lunes, 6 de abril de 2026

Orar: un camino de encuentro con tu Creador

Terminados los días de reflexión el hombre vuelve a su dinámica tradicional. Con toda seguridad si hubo momento de oración serás un hombre nuevo. Cuando el ser humano ora (ese que habla), busca esa conexión interior con su centro sagrado (cualquiera que este sea la imagen de DIOS en tu vida), la vida cambia y se transforma. Encontrar los momentos para explorar esa realidad que no se ve, pero que nos irradia en lo que hacemos, implica evolucionar nuestra relación con aquello que trasciende y nos lleva a encontrarnos con los otros.

El sacerdote jesuita Mark Thibodeaux, SJ., en su libro “Armchair Mystic: How Contemplative Prayer Will Bring You Closer to God” (es español sería como: “El místico de sillón: Cómo la oración contemplativa te acercará a Dios”) (2019) nos ofrece un camino para profundizar en esa relación con DIOS, donde orar no es un acto o técnica mágica o sobrenatural, sino el cultivo de una amistad personal con el dueño de la vida, donde el reto no es la perfección, sino simplemente buscarlo a él y dejarnos encontrar por él.

En primer lugar necesitas establecer un ritmo y un ritual, esto es, un rincón tranquilo, un sitio cómodo donde puedas estar erguido y relajado. En segundo lugar, destina un tiempo fijo diariamente, selecciona el momento que más te venga mejor, puede ser en la mañana cuando te levantas. Luego, siéntate y respira profundamente varias veces sin que nada te perturbe, DIOS se manifiesta como una invitación a la quietud, con un deseo profundo de “estar” que persiste a pesar de posibles distracciones.

Luego de esta disposición de tiempo y lugar, se inicia con la primera etapa: - Hablar “hacia” DIOS -. Cuando no sabes cómo iniciar, inicia con alguna oración que conozcas de tu propia relación con el Creador, inicia con un diálogo que saluda y se encuentra con lo sagrado, saborea cada palabra, no es un acto de repetición, sino un encuentro en cada palabra. Sabrás que es DIOS y no solo tú, cuando una frase específica de la oración “resuene” de forma distinta, como si se iluminara o tocara una fibra sensible de tu corazón que no esperabas.

Cuando evoluciona la oración, pasamos a la etapa dos: - Hablar “con” DIOS - . En este momento, ya no son las oraciones naturales que usamos las que tienen el protagonismo, es ese encuentro con un amigo, que te escucha y no te censura, que está atento a revisar contigo tu propia realidad, que no se esconde ni se muda, sólo está dispuesto a estar plenamente contigo. Sabrás que DIOS está allí, pues al desahogarte, sentirás una paz repentina o un alivio físico después de decir lo que te ocurre, sin disfraces, ni palabras elaboradas. Sentirás su “presencia que escucha”, sin juzgar, sin cuestionar, dándote la oportunidad de ser tú mismo.

La siguiente etapa de la oración, etapa tres: - Escuchar “a” DIOS -. En este momento dejas que DIOS tome la iniciativa a través de sus palabras, de sus textos sagrados. Toma un pasaje del texto sagrado y léelo detenidamente, sitúate allí en medio de lo que lees, sumérgete en la escena, y piensa ¿qué personaje eres? ¿Qué sientes cuando tu maestro te mira? ¿Cómo actúas tú frente a ese encuentro con tu maestro? Dice el padre Thibodeaux (2019), según la enseñanza de San Ignacio de Loyola, que ahora es momento de revisar qué movimiento interior te trae este ejercicio: trae paz, esperanza y amor, incluso si nos desafía a cambiar, o por el contrario trae ansiedad, miedo o culpa destructiva. Si fue lo primero, es del buen espíritu y te conduce por la senda que DIOS quiere, sino es del mal espíritu, representado en tu ego y en tus apegos que se resisten frente a la apertura del maestro.

El último grado o etapa de la oración, la cuarta etapa: - Estar “con” DIOS -. Este es máximo grado de intimidad con DIOS, estar en silencio, simplemente disfrutando de la presencia mutua, como dos amigos que se sientan a ver el atardecer sin necesidad de hablar. Es saber que estamos al lado del maestro, mientras descansa y sólo lo acompañamos en todo para “servir y amar”. En este momento no hay palabras para distinguir, es el modo de fusión total donde los pensamientos se desvanecen y se hacen uno con la esencia de tu Creador. Sabrás que DIOS está allí por los frutos en tu vida: si después de orar eres más tolerante, generoso, más amoroso y servicial con los otros, DIOS te he transformado en “otro distinto” dispuesto a encontrarse con el que has decido hacerlo cercano.

¿Cuándo y cómo se sabe que hemos pasado de una etapa a otra? Sólo observa los frutos de tu oración: la voz de DIOS suele invitarte a una paz más profunda y a un mayor amor al prójimo, incluso si te saca de tu zona de confort, o tus propios pensamientos o el “mal espíritu” suelen traer ansiedad, orgullo (creerte “más santo” por cambiar de etapa) o una prisa innecesaria por “avanzar”. Por tanto, no te afanes y dejar que DIOS  trabaje, él sabe qué necesitas en cada momento.

Por tanto recuerda: que no “te gradúas” de una etapa a otra. La oración suele ser como un buceador que baja al fondo del mar (la quietud profunda) pero que a veces debe subir a la superficie (oración activa) por distracciones que se tienen en la dinámica de la vida.

El Editor.

Referencia

Thibodeaux, M. E. (2019). Armchair Mystic: How Contemplative Prayer Will Bring You Closer to God (Nueva ed.). Franciscan Media.


domingo, 29 de marzo de 2026

El desierto humano: una ruta de transformación

El desierto humano es un camino que desconstruye al hombre desde su realidad hacia su intimidad. Es una experiencia que exige desandar los pasos y reconocer en cada pisada esa ruta interior, esa búsqueda de identidad que marca el inicio y fin de toda vida humana. El desierto actual revela la experiencia humana de las tentaciones del mundo, esa prueba de integridad que exige una respuesta personal y la templanza de los que han decidido ser fiel a sus principios y valores. No es una respuesta cualquiera, sino la convicción de que es posible hacer del mundo un mejor lugar para vivir.

Vivir la experiencia del desierto, es declarar la vulnerabilidad por defecto que somos, y al  mismo tiempo, la capacidad de respuesta inmune que podemos desarrollar. Caminar en el desierto exige no sólo estrategia y búsqueda de nuevas oportunidades para desinstalarnos de los reconocimientos y las vanidades humanas, sino trazar una ruta de aprendizaje que sabe que durante el día, el abrazador sol lo marcará con su calor, mientras en la noche lo llevará a la zona fría y desoladora del descampado. El desierto decanta y acrisola la esencia del ser humano frente a sus limitaciones y lo abre al encuentro de una verdad mucho más grande que él: DIOS mismo (cualquiera sea la imagen que tengas de él).

El desierto pone a prueba la condición humana en su capacidad para sobrevivir y permanecer. Sobrevivir a las exigencias y cambios buscos de su entorno, que examinan las bases mismas de su espiritualidad y desafía la lógica del mundo que ha construido desde las certezas que este le ofrece. Permanecer, como sinónimo de aprender, desaprender y reaprender para explorar nuevas fronteras de su realidad, más allá de lo que conoce y sabe. Cuando el hombre abraza la incomodidad del “no saber”, se prepara para reconocer y navegar situaciones inesperadas que lo llevan al siguiente nivel de transformación; esa nueva versión de sí mismo que emerge cuando abandona las certezas y centra su confianza en aquello que no ve, pero experimenta y arde en su corazón.

El desierto en una ruta de discernimiento que confronta, como afirman los jesuitas, el buen espíritu y mal espíritu. El buen espíritu que genera paz interior, alegría y apertura a lo trascendente, y el mal espíritu que lleva a la intranquilidad, la tristeza y anclaje a lo terreno y pasajero. Cuando el hombre descubre eso que lo guía y lo cuestiona en su interior, ha iniciado su camino de construcción individual que lo reta y lo anima a encontrar el sentido de la vida, la vocación que le permite levantarse cada mañana, la impronta de la divinidad que lo impulsa a hacer el bien, a descubrir al otro y hacer la diferencia en cada cosa que hace. 

El desierto es la zona de renovación que el hombre cruza muchas veces en su vida para mudar lo viejo, liberarse de lo que no suma, desgasta y agrega equipaje innecesario para moverse más rápido y evolucionar. El desierto enseña a viajar ligero de equipaje, liviano de emociones y dispuesto a asumir el cambio como condición natural de hombre. El desierto enseña que debemos abandonar las certezas, crear escenarios posibles y mantener la fe contra toda esperanza. Es una ruta que da forma y define el carácter del ser humano, que no pone su confianza en sí mismo, sino en el dueño de la vida, en ese alfarero que nos talla y moldea con el amor de un padre, la emoción de una madre y la ilusión de un DIOS que nos quiere sanos, santos y sabios.

El Editor 


domingo, 8 de febrero de 2026

Felicidad y éxito: ¿Convergentes, divergentes o complementos?

Con frecuencia en diferentes conversaciones de profesionales se escuchan dos palabras que aparentemente pueden sonar equivalentes: felicidad y éxito. Dos palabras que de alguna forma se convierten en objetivos a perseguir en el desarrollo de la vida de una persona, algunas buscan felicidad, otras éxito y aquellas que buscan las dos. En este sentido, se presenta a continuación una breve reflexión para entender de qué se tratan y si en algún punto son conceptos que pueden converger en la dinámica de un ser humano en la sociedad moderna.

Una primera aproximación a la felicidad, está alrededor de sentirse bien, de vivir bien, ese camino que se recorre desde dentro de la persona, hacia su entorno. Desde el punto de vista filosófico es una forma de vida, un actuar conforme a la razón y la excelencia moral. Desde la vista psicológica hablamos de un bienestar subjetivo que busca un equilibrio entre la satisfacción vital y el afecto positivo, un ejercicio de salud mental y resiliencia. Desde el punto de vista humanista, la felicidad está en alcanzar el máximo potencial y encontrar un sentido trascendente a la existencia (Séneca, 2013; Csikszentmihalyi, 2008; Frankl, 2015).

