sábado, 2 de septiembre de 2017

Visión holística

La incertidumbre es una oportunidad para desarrollar una vista holística de la vida. Ver la vida de manera holística, es comprender al mismo tiempo a los individuos y simultáneamente a las partes (Leblanc, 2016). Es un ejercicio por integrar aquellos elementos del entorno que cuestionan y superan los saberes previos de los participantes, con las tendencias más relevantes que se advierten en el horizonte.

Ver la vida de manera holística, significa danzar con los retos del entorno, reconocer los movimientos laterales e inesperados de los participantes del ambiente, y sobremanera es integrar las habilidades y percepciones individuales con las lecturas extendidas de todos los copartícipes de un equipo de trabajo. Un esfuerzo que exige ver desde las diferencias, circunstancias inéditas para concretar apuestas diferenciadoras que crean nuevas distinciones.

Tener una visión holística de la vida, es reconocer cada momento de la existencia como un continuo de lecciones aprendidas, como un conjunto de desafíos de la práctica, donde el error se habilita como facilitador del aprendizaje. Lo holístico no entiende el entorno como una lectura de causa-efecto, sino como una relación circular que crece como espiral de conocimiento adquirido: un ejercicio de reinvención permanente que supera la postura tradicional de quien observa el mundo desde una vista particular.

Cuando podemos ver la vida desde la plataforma de lo holístico desaparecen los límites de una vista única, se habilita la comprensión superior de la realidad, esto es, se desconectan las lecturas previas de lo conocido, se descomponen las relaciones que las nutren para indagar en los supuestos que la conforman, para luego integrar posturas diferentes, incluso contradictorias, para darle forma a una nueva ganancia teórica que no solo amplía el horizonte, sino que dispone el escenario para un nuevo acontecer.

Lo holístico exige una comprensión del tejido social que construye la complejidad misma de las relaciones del todo. Es un proceso de fusión entre mis supuestos y posturas de lo que soy, con las apuestas distintas de todos aquellos que configuran la malla de saberes acumulados. Ver la vida desde la perspectiva holística nos pone fuera de la zona cómoda, para observar patrones o tendencias que emergen de la dinámica de las relaciones que exhiben los objetos, los procesos, las regulaciones y las personas.

Ver la vida desde lo holístico, es asumir nuestra responsabilidad como miembros de la junta directiva de nuestra existencia, un cuerpo colegiado que asistido de la divinidad, experto en la dinámica de lo incierto, es capaz de construir y desarrollar capacidades particulares en los individuos para reconocer el entorno y sus relaciones conocidas, así como navegar y superar turbulencias y mares inestables y contradictorios, donde siempre es posible ver oportunidades y retos, más que limitaciones y problemas.

Cuando observamos, comprendemos y deconstruimos la vida desde lo holístico, las habilidades y saberes se vuelven complementarios, el conocimiento se transforma en una herramienta para innovar y la práctica cotidiana una oportunidad para aprender, o mejor aún, para desaprender.

El Editor

Referencia

Leblanc, R. (2016) The handbook of board governance.  A comprehensive guide for public, private an not-for-profit board members.  Hoboken, New Jersey, USA: John Wiley & Sons.

domingo, 27 de agosto de 2017

El itinerario del aprendiz

En la vida debemos construir todo el tiempo el itinerario del aprendiz, ese que elabora un plan de aprendizaje permanente, donde cada situación advierte una forma de sorprendernos para cuestionar nuestro saber previo y así encontrar nuevas razones para suspender la realidad, reconocernos a nosotros mismos y a los demás.

El aprendiz de la vida permanece atento y vigilante en todo momento para capitalizar aprendizajes, los cuales necesariamente llevan un proceso de desintoxicación de conocimiento previo, cargado de prejuicios y juicios de valor, para crear una nueva ruta de conocimiento personal que nos lleve a educar nuestras emociones, pasiones y talentos en función del reto trascendente que cada uno de tiene desde su nacimiento.

