domingo, 8 de febrero de 2026

Felicidad y éxito: ¿Convergentes, divergentes o complementos?

Con frecuencia en diferentes conversaciones de profesionales se escuchan dos palabras que aparentemente pueden sonar equivalentes: felicidad y éxito. Dos palabras que de alguna forma se convierten en objetivos a perseguir en el desarrollo de la vida de una persona, algunas buscan felicidad, otras éxito y aquellas que buscan las dos. En este sentido, se presenta a continuación una breve reflexión para entender de qué se tratan y si en algún punto son conceptos que pueden converger en la dinámica de un ser humano en la sociedad moderna.

Una primera aproximación a la felicidad, está alrededor de sentirse bien, de vivir bien, ese camino que se recorre desde dentro de la persona, hacia su entorno. Desde el punto de vista filosófico es una forma de vida, un actuar conforme a la razón y la excelencia moral. Desde la vista psicológica hablamos de un bienestar subjetivo que busca un equilibrio entre la satisfacción vital y el afecto positivo, un ejercicio de salud mental y resiliencia. Desde el punto de vista humanista, la felicidad está en alcanzar el máximo potencial y encontrar un sentido trascendente a la existencia (Séneca, 2013; Csikszentmihalyi, 2008; Frankl, 2015).

Por otro lado, el éxito es un concepto multidimensional que le llega al hombre de afuera hacia adentro, como una construcción propia del entorno que no sólo lo reconoce sino que lo valida frente a variables relevantes de la tendencia del momento. Desde el punto de vista profesional, el éxito implica influir, innovar y dejar un legado en el área de trabajo, hacer la diferencia mostrando sus capacidades únicas y que son reconocidas por las estructuras de poder y control de la organización. Desde el punto de vista económico, se traduce como libertad financiera, una herramienta para comprar tiempo y seguridad. En la perspectiva social, como capital social que se define por su red de contactos (a quién conoces) y cómo lo percibe la comunidad. A nivel personal, es el sano equilibrio entre trabajo y descanso, ese que es capaz de gestionar el estrés, mantener vínculos sanos y disponer de tiempo de ocio (Diener & Seligman, 2004; Lyubomirsky et al., 2005).

¿Dónde convergen los dos conceptos? Cuando el éxito se encuentra con el propósito fundamental de la vida de una persona, la felicidad aumenta; y cuando la felicidad aumenta se proyecta en cada actitud y expresión de la vida, mostrando una vida equilibrada y sana, que se traduce en éxito. El resultado es un estado de autorealización que no se puede explicar sino desde la perspectiva del ser interior, donde se crea una amalgama entre lo espiritual y lo humano, que conecta con el referente sagrado, donde el hombre abandona sus propias fuerzas y se deja llevar por la sabiduría divina para fundirse en ese querer y no en el suyo.

¿Cuándo divergen los dos conceptos? Cuando se privilegia lo que llega de afuera hacia adentro y el hombre se deja seducir por las comparaciones con otros, lo que crea un estado de necesidad interior que no se agota con elementos materiales, reconocimientos o premios, creando una espiral de agotamiento y cansancio que lleva a un estado de depresión, soledad y angustia que no termina. Este camino lleva a un deterioro interior, una experiencia de intranquilidad e infelicidad que debilita la esencia del ser humano, dejándolo expuesto a las modas, tendencias y exigencias del momento, olvidando lo fundamental que es su propio potencial, su salud mental y su reflexión interior y racional.

¿Cuándo se complementan los dos conceptos? Tener éxito permite contar con los recursos básicos y el balance emocional necesario que permiten recorrer y fortalecer el camino interior que lo hace uno con su DIOS, ese que busca no sólo la realización personal, sino ser habilitador para que otros alcancen sus propios sueños. Mientras que la felicidad implica ser luz y sal, un ejercicio de “saber y sabor”. Un saber que ilumina el camino, para ver más y mejor, y un sabor, que descubre al otro como verdadero otro, para abrazar los proyectos de aquellos desconocidos como experiencia de transformación personal y social, un voluntariado que no busca reconocimientos sino “hacer que las cosas pasen”.

