domingo, 10 de agosto de 2014

¿Cuanto AMOR hay en ti?



“(…) No se ama lo desconocido. Cuando se tiene esa sensación, el sentimiento no es amor, sino admiración. (…)” es una frase que recoge César Romão en su libro “Motívese: Venza sus desafíos”. Esta frase nos cuestiona sobre qué tanto nos conocemos a nosotros mismos, que en últimas, es una pregunta más profunda, ¿qué tanto nos amamos a nosotros mismos?

El ejercicio pleno de amar, como verbo activo y de acción que es, significa conocer, convivir, relevar y descubrir los secretos de la persona o de aquello que decimos amar, anota Romão en su publicación. Este ejercicio supone un viaje a nuestro interior para identificar nuestros temores, nuestras limitaciones, nuestras virtudes, nuestro potencial, en fin, la realidad clara y plena del ejercicio diario que supone vivir el ser que soy y que puedo ser.

Buscar en nuestro interior y revelar el “otro desconocido” que vive en nosotros, es enfrentarnos al reto de alinear quiénes somos en realidad; es analizar de manera concreta qué queremos, de qué somos capaces y cómo vamos a lograr aquello a lo que aspiramos. El ser humano es un misterio en sí mismo, pero es una vivencia de pleno derecho de cada uno de nosotros, si estamos dispuestos a conocernos y exigirnos para movilizarnos y alcanzar todo aquellos que queremos.

Medir cuanto una persona se ama a sí misma, es medir el nivel de autoreflexión, autoexigencia, autoconocimiento y búsqueda de realización tiene ese individuo, es decir,  señalar los momentos de oscuridad, de contradicción, de desasosiego, de confusión y de incredulidad que ha pasado y ha superado, para que la luz que vive en ella, se revele con mayor intensidad y brillo. Es una medición que requiere pasos firmes sobre terrenos inestables, inciertos e inesperados; un cálculo estratégico de un guerrero de luz, que denuncia el ego que vive en él.

Saber quiénes somos en realidad, teniendo la confianza de decirlo sin temor a pecar por exceso o defecto, es el camino firme y real de una virtud que persigue a los generosos, exigentes, sabios y exitosos en la vida. Es un encuentro real donde lo sagrado se reconcilia con lo humano, una realidad que trasciende los reconocimientos y adulaciones que el mundo nos puede dar.

Esa virtud, la humildad, nos permite salir al encuentro del ser que soy, nos permite descubrir nuestro potencial; nos hace pasar de la simple admiración, al deseo y necesidad de continuar, en pocas palabras, prepararnos para recorrer el camino de la excelencia humana, entendida como la competencia personal que vive en confrontación permanente del ser que somos y que podemos ser, como fuente insustituible para mantener coherencia y avance en nuestra vidas.

Por tanto, conocernos a nosotros mismos, exige una capacidad de auditoría constante y sistemática entorno a la capacidad individual para “aprender a aprender” y el esfuerzo personal por “desaprender” fruto de los intercambios en el diario hacer. Así las cosas, no hay amor humano más grande que aquel que es capaz de donarse así mismo, entendiendo quién es él y la misión que se la ha encomendado: dejar un legado.

El Editor

martes, 5 de agosto de 2014

Vencerse a uno mismo

Si en algo en la vida hay que volverse experto, es en vencerse a uno mismo, en vencer nuestras propias limitaciones y restricciones, en superar nuestra propia comodidad, para salir al encuentro con nuestro potencial, con nuestras capacidades latentes y con el destino superior que debemos alcanzar.
 
Vivimos intensamente cada día buscando la eficiencia y la efectividad en el trabajo, buscando oportunidades para hacer en cada momento mejor las cosas, lo que nos permite mantenernos concentrados para alcanzar aquellos objetivos que son propios de nuestra labor y soporte para la organización. En este contexto, una pregunta surge: ¿Qué estamos haciendo para lograr nuestros sueños?
 
Algunos podrían responder, mientras trabajo estoy trabajando por mi sueño, pues me permite desarrollar las habilidades que requiero y la experiencia clave para alcanzar lo que tanto he querido. Otros podrían responder, mis sueños son una cosa y el trabajo es otra y así, podríamos encontrar respuestas que de una u otra forma definen aquello por lo cual vale la pena vivir la vida, por lo cual cada día es una oportunidad y cada momento un instante de plenitud.
 