El aprendiz de la vida encara el presente con determinación, incorpora las lecciones aprendidas del pasado y plantea los retos de su visión de futuro. En este ejercicio de tres movimientos, está asistido por una habilidad central, que desconecta al aprendiz de sus propias limitaciones y lo incorpora al contexto del ser. Dicha habilidad es “darse cuenta de quién es”, una práctica que lo lleva a tomar distancia de la realidad, para decodificar los mensajes de su entorno y darles formas en el escenario de su propia conexión divina que atraviesa su historia humana.

El aprendiz de la vida, sabe que cada persona tiene una lección para dar, una experiencia enriquecida que está dispuesta para nutrir la suya. Es un ejercicio de apertura personal hacia la vivencia del otro, un enlace invisible que cuestiona el monopolio de nuestros propios conocimientos y saberes, para dejarnos alimentar de los retos y aventuras de un ser humano, es decir, de aquella impronta mágica del talento que tiene su lugar en el mundo.

El aprendiz de la vida, sabe que todo lo que hemos aprendido y conocemos es siempre temporal, parcial y susceptible de ser mejorado o cambiado.  Mientras nuestro itinerario de aprendizaje y suspensión de la realidad nos permita crear un entorno para cambiar las miradas sobre los objetos, las personas y las reflexiones, estaremos transitando los linderos de una educación que libera y no coloniza, donde la ignorancia no es un mal indeseable, sino la puerta donde inicia la sabiduría del error, la oportunidad de cruzar el umbral de lo desconocido.

El aprendiz de la vida sabe que debe reinventarse cada día, que debe explorar nuevos horizontes en cada momento, pues de no hacerlo su habilidad para aprender se debilitará y lo llevará a estados de inactividad e inercia donde “cuando nada pasa” es cuando “todo pasa”.  En este sentido el aprendiz deberá abrirse para ser persuadido por los conceptos y verdades inestables actuales para desconectar los aspectos conocidos de la realidad, integrarlo con las discontinuidades y contradicciones identificadas en el entorno, y volver a reconstruirlos para contar con un vista enriquecida y renovada sobre un lienzo preparado, donde el tiempo no transcurre y el presente es siempre un continuo.

El aprendiz de la vida se educa para la tolerancia, para el buen combate, para resistir ante la adversidad, para reconstruirse a sí mismo y para encontrarse con sus propias sombras. Ser un aprendiz de la vida significa recorrer una espiral ascendente de ciclos virtuosos y valiosos de conocimiento de sí mismo, de transformaciones permanentes que construyen un tejido de significados personales y sociales, un entrenamiento exigente y apasionado, que como anota Chamalú (2016, p.122), “nos convierte en humanos todo terreno, en habitantes del cielo y de la tierra”.

El Editor

Referencia

Chamalú (2016) Inteligencia existencial. Filosofía práctica para transformar la vida. Bogotá, Colombia: Intermedio Editores S.A.

sábado, 19 de agosto de 2017

Misión y profesión

Son muchas las voces del mundo que hablan de éxito, de logros y de vida plena desde las inestabilidades de una realidad construida sobre los linderos de la apariencia, y los reflectores de la vanidad y la política. Estas voces, amplificadas por los medios de comunicación y confirmada con la invasión de imágenes televisivas, crean arquetipos de personas que sólo son una ilusión, un imaginario que sólo vive en esa pieza de mercadeo.

Una vida creada sobre la ilusión del éxito propuesto por el mundo termina en sufrimiento, rigidez, desequilibrio, fanatismo y sobremanera desilusión. Encontrar la vida verdadera, esa que se esconde en la realidad cotidiana, que se conecta con el descubrimiento de la misión particular de cada persona, es la que permite concretar el reconocimiento de las propias virtudes y retos, como una forma de salir al encuentro de lo desconocido.