La felicidad y el éxito son dos lados de una misma moneda, de una vida vivida con intensidad interior y sentido exterior. Dos conceptos que mirados de forma integral revelan la esencia del hombre moderno que vive con la ferocidad de los cambios y transformaciones, y que al mismo tiempo, se retira hacia su interior para descubrir la esencia de lo que no se ve y allí encontrarse con la fuente de su propia existencia: DIOS mismo.

El Editor.

Referencias

Csikszentmihalyi, M. (2008). Fluir (Flow): Una psicología de la felicidad. Editorial Kairós.

Diener, E., & Seligman, M. E. P. (2004). Beyond money: Toward an economy of well-being: Toward an economy of well-being. Psychological Science in the Public Interest: A Journal of the American Psychological Society, 5(1), 1–31. https://doi.org/10.1111/j.0963-7214.2004.00501001.x 

Frankl, V. (2015). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder.

Lyubomirsky, S., King, L., & Diener, E. (2005). The benefits of frequent positive affect: does happiness lead to success? Psychological Bulletin, 131(6), 803–855. https://doi.org/10.1037/0033-2909.131.6.803 

Séneca, L. A. (2013). Sobre la felicidad. Alianza Editorial.


domingo, 1 de febrero de 2026

La agilidad: un atributo divino

En el contexto actual donde los avances e inciertos son la norma, se requiere una postura ágil y estratégica para surfear las “olas” de inestabilidad y caos que se presentan, no sólo para sobrevivir sino para concretar oportunidades y permanecer. La agilidad no debe confundirse con la rapidez o flexibilidad para actuar. La agilidad, en esta reflexión, la entenderemos como la capacidad para detectar, evaluar y responder eficazmente a los cambios del entorno de manera decidida, con propósito y fundamentada en la voluntad de hacer la diferencia (Tilman & Jacoby, 2019).

Lo anterior implica detectar grandes tendencias y cambios en el ambiente para adaptar dinámicamente la visión estratégica, los modelos de negocio, el capital humano y los planes de acción. Es un ejercicio de aprender, desaprender y reaprender para: (Tilman & Jacoby, 2019)

  • identificar y actuar sobre señales débiles antes que se transformen en sorpresas predecibles;
  • visualizar la vida y la empresa como una colección de riesgos (mercado, crédito, cibernético) que se compensan o amplifican entre sí para crear palancas de crecimiento; 
  • actuar aumentado el costo operacional para un adversario o reducir su beneficio esperado, creando una zona de incierto donde es posible marcar una diferencia e innovar;
  • resistir, absorber, recuperarnos y adaptarnos para alcanzar un estado de funcionalidad incluso superior al que se tenía inicialmente, tras un evento disruptivo. 

En este escenario la agilidad no implica una postura pasiva, sino una acción y búsqueda de información proactiva, que no es obvia o que nuestros adversarios intentan ocultarnos, con el fin de crear un radar de riesgos para visualizar no solo los conocidos (basados en datos del pasado), sino también las incertidumbres (lo desconocido que no se puede medir fácilmente: señales débiles), dándoles un tratamiento diferenciado pero estratégico para tomar decisiones, disminuir las amenazas, capitalizar las oportunidades y permanecer en una realidad no lineal, acelerada, volátil e interconectada.

La agilidad implica capacidad psicológica y financiera, que demanda determinación para enfrentar el incierto y sus retos, así como soporte económico (ahorros, inversiones, provisiones, acceso a mecanismos de financiación rápida) para absorber los efectos adversos de los eventos inesperados respectivamente, sin comprometer la viabilidad de la organización y la dinámica humana en la sociedad. Por tanto, la agilidad exige superar al menos cinco retos claves:

  • Vencer el sesgo de la inacción - ¿Qué oportunidades de crecimiento estás sacrificando por temor a retar tu statu quo?
  • Calibrar la sobreconfianza – ¿Qué datos externos contradicen tu “instinto”?
  • Navegar la “niebla” y la “fricción” - ¿Qué “señales débiles” en la periferia de tu sector estás ignorando hoy?
  • Equilibrar el cálculo estratégico - ¿Tienes la resiliencia psicológica y financiera para absorber una pérdida sin abandonar tus objetivos a largo plazo?
  • Dominar el “modo hacer” - ¿Estás reaccionando impulsivamente sin un plan o planeando sin observar la realidad?