Por otro lado, el éxito es un concepto multidimensional que le llega al hombre de afuera hacia adentro, como una construcción propia del entorno que no sólo lo reconoce sino que lo valida frente a variables relevantes de la tendencia del momento. Desde el punto de vista profesional, el éxito implica influir, innovar y dejar un legado en el área de trabajo, hacer la diferencia mostrando sus capacidades únicas y que son reconocidas por las estructuras de poder y control de la organización. Desde el punto de vista económico, se traduce como libertad financiera, una herramienta para comprar tiempo y seguridad. En la perspectiva social, como capital social que se define por su red de contactos (a quién conoces) y cómo lo percibe la comunidad. A nivel personal, es el sano equilibrio entre trabajo y descanso, ese que es capaz de gestionar el estrés, mantener vínculos sanos y disponer de tiempo de ocio (Diener & Seligman, 2004; Lyubomirsky et al., 2005).

¿Dónde convergen los dos conceptos? Cuando el éxito se encuentra con el propósito fundamental de la vida de una persona, la felicidad aumenta; y cuando la felicidad aumenta se proyecta en cada actitud y expresión de la vida, mostrando una vida equilibrada y sana, que se traduce en éxito. El resultado es un estado de autorealización que no se puede explicar sino desde la perspectiva del ser interior, donde se crea una amalgama entre lo espiritual y lo humano, que conecta con el referente sagrado, donde el hombre abandona sus propias fuerzas y se deja llevar por la sabiduría divina para fundirse en ese querer y no en el suyo.

¿Cuándo divergen los dos conceptos? Cuando se privilegia lo que llega de afuera hacia adentro y el hombre se deja seducir por las comparaciones con otros, lo que crea un estado de necesidad interior que no se agota con elementos materiales, reconocimientos o premios, creando una espiral de agotamiento y cansancio que lleva a un estado de depresión, soledad y angustia que no termina. Este camino lleva a un deterioro interior, una experiencia de intranquilidad e infelicidad que debilita la esencia del ser humano, dejándolo expuesto a las modas, tendencias y exigencias del momento, olvidando lo fundamental que es su propio potencial, su salud mental y su reflexión interior y racional.

¿Cuándo se complementan los dos conceptos? Tener éxito permite contar con los recursos básicos y el balance emocional necesario que permiten recorrer y fortalecer el camino interior que lo hace uno con su DIOS, ese que busca no sólo la realización personal, sino ser habilitador para que otros alcancen sus propios sueños. Mientras que la felicidad implica ser luz y sal, un ejercicio de “saber y sabor”. Un saber que ilumina el camino, para ver más y mejor, y un sabor, que descubre al otro como verdadero otro, para abrazar los proyectos de aquellos desconocidos como experiencia de transformación personal y social, un voluntariado que no busca reconocimientos sino “hacer que las cosas pasen”.

La felicidad y el éxito son dos lados de una misma moneda, de una vida vivida con intensidad interior y sentido exterior. Dos conceptos que mirados de forma integral revelan la esencia del hombre moderno que vive con la ferocidad de los cambios y transformaciones, y que al mismo tiempo, se retira hacia su interior para descubrir la esencia de lo que no se ve y allí encontrarse con la fuente de su propia existencia: DIOS mismo.

El Editor.

Referencias

Csikszentmihalyi, M. (2008). Fluir (Flow): Una psicología de la felicidad. Editorial Kairós.

Diener, E., & Seligman, M. E. P. (2004). Beyond money: Toward an economy of well-being: Toward an economy of well-being. Psychological Science in the Public Interest: A Journal of the American Psychological Society, 5(1), 1–31. https://doi.org/10.1111/j.0963-7214.2004.00501001.x 

Frankl, V. (2015). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder.

Lyubomirsky, S., King, L., & Diener, E. (2005). The benefits of frequent positive affect: does happiness lead to success? Psychological Bulletin, 131(6), 803–855. https://doi.org/10.1037/0033-2909.131.6.803 

Séneca, L. A. (2013). Sobre la felicidad. Alianza Editorial.


domingo, 1 de febrero de 2026

La agilidad: un atributo divino

En el contexto actual donde los avances e inciertos son la norma, se requiere una postura ágil y estratégica para surfear las “olas” de inestabilidad y caos que se presentan, no sólo para sobrevivir sino para concretar oportunidades y permanecer. La agilidad no debe confundirse con la rapidez o flexibilidad para actuar. La agilidad, en esta reflexión, la entenderemos como la capacidad para detectar, evaluar y responder eficazmente a los cambios del entorno de manera decidida, con propósito y fundamentada en la voluntad de hacer la diferencia (Tilman & Jacoby, 2019).

Lo anterior implica detectar grandes tendencias y cambios en el ambiente para adaptar dinámicamente la visión estratégica, los modelos de negocio, el capital humano y los planes de acción. Es un ejercicio de aprender, desaprender y reaprender para: (Tilman & Jacoby, 2019)

  • identificar y actuar sobre señales débiles antes que se transformen en sorpresas predecibles;
  • visualizar la vida y la empresa como una colección de riesgos (mercado, crédito, cibernético) que se compensan o amplifican entre sí para crear palancas de crecimiento; 
  • actuar aumentado el costo operacional para un adversario o reducir su beneficio esperado, creando una zona de incierto donde es posible marcar una diferencia e innovar;
  • resistir, absorber, recuperarnos y adaptarnos para alcanzar un estado de funcionalidad incluso superior al que se tenía inicialmente, tras un evento disruptivo. 

En este escenario la agilidad no implica una postura pasiva, sino una acción y búsqueda de información proactiva, que no es obvia o que nuestros adversarios intentan ocultarnos, con el fin de crear un radar de riesgos para visualizar no solo los conocidos (basados en datos del pasado), sino también las incertidumbres (lo desconocido que no se puede medir fácilmente: señales débiles), dándoles un tratamiento diferenciado pero estratégico para tomar decisiones, disminuir las amenazas, capitalizar las oportunidades y permanecer en una realidad no lineal, acelerada, volátil e interconectada.

La agilidad implica capacidad psicológica y financiera, que demanda determinación para enfrentar el incierto y sus retos, así como soporte económico (ahorros, inversiones, provisiones, acceso a mecanismos de financiación rápida) para absorber los efectos adversos de los eventos inesperados respectivamente, sin comprometer la viabilidad de la organización y la dinámica humana en la sociedad. Por tanto, la agilidad exige superar al menos cinco retos claves:

  • Vencer el sesgo de la inacción - ¿Qué oportunidades de crecimiento estás sacrificando por temor a retar tu statu quo?
  • Calibrar la sobreconfianza – ¿Qué datos externos contradicen tu “instinto”?
  • Navegar la “niebla” y la “fricción” - ¿Qué “señales débiles” en la periferia de tu sector estás ignorando hoy?
  • Equilibrar el cálculo estratégico - ¿Tienes la resiliencia psicológica y financiera para absorber una pérdida sin abandonar tus objetivos a largo plazo?
  • Dominar el “modo hacer” - ¿Estás reaccionando impulsivamente sin un plan o planeando sin observar la realidad?

La agilidad no es una capacidad innata en el hombre o las organizaciones, es un ejercicio para crear y ejercitar una mentalidad para responder con propósito y decisión fundamentada. Es recorrer caminos inexistentes y desconocidos, construir respuestas a retos novedosos e inciertos, romper el statu quo de nuestros saberes, para dejarnos interrogar por el “no saber” y prepararnos para aquello que no conocemos, sin tratar de predecir el futuro, sino detectando aquellos cambios que son relevantes para nuestros planes y proyectos.

La agilidad al final es un atributo de la divinidad que siembra en la debilidad y vulnerabilidad humana capacidades psicológicas y funcionales, así como dones espirituales para enfrentar y superar pérdidas y contratiempos, no como pruebas o castigos, sino como camino de perfeccionamiento humano que lo lleva en medio de las historias y eventos individuales y sociales para llegar al misterio mismo de su transformación: retarse a sí mismo, mientras hace la diferencia con los otros.

El Editor

Referencia

Tilman, L. M., & Jacoby, C. (2019). Agility: How to navigate the unknown and seize opportunity in a world of disruption. Missionday


viernes, 30 de enero de 2026

La "locura" de compartir

En un mundo lleno de espejismos y tensiones marcadas por intereses particulares pensar en compartir o en el otro resulta casi una “locura” o una “utopía”. Sin embargo, hay escenarios y momentos donde esa “locura” tiene todo el sentido. Sólo basta con mirar ejemplos diarios en la cotidianidad. 

Un profesor de primaria que abre su mente y su corazón para habilitar la posibilidad de un niño o un adulto para encontrarse y reconocer las letras, sin esa “locura”, muchos no hubiésemos podido aprender a leer y menos a tener la posibilidad de progresar. 

Cuando un científico publica un artículo y lo pone a disposición de la comunidad, esa “locura” no sólo cambia el camino de la ciencia, sino que expande los límites del conocimiento para abordar aquello que parecía inaccesible. La ciencia en un mundo competitivo, no sólo por lograr hallazgos importantes, sino por conseguir recursos para investigar, por tanto muchas veces no sólo es talento y deseo de logro, sino habilitar espacios para sumar y descubrir en conjunto, con responsabilidad, respeto y conciencia por sus colegas, y así ver las oportunidades que pueden tener juntos. 

Cuando se ve a una religiosa, un sacerdote o un consagrado donarse en una misión, o en un apostolado por el otro, donde la única recompensa es hacer la diferencia allí donde está, esta “locura” no tiene otro nombre sino “en amor dado”, un ejercicio que se olvida de la persona individual, y se conecta de manera genuina con la necesidad del que sufre. No con lástima o desdén, sino con misericordia, desde las entrañas, donde el amor surge como base de la vida misma. Esto no es una visión de la pobreza, sino un ejercicio de riqueza espiritual, una “locura” que transforma el interior del ser humano para explorar y ver sus efectos en el mundo exterior.

