domingo, 9 de febrero de 2020

Iluminar y brillar


Dos palabras se usan con cierta frecuencia en nuestra cotidianidad: iluminar y brillar, para destacar la labor de una persona, o indicar que algo sobresale por encima de lo normal. Sin embargo, etimológicamente hablando, no corresponde a la esencia misma de su denominación. Cuando aprendemos a distinguir que podemos iluminar a otros y hacerlos que brillen, o que podemos brillar por encima de otros, a pesar de no poder iluminar, estamos abriendo un campo de reflexión que pocas veces notamos por los reflectores de nuestros propios sesgos.

La palabra iluminar o iluminación, nos habla de llenar de claridad, de mostrar un camino, de orientar al que está en medio de las tinieblas. De ser antorcha y fuego para otros, de ser fuente de luz para descubrir algo que no podemos ver. La iluminación no es algo sobrenatural o misterioso, es un espacio de conexión interior, de espiritualidad profunda que revela la presencia misma del ser humano que busca sentido y experiencia transcendente desde su propia realidad. Es abrir un portal de saberes superiores, que  desde la eternidad despliega su doctrina en aquellos que se hacen vitrales de luz para sus semejantes.

La iluminación no es un destino, es un proceso personal permanente, donde cada vez el ser humano descubre y despierta a nuevas fronteras de conocimiento interior y espiritual, para reconocerse limitado y necesitado de la fuente misma del poder divino, y así mismo, aceptarse como canal imperfecto de la gracia comunicante de DIOS (cualquiera sea tu imagen de él). El iluminado no brilla en sí mismo, se hace transparente para bendecir a otros; se desconecta de sí mismo y en perfecta unión con su vínculo sagrado, abre senderos de posibilidad donde muchos pueden trazar proyectos y planes para alcanzar nuevos horizontes y retos.

De otra parte, brillar etimológicamente establece el emitir luz viva y temblante. Deslumbrar y crear reflejos casi cegadores, los cuales se hacen más intensos sobre la superficie cuando tiene el efecto de un espejo. Cuando la luz incide sobre el objeto, tanto más brillará cuanto más pulido y afinado está su exterior, e igualmente proyectará una sombra tan grande como su estructura y configuración. Por lo general, los objetos que brillan son sólidos o huecos, no son transparentes, deben poder jugar con los reflectores para generar los efectos que se requieren en un contexto particular.

Cuando una persona brilla, es el juego de luces sobre la superficie de lo contingente y efímero lo que logra el destello que se proyecta, creando la ilusión de la “superioridad” y “distinción”, que acaba cuando la sombra que se proyecta, es mucho más amplia que su propio espejismo. Si bien es importante avanzar y alcanzar mayores niveles de virtud, también lo es dejarse traspasar por la luz de la eternidad, donde no hay exigencias, no hay expectativas, ni dependencias, sólo un flujo de luz que purifica los lentes con los que vemos el mundo y creamos un puente entre lo visible y lo invisible.

Brillar es un acto de magia exterior, que trata de cautivar la dinámica interior de los seres humanos. Cuando el brillo se acaba, la única respuesta que aparece es la soledad, la ausencia, el vacío interior, que sólo se puede conjurar “cuando se renuncia a la dependencia”. Brillar es acto dependiente de un reflector(es) exterior(es) al cual muchas veces nos aferramos y que nos sirve como distracción de lo que ocurre en la realidad. Por tanto, como afirma Anthony de Mello, “Cuando las ilusiones se acaban, por fin uno está en contacto con la realidad, y créame, nunca volverá a sentirse solo, nunca más” (De Mello, 1994, p. 44).

Entender que la iluminación es una revelación que se hace en interior de los humanos, cuando se hacen transparentes al llamado de su vocación y al deseo de ser luz para otros, es una experiencia que se desprende de los apegos del éxito del mundo, de las angustias de aquello que no sale como se planeó y que vive plenamente con lo que tiene, y no sufre o piensa en lo que no posee. Mientras el brillo, como resultado de lo transitorio y fugaz, sólo sobrevive con los rótulos y luces artificiales que se diseñan para tener los efectos que se desean, una ilusión que vive atada a las visiones y deseos de otros.

Vive en plenitud, busca iluminar, desprenderte de los apegos, para encontrar la puerta transparente que se esconde en la luz del día y allí despertar a la realidad, donde, como afirma De Mello (1994, p.79), “nos hacemos consciente de aquello que nos rodea”.