La agilidad no es una capacidad innata en el hombre o las organizaciones, es un ejercicio para crear y ejercitar una mentalidad para responder con propósito y decisión fundamentada. Es recorrer caminos inexistentes y desconocidos, construir respuestas a retos novedosos e inciertos, romper el statu quo de nuestros saberes, para dejarnos interrogar por el “no saber” y prepararnos para aquello que no conocemos, sin tratar de predecir el futuro, sino detectando aquellos cambios que son relevantes para nuestros planes y proyectos.

La agilidad al final es un atributo de la divinidad que siembra en la debilidad y vulnerabilidad humana capacidades psicológicas y funcionales, así como dones espirituales para enfrentar y superar pérdidas y contratiempos, no como pruebas o castigos, sino como camino de perfeccionamiento humano que lo lleva en medio de las historias y eventos individuales y sociales para llegar al misterio mismo de su transformación: retarse a sí mismo, mientras hace la diferencia con los otros.

El Editor

Referencia

Tilman, L. M., & Jacoby, C. (2019). Agility: How to navigate the unknown and seize opportunity in a world of disruption. Missionday


viernes, 30 de enero de 2026

La "locura" de compartir

En un mundo lleno de espejismos y tensiones marcadas por intereses particulares pensar en compartir o en el otro resulta casi una “locura” o una “utopía”. Sin embargo, hay escenarios y momentos donde esa “locura” tiene todo el sentido. Sólo basta con mirar ejemplos diarios en la cotidianidad. 

Un profesor de primaria que abre su mente y su corazón para habilitar la posibilidad de un niño o un adulto para encontrarse y reconocer las letras, sin esa “locura”, muchos no hubiésemos podido aprender a leer y menos a tener la posibilidad de progresar. 

Cuando un científico publica un artículo y lo pone a disposición de la comunidad, esa “locura” no sólo cambia el camino de la ciencia, sino que expande los límites del conocimiento para abordar aquello que parecía inaccesible. La ciencia en un mundo competitivo, no sólo por lograr hallazgos importantes, sino por conseguir recursos para investigar, por tanto muchas veces no sólo es talento y deseo de logro, sino habilitar espacios para sumar y descubrir en conjunto, con responsabilidad, respeto y conciencia por sus colegas, y así ver las oportunidades que pueden tener juntos. 

Cuando se ve a una religiosa, un sacerdote o un consagrado donarse en una misión, o en un apostolado por el otro, donde la única recompensa es hacer la diferencia allí donde está, esta “locura” no tiene otro nombre sino “en amor dado”, un ejercicio que se olvida de la persona individual, y se conecta de manera genuina con la necesidad del que sufre. No con lástima o desdén, sino con misericordia, desde las entrañas, donde el amor surge como base de la vida misma. Esto no es una visión de la pobreza, sino un ejercicio de riqueza espiritual, una “locura” que transforma el interior del ser humano para explorar y ver sus efectos en el mundo exterior.

¿Recuerdas la última vez que sentiste una alegría que no podías explicar, ese sentimiento interior por haber hecho algo bueno, algo distinto, haber marcado la diferencia para alguien, algo por lo cual sólo recibiste una sonrisa, un gracias, un “te quiero”, un gesto de agradecimiento? Esa “locura” te transformó a ti en ese momento, ese momento “eureka” de la ciencia, en la esencia misma de tu ser. Esa sensación, esa moción interior no es otra cosa que los efectos de la “locura” de compartir, una moción que misteriosamente crece y se expande, cuánto más te abres al otro.