¿Recuerdas la última vez que sentiste una alegría que no podías explicar, ese sentimiento interior por haber hecho algo bueno, algo distinto, haber marcado la diferencia para alguien, algo por lo cual sólo recibiste una sonrisa, un gracias, un “te quiero”, un gesto de agradecimiento? Esa “locura” te transformó a ti en ese momento, ese momento “eureka” de la ciencia, en la esencia misma de tu ser. Esa sensación, esa moción interior no es otra cosa que los efectos de la “locura” de compartir, una moción que misteriosamente crece y se expande, cuánto más te abres al otro.

Bien dicen que cuando el conocimiento se comparte, más crece, más se expande. Cuando el amor, se dona más se experimenta, una contradicción, “una locura”, que no responde a las dinámica cotidiana del mundo, y que enfrenta el status quo de “tener, poder, y saber” que lesiona y contradice la esencia misma de la humanidad, vivir en comunidad para encontrarse con el otro. Los recientes foros de los líderes globales demuestran que sin voluntad política, ni negociaciones concretas sobre recursos claves, ni agendas acordadas sobre ideologías no habrá espacio para conversar y menos para confiar en que el otro hará lo que se espera que haga.

Así las cosas, la “locura” de compartir o pensar en el otro, será la semilla que seguirá cayendo en múltiples corazones. Y cómo en el evangelio de Marcos 4:1-20, algunas de ellas se ahogarán por las presiones del mundo, otras nacerán rápidamente y sin pocas raíces y perseverancia, perecerán; otras serás opacadas por los espejismos y tentaciones del camino sin que se den cuenta, y finalmente, los que asumen y acogen la “locura” serán quienes rendirán fruto al 30, 60 o hasta 100 por uno, sin que lo puedan explicar. 

El Editor


domingo, 25 de enero de 2026

La incertidumbre: la humildad del “no saber”

En un mundo con cambios constantes (esperados e inesperados) mantener una postura vigilante parece ser el reto personal y organizacional para enfrentar la incertidumbre natural y creciente del contexto actual, bien como amenaza o como oportunidad. La incertidumbre como amenaza se convierte en agente agresor que deben ser enfrentado con lo que se conoce para superar la incomodidad de “no saber”, mientras como oportunidad es un estado de apertura al cambio para explorar opciones no probadas para experimentar y aprender de resultados no previstos. 

Cuando se enfrenta la incertidumbre, el desafío “es enamorarse del problema, no de la solución. Es como remar en un lago lleno de niebla, donde no puede ver con claridad, ni saber con precisión dónde terminará, pero tiene dos tareas claves: tener fe en que llegará a un puerto seguro y seguir remando” (Stolzoff, 2026). En este sentido, la incertidumbre genera resistencia al cambio durante y después de un evento desafortunado. No gestionar los detonantes psicológicos que esto produce, pueden debilitar la capacidad de respuesta y aumentar el potencial de una parálisis sustancial.

Los principales detonantes psicológicos son: (Osorio Gómez, 2008; Gibson & Gibson, 2023)

  • Miedo al fracaso - Sentimiento de incapacidad para enfrentar el entorno cambiante y dudas sobre las habilidades personales y profesionales.
  • Miedo al daño o pérdida - Preocupación por la seguridad laboral y la sostenibilidad individual ante una interrupción mayor.
  • Modelos mentales limitadores - Filtros cognitivos que eliminan, distorsionan o generalizan información para que encaje en creencias previas.
  • Reactividad emocional - Ciclos de ansiedad y tensión que nublan el juicio y dependen de instintos automáticos.

Superar estos detonantes implica que las suposiciones propias sean probadas y que aquello que no salió como estaba previsto, se utilice como lecciones aprendidas y compartidas para nutrir y retar los saberes previos que se tiene de la situación. Crear una zona de incomodidad y psicológicamente segura permite romper con la ansiedad, liberarse del bloqueo de las creencias, disminuir el miedo al daño y al fracaso, como fundamento para superar la “ceguera de abstracción” (Capra, 1995) creada por las restricciones autoimpuestas de términos y conceptos que adoptamos, y que limita la visión y comprensión del reto.

La incertidumbre en definitiva termina siendo un espacio para crear, para tomar riesgos y lanzarnos a retar las certezas humanas, no para tener respuestas sobre los retos, sino para hacer mejores preguntas, que nos lleven a nuevos lugares de encuentro y desencuentro. Es la ruta que nos permite estar incómodos con lo que hemos aprendido, y nos hace humildes antes lo que no sabemos. Una oportunidad para reconocernos como vasijas de barro imperfectas, en cuyas grietas habita la luz y la mano poderosa del “dueño de la vida”.

Referencias

Capra, F. (1995) The web of life: a new scientific understanding of living systems. Michigan, USA: Anchor Books

Gibson, C. & Gibson, K. (2023). A critical incident field guide. Integrating risk, business continuity, emergency, and crisis management. Australia: Executive Impact Publishing

Osorio Gómez, J. C. (2008). Introducción al pensamiento sistémico. Cali, Colombia: Programa Editorial Universidad del Valle.

Stolzoff, S. (2026). Líderes, es hora de desarrollar su tolerancia a la incertidumbre. Harvard Business Review. https://hbr.org/2026/01/leaders-its-time-to-build-your-tolerance-for-uncertainty?language=es   


domingo, 18 de enero de 2026

Expectativas

Cada vez que inicia un año, nos creamos expectativas. Al revisar la definición en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (https://rae.es) se lee: “Esperanza de realizar o conseguir algo”, “Posibilidad razonable de que algo suceda”, y si se revisa un poco más se advierten sinónimos como “esperanza, confianza, ilusión, probabilidad, posibilidad, horizonte”, todas estas palabras hablan sobre transitar en el “futuro”, en un lugar lleno de desconocidos desconocidos, un escenario donde todo está por descubrir y que tarde o temprano nos sorprende (ya la manera como cada uno la interprete será positiva o no).

La expectativa lo que hace es crear un puente deseado entre lo que somos y lo que queremos ser o lograr. Es un ejercicio que nos invita a movernos y trasladarnos a ese lugar incierto y aún desconocido, para luego caminar y trazar un camino hacia el presente donde estamos. La expectativa será tan fuerte o débil como la fuerza y convicción que nos mueve a crearla. Entre mayor sea el deseo y la acción deliberada para hacerla realidad, mejores oportunidades tendremos para crear esa conexión del futuro con el presente.

Nótese que la expectativa personal es una cosa y la expectativa que se tiene de otras personas es otra. Quien se hace expectativas de otros, crea una ilusión sin fundamento, pues adiciona un elemento desconocido más a la ecuación, que es la esencia misma de aquella y su deseo de hacerlo realidad, lugar que sólo conoce aquel que la vive. Por tanto, no te hagas expectativas de otros, más bien descubre en su relación con él o ella, cómo transita la vida y los retos que tiene, cómo los supera y qué guía su corazón para vencerse a sí mismo y hacerse una mejor versión de sí mismo.

Las expectativas son en esencia escenarios que planteamos para explorar el incierto que nos advierte el futuro, no para tratar de predecirlo, sino para ver las diferentes versiones y oportunidades que se pueden tener para lograr aquello que queremos. Cada escenario será ocasión de reflexiones profundas sobre nuestro propósito, no sobre las metas u objetivos, sino sobre aquello que nos lleva a levantarnos cada día, esa vocación que transforma y nos moviliza para hacer las cosas que hacemos. El escenario no es más que una forma de canalizar una expectativa en clave de nuestra razón de ser.

Cuando las expectativas aparecen, sabemos que nuestro propósito está vivo, evoluciona y se transforma para llevarnos al siguiente nivel de evolución. La expectativa no es un sueño vacío o algo que deseamos, es la esencia de un propósito hecho visión, esa realidad que permite adaptarnos, aprender, desaprender y reaprender para reconocer que tenemos mucho que descubrir y cambiar dentro, para transformar aquello que está afuera. 

La expectativa no va de construir de afuera hacia adentro, sino en conectar nuestras vulnerabilidades interiores para escalar en la transformación de nuestro entorno para crecer con otros, para descubrir que somos seres inacabados, que el orgullo corrompe y mata, cuando no somos humildes para reconocer que no tenemos todas las respuestas.

Es preferible pensar en posibilidades que en probabilidades. Dejar las certezas (probabilidades) es el camino para trazar y perfilar nuevas expectativas, nuevos horizontes, donde lo que viene aún está por aparecer, y que sólo los que aceptan “que no saben”, que están dispuestos a aprender y a declarar un maestro, podrán trazar diferentes caminos que para el mundo son imposibles, pero siempre posibles para “el dueño de la vida”.

El Editor


domingo, 13 de julio de 2025

Inciertos y sorpresas: aprender y aprovechar las posibilidades

El hombre moderno vive todo el tiempo entre ciertos e inciertos. Aunque recientemente hay más inciertos que certezas, lo que eleva su nivel de estrés y preocupación frente a los eventos que puedan ocurrir que no pueda advertir con suficiente anticipación. Las sorpresas no son siempre bienvenidas, pues desubican o incomodan al ser humano acostumbrado (supuestamente) a tener el “control” de lo que ocurre. Nada de lo que ocurre en la actualidad es raro, las tensiones internacionales constantes, los discursos polarizantes y las medidas extremas que aumentan las presiones, mantienen al mundo en una zozobra permanente que no sabe en qué momento alguien va a “oprimir el botón rojo” y termine la historia de la humanidad.

Caminar en el mundo de los inciertos y las sorpresas (algunas predecibles y otras no tanto) es cambiar la lectura que tenemos de la vida, esa donde todo está resuelto y tenemos las respuestas para avanzar sin problemas; por una donde siempre hay incógnitas que resolver y tenemos muchas preguntas. En la medida, en que tengamos preguntas habrá manera de avanzar y explorar  para aprender, desaprender y reaprender del mundo donde estamos y vivimos. Una postura, que si bien tendrá algunos archipiélagos de certezas, habrá muchos espacios para pensar más en posibilidades que en la probabilidades.