Cuando renunciamos a los sueños y nuestra rutina nos consume, la vida se empieza a marchitar, los días se destiñen, la niebla de la imposibilidad aparece; la vida pierde su sabor y el alma se arruga con mayor celeridad. Renunciar a los sueños es el camino que desaparece la esencia del proyecto de los seres humanos, la fuente de nuestra conexión divina y el diálogo permanente con la generosidad del Universo.
 
Vivir la vida para alcanzar nuestros sueños, supone tomar cada momento como fuente de conocimiento y experiencia, para apuntalar y crear el entorno donde crece nuestro destino; es liberarnos de nuestros temores y lanzarnos a enfrentar con decisión los retos que exige alcanzar eso que deseamos. La esperanza del mañana y el brillo de la fe, acompañan a todos aquellos que luchan para superarse y hacer que las cosas pasen.
 
Nadie te puede reemplazar en la construcción de tu destino, pero si puedes identificar y vincular a todos aquellos que han creído en tu sueño, para que juntos, con tu experiencia y visión, abran nuevas posibilidades y capacidades antes nunca vistas. Si crees que es posible realizarlo, todo va a conspirar a tu favor para que se materialice. Bien decía Walt Disney: “Si lo sueñas, puedes realizarlo”.
 
Así pues, muchos afirman que aquellos que se vuelven expertos en un tema particular, cultivan para sí mismos su mayor vulnerabilidad, pues entran en una zona de comodidad. Sin embargo, tener la experticia de vencerse a sí mismo, tiene la ventaja superior que la zona de confort se define como “estar fuera de zona cómoda”, lo que necesariamente mantiene la movilidad y motivación permanente que genere quiebres y retos para continuar en el camino de los sueños.
 
Por tanto, vencerse a uno mismo, es el ejercicio de disciplina personal, que superando las innecesarias comparaciones con otros, es capaz de consultar el entorno, validar sus supuestos y plantear alternativas fuera de los estándares conocidos, para enfrentar el reto de conquistar sus propias metas y repensar la vida más allá de los reconocimientos humanos.
 
El Editor

sábado, 19 de julio de 2014

Sensatez



Con frecuencia cuando escuchamos intervenciones o comentarios de las personas, pensamos sobre la sensatez de sus apreciaciones, la medida de sus comentarios, la elegancia para expresarlos y la claridad, sin arrogancia, de los mismos. 

No se trata solamente de ser asertivos, se trata de comunicar la verdad con tacto y diligencia, sin mancillar al otro, pero con decida firmeza que deje evidente que existen cosas que se deben ajustar y conversar. La palabra sensatez, se encuentra viene de la palabra sensus (acción de sentir, percibir, juzgar y opinar, sentimiento, sentido común y buen juicio), de igual forma se la relaciona con la raíz senior, de edad madura.

De acuerdo con el eudista Alberto Linero, cjm, en su libro “La pasión de servir. Claves para ser un buen cristiano”, establece una serie de características de aquellos que hablan con sensatez: dicen la verdad, con las palabras correctas, en el lugar indicado, con los sentimientos idóneos, con las personas apropiadas y en el momento preciso

Decir la verdad, anota el religioso, “(…) No se puede vivir en la mentira ni en las verdades a medias. (…) Tenemos el derecho de manifestar a los otros lo que pensamos de sus comportamientos. (…)” Decir la verdad, es manifestar la consistencia con nuestros principios, la coherencia del vivir y la firmeza de las convicciones que dan fe de la búsqueda trascendente de nuestros comportamientos en la vida diaria.

Las palabras correctas, detalla el sacerdote católico, “(…) hay que elegir muy bien las palabras que vamos a usar y el tomo que vamos a utilizar para decir la verdad que creemos. (…)” Identificar la expresión más adecuada, exige un ejercicio permanente para demostrar caridad con el otro, de comprender que podemos ser nosotros quienes podemos estar en el otro lado de la conversación y esperamos la misma generosidad de aquel que se dispone a revelar aquello que debemos comprender.

El lugar indicado, en esta característica el presbítero eudista indica, “(…) los lugares tienen su propia dinámica y nosotros tenemos que sabernos comportar. (…)” No todo lugar es bueno para iniciar una conversación, más cuando los temas pueden ser de corte reservado y requieren una atmósfera más íntima y personal. Decidir el lugar, es una habilidad que debes desarrollar para que tu disposición al diálogo sea seguida por tu interlocutor.