El Editor

Referencia
De Mello, A. (1994) ¡Despierta! Charlas sobre espiritualidad. Bogotá, Colombia: Editorial Norma.

sábado, 25 de enero de 2020

Colaborar, cooperar y coordinar


Muchas veces encontramos en diferentes contextos las palabras colaborar, cooperar y coordinar, las cuales denotan por lo general un trabajo con otras personas. El prefijo “co” indica “en compañía”, “en unión” y por lo tanto, establece un marco de trabajo que debe privilegiar la búsqueda de convergencias y conexiones para lograr perspectivas distintas a las iniciales. Un ejercicio donde las diferencias son ocasión de posibilidades y las coincidencia, fortalecimiento de capacidades.

La palabra colaborar, es una palabra muchas veces mal entendida. No es un sinónimo de cooperar. Colaborar es una palabra que abre un espacio para construir, para aportar y establecer un escenario de aprendizaje. Es una expresión que invita a despojarnos de nuestros egos, de nuestras posesiones, títulos y estatus para abrirnos a encontrar relaciones con otras formas de pensar y así, libres de nuestro prejuicios, descubrir el valor de lo que sabemos y tenemos, y mejor aún, aceptar la incertidumbre como nuevo patrón de convivencia que nos permite hacernos mejores preguntas y buscar nuevas respuestas.

De otra parte, la palabra cooperar, es una vista complementaria de colaborar. Una vez se ha logrado una visión concreta sobre el reto de la colaboración y se requiere llevarla a la realidad, se demanda de los talentos, confianza y determinación de los participantes para hacer que las cosas pasen. Cooperar, es sumar esfuerzos y capacidades alrededor de una causa común, para materializar un proyecto o una propuesta. No es una apuesta hecha en el vacío, sino una expresión del balance de la fuerza y la voluntad de cada persona que cree en una posibilidad para concentrar su energía y saber.

Por su parte, coordinar, es el momento definitivo que armoniza la cooperación. Encontrar el orden en medio de la inestabilidad y los inciertos, es el reto de aquellos que han sido designados para esta labor. El orden es motivar lo simple, lo claro, sin forzar nada. Es la expresión de la disciplina que empodera a cada persona para lograr aquello que se ha propuesto. El que vive la esencia de coordinar, no se culpa así mismo por lo que acontece, asume cada momento como una oportunidad para cambiar, revisar sus intenciones, métodos, acciones y comportamientos para lograr resultados distintos.

Cuando entendemos que podemos colaborar para pensar y pensarnos distintos a lo que conocemos, para hacernos una versión mejorada de nosotros mismos, estamos cooperando en la construcción de una nueva sociedad fuera de las trampas tradicionales de la ausencia y la diferencia. Esto es, una lectura de la libertad como la disciplina del balance de sí mismo, donde se crea confianza y luz interior que conecta con la sabiduría universal. Un ejercicio de coordinación que observa, experimenta y no juzga, sólo se sumerge en la oportunidad que tiene para vivir intensamente el momento presente.

Colaborar, cooperar y coordinar están unidos entre sí. Conforman una amalgama de silencio, fuerza, propósito y pasión que permiten canalizar la energía de una comunidad, la sabiduría de una conciencia universal, que no busca protagonismos, ni reconocimientos, sino la experiencia de crear relaciones auténticas que revelan lo mejor de cada uno de sus participantes para establecer puentes entre los diferentes mundos que hacen parte del reto que los convoca.

El Editor

domingo, 19 de enero de 2020

Imperfección

Somos imperfectos por definición. Nuestra imperfección muchas veces es sinónimo de reproche, de señalamientos y exclusión. La imperfección en sí misma, es una oportunidad para descubrir aquello que nuestras cegueras cognitivas nos impiden ver. Ser imperfectos implica reconocer que siempre tenemos oportunidad para aprender y desaprender, que estamos en proceso de reinvención permanente para construir momentos mágicos y encontrarnos con los demás.

La imperfección es una propiedad natural e inherente a la esencia humana. Los seres humanos tratamos todo el tiempo de repensar el mapa del tejido social, para encontrar nuevas formas de vernos y entendernos a nosotros mismos. Somos una especie que busca zonas inciertas para continuar expandiendo sus reflexiones y abriendo oportunidades para seguir creciendo. La imperfección con que logramos abordar estos nuevos territorios, es lo que define quiénes somos y qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo.