Prepararse para los inciertos y sorpresas supone disponerse para responder a la inevitabilidad de la fallas, no sólo para reparar o superar lo que no salió como estaba planeado, sino para permanecer y prosperar en el nuevo escenario que nos ha resultado por los eventos que se manifiestan. Si bien, es posible actualizar de forma periódica el mapa del territorio, nunca tendremos la perspectiva completa del terreno donde vamos a caminar. Esto supone tener una perspectiva de aventura y riesgo, que no implica salir y superar nuestras capacidades actuales, sino entender el entorno y sus relaciones para aprovechar las oportunidades que se presenten.

Bien lo anota el Dr. Gavriel Schneider, en su libro Presilience, hay que desarrollar una mentalidad presiliente (Schenider, 2025). Una mentalidad presiliente demanda prepararse para los retos futuros y los cambios relevantes, con el fin de responder a los eventos inesperados, y no reaccionar; establecer un marco estratégico de amenazas para tomar acciones, y no sólo para conocer; y  desarrollar y analizar escenarios latentes y emergentes para moldear el futuro y aprovechar las oportunidades, y no sólo ver posibilidades. En este sentido, la presiliencia se posiciona como un concepto que moviliza y reta a las organizaciones y personas, para permanecer vigilantes, explorar el incierto, retar su conocimiento y habilitar estrategias para darle forma a sus ventajas futuras.  

Cuando entendemos los inciertos y las sorpresas, como un marco de trabajo para crecer y renovar, estamos desarrollando capacidades estratégicas que no permiten que la zona cómoda aparezca en la dinámica de la vida. Es una oportunidad permanente de revisar y actualizar los supuestos que tenemos, entender que los puestos de trabajo son todos temporales (hasta que tu superior se canse de ti), que sólo la transformación personal ocurre cuando aprendemos y que al final, debemos desarrollar escenarios posibles y probables para los factores de cambio más inciertos y sorpresivos, como fundamento base de nuestra supervivencia.

Los inciertos y las sorpresas deben llevar al ser humano a hacerse consciente de sus propios sesgos, de sus propios miedos y temores, para crear cartas de navegación adaptables y flexibles, que mirando al cielo cada día e invocando la fuerza espiritual que viene de lo alto, pueda darle forma al futuro que quiere, sabiendo que todo el tiempo habrá fuerzas inesperadas e impredecibles que le darán forma e impulso a sus capacidades actuales, para escribir con “letras torcidas” y “al margen del lienzo” la firma indeleble de su compromiso y determinación para hacer que las cosas pasen.

El Editor 

Referencia

Schenider, G. (2025). Presilience. How to navigate risk, embrace opportunity and build resilience. Herndon, VA. USA: Amplify Publishing.


sábado, 3 de mayo de 2025

Tres capacidades para permanecer y superar la ilusión del control

El mundo actual se mueve en medio de tres tendencias inestabilidad, incierto e incertidumbre. Tres palabras que confirman que estamos en un contexto donde abundan los inciertos y escasean las certezas. En este sentido, las buenas prácticas y los estándares proponen respuestas limitadas para atender la emergencia de eventos y escenarios para los que posiblemente no estamos preparados. Por lo tanto, se requieren competencias distintas para navegar en medio de situaciones “no estándar” y desde allí, establecer mapas de ruta que se ajustan con el tiempo y con los cambios.

Avanzar en una sociedad líquida (Bauman, 2017) como la actual, implica al menos desarrollar tres capacidades (patrones de aprendizaje) claves como fundamento para permanecer vigentes y aprovechar las oportunidades potenciales de aquello que “no sabemos”. Las capacidades son: (Schneider, 2025)

  • Entender y manejar el incierto.
  • Entender y manejar sus efectos.
  • Entender y manejar el logro de los objetivos.

Entender y manejar el incierto, es permanecer incómodo con lo que hemos aprendido. Es retar de forma permanente el saber previo y lanzarse a explorar nuevas posibilidades para plantear alternativas que habiliten al ser humano para permanecer y encontrar nuevas formas de entender el mundo. Esto es, pactar con el incierto, como una apuesta para distinguir patrones emergentes que pueden cambiar la manera de entender el mundo y la forma para evolucionar y llevar al ser humano a su siguiente nivel.

Entender y manejar los efectos del incierto, es contar con una mente experimental. Es mantenerse en modo beta, en modalidad pruebas y avances frente a lo que “no se conoce”. La mente experimental es una mente que entiende aquello que no ha salido como estaba previsto, como una fuente inagotable de ventanas de aprendizaje, que le permite cuestionar su propio presente, su base de conocimiento y desprenderse de los referentes académicos, para avanzar en un territorio desconocido y aprender a equivocarse de forma inteligente: recoger aquellos elementos que aparecen y de los cuales poco se conoce.

Entender y manejar el logro de los objetivos, es entender que pueden existir diferentes rutas para llegar a aquello que nos hemos propuesto. Es reconocer que en medio del incierto, no sólo existe un camino, sino que es necesario plantear desde el “no saber”, alternativas que deben ser revisadas y analizadas para comprender mejor las diferentes formas de llegar a lo que nos hemos comprometido. Los objetivos son el referente y la especificación de un deseo, de una expectativa, pero no representa el fin último de lo que se pretende. Los objetivos, en medio de la vida, son blancos móviles que se ajustan y revisan sobre un territorio que cambia, y que exige, flexibilidad, adaptación y dinámica de nuestra parte para movilizarnos y nutrirnos de lo que el incierto produce.

Superar la ilusión del control, de que el plan se va a cumplir todo el tiempo, implica abrazar el incierto como fundamento de nuestra actuación, permanecer desacomodados de lo que hemos aprendido, y sobremanera, abrirnos a explorar y experimentar para descubrir como afinar lo que vamos encontrando, en un ciclo infinito de aprender, desaprender y reaprender, que nos transforma en otros distintos, cuando aparece aquello para lo cual aún no tenemos respuestas.

El Editor 

Referencias

Schneider, G. (2025). Presiliencia. Presilience: How to Navigate Risk, Embrace Opportunity, and Build Resilience. Herdon, VA. USA: Amplify Publishing Group.

Bauman, Z. (2017). Reflexiones sobre un mundo líquido. Paidos


domingo, 20 de abril de 2025

Pascua: Algo vivo tiene que nacer

Cada año al terminar la “semana mayor” de los católicos o al iniciar la pascua, “algo vivo tiene que nacer”. La pregunta en el fondo es “¿qué o quién es el que tiene que nacer?”. ¿Qué significa nacer? entrar en el mundo que no se conoce, abrirse a espacios en zonas que no son demarcadas, dar línea en temáticas que son emergentes, tantas ideas al tiempo, que corresponden a un proceso de discernimiento ¿Cuántas cosas hemos venido aplazando y dejando pendiente, para darle vida e impactar a otras personas?

Dar vida o comunicar vida es transformar la realidad, es hacer que las cosas pasen. La vida es un continuo, una experiencia de desorden termodinámico, que cuando llega a su máxima expresión se desvanece. En ese ejercicio en la práctica cotidiana es necesario que cada cierto tiempo nazca algo nuevo, y ese nacer siempre se gesta con el tiempo, con esfuerzo, con trabajo, con un propósito superior y no con un objetivo de corto plazo. 

Cada vez que algo nace, nace con una vocación de eternidad, nace para que permanezca como testimonio de una reflexión que no acaba, y que le da forma a una manera de pensar, de ubicar el mundo en diferentes partituras y lecturas que para muchos, podrán ser novedosas y para otros, retos por descubrir. Saber lo que puede ocurrir con eso que nace resulta incierto, lo único cierto es que será una piedra en un foso de agua que hará olas perceptibles e imperceptibles para que agiten el intelecto de algunos y confronten las prácticas de otros.

Nacer, dar vida, infundir vida, es un ejercicio de donación, de entrega, de transformación interior que la persona regala a su comunidad, no por la vanagloria o los reconocimientos, sino como oportunidad de un diálogo permanente con las ideas, para abrir las posibilidades que antes no existían. Cuando se abren oportunidades nuevas y reflexiones diferentes se crea un espacio para pensar distinto, para explorar nuevas opciones donde la novedad es la base del encuentro y los desencuentros.

La pascua es un paso, de un lugar donde no existe novedad, nada ocurre y todo transcurre en la monotonía sin cambio, a un momento donde la dinámica del cambio es lo natural, donde es importante dejar aquello que no suma y divide, para dejarse sorprender con aquello que no es común, con aquello que te interroga para retar eso que conocemos y sabemos. La pascua es un momento para despertar y abrirse a la experiencia de reconocernos renovados y renacidos, donde mudamos de piel, y dejamos abierta la posibilidad de entender y aprender nuevas cosas para beneficio propio y de otros.

La pascua es un proceso de transformación, de restauración, de reforma de vida, donde lo viejo ha pasado y lo nuevo se abre camino. Dejemos que la pascua nos interrogue para que nazca aquello que debe surgir, para que se abran nuestras alas al salir de la crisálida de pasado, y así emprender el vuelo hacia horizontes novedosos, donde cada uno tenga la oportunidad de reinventarse y alcanzar nuevos retos que le llevan a lograr aquello que no creía posible. La pascua se traduce en “algo vivo tiene que nacer”, en verter vino nuevo en un mundo dinámico e incierto como el actual.

El Editor

sábado, 5 de abril de 2025

Estrategia espiritual: quiénes somos y quiénes estamos destinados a ser

En el contexto empresarial se afirma que “el plan no es la estrategia”. “Un plan es una hoja de ruta sobre cómo vas a conseguir tu objetivo, mientras que una estrategia es el planteamiento general para conseguirlo” (Supply Chain Today, 2025). En la vida muchas veces construimos múltiples planes para alcanzar aquello que queremos, pero poco recabamos en la estrategia, esa visualización de los grupos de interés que vamos a impactar, los recursos que requerimos para concretarlos y los cambios que se pueden sufrir cuando las condiciones del entorno cambian.