Los sentimientos idóneos, sobre el particular el padre Linero comenta, “(…) es necesario tener los mejores sentimientos al hablar. (…)” No podemos emprender una interacción de dos personas, sino hay una disposición personal y sentimientos moderados, para encontrar formas de encontrarme con el otro, para descubrirme en el otro y lo mejor, hacerme prudente en mi ejercicio de reflexionar con mi contraparte.

Las personas apropiadas, aquí este hombre ungido por DIOS dice, “(…) es necesario saber mirar a los ojos a la persona apropiada y expresarle lo que pensamos y decimos. (…)” Saber a quién le decimos las cosas es un elemento fundamental para confirmar la sensatez. Se trata de reconocer esa persona particular con la cual se debe dar la apertura y la claridad, para no generar “comunicaciones inconclusas” o malos entendidos. La recomendación todo el tiempo, es hable directamente con aquel que requiere conversar y no por interpuesta persona.

Finalmente y no menos importante, con en el momento preciso, en esta característica en sacerdote eudista nos dice, “(…) hay que saber elegir el momento oportuno para compartir lo que pensamos y sentimos. (…)” Lograr identificar este tiempo, requiere una buena dosis de dominio de las pasiones, de los impulsos, para que tengamos el espacio requerido con el ambiente adecuado, para que aquello que deseamos que fluya lo haga con la naturalidad que se requiere.

Practicar la sensatez, exige una dosis permanente de valor civil para encarar las situaciones menos fáciles, olvidar los adornos literarios y barrocos que opacan el mensaje, y motivar un ambiente de apertura de doble vía que generosamente aparte los egos humanos, para que como resultado se tenga una experiencia que compartir, un motivo para recordar y un compromiso para actuar.

El Editor.

Referencia
LINERO GÓMEZ, A. (2014) La pasión de servir. Claves para ser un buen cristiano. Ed. Minuto de DIOS.

domingo, 13 de julio de 2014

Compromiso organizacional



La palabra compromiso viene del latín, del verbo compromitto, formado de la preposición cum (con) y el adjetivo promissus, del verbo promitto (prometer, asegurar), lo que en definitiva establece “el acto de prometerse con el otro”. Esto es, un compromiso requiere de la participación de mínimo dos personas, para que se haga realidad la esencia del compromiso, del prometerse uno con el otro.

En este entendido, la pregunta fundamental que tienen muchos ejecutivos en las organizaciones es ¿qué compromete a la gente?, que leído en términos del origen de la palabra, se podría decir ¿qué hace que las partes se comprometan? Muchas veces, sólo entendemos el compromiso en una sola vía, cuando en realidad es una palabra que exige una vista de doble vía.

Según las reflexiones de Emilio Moraleda, en su libro “Los retos del directivo actual. Conductas, competencias y valores imprescindibles del profesional del siglo XXI”, sobre el compromiso anota que: “entender qué compromete a las personas, no es una ciencia exacta y habrá tantas opiniones como personas a las que preguntemos. (…)”. Sin embargo, este ejecutivo establece algunos elementos que a su criterio, son los que tienen más impacto.

La compensación económica, anota Moraleda “(…) con los pies en el suelo, y siendo muy realistas, en general, más dinero motiva y compromete más. (…) Recuerde que la gente va a las empresas primero a ganarse la vida. Necesitan cubrir sus necesidades básicas cubiertas. (…)”

El reconocimiento, indica el ejecutivo “(…) aquí no hay dinero de por medio, sólo hay palabras, una carta, un correo electrónico, un whatsapp, con los que un líder reconoce a un empleado, o a todo un equipo, una cosas tan simple como un trabajo bien hecho. (…)”

El respeto, sobre el particular comenta Moraleda “(…) quien se siente bien tratado desarrolla una actitud, una conducta positiva que se traduce en mayor compromiso e involucramiento. (…)” una posición motivada para proponer y hacer avanzar la organización hacia nuevos retos y escenarios antes ignorados.

El jefe directo, detalla el ejecutivo “(…) para bien o para mal, los jefes directos tienen siempre una influencia importante en la vinculación emocional de los empleados con la organización que trabajan. Pueden activar o desactivar el compromiso de su gente, sin darse cuenta. (…)” Los jefes deben cuidar ese activo fundamental que son sus colaboradores, pues son ellos los que hacen la diferencia en el ejercicio diario de sus actividades.