El Kintsugi, el arte de reparar objetos roto con oro, es una técnica japonesa que busca resaltar la belleza de la imperfección. Se dice que un objeto en sí mismo no representa lo que es hasta que se rompe. Es allí, cuando al repararse, al efectuar las costuras con esmalte especial espolvoreado con oro, plata o platino, cuando se obtiene la belleza inherente de ese objeto. Las fisuras dejan de ser objeto de rechazo y controversia, para resaltarse como elemento de belleza y admiración (Sienra, 2019).

En la vida son nuestras cicatrices o imperfecciones las que definen quiénes somos; cuáles son las sombras que aparecen, cuando la luz de los reflectores del mundo se proyecta sobre nuestra mente, cuerpo y espíritu. Las imperfecciones adornan nuestra propia existencia recordándonos todo el tiempo nuestra necesidad de evolucionar y avanzar. No por ello, debemos dejar que tomen camino y se apropien de nuestro destino, por lo tanto deben ser fundamento de nuestra reflexión interior y conexión trascendente para superarnos a nosotros mismos.

Las imperfecciones humanas son las que dan testimonio de lo vacilante de nuestra voluntad, de nuestra incapacidad de ver más allá de lo visible, de nuestros egoísmos y juicios mal fundados, en general de nuestra inclinación proclive a no reconocer al otro como verdadero otro. No obstante, las imperfecciones llevan en sí mismas el potencial de transformación, de renovación, de reinvención, de magia interior que siempre está habilitado para todos aquellos que estén dispuestos a salir de su zona cómoda, reconocerse a sí mismos y dar la milla extra que requiere el mundo.

Desde la imperfección es posible superar las trampas más recurrentes del mundo moderno: la visión de escasez, la necesidad de la diferencia, el afán de protagonismo, el deseo del desquite, la humillación activa y pasiva del otro, la demostración de poder y el engaño como “maquillaje de la verdad”. Ser imperfecto es saber que tenemos oportunidad para desconectarnos de estas trampas, para lo cual es necesario tener “atención plena”, “abandono de nuestro ego” y “apertura frente a lo incierto”. De esta forma, no sólo rompemos el molde de la lectura social vigente, sino que lo reconstruimos con el “esmalte” mismo de nuestras propias conquistas personales para sanar, restaurar y nutrir un nuevo paradigma de convivencia social: colaborar y construir desde la sabiduría del error.

El Editor

Referencia
Sienra, R. (2019). Kintsugi, el arte de reparar objetos rotos con oro. MymodernMet. Recuperado de: https://mymodernmet.com/es/kintsugi-kintsukuroi/

domingo, 12 de enero de 2020

Arenas movedizas


Se suscitan movimientos en el mundo que invitan a ser ágiles, a quebrar los modelos establecidos y en general, a fluir tan rápido como se pueda para estar adelante y concretar posiciones privilegiadas en el ámbito de los negocios. Todo ello conlleva a crear un “superávit de futuro” que muchas veces embriaga al cerebro de información, dejándolo sin opciones para decir, ni acciones para ejecutar.

En el mundo de lo líquido, que no busca concretar inicios, sino constantes finales (Bauman, 2017), donde la sociedad de forma deliberada genera un marco de recompensas, para aquellos que se sienten cómodos con el cambio y con el incierto, ya que ahora todo terreno de estabilidad supone un campo minado de estancamiento (que es sinónimo de atraso y desventaja), se hace necesario mantener la calma para así no perder la vista periférica de lo ocurre y quedar atrapados en la vista de túnel que la ansiedad provoca (Vicent & Hitch, 2019).

Somos seres individuales, diferentes y competitivos por nuestro instinto entrenado por millones de años de evolución, sin embargo, sólo cuando encontramos los puntos de conexión entre nosotros podemos superar los retos y avanzar rápido, asumiendo el cambio como algo natural que hace parte de la realidad y que nos invita a renovarnos, y actualizar la caja de herramientas que hemos construido hasta el momento.

En medio de la dinámica del mundo, lleno de inestabilidades, de exigencias y deseos no satisfechos, se requiere crear espacios de “entrenamiento y práctica” psicológicamente seguros donde cada uno pueda ser lo que es y retar sus propios límites autoimpuestos, con el fin de habilitar ventanas de aprendizaje para ganar confianza en sí mismos y construir las condiciones necesarias para seguir avanzando. Cuando logramos enfrentarnos a nuestros propios instintos y limitaciones, ponemos en evidencia los marcos de trabajo y paradigmas que tenemos a la fecha.