Bien dicen que cuando el conocimiento se comparte, más crece, más se expande. Cuando el amor, se dona más se experimenta, una contradicción, “una locura”, que no responde a las dinámica cotidiana del mundo, y que enfrenta el status quo de “tener, poder, y saber” que lesiona y contradice la esencia misma de la humanidad, vivir en comunidad para encontrarse con el otro. Los recientes foros de los líderes globales demuestran que sin voluntad política, ni negociaciones concretas sobre recursos claves, ni agendas acordadas sobre ideologías no habrá espacio para conversar y menos para confiar en que el otro hará lo que se espera que haga.

Así las cosas, la “locura” de compartir o pensar en el otro, será la semilla que seguirá cayendo en múltiples corazones. Y cómo en el evangelio de Marcos 4:1-20, algunas de ellas se ahogarán por las presiones del mundo, otras nacerán rápidamente y sin pocas raíces y perseverancia, perecerán; otras serás opacadas por los espejismos y tentaciones del camino sin que se den cuenta, y finalmente, los que asumen y acogen la “locura” serán quienes rendirán fruto al 30, 60 o hasta 100 por uno, sin que lo puedan explicar. 

El Editor


domingo, 25 de enero de 2026

La incertidumbre: la humildad del “no saber”

En un mundo con cambios constantes (esperados e inesperados) mantener una postura vigilante parece ser el reto personal y organizacional para enfrentar la incertidumbre natural y creciente del contexto actual, bien como amenaza o como oportunidad. La incertidumbre como amenaza se convierte en agente agresor que deben ser enfrentado con lo que se conoce para superar la incomodidad de “no saber”, mientras como oportunidad es un estado de apertura al cambio para explorar opciones no probadas para experimentar y aprender de resultados no previstos. 

Cuando se enfrenta la incertidumbre, el desafío “es enamorarse del problema, no de la solución. Es como remar en un lago lleno de niebla, donde no puede ver con claridad, ni saber con precisión dónde terminará, pero tiene dos tareas claves: tener fe en que llegará a un puerto seguro y seguir remando” (Stolzoff, 2026). En este sentido, la incertidumbre genera resistencia al cambio durante y después de un evento desafortunado. No gestionar los detonantes psicológicos que esto produce, pueden debilitar la capacidad de respuesta y aumentar el potencial de una parálisis sustancial.

Los principales detonantes psicológicos son: (Osorio Gómez, 2008; Gibson & Gibson, 2023)

  • Miedo al fracaso - Sentimiento de incapacidad para enfrentar el entorno cambiante y dudas sobre las habilidades personales y profesionales.
  • Miedo al daño o pérdida - Preocupación por la seguridad laboral y la sostenibilidad individual ante una interrupción mayor.
  • Modelos mentales limitadores - Filtros cognitivos que eliminan, distorsionan o generalizan información para que encaje en creencias previas.
  • Reactividad emocional - Ciclos de ansiedad y tensión que nublan el juicio y dependen de instintos automáticos.

Superar estos detonantes implica que las suposiciones propias sean probadas y que aquello que no salió como estaba previsto, se utilice como lecciones aprendidas y compartidas para nutrir y retar los saberes previos que se tiene de la situación. Crear una zona de incomodidad y psicológicamente segura permite romper con la ansiedad, liberarse del bloqueo de las creencias, disminuir el miedo al daño y al fracaso, como fundamento para superar la “ceguera de abstracción” (Capra, 1995) creada por las restricciones autoimpuestas de términos y conceptos que adoptamos, y que limita la visión y comprensión del reto.

La incertidumbre en definitiva termina siendo un espacio para crear, para tomar riesgos y lanzarnos a retar las certezas humanas, no para tener respuestas sobre los retos, sino para hacer mejores preguntas, que nos lleven a nuevos lugares de encuentro y desencuentro. Es la ruta que nos permite estar incómodos con lo que hemos aprendido, y nos hace humildes antes lo que no sabemos. Una oportunidad para reconocernos como vasijas de barro imperfectas, en cuyas grietas habita la luz y la mano poderosa del “dueño de la vida”.