Cuanto más nos centramos en la operación, perdemos el sentido de lo que pasa a nuestro alrededor. Esto no quiere decir que el “hacer” no sea importante, sino que no debe distraernos de la dinámica del entorno donde ocurre, pues es allí donde las cosas van a pasar y por tanto, merece atención y seguimiento para lograrlo. En este contexto, nuestra vida la pasamos muchas veces distraídos en el “hacer”, sin recabar en las transformaciones que ocurren a nuestro alrededor, perdiendo la perspectiva del momento, descuidando la vida interior que soporta nuestra existencia, perdiendo capacidades y conocimiento por aquello que sabemos y logramos, y finalmente, perdernos en el ciclo infinito de la productividad para alcanzar resultados que muchas veces pueden no tener sentido para uno mismos o los demás.

Parar y tomar distancia de lo que ocurre, es trabajar en la estrategia, es establecer la visión de lo que queremos lograr, es identificar cómo apalancar y encontrar apoyos, es recabar en las ventajas y limitaciones que podemos tener, así como la fuerza interior y el convencimiento que tenemos para alcanzar lo que queremos. En la vida diaria, es necesario visualizar y potenciar la vida interior como fundamento de las transformaciones que queremos lograr. Esa estrategia espiritual que inicia en el reconocimiento de lo somos y podemos, en sentirnos necesitados e inacabados, como fuente permanente de oportunidades y retos propios de lo que somos por definición: “barro en manos del alfarero”.

Si nuestra estrategia espiritual no está alineada con la fuente de nuestra esencia transcendente, la dinámica del diario vivir se convierte en una experiencia de involución donde nada cambia y se vuelve paisaje, dejando pasar las oportunidades que a diario la vida nos presenta. Lo anterior implica, perder la capacidad de asombro, olvidar la esencia misma de la vida que es aprender, desaprender y reaprender, como ciclo virtuoso que permite mudar el “hombre viejo” en el “hombre nuevo”. Esto es romper, la vestidura remendada que articula paradigmas caducos, para abrirnos a pintar un lienzo nuevo que reescriba nuestra vida y nuestra historia.

El futuro no está predeterminado, ni se puede predecir, por tanto la estrategia espiritual es descubrir cómo reconectarnos con la fuente primaria que nos anima, para encontrar luz, sabiduría, fuerza e iluminación, como la base natural para avanzar en la conquista de nuestras propias limitaciones, no como una práctica sofisticada de meditación o experiencia religiosa, sino como un encuentro personal con la presencia sagrada y divina que vive en nosotros (cualquiera que sea su lectura) para recorrer un camino que nos lleva a confrontar quiénes somos, qué queremos y transformarnos en las nuevas versiones que estamos destinos a ser.

Si bien el “plan no es la estrategia”, la estrategia espiritual sin un plan concreto situado en la realidad de cada individuo, no tendrá los efectos esperados, ni los impactos que están destinos a materializarse, que sirvan a otros como punto de apoyo para encontrar su propio camino de “conversión”, ese que “muda” lo que no nos deja ser, y así experimentar como la bendición vibra fuerte y clara, cuando nos dejamos alcanzar por la fuerza de aquello que no muda, no cambia, es siempre nuevo y siempre actual, la “zarza que no se consume”, donde debemos “quitarnos” todo aquello que no rinde tributo a la presencia divina que nos interroga.

Referencias

Supply Chain Today (2025). A Plan Is Not a Strategy – Harvard Business Review https://www.supplychaintoday.com/a-plan-is-not-a-strategy-harvard-business-review/  


domingo, 9 de febrero de 2025

Remar mar adentro. El reto de pactar con el incierto

Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca” fue la indicación que recibió Simón Pedro de Jesús (Lc 5, 1-11), palabras que hoy resuenan en un mundo incierto, inestable, e incomprensible como el de hoy, donde las certezas escasean y las incertidumbres abundan. En el contexto del pasaje mencionado, Pedro le replica a Jesús: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada (…)”, una expresión del hombre trabajador y cansado que sabe que el día estuvo retador, y regresa para tomar un descanso y volver a intentar mañana. Sin embargo, la respuesta de Pedro continúa: “pero, por tu palabra, echaré las redes”, un acto de confianza y de fe, que cambia el resultado.

Remar mar adentro, es abandonar la orilla, la zona cómoda y conocida, donde nuestras escasas certezas nos dan una seguridad efímera, estática y limitada, para lanzarnos a poner a prueba lo que hemos aprendido, y explorar nuevas posibilidades y aprendizajes que nos preparan para el siguiente nivel. Navegar en medio del incierto, es aceptar que las cosas no van a salir como estaban planeadas, y dejarse interrogar por aquello que es novedoso e inesperado. Es trazar un camino donde no hay camino, es encontrar “el rastro del águila en el aire; el rastro de la serpiente en el empedrado; el rastro de un barco en el mar” (Proverbios 30:18-32), para afinar nuestros sentidos y ver desde dentro, lo que por fuera se manifiesta.

La incertidumbre no es un problema a resolver, sino una condición a gestionar” (Bammer & Smithson, 2008) tampoco “los riesgos son tus enemigos” (Charan, 2025), por tanto la preparación y la capacidad de respuesta (y no de reacción) es la que nos define para avanzar y concretar nuevas agendas en medio de las situaciones actuales. Estamos diseñados para evolucionar y mudar lo que somos, dejando atrás nuestros miedos, temores y sustos, para abrazar el incierto y pactar con aquello que no conocemos. Sólo declarando que “no sabemos”, que “queremos aprender” y que somos “obras inconclusas” podemos superar la ilusión del control, y abrirnos a la sabiduría del error.

Remar mar adentro es examinar los retos desde diferentes puntos de vista, equilibrar la experiencia propia con nuevas perspectivas de otros, explorar entornos novedosos y poco conocidos para dejarnos sorprender, es experimentar y probar propuestas y analizar sus resultados, es recalcular y afinar la ruta cuando sea necesario, es pocas palabras, “darse cuenta” (despertar de la rutina), “darse una oportunidad” (intentar nuevamente), “encontrar nuevas opciones” (buscar alternativas) y “reinventar lo aprendido” (hacerlo de forma distinta). Cuando se rema mar adentro, los retos que encuentras y superas, son el anticipo de recompensas inesperadas, lecciones necesarias y por demás, transformadoras del ser humano.

Cuando se rema mar adentro, con la preparación y convicción de aprender, desaprender y reaprender, la confianza en el resultado, es una propiedad emergente, un salto evolutivo. Esa realidad aumentada que surge de la combinación y fusión misteriosa de conocimientos humanos, experiencias adquiridas y conexión espiritual, que transforma y supera los linderos naturales y visibles del individuo, descubriendo la esencia sobrenatural que vive en su interior, y que lo lleva a límites y capacidades muchas veces inexplicables. Allí, al igual que Pedro, sólo la admiración y el agradecimiento son posibles, ante la revelación que se nos presenta, cuando somos dóciles al toque de la divinidad, que nos invita a vivir con los ojos en el cielo (sin dejarnos distraer), el corazón encendido (sin dejarnos abrazar por las pasiones desordenadas) y los pies en la tierra (conscientes de los que somos y podemos).

El Editor

Referencias

Bammer, G. & Smithson, M. (2008). Uncertainty and Risk. Multidisciplinary Perspectives. London, UK: Earthscan 

Charan, R. (2025). 2025: The Year of Risks and Opportunities. Linkedin. https://www.linkedin.com/pulse/2025-year-risks-opportunities-ram-charan-iwzhe/


domingo, 2 de febrero de 2025

Falacias: Verdades aparentes ¿Deseadas o involuntarias?

Las falacias son proposiciones con apariencia de verdad que involucran fallas en el proceso de argumentación y conducen al error” (Ordoñez-Matamoros, 2024, p.280). Muchas veces estas falacias se utilizan para convencer sobre una “verdad” que se dice tener, sin embargo esconden intereses o valores que benefician a personas o terceros; otras, se hacen sin tener conciencia de estar haciéndolo. 

En todo caso, es importante estar atentos a los diferentes tipos de falacias que se pueden generar en los discursos, para mantener una postura crítica y analítica cuando se escuchan argumentos frente a situaciones específicas. A continuación se detallan algunos de ellos: (Ordoñez-Matamoros, 2024, pp.280-281)

  • Falacia 1 – “Afirma lo siguiente a partir de una verdad precedente”. Por ejemplo, si Carlos sabe abrir cerrojos y un grupo de delincuentes abre cerrojos, entonces Carlos hace parte del grupo de delincuentes. Está suponiendo que como Carlos tiene la habilidad de abrir cerrojos, entonces es miembro del grupo de delincuentes.
  • Falacia 2 – “Negar el antecedente”. Ejemplo: si los analistas de seguridad son personal dedicado y Carlos no es un analista, entonces Carlos no es dedicado. En este punto el hecho de que Carlos no sea un analista, no implica que no sea dedicado.
  • Falacia 3 – “Falacia de la autoridad”. Ejemplo: “La pandemia estará totalmente controlada en los siguientes 3 años, si lo afirma Pfizer, algo debe razón tendrá”. Algunos lo van a creer pues lo está diciendo una empresa reconocida internacional.
  • Falacia 4 – “Dirigida a la persona”. Ejemplo: “El expresidente “X” no tiene autoridad moral para hablar de derechos humanos”. Cabe la pregunta ¿por qué el expresidente no tiene autoridad moral para hablar de derechos humanos?
  • Falacia 5 – “Dirigida al pueblo”. Ejemplo: “Todo el mundo sabe que la tierra no es cuadrada, como se creía siglos atrás”. Se apela a una creencia común u opinión mayoritaria para argumentar la veracidad del argumento.
  • Falacia 6 – “Se apela a la ignorancia”. Ejemplo: “Nuestra gestión de procesos es efectiva, pues no hemos recibido ninguna inconformidad”. Se recurre al desconocimiento de la verdad por parte del interlocutor para refutar el argumento.
  • Falacia 7 – “Se apela a la misericordia”. Ejemplo: “Luego de estas dos semanas intensas de trabajo, nos merecemos dos días de descanso remunerado”. Los días remunerados no son consecuencia directa de las semanas trabajadas. Son una decisión particular del empleador. Es sólo un querer.
  • Falacia 8 – “Basadas en estratagemas psicológicas”. Ejemplo: “Yo afirmo que la solución más adecuada es esta y se debe aceptar pues soy yo el que firma”. El supuesto es que un cargo de autoridad tiene más razón que la opinión de los miembros del equipo.
  • Falacia 9 – “Basada en estatus sociales, políticos o apego a principios de aglutinamiento”. Ejemplo: “La supremacía de los blancos es la norma que se debe aplicar en el mundo”. Un argumento, por demás racista, que busca exacerbar los ánimos y motivar acciones por una condición racial.