En un mundo líquido, donde los blancos que queremos alcanzar “nunca dejan de moverse y de variar de dirección y de velocidad” (Bauman, 2017, p.175), es claro que se requiere un ejercicio de flexibilidad mental, donde muchas veces lo que creemos que es “verdad” puede quedar revaluado o sometido a tensiones inesperadas, no por “lo que no sabemos, sino por lo que sí sabemos o creemos saber” (Mlodinow, 2019, 131) pues esto es en últimas, lo que nos permite retar nuestros saberes previos y abrirnos a nuevas posibilidades.

Si la ansiedad de tener respuestas a situaciones inesperadas e inciertas, es una necesidad de las personas y organizaciones en una realidad líquida, tomar distancia de los afanes y acallar la mente, permite explorar nuevas asociaciones y conexiones de elementos aparentemente no relacionados para encontrar flujos de ideación positiva, que renuncian a la necesidad de control y certidumbre, y habilitan espacios para pensar de manera original y sin restricciones sobre los retos de la sociedad actual.

Por tanto, en un mundo líquido y volátil como el que tenemos hoy, se requiere aprender a caminar sobre arenas movedizas. Mientras más nos precipitemos para salir, más rápido nos hundiremos en la realidad de estas arenas, pues forzar la salida crea resistencia y conflicto, evitando que fluya la reflexión que abre las perspectivas y habilita el aprendizaje. Caminar sobre arenas movedizas es explorar ideas extrañas y dirigir la mente hacia lo no probado e inestable, donde las respuestas habituales puedan ser tan volátiles como vulnerables y enigmáticas.

El Editor

Referencias
Bauman, Z. (2017) Vida líquida. Bogotá, Colombia: Editorial Planeta.
Mlodinow, L. (2019) Elástico. El poder del pensamiento flexible. Bogotá, Colombia: Editorial Planeta.
Vincent, J. & Hitch, J. (2019). Winning not fighting. UK: Penguin Random House.

sábado, 4 de enero de 2020

Zapatos nuevos


Cuando compramos zapatos nuevos por lo general, vamos y probamos en el almacén cómo nos quedan, cómo lucen y nos imaginamos con qué prendas de vestir los vamos a usar. En este proceso, nos vemos proyectados en un futuro cercano para conectarnos con aquella forma de vernos, sentirnos y expresarnos que visualizamos desde la perspectiva del presente que habita en ese momento de la prueba de los zapatos.

Una vez nuestro marco de “comodidad, estética, utilidad y conveniencia” se encuentra satisfecho, procedemos a la compra de los zapatos sabiendo que hemos viajado al futuro (lejano o cercano) y estamos tranquilos de cómo será la experiencia que se viviremos al usarlos. Al comprar los zapatos, compramos una visión prospectiva de un futuro, no un objeto funcional necesario para caminar y usar en el desarrollo de nuestras actividades diarias.

Cuando empezamos a usar los zapatos podemos experimentar sensaciones distintas a las que registramos cuando los compramos. Sensaciones que nos hacen pensar sobre el porqué los compramos y para qué los adquirimos. En este proceso, los zapatos se reinterpretan en la realidad y se afina la visión sobre la cual se pagaron, con el fin de contextualizar su uso en un escenario concreto donde la prospectiva se hace con mayor información y dinámica a su conceptualización inicial.

Iniciar un nuevo año es como comprar un nuevo par de zapatos. Vamos a la tienda, donde observamos, valoramos, reflexionamos y visionamos aquello que puede pasar, generalmente basados en experiencias anteriores, las cuales tratan de buscar certezas o puntos de referencias para ver como se puede comportar el año en su desarrollo. No obstante, al igual que los zapatos nuevos, los años nos presentan situaciones inéditas, propuestas y ajustes inesperados que muchas veces terminan de ajustar el zapato a las nuevas condiciones que se presentan.