La vida es un viaje a través de mar abierto con algunos puertos intermedios, donde es posible renovar las fuerzas, reparar la embarcación, comprar provisiones y zarpar nuevamente para perseguir la misión que hemos venido a concretar y desarrollar. Estar en misión te devuelve el poder de gobernarte y transformar tu entorno, es la forma de enfocar tu energía y hacer fluir la fuerza del universo sobre tu propia realidad.

El mal llamado éxito del mundo actual, basado en “visibilidad, medios y vida de lujos” dista del verdadero valor que esconde “estar vivos”, que como afirma Chamalú (2016, p.67), “significa habitar totalmente presente, fortalecerse con las adversidades, danzar con los problemas, poseer las riendas de tu vida en tus manos, enfrentar la hoguera de la incomprensión y convertirse en un felino cuando corresponde”.

Ser exitoso significa “despertar a la vida”, re-encontrar la conexión que tenemos con la divinidad al nacer, esa movilidad entre lo divino y lo humano que te hace un ser especial, único e irrepetible. Es “estar disponible a todo, con la mente abierta y el corazón fértil, es domar tempestades, es llevar el aprendizaje hasta las últimas consecuencias” (Chamalú, 2016), es dejarnos sorprender por cada día para agradecer el nuevo lienzo que la unción fresca de lo alto nos regala.

La plenitud de la vida no se alcanza con el aire que respiramos a diario, sino rompiendo la dinámica de un sueño creado por las “fuerzas de mercado dominantes”, lanzándonos a descubrir que hay más allá de los límites que nos imponemos, creando las habilidades y oportunidades para cruzar la línea que nos separa del potencial que tenemos y al que debemos llegar.

El éxito no se trata de “sobrevivir” y adaptarse para mimetizarse en medio de las tendencias del mundo actual, se trata de “vivir”, de reinventarnos cada momento, recuperar la sensibilidad de la espiritualidad humana, fundir nuestra humanidad con la divinidad y nunca perder la capacidad de soñar. “Vivir” significa mantenernos en unicidad entre nuestra misión y la profesión, sin distraernos por “el hacer” y “el tener”, para descifrar, como anota Chamalú (2016), “el propósito superior que nos nutre y orienta y comprender que no hay tiempo que perder”.

El Editor

Referencia
Chamalú (2016) Inteligencia existencial. Filosofía práctica para transformar la vida. Bogotá, Colombia: Intermedio Editores S.A.

sábado, 12 de agosto de 2017

Empresa: Escenario educativo

La literatura en temas de gestión y administración ha venido recabando desde hace mucho tiempo sobre el tema de las organizaciones que aprenden, sobre la necesidad de transformación permanente de las empresas, para asumir el reto de la incertidumbre y poder navegar en medio de un mar de oportunidades y desafíos no sólo para sobrevivir, sino permanecer en el largo plazo y cambiar las mismas condiciones del entorno, o dicho de otra forma, poner ella sus propias reglas.

Una organización que aprende, como afirma Gore (2015), requiere que esté integrada por individuos que aprenden. Esto es, que la empresa se convierta en un nuevo escenario educativo donde la “organización enseña”, donde los retos del currículo tradicional se revisen desde las contradicciones, inestabilidades y rarezas del entorno; donde el ejercicio pedagógico no solo oriente un proceso de aprendizaje, sino que recabe en una oportunidad para “equivocarse” y descubrir nuevas opciones; donde la didáctica no sólo ilustre cómo hacer las cosas de acuerdo con un estándar, sino que permita desarrollar formas alternas para aprender.

Una organización que aprende, hace consciente las constantes oportunidades que cada situación laboral ofrece para “sorprenderse” y explorar propuestas que posiblemente lleve a cuestionar los saberes previos de los colaboradores. Motivar vistas distintas de realidades naturales de la empresa, implica “calzarse los zapatos de otros” y poder comprender la dinámica de su labor, ahora desde un escenario que posiblemente le resulte intrigante o interesante según lo asuma la persona.