Bien afirma Ordoñez-Matamoros (2024, p.282): “No porque se digan varias verdades, las conclusiones también lo serán”. En este sentido, debemos mantener una postura atenta y centrada en los argumentos para establecer cómo muchas veces intentan manipular la opinión pública o situar mensajes en los imaginarios de las personas con “conclusiones lógicas” que recurren a algunas de las falacias mencionadas.

Conociendo este tipo de falacias, recuerde ser cuidadoso en su argumentación debidamente soportada y documentada con el fin de evitar alguna de las “falsedades” mencionadas, que muchas veces pueden terminar bien sustentadas, generando una interpretación diferente o decisiones que afecten a terceros con consecuencias no deseadas (¿o deseadas?). Siempre busque argumentos o perspectivas que controviertan sus propias consideraciones, para que pueda reconocer cómo fortalecer su postura, más allá del resultado previsto, sólo para validar en sí mismo la fuerza o limitación de su argumento.

Un hombre que interroga, pregunta y cuestiona, es un hombre que madura, que reta las falacias de los enemigos, que busca proponer mejores preguntas para avanzar en profundidad en aquello que cree y le permite seguir caminando en la senda de lo espiritual y trascendente, que si bien es invisible a los ojos, es visible a las acciones concretas del ser humano que se transforma a sí mismo, sin afectar a los otros.

El Editor

Referencia

Ordónez-Matamoros, G. (Director) (2024). Manual de análisis y diseño de políticas públicas. Segunda Edición. Bogotá, Colombia: Universidad Externado de Colombia.


sábado, 25 de enero de 2025

El paradigma “Co”. Un marco de relaciones para reconocer al otro

Afirman los académicos Potts y Le Hunte (2024): ““Co” es una “palabra” extraordinariamente sistémica dentro de la lengua inglesa porque puede forjar todo tipo de relaciones con otros: otras personas, otras cosas, otros conceptos, otras prácticas. Por lo general, significa con; junto a; conjuntamente; en conjunto o combinado. Puede utilizarse para formar verbos, sustantivos y adjetivos; es un prefijo muy utilizado”, es una práctica que surge y se materializa en la conversación, en el encuentro con el otro.

La palabra “Co” implica reconocernos en un entorno ecosistémico donde debemos entender y comprender cómo nuestras acciones afectan a los demás y cómo los demás nos afectan a nosotros. Es mantener una postura vigilante y prospectiva del entorno donde nos movemos y existimos para anticipar los riesgos y entender cómo éstos se propagan. De esta forma, la esencia del “Co” implica “respuesta-abilidad”, esto es capacidad para responder frente al reto que se propone y habilidad o habilitación para corresponder con las acciones que se requieren para apalancar las propuestas o soluciones que se esperan y hacernos responsables de las consecuencias de dichas acciones (Fisher, 2006).

En el ejercicio de construir y aportar, la palabra “Co” establece el referente natural de la dinámica de una sociedad que busca construir consensos desde las diferencias, sumar desde las posturas antagónicas y sobremanera reconocer que todos pueden aportar sus visiones y reflexiones particulares. Si exploramos un poco más la palabra “Co” y la situamos en el escenario actual el llamado a todos los actores del ecosistema global estaría enmarcado en cinco palabras: co-laboración, co-operación, co-ordinación, co-municación y co-creación, para construir una sexta emergente denominada co-nfianza.

Co-laborar es permitir ver el mundo desde distintas perspectivas, momentos y posiciones para enriquecer el reto que se quiere superar. Co-operar es usar y sumar las capacidades y habilidades de los participantes alrededor de una propuesta en la cual se ha alcanzado un consenso. Co-ordinar es establecer un orden y claridad de responsabilidades y acciones que se deben tener para avanzar en la concreción de la propuesta, es el ejercicio de gobernanza de la materialización de la propuesta. Co-municar es la manera como encontramos formas de conectar los significados e ideas que nos permiten trabajar juntos y lograr los resultados. Co-crear es el resultado novedoso, distinto de cruzar dominios y perspectivas, para reconocer la necesidad de la interdisciplinariedad en la construcción del mundo.

Si cada una de las palabras anteriores funciona en una red de sinergias donde fluye información, conocimiento y aprendizajes, el resultado termina en una propiedad emergente del ecosistema que es la confianza. Esto es, ser fideicomiso y custodio de aquello que les permite conectar y construir juntos. La confianza es un proceso sistémico que depende de las acciones y confiabilidad de cada uno de los nodos participantes en el sistema, que permite establecer acuerdos concretos para saber qué se debe hacer cuando las cosas no ocurren como están planeada. Esta propiedad se desarrolla y nutre con las interacciones constantes del ecosistema para mantener un equilibrio dinámico que mantenga en foco todo el tiempo la supervivencia del mismo.

La palabra “Co” confirma el flujo de energía, información y conocimiento que permite a cualquier grupo humano o a la naturaleza aprender, desaprender y reaprender de las dinámicas del entorno, para construir y fortalecer su capacidad resiliente, esto es, sobrevivir en largo plazo a pesar de los retos, eventos inesperados o repentinos que siempre pueden y van ocurrir cuando menos se esperen. 


Referencias

Potts, M., & Le Hunte, B. (2024). Reframing resilience as a systemic issue: Meta‐competencies that transform individuals and learning ecologies. Systems Research and Behavioral Science, 41(5), 750–760. https://doi.org/10.1002/sres.3052  

Fisher, F. (2006). Response ability: environment, health and everyday transcendence. Melbourne, Australia: Vista Publications.


miércoles, 1 de enero de 2025

Iniciar: zona de investigación y descubrimiento

Iniciar un nuevo periodo de tiempo que en general etiquetamos como “año” (que viene de la raíz latina ann y su variante enn) implica abrir nuevas oportunidades en medio de las tendencias y retos que se abren en el horizonte. Todo lo que hemos aprendido hasta ahora es un insumo fundamental para reconocer patrones en el entorno, y no los saberes y competencias que necesitamos para lo que viene. Es un ejercicio de retarnos para usar lo que aprendemos en el camino y aplicarlo en tiempo real, para descubrir aquello que aún tenemos que analizar y comprender.

Iniciar un año, no es algo normal o natural que pasa en la vida, es la apuesta concreta y real que hacemos para escribir en una hoja en blanco el futuro que queremos crear. Es el desafío de enfrentarnos a un lienzo nuevo para comenzar a delinear pinceladas  de aquello que tenemos en mente. Habrá momentos de mucho avance, otros desérticos y con tensiones, aquellos que nos invitarán a la reflexión y tomar distancia, y esos que nos llevarán por caminos inesperados con resultados no previstos.

Arrancar un periodo de tiempo, cualquiera que este sea, siempre es una oportunidad de volver a la línea de partida (con nuevos aprendizajes), observar diferentes rutas, descubrir diferentes caminos, plantear distintas estrategias, pero sobremanera, emprender un viaje con expectativas y esperanzas novedosas que poco a poco se van concretando o renovando de acuerdo con las condiciones y escenarios que se vayan presentando. Tener un plan rígido no es la respuesta para un mundo dinámico e incierto. El plan, implica planear, aprovechar los diferentes vientos y turbulencias en el aire para construir la mejor experiencia posible, sabiendo que los resultados siempre serán aprendizaje sobre aquello que vamos descubriendo.

El año que inicia es un “parteaguas”, un momento que da cuenta del primer cuarto de siglo del segundo milenio, un punto en la historia para mirar hacia atrás de lo que dejamos y abandonamos que no nos ayuda a seguir avanzando, de aquello que hemos incorporado como humanidad y el reto de hacernos mejores seres humanos en convergencia con los avances tecnológicos y las novedades que se advierten en el mediano y largo plazo. Este momento es para revisarnos y plantearnos las metas que nos llevarán a nuevas fronteras del desarrollo humano y científico en medio de la individualidad, la inseguridad, la inestabilidad, los inciertos e impactos que se otean en el horizonte de este nuevo periodo de la tierra alrededor del sol.

No podemos ser inferiores al reto que implica recorrer un año, conquistar los desafíos y sorpresas que se nos van a proponer para prepararnos para el siguiente nivel de evolución que necesitamos. Nada más natural en el hombre que mudar de “piel”, de liberarse de sus lastres, para ganar velocidad y foco en la búsqueda y logro de sus propios sueños. Un nuevo año es, como dice Machado, “hacer camino al andar”, es plantear una carta de navegación en medio de aquello que aún no conocemos, sortear diferentes zonas climáticas y vientos inesperados, para recalcular y avanzar hacia el destino que nos hemos planteado, e igualmente estar abiertos a resultados no previstos de los cuales podemos aprender y disfrutar.

Que este nuevo escenario de tiempo sea una experiencia de crecimiento personal, profesional y espiritual. Que la luz que hemos recibido, sea la que nos guíe en momentos de oscuridad, nos soporte en situaciones de desierto, nos acompañe en tiempos de sequía y nos renueve en situaciones de contradicción. Que entendamos que el año que empieza es una zona de investigación y descubrimiento donde podemos plantear diferentes hipótesis y planes, pero solo con paso de los horas, días y meses, se irá revelando aquello que debemos aprender, las cosas que debemos renovar y las transformaciones que debemos hacer para hacernos otros distintos y salir al encuentro de nuestro futuro: descubrir nuestra vocación.