Referencias

Capra, F. (1995) The web of life: a new scientific understanding of living systems. Michigan, USA: Anchor Books

Gibson, C. & Gibson, K. (2023). A critical incident field guide. Integrating risk, business continuity, emergency, and crisis management. Australia: Executive Impact Publishing

Osorio Gómez, J. C. (2008). Introducción al pensamiento sistémico. Cali, Colombia: Programa Editorial Universidad del Valle.

Stolzoff, S. (2026). Líderes, es hora de desarrollar su tolerancia a la incertidumbre. Harvard Business Review. https://hbr.org/2026/01/leaders-its-time-to-build-your-tolerance-for-uncertainty?language=es   


domingo, 18 de enero de 2026

Expectativas

Cada vez que inicia un año, nos creamos expectativas. Al revisar la definición en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (https://rae.es) se lee: “Esperanza de realizar o conseguir algo”, “Posibilidad razonable de que algo suceda”, y si se revisa un poco más se advierten sinónimos como “esperanza, confianza, ilusión, probabilidad, posibilidad, horizonte”, todas estas palabras hablan sobre transitar en el “futuro”, en un lugar lleno de desconocidos desconocidos, un escenario donde todo está por descubrir y que tarde o temprano nos sorprende (ya la manera como cada uno la interprete será positiva o no).

La expectativa lo que hace es crear un puente deseado entre lo que somos y lo que queremos ser o lograr. Es un ejercicio que nos invita a movernos y trasladarnos a ese lugar incierto y aún desconocido, para luego caminar y trazar un camino hacia el presente donde estamos. La expectativa será tan fuerte o débil como la fuerza y convicción que nos mueve a crearla. Entre mayor sea el deseo y la acción deliberada para hacerla realidad, mejores oportunidades tendremos para crear esa conexión del futuro con el presente.

Nótese que la expectativa personal es una cosa y la expectativa que se tiene de otras personas es otra. Quien se hace expectativas de otros, crea una ilusión sin fundamento, pues adiciona un elemento desconocido más a la ecuación, que es la esencia misma de aquella y su deseo de hacerlo realidad, lugar que sólo conoce aquel que la vive. Por tanto, no te hagas expectativas de otros, más bien descubre en su relación con él o ella, cómo transita la vida y los retos que tiene, cómo los supera y qué guía su corazón para vencerse a sí mismo y hacerse una mejor versión de sí mismo.

Las expectativas son en esencia escenarios que planteamos para explorar el incierto que nos advierte el futuro, no para tratar de predecirlo, sino para ver las diferentes versiones y oportunidades que se pueden tener para lograr aquello que queremos. Cada escenario será ocasión de reflexiones profundas sobre nuestro propósito, no sobre las metas u objetivos, sino sobre aquello que nos lleva a levantarnos cada día, esa vocación que transforma y nos moviliza para hacer las cosas que hacemos. El escenario no es más que una forma de canalizar una expectativa en clave de nuestra razón de ser.

Cuando las expectativas aparecen, sabemos que nuestro propósito está vivo, evoluciona y se transforma para llevarnos al siguiente nivel de evolución. La expectativa no es un sueño vacío o algo que deseamos, es la esencia de un propósito hecho visión, esa realidad que permite adaptarnos, aprender, desaprender y reaprender para reconocer que tenemos mucho que descubrir y cambiar dentro, para transformar aquello que está afuera. 

La expectativa no va de construir de afuera hacia adentro, sino en conectar nuestras vulnerabilidades interiores para escalar en la transformación de nuestro entorno para crecer con otros, para descubrir que somos seres inacabados, que el orgullo corrompe y mata, cuando no somos humildes para reconocer que no tenemos todas las respuestas.

Es preferible pensar en posibilidades que en probabilidades. Dejar las certezas (probabilidades) es el camino para trazar y perfilar nuevas expectativas, nuevos horizontes, donde lo que viene aún está por aparecer, y que sólo los que aceptan “que no saben”, que están dispuestos a aprender y a declarar un maestro, podrán trazar diferentes caminos que para el mundo son imposibles, pero siempre posibles para “el dueño de la vida”.

El Editor