Un zapato nuevo puede tallarte e incomodarte en sus inicios, pues te lleva a tensionar tus costumbres previas, tus seguridades y aprendizajes ya incorporados, los cuales resultan en un inicio insuficientes par dar cuenta con los acontecimientos que se manifiestan. Los zapatos nuevos presentan una doctrina de transformación y cambio que cada persona debe asumir para desarrollar una hoja de ruta que tiene algunos elementos claves de referencia para unir puntos desconectados en el entorno y tejer una nueva red de contactos y conocimiento antes inexplorada.

Los zapatos nuevos, se configuran como una alternativa para caminar distinto, sentir distinto y visionar diferente. Es una estructura funcional que no busca adaptarse a lo que tu quieres, sino mostrarte una manera distinta caminar y construir un rumbo alternativo. Si empiezas a caminar con tus zapatos nuevos y no sientes ningún cambio, pregúntate si tienes puestos son los zapatos viejos.

Caminar o vivir un año, es desgastar la suela de los zapatos nuevos, darnos la oportunidad de experimentar nuevas superficies, algunas suaves, otras rugosas, otras ásperas o rústicas con el fin de dejar marca del esfuerzo y determinación con que hemos decidido avanzar para dar cuenta del reto que significa descubrir que hay adelante en nuestra ruta y cómo vamos a darle forma a los momentos de indecisión, duda e inestabilidad que necesariamente estarán presente durante este proceso.

El Editor

martes, 17 de diciembre de 2019

Desconectarse

En este tiempo de renovación, de transformación, de reflexión y propósitos, llama la atención la contradicción del mundo moderno, entre la necesidad de comunicación y contacto, y el uso desmedido de los medios masivos de hiperconexión, que más que conectar y encontrar; saturan, aíslan y muchas veces dividen. El mundo de hoy vive en medio de un ruido permanente de noticias (algunas confiables, otras no tanto), que más que informar, crean imaginarios dirigidos por intereses particulares, para movilizar a aquellos ingenuos que sólo se quedan con lo que la red les ofrece.

En este momento es necesario desconectarnos por un momento, para hacer un pare en el camino, tomar distancia de lo que dicen o afirma otros, y tomar el camino del conocimiento interior, para descubrir la ruta que nos lleva a la orilla del silencio del Creador. Ese silencio que te espera para abrirte el corazón y conectarte con la eternidad, con la virtud y con la esencia de la luz que brilla en ti desde que naciste. Un silencio que no calla tus limitaciones, sino que descubre tus potencialidades para renovarte y hacer una mejor versión de ti mismo.

Cuando te desconectas no sólo te encuentras contigo mismo, sino que descubres a aquellos que pasan alrededor de tu vida, esos enviados del dueño de la vida que tienen algo que decirte, algo que enseñarte, algo que mostrarte para que avances hacia el siguiente nivel, donde vas a encontrar nuevos retos, nuevas aventuras y la manera de salir de tu zona cómoda, para descubrir esos dones y virtudes que aún no has desarrollado. Cuando te desconectas del mundo, te conectas con el poder de tu voz interior, que conecta con tu visión sagrada de la vida.

Desconectarse del mundo no es aislarse, ni volverse ermitaño ausente de la realidad. Es precisamente hacerse consciente de las dinámicas del mundo, tomando como referente tu búsqueda trascendente, abandonando el juego de las comparaciones y carencias tan motivado por aquellos que manipulan y engañan, para cambiarlo por las potencialidades y las construcciones colectivas desde las virtudes de los otros, donde la diferencias no restan, ni dividen, sino que suman y multiplican. Cuando te desconectas, encuentra los sonidos del silencio donde vibras en la misma frecuencia de la esperanza, la fe y la caridad.

Busca desconectarte de las envidias, de los maltratos, de las palabras altisonantes, de los insultos, de las malos modales, de la falsa humildad, de las exclusiones y sobremanera de las mentiras, para que puedas abrir un canal de comunicación fluido y permanente con la común unión, con las buenas maneras, con las palabra de ánimo y bendición, con las posturas de apertura y disponibilidad, con la inclusión de los otros, para que finalmente pueda brillar en ti, la verdad, aquella que preguntó Pilatos al Crucificado, y que vive en el corazón del hombre abierto a ser uno con su palabra.

Que esta nueva natividad, sea para que te desconectes de tus propios miedos, de tus viejos hábitos, para que le des paso a una vida en frecuencia modulada con la luz, la bendición y la paz interior, donde se funde la declaración de una misión, la visión de un propósito y la fuerza de una vocación humana y divina; esa que clama ser parte de un nuevo nacimiento, de un nuevo comienzo; donde tomas tus lecciones aprendidas y tus sueños para dibujar un camino incierto y retador, que abrazados a la fe y la luz, puedas potenciar tus capacidades y hacerte uno con el plan mismo del dueño de la vida.

