, un cambio de paradigma y de pensamiento, salir de la ortodoxia y mostrarse muchas veces atrevido frente a lo establecido. En ese sentido, debemos combinar una mente de “experto” que conoce y describe con claridad los caminos sobre un escenario (basado en su experiencia y repetidos “logros”), con una de “explorador” que muestra respeto por los datos e irreverencia con el “conocimiento” (Bouquet et al., 2021, p.183)

Con el paso de los años la experiencia, eso que nos queda luego de haber intentado y obtener resultados que no se ajustaban con lo que esperábamos, nos permite contar un bagaje de particular arrojo y valentía para atravesar situaciones y establecer patrones que pueden servir como parámetros para situaciones posteriores, sin ser recomendación para hacerlo nuevamente futuro. Esa experiencia habilita al ser humano a tener confianza y al tiempo cautela para tomar decisiones y establecer algunas acciones que permitan capitalizar el conocimiento adquirido y fortalecer la capacidad de reflexión que resulta del interés para explorar el presente.

La experiencia con el tiempo se transforma y se sitúa en el ser humano como “expertise”, como esa capacidad de probar y experimentar para recabar datos y conocimiento que lleva a una persona de un punto del saber a uno nuevo y enriquecido, que construye desde su propia acción y exposición real. Cuando se confía mucho en la experiencia y nos negamos la oportunidad de sorprendernos, ese “expertise” deja de ser una “virtud” y se transforma en una limitación. La experiencia es sabia y prudente, sin embargo, en un mundo cambiante que nos reta con sus propuestas novedosas, requiere una dosis de aventura y transformación que permita nuevamente enriquecer lo aprendido o en el mejor de los casos retarlo.

De esta forma, la mentalidad de “explorador” aparece como una oportunidad de indagar, inspeccionar y descubrir aquello que se advierte en la realidad. Es mudar los ojos que ven lo conocido y dejarse sorprender por incongruencias, anomalías y señales débiles, para revelar matices escondidos en la dinámica del entorno, que sugieren formas distintas de reconocer el mundo y entenderlo. Un explorador recolecta y concreta la información disponible del entorno actual y detecta patrones emergentes, con el fin de establecer nuevas oportunidades para probar y analizar. Es un viajero, que encuentra en el paisaje su mejor lectura y en el terreno los datos que confronta y desafía frente a aquello que conoce o a lo mejor desconoce.

El explorador pacta con el incierto y establece conversaciones abiertas y retadoras con su saber previo, para desinstalarse de su propia experiencia y desde allí observar y divisar cómo lo “desconocido”, “incierto” e “inestable” cobra un nuevo sentido para construir y establecer nuevos referentes de la realidad, que lleven a entendimiento distinto o novedoso que transforme y renueve su saber previo. Un explorar tiene un plan para el camino, que si bien le sirve de guía, no es una camisa de fuerza que lo obliga a seguirlo de principio a fin. Es un plano en construcción y actualización permanente, que habilita una mente flexible para tomar acción y encontrarse con aquello que no tenía previsto alcanzar.

En consecuencia, en el caminar de la vida, debemos capitalizar todo el tiempo nuestra experiencia, sin perder nuestra postura permanente de exploradores. Son dos lecturas de una misma moneda que nos permiten mantener una lectura de la realidad situada y documentada desde aquello que hemos vivido o visto antes, así como una postura vigilante y de aventura que nos invita a caminar y recorrer lo inesperado de un territorio, para desde allí dejarnos interrogar en nuestro saber previo y lanzarnos a descubrir y construir nuevos lugares comunes que nos lleven al siguiente nivel de nuestra evolución.

El Editor

Referencia

Bouquet, C., Barsoux, J. L. & Wade, M. (2021). A.L.I.E.N Thinking. The unconventional path to breakthrough ideas. New York, USA: Public Affairs Hachette Book Group, Inc. 


domingo, 3 de marzo de 2024

Anticipar el futuro para retar el presente

El futuro no se puede predecir, no obstante lo anterior, si es viable advertir diferentes futuros posibles y por tanto, movilizar toda nuestra atención y acción para concretar y motivar alguno de ellos desde el presente. En este sentido, es necesario anticipar el futuro retando el presente, para lo cual es necesario actuar en consecuencia y no esperar que lo que viene nos sorprenda y desestabilice de formas inesperadas aquello que hemos visualizado y planeado previamente.

En este ejercicio es necesario, en primer lugar revelar el futuro implica al menos dos momentos: anticipar las amenazas y visualizar los riesgos. Anticipar las amenazas implica producir alertas tempranas, y analizar posibilidades mediante la detección de señales débiles, patrones y tendencias que permitan visualizar los cambios en el territorio que vamos a examinar. Es caminar en las memorias del futuro, como un navegante que toma nota de las condiciones de la ruta que ha trazado sin perjuicio de los inciertos naturales que se pueden presentar.

Visualizar los riesgos demanda proponer visiones retadoras y novedosas para explorar nuevos vectores de inciertos, los cuales deben ser analizados para motivar con tiempo las acciones y estrategias de mitigación y de disminución de impacto que se puedan considerar frente a estas situaciones adversas. Cuando se concretan estos dos momentos, se cae el velo del futuro y se abre la oportunidad de distinguir mejor las oportunidades y los retos que se van a asumir para transformar el presente.

En segundo lugar, tenemos desafiar el presente que está compuesto por otros dos instantes: descubrir lo inédito y materializar eventos. Descubrir lo inédito requiere explorar situaciones hipotéticas, y estudiar estrategias inesperadas que no se hayan visto a la fecha. Es un ejercicio para plantear posibilidades y apuestas sobre que se ha revelado en el futuro como un plano incompleto e imperfecto de lo que puede ocurrir con el fin de divisar aquello que se puede lograr y describir algunas pistar de cómo alcanzarlo.

Materializar eventos demanda simular escenarios inéditos e inciertos a través de prototipos, artefactos o pruebas para validar nuevas realidades y concretar nuevos desafíos. Es un entrenamiento previo y situado de los escenarios que plantea lo inédito, donde estamos dispuestos a desafiar lo que hemos aprendido, retar lo que sabemos y darnos la oportunidad de encontrar nuevas formas de hacer las cosas.

La combinación de revelar el futuro y desafiar el presente, establece una exigencia personal para reconocer que sólo podemos movernos hacia adelante si estamos dispuestos a salir de lo que conocemos, si estamos comprometidos con la expansión de nuestros horizontes y sobremanera, si queremos transformar lo somos hoy y abrirnos a las oportunidades que se advierten hacia adelante. En este proceso, no sólo debemos confiar en nuestras fuerzas y conocimientos, sino ser dóciles a la voluntad divina que como guía permanente nos provee de aquello que necesitamos para alcanzar el potencial que tenemos y la vida plena a la cual estamos llamados.

El Editor