El Editor

lunes, 30 de diciembre de 2024

Finalizar: mirar hacia atrás, mirar hacia adelante

Fin de año, fechas de reflexión para hacer síntesis de lo que ocurrió en el año. Cada vez que se hace muchas cosas aparecen: aquellas que no se hicieron, otras que se enredaron con los días, esas que queríamos y los afanes no las permitieron, y por supuesto las que se hicieron bien y llenaron nuestras expectativas. Terminar un año es hacer una evaluación de lo que nos propusimos y logramos, de lo que se planeó y se logró, de lo que se deseó desde el inicio y se alcanzó. Igualmente, una revisión de aquello que quedó pendiente y que posiblemente pase para el siguiente año.

Este tiempo es para detenernos, mirar hacia atrás, ver el camino recorrido y los retos superados, así como para mirar hacia adelante, para expandir los que hemos alcanzado y encontrar nuevas formas de mantenernos fuera de la zona cómoda. Mirar al futuro es una apuesta en el incierto, es lanzarnos a conquistar nuestros temores sobre lo que vendrá y abrirnos a la aventura de construir ese momento que queremos disfrutar más adelante. Explorar en el incierto implica pasar por la zona incómoda del “no saber” y el desafío que implica desconectar y desinstalar lo que hemos aprendido.

Reconocernos en este punto y hora del año, es saber que hemos aprendido, desaprendido y reaprendido muchas cosas, que no somos los mismos que iniciamos en enero de este año, que hemos mudado muchas veces de piel y transformado nuestras propias realidades, y posiblemente la de muchos otros. Llegar al final del año, es dar gracias a tu referente sagrado por la vida, por el entusiasmo, por el amor, por la fe y la esperanza que se mantuvo firme a pesar de los momentos de turbulencia y las debilidades naturales de nosotros los humanos.

Las últimas horas del año que termina, son la cuota inicial del que comienza, la agonía de aquellos instantes que nos hace recordar los logros y los momentos especiales que se vivieron, e igualmente los encuentros y desencuentros que se materializaron a lo largo de estos 366 días. Un año bisiesto lleno de tensiones e inestabilidades que nos enseñaron a reconocer mejor las señales del entorno, a explorar posibilidades donde otros ven solo probabilidades, a creer más en lo que podemos hacer que en saber que probabilidades tenemos para lograrlo. Un año de apertura para creer, crecer y saber que aún tenemos mucho que aprender.

Terminar un año no es sólo una fecha más, es el escenario donde podemos ver la impronta de lo que hicimos en el mundo, de divisar las vidas que impactamos, los momentos que logramos, las experiencias que vivimos y los temores que superamos. Es tiempo de ver, que aquello que antes era imposible, ahora es posible. Es ver caminos nuevos en medio del mar de los inciertos, es calcular nuevas rutas y destinos que dejan la orilla de las certezas para navegar y alcanzar nuevas profundidades, nuevos horizontes y rutas que nos lleven a superar lo que hemos alcanzado y forjar las nuevas competencias que necesitamos.

Concluir ese viaje de la tierra alrededor del sol, es iniciar una nueva transformación personal que nos lleve a hacernos otros distintos, que dejando atrás los reconocimientos, logros y premios, nos concentremos en renovar nuestras fuerzas, la caja de herramientas y afilar la sierra para hacer de los próximos 365 días una experiencia siempre nueva, siempre viva, siempre renovada, donde cada día sea una razón para superarnos a nosotros mismos.

El Editor

sábado, 14 de septiembre de 2024

El reto de forjar el carácter y alcanzar nuestro potencial

La mentalidad cortoplacista muchas veces nos lleva a ver el mundo con visión de túnel, a perdernos de la dinámica del entorno y por tanto de sus oportunidades. El avance o progreso de las personas no se mide en tiempos cortos, sino en trayectorias que permitan ver la evolución de un reto o de un propósito. Si mantenemos constantemente nuestra vista en los resultados inmediatos, estaremos viviendo y sufriendo cuando no logramos aquello que queremos (Grant, 2023).

Los planes en la vida toman tiempo, dedicación y foco. Es importante mantener la vista en lo que queremos lograr e ir corrigiendo el rumbo a lo largo de las rutas invisibles que hay disponibles para alcanzar nuestras metas, nuestros sueños. Cuando un barco zarpa y avanza en la mitad del mar perdiendo de vista la orilla ha empezado a abrazar un sueño y a pactar con el incierto. Es momento de la determinación y la valentía para asumir el reto que implica alcanzar una nueva orilla.

En medio de la travesía y de la carta de navegación inicial comienzan a aparecer los ajustes a mano alzada, las posibilidades que se pueden lograr y las evaluaciones de las alternativas en medio de altamar. Con cada día de navegación se consigue mayor experiencia, se reconocen nuevos escenarios y sobremanera se advierten nuevas oportunidades y nuevos desafíos. Los experimentos diarios en medio de la ruta, establecen apuestas que reconocen “aquello que no ha salido como se esperaba” como un nuevo insumo para alimentar el cúmulo de aprendizajes del capitán de la embarcación.

Mantenerse en ruta de aquello que queremos alcanzar, es un viaje de pasión por un resultado, de abrirse a la crítica constructiva, a escuchar voces contrarias y retar lo que hemos aprendido durante el viaje. La ruta siempre trae eventos que nos sorprenden, situaciones que nos llevan a pensar distinto y sobremanera a descubrir maneras alternativas para continuar avanzando hacia nuestro propósito. Algunas veces es importante mirar hacia atrás para afinar lo que viene hacia adelante, disfrutar el camino y abrirse a la aventura de ser uno mismo frente al desafío incierto del mar y sus misterios.

Recuerda que en medio de la ruta, hay momentos que hay que tomar un descanso, para recomponer las fuerzas y reconfigurar la estrategia. Tomar distancia de lo que hemos aprendido es necesario para continuar descubriendo el camino, es mantenernos fuera de la zona cómoda, indagando sobre aquello que es necesario aprender para avanzar y lograr algunos archipiélagos de certezas. Ten mucho cuidado pues en el mar de los inciertos y la noche del océano pueden aparecer cantos de sirenas para distraerte y alejarte de tu propósito, nada más atractivo que dejarse llevar por voces que resuenan y posiblemente nos engañan.

Es tu carácter forjado en la esencia de tus retos, el andamiaje que construimos con nuestra red de contactos y la dinámica de los sistemas que cooperan y colaboran alrededor de nuestros propósitos (Grant, 2023), establecen el marco de trabajo donde es posible superarnos a nosotros mismos e inspirar a otros para lograr sus sueños. Por tanto, no pierdas de vista el camino, ajusta tus estrategias, mejora tus herramientas y aprende todo lo que puedas, pues así podrás encontrarte a ti mismo y ayudar a otros a hacer que las cosas pasen.

El Editor

Referencias

Grant, A. (2023). Hidden potential. The science of achieving greater things. New York, NY. USA: Viking.


domingo, 1 de septiembre de 2024

Aprender, desaprender y reaprender: pedagogía y ciclo virtuoso de la vida

La vida es un reto permanente de aprender, desaprender y reaprender, un ciclo virtuoso que todo el tiempo nos mantiene en una postura vigilante para reconocer y anticipar los cambios, para estar adelante en la curva y así proyectarnos en medio de los retos que nos propone la dinámica actual. Este ejercicio demanda una apertura y disposición individual para salir de la zona conocida y avanzar en medio de nuevas estructuras y condiciones del entorno, lo que exige el desarrollo de habilidades cognitivas, afectivas y socioculturales que nos transformen y nos lancen a nuevos estados de madurez personal y profesional.

Aprender depende del contexto y se desarrolla en la construcción de relaciones con otros. Es una aventura que implica salir de nosotros mismos y encontrarnos con las reflexiones y posturas de los otros, para establecer nuevos linderos de análisis que nos lleven a situaciones y escenarios antes desconocidos, o muchas veces, a repensar aquello que ya conocemos. Esta interacción natural de los seres humanos, modela tanto los comportamientos como los conocimientos que desarrollamos, como un proceso que habilita un diálogo entre pares, que invita construir un sentido particular para las cosas, una lectura distinta y retadora del entorno donde se interactúa.

Alcanzar la conciencia del ciclo virtuoso referido previamente implica apertura a la escucha sin hostilidades, sin imposiciones sobre el otro, dispuestos a dejarnos interrogar en aquello que sabemos y sobremanera, abrirnos a la sorpresa y novedad que implica explorar nuevas opciones y oportunidades (Moncada & Cardona, 2023). Es una postura para construir un equilibrio dinámico, que a lo largo de un diálogo abierto y sincero entre iguales, revela novedosos significados de la realidad, establece indicaciones sobre aspectos invisibles hasta el momento y elabora distinciones que sugieren aspectos inéditos del contexto. Esto es,  situar presupuestos epistemológicos que nos acerquen al desarrollo de nuevas formas de hacer, pensar y transformar nuestra propia realidad.

Aprender, desaprender y reaprender más que un ciclo y una receta para aplicar en la vida, debe ser una pedagogía permanente que posibilite compartir experiencias, conocimientos y valores que privilegien la aventura de la construcción de nuevos saberes y el desarrollo de habilidades cognitivas que nos lleven a la esencia misma del conocer: el saber preguntar (Moncada & Cardona, 2023). Preguntar es al tiempo un arte y una ciencia. Un arte, pues surge en diferentes momentos de la vida cotidiana, de la lectura de textos, observaciones del entorno, de experiencias intensas o momentos de ocio. Y una ciencia, pues muchas veces está intencionada y situada en un ámbito específico de análisis, que lleva luego a una metodología para lograr ofrecer respuestas parciales.