La cercanía de los líderes, indica Moraleda “(…) la empatía crea mejores vínculos entre unos y otros. (…) Todo lo contrario cuando el líder se muestra soberbio y distante, y poco se mezcla con sus equipos. (…)” Sintonizarse con la realidad de los otros, es entender la realidad propia del líder, muchas veces esto se opaca por los resplandores del poder y la posición.

La credibilidad y coherencia de los líderes, Moraleda al respecto indica que “(…) las personas le dan crédito y se fía de ellos, cuando cumplen con sus compromisos, por su seriedad y coherencia. (…)” Predicar con el ejemplo, es un mensaje fundamental que hace coherente la fuerza del liderazgo y eleva los niveles de compromiso en las organizaciones.

Hablar de compromiso, de promesas entre personas, es recordarnos que vivimos en comunidad, que nos debemos los unos a los otros para construir el futuro que queremos, que deseamos, pues si bien las individualidades son necesarias para desequilibrar momentos específicos, sólo los grandes resultados se alcanzan con compromisos, esos que son los lazos de realidades futuras, que se materializan con un “juntos” en el presente.

El Editor

Referencia
MORALEDA, E. (2014) Los retos del directivo actual. Conductas, competencias y valores imprescindibles del profesional del siglo XXI. Ed. Gestión 2000. Grupo Planeta. Barcelona

domingo, 6 de julio de 2014

Resistencia productiva



Se escucha con frecuencia el término “crítica constructiva” el cual con frecuencia se malinterpreta, invitando a las personas que “no digan nada negativo” de aquello que están sometido a revisión. Sin embargo, afirma Alf Rehn en su libro “Ideas peligrosas”, “(…) que todas críticas son constructivas si juzgan una idea en sí misma. (…)”, es decir si buscan establecer una resistencia productiva, que es “aquella que desarrolla la capacidad de crear buenos conflictos, (…) de encontrar y cultivar buenos enemigos, esos elementos que “(…) crean una superficie resistente sobre la que puede probarse y perfeccionarse una idea. (…)”.

La resistencia productiva, es una búsqueda inteligente y documentada de lo que aparentemente se advierte y revela aspectos de la propuesta que posiblemente no se tuvieron en cuenta. Es una expresión de reto y compromiso con la idea, que permite crear una confrontación conceptual para pensar dentro y fuera de la caja y así, proponer vistas alternativas de la idea inicial.

Cuando se cultiva una resistencia productiva, es posible motivar cambios y transformaciones en diferentes niveles de la organización y de la vida personal, para  correr el velo de las nuevas formas de concebir la vida, de los cambios estructurales que le permitan tanto a la organización como a la persona, promoverse a una nueva etapa de evolución que le exige nuevas habilidades y competencias, para repensarse a sí mismo(a).

Cuando nos sentimos cómodos con una idea, debemos someterla a una resistencia productiva, para motivar vistas encontradas, reflexiones disonantes y motivaciones inesperadas, con el fin de pasarla por el crisol de la crítica productiva, para que superado este momento, renazca con la fuerza y decisión requerida que permite desarrollar y transformar la manera de hacer las cosas.

En este sentido, afirma Rehn, “(…) La creatividad no es una competición de originalidad, sino un proceso que trata de encontrar formas de avanzar y soluciones que resuelvan los problemas. (…)”, por tanto, las ideas y propuestas deben liberarse para que fluyan y someterse a la resistencia productiva, que permita validar sus contextos y adaptaciones, para que así, el proceso aumente la confianza en aquel que la presenta y fundamente la experiencia práctica en su campo de conocimiento, ganando mayor credibilidad en su audiencia.

La resistencia productiva aumenta la capacidad de persuasión del proponente, se aprovecha de los novedosos puntos de vista de sus evaluadores, revela historias emergentes detrás de sus comentarios y eleva el nivel de la discusión de la temática. 

Así las cosas, cada vez que nos expongamos a la presentación de ideas u oportunidades, transformemos la esencia de nuestro mensaje, para comunicar la primicia de nuestra propuesta de valor, dejando de lado nuestro ego, abriendo espacio para desaprender de nuestra propia práctica y experimentar la humildad de aquellos que se han atrevido a ser diferentes y marcar la pauta para hacer que las cosas pasen.

El Editor.

Referencia
REHN, A. (2012) Ideas peligrosas. Cuando el pensamiento provocador se convierte en el activo más valioso. Pearson.