El Editor.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Políticamente correctos

Muchas veces hemos escuchado un par de frases que están asociadas con situaciones de tensión o contraste: “hay que ser políticamente correctos” y “hay que ser diplomáticos”. Estas dos frases hablan del ejercicio de la mesura, la negociación, del buen acuerdo y en particular, de mantener unas relaciones armónicas y de no agresión entre las partes.

Cuando se habla de diplomacia la literatura nos remite a la Convención de Viena de 1961, que en su artículo 3 establece las funciones de una misión diplomática. Las funciones establecidas son: representación, observación e información, negociación, protección y asesoramiento (Jara, 1989).

La representación implica participación en reuniones o actos oficiales en nombre de quien ha sido encomendado. Esta presencia no solamente será administrativa, sino política pues estará atento a participar de decisiones colectivas para las cuales ha sido autorizado, comprometiendo la responsabilidad de aquel a quien representa. La representación es una presencia real que manifiesta un interés particular de una parte, que vincula la esencia misma de todos aquellos que hacen parte de su mandato asociado con su delegación (Calduch, 1993).

La observación tiene por objeto informarse de forma adecuada, para lo cual requiere contar con fuentes de información ciertas, generalmente provistas por las autoridades formales o por medios o personalidades de probada confiabilidad y respeto en el entorno donde se encuentra. La observación es un apoyo fundamental para el reconocimiento del terreno donde va a operar la misión diplomática y por lo tanto deberá consultar fuentes abiertas, que están alcance de todos, como fuentes privadas, preguntando de forma sutil y moderada, sobre aspectos que son de interés para los objetivos de la diplomacia (Jara, 1989).

La negociación es una habilidad que todo buen diplomático debe desarrollar. Es habilitar un espacio de conversación para intercambiar ideas, reconocer los puntos de vista de las partes y establecer un contexto de conciliación o comprensión que lleve a una disminución de las tensiones que se pudiesen tener por temas que pueden ser difíciles de tratar y moderar. Los resultados de la negociación deben traducirse en acuerdos y planteamientos bilaterales o multilaterales que sumen a la distensión de las posiciones de los participantes por un bien superior a todos los que hacen parte del diálogo (Calduch, 1993; Jara, 1989).

La protección es la función que va unida a la representación. Facilita el ejercicio de derechos o la gestión de actuaciones jurídico-administrativas ante las autoridades de la contraparte. Es la acción decidida de una parte que demanda cuidado y salvaguarda de derechos y condiciones de quiénes representa, comoquiera que, en los acuerdos previos y reconocimientos de cada parte, se hacen efectivas, vinculantes y recíprocas las condiciones de cuidado de los miembros de la representación diplomática (Jara, 1989).

El asesoramiento está directamente ligado a la función de observación e información. Cuanta más y mejor información se tenga respecto del sitio de la operación de la misión diplomática, mejor será la orientación que se puede dar a aquel a quien se representa. Los reportes que se generan del servicio diplomático ofrecen una visión complementaria de la situación del contexto y establecen pautas para el desarrollo de las acciones locales y así fortalecer las relaciones con las autoridades del territorio donde se encuentra (Jara, 1989).

Así las cosas, “ser diplomáticos o políticamente correctos”, implica un ejercicio de reconocimiento, recolección y análisis de información para crear una ventaja relacional sutil y discreta, de tal forma que, al generarse tensiones y situaciones al margen de las agendas públicas, sea posible mantener una visión real de las pretensiones e intereses de la contraparte. De esta manera, se consolida una marca personal e institucional que reduce tensiones, asegura la postura que representa y conecta las realidades de los otros negociadores a favor de un bien común y general.

El Editor

Referencias
Calduch, R. (1993). Dinámica de la Sociedad Internacional. Madrid, España: Editorial CEURA. Cap.17. Recuperado de: https://www.ucm.es/data/cont/media/www/pag-55160/lib2cap7.pdf
Jara, E. (1989) La función diplomática. Documento de trabajo No.5. CEPAL. Santiago, Chile: PNUD-CEPAL. Recuperado de: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/29597/S3272J37_es.pdf