Aprender, desaprender y reaprender es en últimas, una manera como los humanos inventamos el mundo en que vivimos, donde es posible procesar y elaborar nuevos conocimientos y saberes desde la lectura particular del mundo que hacemos cada uno de nosotros. No se trata de un proceso sofisticado o restringido para los científicos o estudiosos, sino de una condición natural del hombre que situado en sus intereses particulares y retos personales, decide qué, cómo, cuándo y dónde descubrir aquello que es relevante para transformar su vida, sin perjuicio que eventos inciertos o inesperados lo sorprendan, y lo lleven a un nivel superior de conciencia y por tanto, de transformación personal, profesional y espiritual

El Editor


Referencia

Moncada, J. S. & Cardona, F. J. (2023). Los futuros del aprendizaje. Innovación y prácticas educativas para configurar el futuro de la humanidad. Bogotá, Colombia. Cooperativa Editorial Magisterio.

domingo, 18 de agosto de 2024

Liderazgo: el desarrollo pleno de nuestra vocación

El ejercicio de liderazgo no es una condición exclusiva de un cargo o de una posición particular a nivel organizacional o de proceso, es una condición personal indelegable que permite al ser humano hacerse dueño de su propio proceso de transformación y evolución. En este sentido, hablar de liderar, es hablar de la manera misma como demostramos que hemos evolucionado y avanzado hacia el fin último que tenemos en la vida: el desarrollo pleno de nuestra vocación.

El liderazgo inicia con un propósito, con una intención. La movilización de los esfuerzos está situada más allá de objetivos específicos que se alcanzan y se dejan atrás, está ubicada en una misión, en aquello que transciende la esfera de lo pasajero y efímero, y se establece en el espacio de lo que permanece y trasciende en el tiempo. La misión define en sí mismo la esencia por la cual la persona persiste, insiste y nunca desiste, esa motivación superior que lo hace a diario pensar por qué ha venido al mundo.

Un segundo momento es la adaptación. Afirma Wheatley (2024, p.10) “En cada circunstancia, la meta es la misma, pero la aproximación varía, revelando un firme compromiso al propósito, pero abierto a distintas táctica”. Adaptarse implica nunca perder de vista el propósito y habilitar distintas vistas que permitan caminar hacia aquello que se quiere transitando por diferentes aproximaciones. Esto es, una postura flexible y de aprendizaje que capitaliza cada movimiento para lograr aquello que se persigue. La adaptación es la estrategia que descubre en el entorno nuevas palancas para movilizar el logro de la misión.

Un tercer momento son las tensiones. Esos instantes donde se contraponen las polaridades de posturas distintas que generan direcciones y enfoques alternos que pueden generar situaciones incómodas que no deben distraernos del propósito. El reto es manteniendo el propósito en el centro de la reflexión “discernir cuándo favorecer una u otra dirección, reconociendo que ambas son necesarias a lo largo del tiempo” (Wheatley, 2024, p.11) para llevar a cabo aquello que se quiere lograr. Las tensiones y diferentes vistas deben ampliar nuestro pensamiento, abrir nuestra mente a nuevas posibilidades, para enriquecer el plan trazado desde el inicio y actualizar los retos que se tienen para llevar a cabo la misión.

Un cuarto momento es el discernimiento. Es el compromiso activo y reflexivo de cada persona para mantener la “unidad de mente y corazón” (Wheatley, 2024) y así, concretar las actividades frente al propósito que nos moviliza. Es el ejercicio de la espiritualidad y fortaleza interior que mueve la esencia de la vocación individual para ser “audaces, valientes, innovadores, creativos, apasionados y llenos de un sentido de urgencia” (Wheatley, 2024, p.12) y hacer que las cosas pasen. Esto es, estar abierto y confiar en la dinámica del contexto, descubrir los patrones emergentes de los eventos, “atreverse a confiar en Dios y a confiar en que el Espíritu Santo revela el camino” (Wheatley, 2024, p.12)  y dejarnos encontrar por aquello sagrado que todo el tiempo nos busca. 

El mundo tarde o temprano nos ubicará en medio de incertidumbres y complejidades que nos exigirán adaptación o cambio, lo que necesariamente llevará a interrogar lo que hemos aprendido y abrirnos a explorar nuevas lecturas del entorno, y transformar nuestras maneras de ser más arraigadas, para darle paso al nuevo viaje que se nos propone para aprovechar la sabiduría que hemos alcanzado, a nivel individual y colectivo, y experimentar las gracias y oportunidades que ofrece el compromiso activo que moviliza y guía al ser humano: su propia vocación!

El Editor

Referencia

Wheatley, M. (2024) ¿Qué hace un líder ignaciano? Reflexiones en las prácticas y sabiduría jesuita. Jesuit Higher Education: A Journal. 13(1). DOI: https://doi.org/10.53309/2164-7666.1481

 

domingo, 4 de agosto de 2024

La nueva “anormalidad”: el reto de la creatividad, la analítica y el propósito

Hoy por hoy ya no se habla del “nuevo normal”, sino del “nuevo anormal” o “no normal”. Lo conocíamos como “normal” quedó en el pasado, en lo conocido y de lo cual sólo podemos aprender y reforzar para asegurar aquello que sabemos cómo funciona. En la actualidad con la rápida evolución del mundo, mediada por los avances tecnológicos y la ola de la inteligencia artificial, los “anormales” y los “no normales” son la pauta natural donde debemos situar nuestras reflexiones y posturas.

Para enfrentar esta nueva realidad los consultores de Mckinsey hablan de usar un trinomio particular que se compone de elementos como la creatividad, la analítica y el propósito (Cvetanovski et al., 2021). La creatividad, siguiendo las definiciones de Ackoff (1997, p.117), como “la habilidad para identificar restricciones autoimpuestas, removerlas y explorar las consecuencias de la remoción”, como una puerta para ver alternativas no previstas y explorar situaciones no conocidas, se configura como un primer fundamente para “ver” aquello que no encaja en nuestros modelos y así abrir las posibilidades, más allá de las probabilidades.

La analítica como las prácticas y estrategias basadas en datos para tomar decisiones informadas. Es un ejercicio que permite no sólo retar lo que conocemos y sabemos de la realidad, sino explorar y plantear posibilidades que habiliten oportunidades antes inexploradas y de esta forma avanzar en el reto de construir un escenario distinto para experimentar y probar en contexto desconocidos. Desde la analítica, el desafío es enfrentarnos a tres trampas propias de los humanos: el sesgo de confirmación, el exceso de confianza y el sobre ajuste (MacGarvie & McElheran, 2018).

El sesgo de confirmación es “poner nuestra atención en aquello que está alineado con nuestras creencias previas, e ignorar otros hechos y patrones en los datos” (MacGarvie & McElheran, 2018, p.156), lo que genera puntos ciegos y posturas basadas en aquello que sabemos lo que imposibilita “ver” aquello que ocurre en la realidad. Confrontar los datos que tenemos hoy, lo que sabemos sobre eso que vamos a decidir, implica probar y validar los datos disponibles para hacernos una idea mejor fundada de los hallazgos y reflexiones que nos proponen los datos.

El exceso de confianza cuando “tendemos a asumir que la precisión de nuestros juicios o la probabilidad de un suceso de cara nuestros objetivos es más favorable de lo que sugieren los datos” (MacGarvie & McElheran, 2018, p.159). La literatura llama a esta trampa “la madre de todos los sesgos”. Si bien es cierto que debemos ser optimistas en concreción de los proyectos, la interpretación de los datos debe obedecer a un método, motivación, confrontación y análisis que permita asegurar y confrontar lo que expresan los datos. Esto se hace necesario para que las decisiones que se tomen no respondan a temas que han ocurrido en el pasado, sino que se revelen conocimientos novedosos del presente que superen aquello que “intuitivamente” creemos que va a pasar.

El sobre ajuste “se produce cuando el modelo estadístico describe ruido aleatorio, en lugar de la relación subyacente que necesitamos captar” (MacGarvie & McElheran, 2018, p.161). Este reto implica discernir en medio de los datos las relaciones que resultan relevantes para analizar frente a las inquietudes planteadas antes de entrar a profundizar en otros detalles que éstos puedan sugerir. Por tanto, la experiencia y el criterio del analista están en juego. Recuerde que: “los datos nunca pueden “hablar por sí solos" y dependen de intérpretes humanos para darles sentido” (MacGarvie & McElheran, 2018, p.162).

Finalmente el propósito, como la finalidad con que emprendemos una acción, ya sea un trabajo, una investigación, una rutina nueva o la vida misma, ese sentido que se le da a una intención particular para transformar una realidad en otra. Cuando se combina el propósito a la creatividad y a la analítica se advierten nuevas oportunidades que van a resonar más profundamente en la dinámica de la vida. Permite establecer nuevos horizontes de renovación que nos sacan de la zona cómoda para experimentar curiosidad, vulnerabilidad y sorpresa, como fundamentos necesarios para enfrentar los “nuevos anormales” de la dinámica de la existencia.

Cuando todos estos elementos (creatividad, analítica y propósito) se funden en la experiencia espiritual de cada ser humano (cualquiera sea tu creencia o visión trascendente) se construye una dinámica interior que saca lo mejor de cada uno de nosotros, pues podemos ver “quiénes somos”, “qué queremos”, “hacia dónde vamos” y “qué estamos dispuestos a hacer” para hacer la diferencia y hacernos otros distintos. Es situar la “anormalidad” como la fuente natural de la dinámica del mundo para ver y revelar lo que es invisible a nuestros ojos.

El editor.

Referencias

Cvetanovski, I., Jojart, O., Gregg, B., Hazan, E. & Perrey, J. (2021). The growth triple play: Creativity, analytics, and purpose. Mckinsey Growth, Marketing & Sales. https://www.mckinsey.com/capabilities/growth-marketing-and-sales/our-insights/the-growth-triple-play-creativity-analytics-and-purpose 

Ackoff, R. (1997). Cápsulas de Ackoff. Administración en pequeñas dosis. México, DF.: Editorial Limusa, S.A de CV.

MacGarvie, M. & McElheran, K. (2018). Pitfalls of data-driven decisions. En Harvard (2018). HBR guide to data analytics. Basics for managers. Boston, MA. USA: Harvard Business Review Press. 155-164