Una organización que aprende, encuentra en el “error” una oportunidad para revelar aspectos de la realidad que no podían ver, situaciones ambiguas o inéditas que posiblemente si ese resultado obtenido no se hubiese dado, no se hubiesen advertido. El “error” lleva en sí mismo un valor pedagógico que habilita al colaborador a recabar en su conocimiento previo, para establecer y construir una forma alterna de hacer las cosas. En términos cibernéticos, aumenta la variedad o capacidad de “ver” y “darse cuenta” que es posible concretar nuevos aprendizajes como profesional y como parte de un sistema más grande como es la empresa.

Una organización que aprende, entiende la evaluación no como un ejercicio para clasificar desempeños de personas y segregar su personal, entre aquellos que logran los resultados y los que no. Una organización que aprende, entiende la valoración del desempeño como el umbral de reto y mejora que cada persona tiene para alcanzar su potencial, una forma de asumir el desarrollo de sus colaboradores desde la realidad del aprendizaje, es decir, desde la oportunidad para “crear y desafiar” lo conocido y tener la oportunidad de probar y simular.

Una organización que aprende, entiende que el aprendizaje es una inversión y está dispuesta a crear los espacios para que este ocurra. Una inversión que no es de retorno inmediato, sino de siembra a largo plazo, donde las personas conectan sus intereses con los de la empresa, para darle vida a escenario impensables que anticipan riesgos y oportunidades que desde ya se abren para ambos: una declaración intencional y abierta donde las personas hacen parte fundamental de la vida organizacional y la organización es el aliado natural de la persona para “saber más y ser más”.

El Editor

Referencia

Gore, E. (2015) La educación en la empresa. Aprendiendo en contextos organizativos. Buenos Aires, Argentina: Editorial Gránica.

sábado, 5 de agosto de 2017

Buscar respuestas

Cuando el ser humano busca respuestas a los grandes interrogantes del mundo; busca respuestas en el exterior, en las búsquedas bibliográficas, en las experiencias de otros, entre otras fuentes, con el fin de apropiarse del medio donde se encuentra y ver cosas diferentes a lo que su marco vigente de saber le indica.

Buscar respuestas exige del hombre sumergirse en la realidad de su conocimiento limitado del mundo, en las contradicciones que tiene, en las respuestas parciales que ha podido construir y sobre manera, en una experiencia de humildad personal, que le implica reconocerse como un ser en construcción permanente, que cuyas lecturas del mundo son inconclusas y por lo tanto, siempre abiertas a continuar explorando alternativas antes inexistentes.

Buscar respuestas a los interrogantes del mundo, demanda desconectar lo que hemos aprendido, liberar nuestros conceptos particulares de las interpretaciones que aceptamos como ciertas, para darle paso a nuevas opciones propuestas desde otras realidades, para crear tensiones creativas que movilicen, actualicen y renueven las perspectivas que utilizamos para apropiarnos del mundo y sus retos.

No podemos dar respuesta a los interrogantes del mundo, si pensamos que las “sabemos”, que hemos llegado a la concreción de una idea formal; pues en ese punto y hora, habrá que descubrir el complemento de aquellas, para saber que estamos viendo el mundo desde perspectivas que nos ubican en un punto ciego, donde muchas veces no logramos trascender la experiencia previa que tenemos sobre un evento, concepto o situación particular.

En esa búsqueda de respuestas del hombre, es necesario experimentar la desorientación, la inestabilidad y la contradicción, pues allí es donde surge la posibilidad de una oportunidad, una lectura inesperada e inexistente que permite contrainterrogar al mundo frente a sus estándares y descubrir un espacio en blanco donde escribir una realidad inédita que revela una apuesta que complementa las lecturas previas de otros.

Dar respuesta a los interrogantes de la vida, implica reconocernos parados sobre hombros de gigantes, sobre experiencias vividas y al mismo tiempo en horizontes nuevos, que en perspectiva de sospecha, nos permiten siempre capitalizar lo aprendido, cuestionar lo conocido y abrirnos de forma confiada y decidida a lo incierto, donde es posible reinterpretar lo vital y cotidiano en clave de innovación.

Todas las respuestas que podamos construir desde nuestra apuesta actual sobre la vida que vivimos y aquellas que se puedan concretar desde la vista de un futuro próximo, estarán siempre bajo la observación del presente, como un testigo formal del ahora donde estamos y existimos. Un ejercicio de concentración y convergencia de la mente, que si bien divaga y navega por las posibilidades, debe coincidir y converger en acciones específicas que movilizan y logran objetivos.

Responder el llamado de los inciertos e inestabilidades de la vida, es entrar en la presencia mutua de cada ser humano consigo mismo y la divinidad, un instante de silencio, sin tiempo, ni espacio, donde solamente existe un continuo de aprendizaje; una continua acción de gracias mientras se recorren los senderos de la existencia llenos de retos, desafíos y sorpresas, donde sólo hay “mejores preguntas”.


El Editor

lunes, 31 de julio de 2017

Perspectivas distintas

Cuando observamos un objeto y conceptuamos sobre éste, estamos hablando de nosotros mismos, de nuestros propios marcos y entendimientos del mundo que cada uno fabrica en la cámara secreta de los supuestos particulares. Esa lectura particular del objeto, es una de las múltiples que pueden haber para tratar de darle forma al “conocer” de una realidad específica. Por tanto, es posible advertir que habrá una mejor reconstrucción de la condición del objeto, cuando otros pueden ver elementos distintos que desde nuestra perspectiva no podemos apreciar.

En este sentido, en palabras de Soler y Canangla (2014), “desde el aire podemos ver las cosas con más perspectiva. El mapa del territorio es más claro y con lo cual es posible visualizar caminos que desde el suelo pensábamos que no existían”. Ver las cosas desde diferentes perspectivas nos permite tener una visión enriquecida de lo conocemos y hacemos. Podemos dejarnos sorprender por la novedad de una postura o sencillamente tratar de acomodar aquello que se dice en nuestros propios modelos, situación que de antemano sugiere un quedarnos atrapados en el status quo que nos negamos a dejar.

Permitirnos ver las cosas desde otros puntos de vista demanda soltar las amarras de nuestro barco mental y espiritual, para navegar en aguas profundas, inciertas y misteriosas, que se abren ante nuestros propios marcos de comprensión, para interrogar nuestros saberes previos y motivar una madurez intelectual que aprecie y valore cada cosa desde la tranquilidad de ser uno mismo, sin quedar atrapados por los temas y cosas en sí mismas.

Encontrar y motivar puntos de vista distintos a los nuestros no es un ejercicio fácil de concretar, pues es natural que cada persona defienda su propio punto de vista e intereses particulares, cada vez que existe la oportunidad de real de concretar una distinción que implique suma de voluntades y no lucha de egos. Los protagonismos, luces y reconocimientos, salen al paso para indicar que hay terrenos comprometidos por nuestro propio ego que se niegan a ver una oportunidad, donde este solo ve amenazas.

El reto de conocer y descubrir posturas distintas a la individual demanda dejar de controlar y juzgar, y más bien encontrar donde podemos fluir y dejarnos llevar por una lectura fresca y nueva que enriquece nuestro propio conocimiento y nutre una lectura de construcción conjunta donde no existe un ganador específico. Una exigencia que demanda que se encuentren en las diferencias, opciones novedosas que motivan acciones que hacen de la vida una paleta multicolor donde podemos todo el tiempo “conectar y desconectar los puntos”.

Tener, reconocer y motivar perspectivas distintas de situaciones particulares, plantea la construcción de caminos inusuales, los cuales generalmente “están llenos de aventuras, exploración de nuevos territorios, luchas contra enemigos o dragones ocultos, enfrentar retos, superar pruebas, solucionar acertijos, demostrar valor y entereza, y sobre manera perseverancia” (Soler y Canagla, 2014 ,p.93); un ejercicio que insiste en comprender que las barreras existentes no son las externas, sino las internas. Una declaración que nos prepara mental, emocional y espiritualmente para mantenernos aprendiendo y nunca retroceder frente a la sensación del fracaso.

El Editor

Referencia

Soler, J. y Conangla, M. (2014) Las veinte perlas de la sabiduría. Hacernos sabios antes de envejecer. Barcelona, España: Lectio Ediciones

sábado, 22 de julio de 2017

Entre lo conocido y lo desconocido

Estamos viendo cambios acelerados del mundo, situaciones novedosas en ciencia y tecnología que nos advierten sobre una nueva faceta de la dinámica humana posiblemente con máquinas o robots en el mediano plazo. Los hombres con su entendimiento y sapiencia han logrado simular situaciones de la naturaleza, dinámicas y partes del cuerpo y construir escenarios virtuales de interacción como internet.

Estos logros elaborados desde su capacidad para dejarse sorprender por la novedad, por lo desconocido y lo inesperado, establecen un marco general de acción que cada uno de los seres humanos debe explotar, con el fin de movilizar sus talentos y acciones para crear mayores posibilidades y propuestas sobre múltiples formas de comprender el mundo.

El hombre que no se deja sorprender por la dinámica de lo incierto y la generosidad de lo ambiguo, está atrapado en su propia burbuja del conocimiento, pensando que con lo que sabe es posible descubrir todo lo que el entorno ofrece. El hombre que se abre a lo poco conocido y explora en terrenos inestables, está trazando nuevos horizontes en su mente y en su corazón para revelar aspectos de la realidad antes desconocidos y que habiliten nuevos entendimientos de aquello que es conocido.

La diferencia entre lo conocido y lo desconocido, no es lo que en sí mismo encierran las dos palabras, sino el espacio de encuentro que se tiene entre los dos mundos: una lista de realidades sabidas preparada para ser desconectadas y un conjunto de situaciones inadvertidas, perfectamente inciertas dispuestas para integrarse al escenario desconectado. En este sentido, la diferencia se vuelve coincidencia, una lectura extendida de la realidad que se desconecta y se reensambla para leerla con unos lentes nuevos.

Cuando el hombre se enfrenta a situaciones o enemigos inciertos, desde la postura de los conocimientos conocidos y ciertos, se crean dos escenarios complementarios: la angustia de no saber y tener que responder, y la oportunidad de no saber, y poder proponer. Cualquiera sea la situación a la que el individuo se enfrente deberá saber que, es desde su visión ante la vida como podrá superar sus propios miedos y temores, para lograr proponer alternativas que den cuenta de su compromiso para crear una mejor versión de sí mismo.

En el mundo actual, las incertidumbres son el nuevo normal al que el hombre moderno se enfrenta, una necesidad de superávit de futuro que consume las energías humanas, sin mediar palabra o análisis sobre lo que ocurre en la realidad. Estar atentos y percibir los cambios del entorno, no debe suponer una postura de angustia o desespero del hombre, sino una lectura sosegada de los signos y señales que el exterior envía para poder descubrir revelaciones claves que reanimen los compromisos personales y los retos empresariales.

Cuando el mundo a diario ofrece nuevas oportunidades para reconectar nuestros retos y ampliar el espectro de nuestros sueños, tenemos el deber de salir al encuentro de la desarticulación de nuestras propias verdades, asumir el proceso de derribar nuestros límites autoimpuestos y superar el dolor y la incomodidad que supone esta acción. 

De esta forma estaremos más cerca de encontrar el tan esquivo elixir de la juventud, ese que no está en el mundo exterior (el del hacer), sino en el mundo interior (el del ser), donde no existe tiempo ni espacio, solo un eterno ahora donde somos uno con el universo.

El Editor